Capítulo 4 de 25

Las reglas de la casa

La última mañana en Venecia, Valeria despertó antes que Alejandro. Se puso una bata y salió al balcón con el teléfono. El canal estaba tranquilo. Desde una ventana cercana llegaba el ruido de platos y una voz que llamaba a alguien para desayunar.

Abrió las fotografías del viaje. Alejandro besándola en una plaza. Ella sosteniendo un helado. Los dos reflejados en el cristal de una tienda. Se detuvo en una imagen del primer día: llevaba el cabello revuelto por el viento y reía sin mirar a la cámara.

Se la envió a Camila.

El miércoles vuelvo a la vida real.

Su amiga contestó unos minutos después.

La vida real solicita tu presencia en el gimnasio. Ya te guardé lugar.

Valeria sonrió.

Seis y media. No me abandones si llego dormida.

Estaba escribiéndole a su madre cuando escuchó a Alejandro detrás de ella.

—¿Con quién hablas tan temprano?

—Con Cami. Quiere que vayamos juntas al gimnasio el miércoles.

Él le besó el hombro.

—Acabamos de casarnos y ya te quiere sacar de la casa.

Valeria rio.

—Una hora. Creo que vas a sobrevivir.

Alejandro no respondió. Le quitó con suavidad el teléfono de la mano, lo dejó sobre una mesita y la abrazó.

—Todavía tenemos unas horas aquí.

Ella apoyó la cabeza contra su pecho. Dejó el mensaje a su madre sin terminar.

Regresaron el martes por la tarde, tres semanas después de su llegada a Venecia.

Valeria imaginaba abrir la puerta de su nueva casa, dejar las maletas y recorrerla despacio con Alejandro. Quizá pedirían comida. Quizá dormirían hasta tarde el domingo. Pero Beatriz los esperaba dentro.

Había flores en el recibidor, comida preparada y una mujer limpiando la cocina.

—Les adelanté algunas cosas —anunció su suegra—. Después de un viaje tan largo, lo último que necesitan es ponerse a organizar.

Valeria la saludó y agradeció el gesto. Alejandro dejó las llaves sobre una consola.

—Mamá, nos salvaste.

Durante la cena, Beatriz explicó dónde había guardado las sábanas, qué productos convenía usar en el piso y cómo prefería Alejandro el café. Valeria escuchó mientras intentaba recordar si habían hablado de que su suegra tendría una llave.

No lo recordaba.

—También acomodé los armarios —añadió Beatriz—. Había cajas por todas partes.

Valeria levantó la vista.

—¿Las del cuarto de arriba?

—Sí. Algunas las pasé al clóset del pasillo.

Eran sus libros, sus carpetas y la caja donde había guardado la pluma de su padre.

—Gracias. Yo iba a organizar ese cuarto.

Beatriz sonrió.

—Ya tendrás tiempo de darle tus detalles.

Alejandro seguía comiendo.

—La casa quedó increíble, mamá.

Valeria dejó el tenedor junto al plato. Más tarde, cuando estuvieron solos, buscó sus cajas. Las encontró apiladas detrás de una aspiradora. Sacó la de los libros y la llevó al cuarto con vista al árbol. Estaba vacío, salvo por una mesa pequeña y dos cuadros apoyados contra la pared.

Puso la caja en el suelo. Al menos por esa noche, dejaría sus cosas allí.

El miércoles, el despertador sonó a las cinco cuarenta y cinco. Valeria lo apagó de inmediato para no despertar a Alejandro. Se vistió en el baño, se recogió el cabello y tomó los tenis que había dejado junto a la puerta.

Cuando salió, él estaba incorporado en la cama.

—¿A dónde vas?

Ella se volvió.

—Al gimnasio. Te dije.

Alejandro miró el reloj.

—Son las seis.

—Entro a las ocho y media. Si voy temprano, me da tiempo de todo.

Él encendió la lámpara. Valeria llevaba unos leggings oscuros y una camiseta corta sobre el top deportivo. La mirada de Alejandro se detuvo en su cintura.

—¿Así vas a salir?

Ella sintió una molestia inmediata, demasiado parecida a la que había sentido frente al vestido rojo.

