Capítulo 3 de 25
La boda de sus sueños
Irene no respondió inmediatamente cuando Valeria terminó de explicarle lo del viaje.
Sobre el escritorio estaba la solicitud de permiso, todavía sin firmar.
—Tres semanas —repitió su supervisora.
Valeria asintió.
—Sé que es mucho. Puedo dejar adelantado el proyecto y tomar parte del tiempo sin goce de sueldo, si lo autorizan.
Irene consultó el calendario.
—¿Compraron los vuelos antes de preguntarte si podías ausentarte?
Valeria acomodó la correa de su bolso sobre las piernas.
—Fue una sorpresa.
—Entiendo.
La mujer volvió a mirar las fechas y después abrió una carpeta.
—La presentación de resultados está programada para la semana siguiente a tu boda. Podemos moverla, pero necesito que termines la revisión de las dos sucursales antes de irte. Y Recursos Humanos tiene que autorizar la ausencia extraordinaria. Yo no puedo prometerte nada.
—Voy a terminarlo.
Irene levantó la vista.
—No te estoy diciendo que trabajes de madrugada para compensar una decisión que no tomaste tú.
Valeria bajó la vista hacia la solicitud que todavía no podía dar por aprobada.
—Quiero hacerlo bien.
—Lo estás haciendo bien. Por eso quiero que aprendas a calcular lo que puedes comprometer.
Al salir de la oficina, Valeria tuvo ganas de llamar a Alejandro y pedirle que acortaran el viaje.
Buscó su nombre en el teléfono.
Después recordó la ilusión con la que le había entregado el sobre, las fotografías del hotel, la cena que ya había reservado junto a un canal. Guardó el celular.
Esa tarde empezó a trabajar en la segunda sucursal.
Durante las siguientes semanas, Valeria repartió los días entre Novaterra, las pruebas del vestido y una lista de pendientes que parecía crecer cada vez que tachaba algo. Siguió yendo al gimnasio, aunque algunas mañanas tuvo que reducir la rutina. Camila la encontraba contando horas frente a los casilleros.
—¿Dormiste?
—Más o menos.
—Eso significa que no.
Valeria se recogió el cabello.
—Ya casi termino el proyecto.
—Ayer dijiste lo mismo de las invitaciones.
Ella sonrió con cansancio. Camila se sentó a su lado.
—¿Estás contenta?
La pregunta la sorprendió.
—Claro.
—No te estoy preguntando si quieres a Alejandro. Te pregunto si estás disfrutando esto.
Valeria miró sus tenis. Había disfrutado elegir el vestido. También probar el pastel y escuchar a su padre practicar en secreto el discurso que daría en la fiesta. Pero algunas noches se quedaba dormida con el teléfono en la mano, después de contestar mensajes de Beatriz sobre servilletas, arreglos florales y personas a las que no conocía.
—Quiero que llegue el día —respondió.
Camila le apoyó una mano sobre la rodilla.
—Entonces deja algo sin hacer. El mundo va a seguir girando aunque una silla tenga el moño equivocado.
Valeria soltó una carcajada. Por primera vez en varios días, se rio sin mirar la hora.
Presentó el proyecto un viernes de abril.
Había encontrado que las sucursales registraban las devoluciones de manera diferente. Una las descontaba al recibirlas; la otra esperaba hasta el cierre semanal. Aquella diferencia provocaba pedidos innecesarios y reportes que nadie conseguía conciliar.
Valeria propuso un procedimiento común, una revisión diaria breve y un responsable por turno.
Nada espectacular.
Algo que podía funcionar.
Cuando terminó, el gerente de operaciones le hizo dos preguntas. Ella respondió la primera con seguridad y pidió consultar un dato antes de contestar la segunda. Irene, sentada al fondo, asintió discretamente.
Una hora más tarde, su supervisora se acercó a su escritorio.
—Lo vamos a probar en cuatro sucursales.
Valeria levantó la cabeza.
—¿En cuatro?
—Si los resultados se sostienen, lo ampliamos.
Ella sintió una alegría tan intensa que tuvo que apretar los labios para no gritar. Irene dejó una hoja junto al teclado.
Era la autorización del permiso.
—La ausencia quedó aprobada: quince días hábiles sin sueldo por la estancia y dos más por los traslados. Los fines de semana quedan entre esas fechas. Te reincorporas el miércoles que aparece ahí.
Valeria leyó la fecha.
—Gracias.
—Deja tus archivos compartidos y una nota de seguimiento. Después disfruta tu boda.
Esa noche, Alejandro la invitó a cenar. Le llevó flores, escuchó el relato completo y alzó su copa.
—Por mi futura esposa, que no puede hacer nada sin terminar destacando.
