Capítulo 5 de 25

La renuncia

El sábado, Valeria se despertó antes que el despertador. Durante unos segundos permaneció quieta, escuchando la respiración de Alejandro. Después recordó que aquel era uno de los días señalados en el horario del refrigerador.

Podía ir al gimnasio. Se levantó con cuidado y buscó su ropa en la oscuridad. Había dejado preparada una camiseta larga para evitar la conversación de la última vez.

Cuando terminó de ponerse los tenis, Alejandro abrió los ojos.

—¿Qué haces?

—Voy a entrenar. Regreso antes de las nueve.

Él se incorporó sobre un codo.

—Hoy vienen a instalar las persianas.

Valeria se quedó con la mano en la bolsa deportiva.

—No me habías dicho.

—Te lo dije el jueves.

Intentó recordar.

El jueves habían hablado de las compras, de una comida con los Villaseñor y de una lámpara que Beatriz quería cambiar. No recordaba las persianas.

—Puedo volver antes.

—Llegan entre ocho y diez. Yo tengo que pasar a la oficina.

Ella miró la hora.

—¿No podemos dejar que entre la persona que nos ayuda con la limpieza?

Alejandro apartó la sábana.

—¿Para que decida dónde perforar? Es nuestra casa, Valeria.

Permanecieron unos segundos sin hablar.

Ella dejó la bolsa sobre la silla.

—Está bien. Me quedo.

Alejandro entró al baño. Valeria se sentó al borde de la cama y escribió a Camila.

Hoy tampoco puedo.

Su amiga llamó inmediatamente. Valeria rechazó la llamada.

Luego te explico.

Los instaladores llegaron a las once y veinte. Alejandro regresó después de las dos.

Para entonces, Valeria ya había guardado los tenis.

El lunes, Irene le pidió que pasara a su oficina.

Sobre la mesa había varios reportes abiertos.

Valeria reconoció uno de los suyos y sintió una contracción en el estómago.

—Hay dos diferencias sin justificar en el cierre de la sucursal norte —dijo su supervisora—. Y el archivo de seguimiento no se actualizó el viernes.

Ella se acercó. Había olvidado cargar la última versión. La tenía terminada en su computadora.

—Lo corrijo ahora.

Irene la observó.

—El mes pasado no se te escapaban estas cosas.

Valeria bajó la mirada hacia el reporte. El viernes había trabajado con el teléfono apoyado junto al teclado. Alejandro quería saber a qué hora saldría. Beatriz necesitaba que recibiera un pedido. Su madre había dejado un mensaje preguntando si podían verse el domingo.

No era una explicación que quisiera dar en aquella oficina.

—He estado distraída. No va a repetirse.

—¿Necesitas ajustar algo en tu carga de trabajo?

—No. Puedo con esto.

Irene cerró uno de los archivos.

—Bien. Entonces lo revisamos mañana.

Valeria salió con una vergüenza que la acompañó el resto de la mañana.

Hasta entonces, el trabajo había sido el lugar donde todavía se reconocía.

Le aterraba empezar a fallar también allí.

Aquella noche, Alejandro llegó con una bolsa de una tienda de ropa. La dejó sobre la cama mientras Valeria se quitaba los aretes.

—Te compré algo.

Ella se volvió, sorprendida.

Dentro había dos blusas, un vestido largo y un pantalón de tela.

Las prendas eran bonitas. De colores discretos, cortes amplios y escotes cerrados. Valeria sostuvo una de las blusas frente al espejo.

—Gracias.

Alejandro se colocó detrás de ella.

—Te vas a ver mucho más elegante.

La frase la hizo dejar de sonreír.

—¿No me veo elegante?

Él le tomó los hombros.

—No empieces. Te hago un regalo y buscas cómo discutir.

—Solo pregunté.

—Siempre te digo que eres hermosa.

Valeria acarició la tela de la blusa.

No quería arruinar un gesto que, quizá, sí había sido cariñoso.

—Está bonita —dijo.

Alejandro le besó el cuello.

—Pruébatela.

Ella obedeció. Cuando salió del baño, él sonrió con aprobación.

—Así. Mucho mejor.

Valeria se miró en el espejo. La blusa ocultaba casi por completo su cintura.

El miércoles llegó el correo.