—Es ropa para hacer ejercicio.

—Ya veo.

Valeria esperó. Él se pasó una mano por el rostro.

—Podrías ponerte una sudadera.

—Hace calor.

—En el gimnasio hay aire acondicionado.

Ella miró la sudadera doblada sobre una silla.

No quería discutir antes de las seis de la mañana. La tomó y se la ató a la cintura.

Alejandro volvió a acostarse.

—¿Y a qué hora desayunamos?

Valeria se quedó junto a la puerta.

—Puedo dejarte café.

—No te pregunté si podías dejarme café. Quería desayunar contigo.

La culpa le llegó antes que una respuesta.

—Mañana podemos organizarnos.

Él cerró los ojos.

—Ve. Camila debe estar esperando.

Durante el trayecto, Valeria condujo sin música. Al llegar, su amiga la abrazó y empezó a hacerle preguntas sobre el viaje. Ella respondió, mostró algunas fotografías y consiguió recuperar el ánimo.

Pero a mitad de la rutina miró el teléfono. No había mensajes de Alejandro. Le escribió:

Ya casi termino. ¿Todo bien?

Pasaron quince minutos antes de recibir la respuesta.

Sí. Ya salí.

Valeria guardó el teléfono y dejó sin hacer el último ejercicio.

En Novaterra la recibieron con bromas, café y una carpeta de pendientes. Irene le concedió media hora para revisar los avances antes de convocarla a una reunión. El procedimiento de inventarios estaba funcionando. Había ajustes por hacer, pero las diferencias entre registros habían disminuido.

—La próxima semana iremos a una de las sucursales —explicó—. Quiero que veas cómo están aplicándolo.

Valeria tomó nota.

—Claro.

—Daniel coordinará el traslado. Saldrán el miércoles y volverán el mismo día.

Ella asintió sin pensar que aquella información pudiera convertirse en un problema. Se lo contó a Alejandro durante la cena. Él dejó de cortar la carne.

—¿Vas a ir sola con él?

—Vamos tres personas. También viene una supervisora de almacenes.

—Pero él maneja.

—No sé quién va a manejar.

Alejandro soltó el cuchillo.

—No entiendo por qué tienes que ir tú.

Valeria lo miró.

—Porque es mi proyecto.

—Tu proyecto es un reporte, Valeria. No una expedición.

Ella apoyó los cubiertos a ambos lados del plato.

—Necesito ver cómo funciona en la sucursal.

Él se recargó en la silla.

—Acabamos de volver. Apenas estamos empezando nuestra vida aquí y ya tienes que irte.

—Voy y regreso el mismo día.

—Siempre tienes una respuesta.

Valeria abrió la boca, pero se detuvo. Había preparado aquella cena después del trabajo. Se había cambiado, había puesto los platos que les regalaron en la boda y hasta había encendido una vela en el centro de la mesa.

Ahora solo quería que dejaran de hablar. Alejandro miró la comida.

—Además, está fría.

Ella acercó la mano al plato. Todavía estaba tibio.

—La calentamos.

Él se levantó.

—Déjalo. Ya no tengo hambre.

El martes siguiente, Beatriz llegó mientras Valeria hablaba por teléfono con su madre. La puerta se abrió antes de que pudiera levantarse del sofá.

—Soy yo.

Valeria se incorporó.

—Mamá, te llamo al rato.

Su madre apenas alcanzó a despedirse. Beatriz llevaba una bolsa del supermercado y un recipiente de vidrio.

—Le traje a Alejandro la sopa que le gusta.

Valeria miró la llave que su suegra guardaba en el bolso.

—Podría avisarme cuando vaya a venir.

Beatriz dejó el recipiente en la cocina.

—¿Te incomoda que venga?

—No. Solo para saber.

La mujer la observó un instante.

—Creí que agradecerías la ayuda.

Valeria la siguió hasta la cocina. Había una taza junto al fregadero y la sartén del desayuno seguía sobre la estufa. Había llegado del trabajo apenas diez minutos antes.

Beatriz miró ambas cosas.

—Con tanta actividad, es difícil atender una casa.

Valeria dejó el teléfono boca abajo.

—Voy a lavar eso ahora.