Valeria chocó su copa con la de él.
—¿Ves? Se pudo organizar todo.
Alejandro sonrió.
—Te preocupas demasiado.
Ella quiso explicarle cuánto había costado, pero él empezó a contarle una anécdota de la empresa familiar. Valeria lo escuchó. Tenían tiempo. Después de la boda, cuando todo se tranquilizara, podrían hablar con más calma.
La víspera de la ceremonia, su padre llamó a la puerta de su habitación. Valeria estaba guardando unas sandalias en la maleta.
—¿Puedo?
—Claro, papá.
Él entró con un paquete pequeño.
Dentro había una pluma de tinta azul y un estuche sencillo.
Valeria la tomó con cuidado.
—Para cuando firmes los contratos de tu empresa —dijo él.
Ella levantó la mirada. Su padre se encogió de hombros, incómodo con su propia emoción.
—No sé si todavía se usan esas cosas. Ahora firman todo en las computadoras.
Valeria se levantó y lo abrazó. Él la sostuvo unos segundos antes de decir:
—Tu mamá dice que no te haga llorar porque ya te pusiste unas cremas carísimas.
Ella rio contra su hombro. Cuando se separaron, su padre miró la maleta abierta y el vestido que colgaba protegido junto al armario.
—¿Estás segura, hija?
Valeria dejó de sonreír.
—Sí.
Él asintió, pero permaneció frente a ella.
—No te pregunto por la fiesta. Todo eso está muy bonito. Te pregunto por la vida que viene.
Valeria pensó en Alejandro esperándola al final del pasillo, en la casa nueva y en la ciudad que conocerían juntos.
—Lo quiero mucho.
—Lo sé.
Su padre le acarició el cabello.
—Y cuando quieras venir, vienes. Esta sigue siendo tu casa.
Ella volvió a abrazarlo. Aquella vez tardó más en soltarlo. El sábado amaneció despejado. Desde temprano hubo gente entrando y saliendo de la casa: la maquillista, la fotógrafa, Camila con una bolsa llena de cosas que juraba indispensables.
Su madre llevaba horas diciendo que todo estaba bajo control mientras buscaba objetos que tenía en la mano. Valeria se sentó frente al espejo con una bata blanca. Cuando terminaron de peinarla, el cabello le cayó en ondas suaves por la espalda. El maquillaje resaltó sus ojos y dejó en sus labios un color cálido.
Después llegó el vestido. Camila y su madre la ayudaron a ponérselo, levantando la tela para que no rozara el suelo. Valeria se volvió hacia el espejo. Se quedó inmóvil.
El vestido era exactamente como lo había imaginado: elegante, ligero, con la espalda descubierta y una falda que se movía apenas respiraba.
—Estás preciosa —susurró su madre.
Camila tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Si se me corre el maquillaje, lo pagas tú.
Valeria rio y extendió los brazos hacia ellas. La fotógrafa capturó el abrazo.
Poco después llegó Beatriz.
Se detuvo en la puerta, observó a Valeria y sonrió.
—Alejandro va a estar encantado.
La joven sintió alivio. Entonces su suegra abrió una caja alargada.
—Traje esto, por si refresca.
Era una estola blanca.
Valeria miró a Camila y después a su madre.
—Gracias. La dejamos para más tarde.
Beatriz mantuvo la caja entre las manos un instante antes de cerrarla.
—Como quieras.
El jardín de Los Encinos estaba lleno de flores. Habían conservado el blanco que prefería Beatriz, pero Valeria había pedido pequeños arreglos en tonos durazno entre las mesas. Al verlos desde la entrada, sonrió.
Su padre se colocó a su lado.
—¿Lista?
Ella respiró hondo. La música comenzó. Alejandro esperaba al final del sendero. Cuando la vio, se llevó una mano a la boca y bajó la mirada un instante. Después volvió a mirarla con los ojos húmedos.
Valeria sintió que todo el esfuerzo de los últimos meses desaparecía. Caminó sin apartar la vista de él. Su padre le besó la frente antes de entregarle su mano.
Alejandro se inclinó hacia ella.
—No sabía que podías verte todavía más hermosa.
Valeria sonrió, temblando. Durante la ceremonia escuchó su propio nombre, la voz del oficiante y algunas palabras que después recordaría desordenadas. Lo que sí recordó con absoluta claridad fue a Alejandro sosteniéndole las manos.
—Quiero que sigamos eligiéndonos incluso en los días difíciles —dijo él.
Ella apretó sus dedos. Al responder, tuvo que detenerse para respirar.
—Quiero que podamos contarnos la verdad. Que nos acompañemos en lo que queremos hacer y que nunca tengamos miedo de ser quienes somos cuando estemos juntos.