Novaterra había decidido ampliar el procedimiento de inventarios y quería integrarla al equipo que coordinaría la siguiente etapa.

Su programa de formación continuaría, pero asumiría nuevas responsabilidades y recibiría una compensación adicional. Valeria leyó el mensaje tres veces. Después buscó a Irene.

—¿De verdad quieren que participe?

Su supervisora levantó una ceja.

—No acostumbro enviar ofertas de mentira.

Ella rio, nerviosa. Irene le señaló la silla. El proyecto implicaba reuniones con responsables de otras sucursales, algunas visitas y una capacitación de dos días fuera de la ciudad.

—No tienes que responder ahora —aclaró—. Revísalo y hablamos el viernes.

Valeria salió de la oficina con ganas de llamar a todo el mundo. En cambio, pasó el resto de la tarde ensayando cómo contárselo a su esposo.

Alejandro escuchó la explicación sin tocar la cena. Cuando ella terminó, tomó el vaso de agua.

—No.

Valeria tardó en reaccionar.

—¿Cómo que no?

—No estoy de acuerdo.

Ella dejó los cubiertos.

—Es una oportunidad importante.

—Para la empresa.

—Para mí también.

Alejandro bebió un sorbo y apoyó el vaso con cuidado.

—¿Y cuántas veces vas a salir con Daniel ahora?

Valeria dejó de tocar la comida.

—No se trata de Daniel.

—Claro. Nunca se trata de él.

—Es mi compañero.

—Es un hombre que te escribe, viaja contigo y consigue que estés pendiente del teléfono cuando estás en tu casa.

Ella lo miró fijamente.

—Me escribe por trabajo.

Alejandro soltó una risa seca.

—No soy idiota.

Valeria apartó la silla unos centímetros.

—No he dicho que lo seas.

—Pero esperas que me comporte como uno.

La discusión se extendió hasta que la comida quedó fría.

Cada explicación de Valeria abría una pregunta nueva. Por qué tenía que viajar. Por qué necesitaba trabajar tantas horas. Por qué no le bastaba con lo que él podía darle.

—Porque estudié para esto —respondió al fin—. Porque me gusta. Porque también quiero construir algo.

Alejandro la observó con una quietud que le resultó más incómoda que sus reproches.

—¿Y conmigo qué estás construyendo?

Ella sintió que algo se le hundía en el pecho.

—Una vida.

—Pues no se nota.

Se levantó y dejó el plato sobre la mesa. Esa noche durmió de espaldas a ella. Valeria permaneció despierta mucho tiempo, mirando la franja de luz que entraba bajo la puerta.

Al día siguiente, Beatriz la llamó a media mañana. Valeria salió al pasillo para contestar.

—Alejandro está preocupado por ustedes —dijo su suegra, después de saludar.

Ella cerró los ojos.

—Tuvimos una diferencia.

—Los hombres a veces no saben pedir atención.

Valeria miró a través del cristal de una sala de juntas. Irene estaba señalando algo en una pantalla.

—No es por falta de atención.

—Hija, yo no voy a meterme en tu matrimonio. Solo quiero que pienses qué vale más.

Valeria apretó el teléfono.

—Mi trabajo también vale.

Beatriz guardó silencio un instante.

—Nadie dice lo contrario. Pero puedes trabajar después. Los primeros meses son fundamentales. Si empiezan alejándose, luego cuesta mucho recuperar lo que se pierde.

Cuando terminó la llamada, Valeria había perdido parte de la reunión. Entró disculpándose y se sentó sin abrir la libreta.

El viernes por la noche fue al cumpleaños de su padre. Alejandro no quiso acompañarla.

—Tengo pendientes —dijo.

Valeria estuvo a punto de quedarse. Su madre había preparado la comida desde temprano y su padre había preguntado dos veces a qué hora llegaban.

Fue sola.

Durante la cena intentó mostrarse alegre. Ayudó a servir, contó una anécdota del viaje y tomó fotografías cuando encendieron las velas. Pero revisó el teléfono tantas veces que su padre terminó por dejar el tenedor.

—¿Te están esperando en algún lado?

Ella levantó la vista.

—No.

Su madre la observó con atención.

—¿Todo bien con Alejandro?