—No lo digo por la taza. Una casa necesita tiempo.

Sacó unas verduras de la bolsa.

—Alejandro creció acostumbrado a ciertas cosas. No son lujos. Son cuidados.

Valeria pensó en las camisas que había llevado a la tintorería, en las compras del domingo y en la comida que preparó la noche anterior.

—Los dos estamos aprendiendo a organizarnos.

Beatriz cerró la bolsa.

—Por supuesto.

No parecía convencida.

La visita a la sucursal salió bien. Valeria detectó un paso que los empleados repetían innecesariamente y dedicó buena parte de la tarde a corregirlo con ellos. Durante el regreso, su teléfono vibró varias veces.

¿Ya salieron?

Respondió.

Sí. Llegamos en una hora y media.

Diez minutos después:

Mándame ubicación.

La envió. Más tarde:

¿Por qué llevan tanto tiempo ahí?

Se habían detenido en una estación de servicio. Valeria fotografió el local que veía desde la ventanilla y estuvo a punto de mandar la imagen. Se quedó mirando la pantalla.

Después la borró.

Estamos cargando gasolina, escribió.

Cuando llegó a casa, Alejandro estaba en la sala.

—Te dije a qué hora salíamos —dijo ella, todavía con el bolso al hombro.

Él apagó el televisor.

—Buenas noches para ti también.

Valeria respiró hondo.

—Buenas noches.

Alejandro la miró.

—¿Qué te pasa?

—Me preguntaste varias veces dónde estaba.

—Porque me importas.

—Ya tenías mi ubicación.

Él se levantó.

—Si te molesta que me preocupe por ti, la próxima vez no pregunto nada.

—No dije eso.

—Entonces no sé por qué llegas reclamando.

Valeria se quitó el bolso del hombro y lo dejó en una silla. No tenía fuerzas para discutir. Había salido de casa antes de las siete. Le dolía la espalda y todavía necesitaba preparar la ropa del día siguiente.

Alejandro se acercó.

—¿O te incomodó que te escribiera delante de tus compañeros?

Ella negó con la cabeza. Él le levantó suavemente la barbilla.

—No me gusta sentir que soy una interrupción en la vida de mi esposa.

Valeria lo miró.

—No lo eres.

Alejandro la abrazó. Ella tardó un instante en devolverle el abrazo.

El viernes, mientras cenaban, él puso una hoja sobre la mesa.

Era un horario.

Valeria vio sus nombres en la parte superior y varias casillas distribuidas a lo largo de la semana.

—¿Qué es esto?

—Una manera de organizarnos. Es lo que querías, ¿no?

Había señalado las cenas, las visitas a sus padres y los días en que ella podría ir al gimnasio.

Dos.

Ambos el fin de semana.

Valeria recorrió las casillas con el dedo.

—¿Por qué pusiste mis entrenamientos aquí?

—Para que entre semana desayunemos juntos.

—Podemos desayunar juntos si me levanto un poco antes.

Alejandro negó con la cabeza.

—Llegas cansada, te vas temprano, estás pendiente del trabajo. No puede ser todo al mismo tiempo.

Ella volvió a mirar la hoja. No había ningún espacio reservado para visitar a sus propios padres.

—El domingo quiero ir a casa de mi mamá.

—El domingo comemos con los míos.

—Fuimos la semana pasada.

Alejandro dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Ahora vamos a contar las visitas?

Valeria retiró la mano del papel. Él suspiró.

—Solo intento que tengamos una vida juntos. A veces parece que quieres seguir viviendo como antes de casarte.

Ella miró el anillo. Después miró las casillas, los horarios y los dos pequeños espacios donde él había decidido que cabía su ejercicio.

—Me gusta mi vida —dijo, casi en voz baja.

Alejandro acercó la hoja hacia ella.

—Entonces cuídala.

Valeria no respondió. Esa noche puso el horario en el refrigerador, sujeto con uno de los imanes que habían comprado en Venecia. Luego tomó su teléfono y abrió la conversación con Camila.

El lunes no voy a poder ir.

Antes de que llegara la respuesta, dejó el celular sobre la mesa y fue a preparar el café para la mañana.