Alejandro le acarició el pulgar. Después llegaron los anillos. El beso. Los aplausos. Valeria cerró los ojos cuando él la abrazó. Durante ese instante, se sintió exactamente donde quería estar.
La fiesta fue maravillosa.
Hubo luces entre los árboles, música en vivo y una pista donde su padre bailó con una solemnidad que hizo reír a toda la familia.
Alejandro apenas se apartaba de ella. La buscaba con la mirada cuando alguien se la llevaba a una fotografía y volvía a su lado con una copa de agua o un beso en el hombro.
Valeria se sintió deseada, celebrada y feliz. Más tarde llegaron algunos compañeros de Novaterra, incluida Irene. Su supervisora le entregó un sobre con una tarjeta firmada por el equipo.
—Para cuando vuelvas y te encuentres con todos nuestros pendientes.
Valeria rio.
—No me asuste.
Daniel, uno de los analistas, se acercó a felicitarlos.
—Alejandro, mucho gusto. Valeria nos ha hablado de ti.
Se estrecharon la mano. Después Daniel se volvió hacia ella.
—Por cierto, la prueba de inventarios empezó bien. El lunes te mando el reporte, aunque prometo que puedes ignorarlo.
—Mándalo —respondió Valeria—. Solo quiero ver que no se descomponga todo en mi ausencia.
Alejandro le apoyó la mano en la espalda.
—En la luna de miel vamos a olvidarnos del trabajo.
Lo dijo con una sonrisa.
Todos rieron y Daniel levantó ambas manos.
—Entendido. Nada de reportes.
Cuando se alejaron, Alejandro se inclinó hacia ella.
—¿Ese es el que te escribe?
Valeria giró la cabeza.
—¿Daniel?
—El del trabajo.
—Sí. Estamos en el mismo equipo.
Él observó un momento al grupo que se retiraba. Luego le besó la sien.
—Hoy no quiero compartirte con hojas de cálculo.
La música cambió antes de que ella respondiera. Alejandro le ofreció la mano. Valeria fue con él a la pista.
Llegaron a Venecia el lunes posterior a la boda, después de viajar durante la noche. Desde la embarcación que los llevó al hotel, Valeria contempló las fachadas sobre el agua con la boca entreabierta.
Había visto fotografías desde niña.
Ninguna le había preparado para el olor del agua, las voces desde las ventanas y el movimiento de la embarcación.
Alejandro la observaba más a ella que a la ciudad.
—¿Valió la pena la sorpresa?
Valeria lo abrazó.
—Sí.
La habitación tenía ventanas altas y un balcón pequeño. Ella dejó el equipaje junto a la cama y salió a mirar el canal.
Abajo pasó una lancha. En algún lugar sonaban campanas.
Alejandro la rodeó por la cintura. Valeria se volvió para besarlo. Durante los primeros días caminaron hasta que les dolieron los pies. Se perdieron, compartieron helados y se tomaron fotografías que ella enviaba a sus padres por las noches.
Alejandro fue atento y cariñoso. Le acomodaba la chaqueta cuando refrescaba y se detenía cada vez que ella quería mirar un escaparate. La cuarta tarde, Valeria eligió un vestido rojo para cenar.
Se lo había comprado con su primer sueldo.
Terminó de ponerse los aretes y salió del baño.
Alejandro, sentado al borde de la cama, dejó el teléfono. La recorrió con la mirada.
—¿Vas a salir así?
Ella bajó los ojos hacia el vestido.
—Sí. ¿No te gusta?
Él tardó un momento en responder.
—Tiene mucho escote.
Valeria se miró en el espejo. Lo había usado antes. Alejandro incluso tenía una fotografía de aquella noche.
—Es el mismo de tu cumpleaños.
—Ya sé.
Se levantó y abrió el armario.
Apartó dos perchas hasta encontrar un vestido azul.
—Ponte este. Te ves más elegante.
Valeria lo miró a través del espejo.
—Yo quería usar el rojo.
Alejandro dejó la percha sobre la cama.
—Haz lo que quieras.
Tomó el teléfono y volvió a sentarse. El silencio se prolongó mientras ella acomodaba un arete que ya estaba bien puesto. Por la ventana entraba el ruido del agua contra el muelle.
Valeria miró el vestido azul. Después empezó a desabrocharse el rojo. Cuando salió del baño, Alejandro sonrió.
—Así me encantas.
La besó con dulzura y le ofreció el brazo para salir. Valeria tomó su bolso. Antes de cerrar la puerta, miró hacia la cama. El vestido rojo había quedado doblado sobre la colcha, con los tirantes escondidos debajo de la tela.