Valeria abrió la boca. Por un momento estuvo a punto de contarlo todo. Podía empezar por lo más pequeño: el horario, la ropa, las preguntas sobre Daniel. Podía decir que estaba agotada de explicar cosas que antes no necesitaban explicación.

Entonces recordó el beso de Alejandro cuando le regaló las blusas. Las flores. Venecia. Su cara el día de la boda.

—Nos estamos acostumbrando —respondió.

Su padre asintió despacio.

—Eso lleva tiempo.

La madre de Valeria no dijo nada. Al despedirse, la abrazó más de lo habitual.

—No tienes que venir solo cuando todo esté bien —le susurró.

Valeria apretó los labios. En el coche, antes de arrancar, lloró unos minutos. Después se retocó el maquillaje.

El domingo, Alejandro preparó el desayuno. Puso jugo sobre la mesa, calentó pan y la llamó con una voz que ella llevaba días extrañando. Valeria se sentó frente a él.

—He pensado en lo nuestro —dijo Alejandro.

Ella levantó la mirada.

—Yo también.

Él estiró la mano sobre la mesa. Valeria puso la suya encima.

—Te extraño, Vale. Estamos juntos y siento que siempre estás en otra parte.

Ella sintió alivio al escucharlo hablar sin enojo.

—Podemos buscar una manera de organizarnos.

Alejandro acarició su anillo.

—Tómate unos meses.

La mano de Valeria se quedó inmóvil.

—¿En el trabajo?

—Renuncia. Descansa. Disfruta la casa. Podemos viajar los fines de semana.

Ella retiró lentamente los dedos.

—No quiero renunciar.

Alejandro bajó la vista al plato. La conversación volvió a cambiar. Le recordó lo mucho que trabajaba, lo que había costado la casa y todo lo que él hacía para que no les faltara nada. Habló del futuro, de hijos que todavía no habían decidido tener y de una tranquilidad que, según él, Valeria se empeñaba en rechazar.

Ella lloró antes de terminar el desayuno. Alejandro la abrazó.

—No tiene que ser para siempre.

Valeria se aferró a esa frase.

Unos meses.

Podría descansar, recuperar la calma y después buscar algo distinto. Tal vez abrir su empresa. Tal vez Alejandro dejaría de sentirse desplazado.

Cuando él volvió a preguntarle, ella asintió contra su hombro.

El lunes llevó la renuncia impresa. Irene la leyó sin interrumpir.

—¿Tienes otro empleo?

—No.

—¿Entonces?

Valeria apretó las manos sobre las rodillas.

—Necesito dedicar tiempo a asuntos personales.

Irene dejó la hoja sobre el escritorio.

—Podemos hablar de un permiso temporal. O de rechazar la nueva responsabilidad y mantener tu puesto actual.

Valeria apretó los labios para sostener la voz. Había imaginado una salida rápida. Entregar el papel, agradecer y no tener que explicar más.

—Ya lo decidí.

Irene permaneció callada. Después acercó la hoja hacia ella.

—No tienes que firmar hoy.

Valeria sacó la pluma de su padre. La sostuvo unos segundos antes de apoyar la punta sobre el papel.

Firmó.

Dos semanas después vació su escritorio.

Guardó una taza, una libreta y la tarjeta que sus compañeros le habían regalado por la boda.

Daniel le deseó suerte. Irene le dio un abrazo breve.

—Guarda mis datos —le dijo.

Valeria asintió sin confiar en su voz. Al salir del edificio se detuvo frente a los cristales donde, meses antes, había revisado su reflejo antes de la entrevista. Llevaba una de las blusas que Alejandro le había comprado.

Esa noche, él llegó con flores. La abrazó en la cocina y le dijo que por fin podrían empezar de verdad. Valeria quiso creerle. Después de cenar, subió al cuarto con vista al árbol. Buscó entre sus cajas la carpeta del proyecto de emprendimiento.

La abrió sobre las rodillas.

Entre las primeras hojas encontró un cálculo de inversión y una nota escrita por ella misma: Comenzar con lo que tengo.

Pasó el dedo sobre aquellas palabras. Luego cerró la carpeta al escuchar que Alejandro la llamaba desde abajo. Dejó la pluma de su padre dentro, para no perderla.