Capítulo 6 de 25
Lo que cuesta la tranquilidad
El primer lunes sin trabajo, Valeria se levantó a la misma hora de siempre. Habían pasado casi tres meses desde la boda. Hasta entonces había contado el tiempo por entregas y reuniones; ahora no sabía qué hacer con las horas que Alejandro le había pedido dejar libres.
Se bañó, preparó café y puso dos platos sobre la mesa. Mientras esperaba a Alejandro, abrió el teléfono por costumbre. No había mensajes del equipo. El grupo de Novaterra seguía allí, pero ya no le correspondía preguntar por las cifras ni recordar la reunión de las nueve. La última conversación era una fotografía de sus compañeros junto al pastel de despedida.
Dejó el celular boca abajo. Alejandro apareció ajustándose el reloj.
—Huele rico.
Ella se volvió, aliviada. Había preparado huevos, fruta y pan tostado. Nada complicado, pero quería que aquella mañana saliera bien. Él se sentó y empezó a contarle lo que haría en la oficina.
Valeria escuchó, le hizo una pregunta y volvió a llenar su taza. Al terminar, Alejandro la besó en la frente.
—¿Ves? Esto era lo que nos hacía falta.
Ella sonrió. Cuando la puerta se cerró, eran las ocho y diez. Valeria recogió los platos, limpió la cocina y tendió la cama. A las diez y media ya no sabía qué hacer con las manos.
Subió al cuarto del árbol. Sacó su carpeta de emprendimiento y la puso sobre la mesa pequeña. Por primera vez desde la renuncia, sintió un poco de entusiasmo.
Su proyecto original era una consultoría para pequeños comercios. Había pensado en ayudarles a organizar inventarios, calcular costos y controlar compras sin obligarlos a pagar programas que no necesitaban. Conocía tiendas que perdían dinero sin advertirlo, incluida la de su madre antes de que ella empezara a revisar las cuentas.
Podía comenzar desde casa. Una computadora, algunas visitas y los ahorros que todavía conservaba de su trabajo. Abrió un documento y escribió una lista de servicios.
Trabajó casi dos horas.
Cuando Alejandro llamó, contestó con una alegría que no tuvo tiempo de esconder.
—¿Qué haces?
—Estoy revisando mi proyecto. Creo que podría empezar con dos o tres negocios.
Hubo una pausa.
—¿No ibas a descansar?
—Sí, pero esto puedo hacerlo a mi ritmo.
—Valeria, acabas de dejar un trabajo porque no tenías tiempo para nosotros.
Ella miró la pantalla.
—Esto sería distinto.
—Siempre dices lo mismo.
La alegría se le fue apagando mientras él hablaba. Alejandro le recordó que no necesitaban dinero. Después preguntó si ya había comprado lo necesario para la cena. Valeria cerró el documento.
—Voy ahora.
—A las seis llegan unas personas a revisar el jardín. No te tardes.
Al colgar, se quedó mirando el cursor inmóvil.
No borró nada.
Tampoco volvió a abrir el archivo esa semana.
Camila llegó el jueves con café y una bolsa de pan. Valeria tardó en abrir porque estaba buscando una blusa para cambiarse. Llevaba toda la mañana con ropa cómoda y el cabello sujeto sin cuidado.
—Soy yo, no una inspección —dijo su amiga cuando por fin apareció.
Valeria rio y la dejó pasar. Se sentaron en la cocina. Durante los primeros minutos hablaron del viaje, del trabajo de Camila y de una compañera de universidad que había anunciado un embarazo.
Después su amiga apoyó la taza sobre la mesa.
—¿Por qué renunciaste de verdad?
Valeria sostuvo el pan sin probarlo.
—Ya te dije. Necesitaba tiempo.
—Hace tres meses no podías dejar de hablar de ese trabajo.
—Las cosas cambian.
Camila la observó.
—¿Tú querías que cambiaran?
Valeria apartó la mirada. Desde la ventana podía verse una parte del jardín y las sillas que Beatriz había elegido para la terraza.
—Estábamos discutiendo mucho.
—¿Por tu trabajo?
—Por los horarios. Por los viajes. Por todo.
Camila se inclinó hacia ella.
—Dejar algo que te importa para que él no se enoje no me parece una solución.
Valeria respondió con una dureza que no había usado con Camila.
—No sabes cómo es cuando estamos solos.
Su amiga guardó silencio. Aquella respuesta la avergonzó casi de inmediato.
—Perdón. No quise…
—No tienes que disculparte conmigo.
Camila alargó la mano y le tocó los dedos.
—Solo te extraño. Y me preocupa que tú también te estés extrañando.
Valeria bajó la cabeza. Antes de que pudiera responder, escucharon una llave en la puerta. Beatriz entró con un sobre y se detuvo al verlas. Llevaba una venda pequeña en la muñeca. Valeria le preguntó qué le había pasado.
—Nada. Una tontería con una olla.
Camila apartó su taza para hacerle sitio, pero Beatriz permaneció de pie.
—Siéntese, yo le sirvo —ofreció Valeria.
La mujer vaciló. Durante un momento pareció cansada, mayor que de costumbre. Después enderezó los hombros.
—Tenemos visita.
—Hola, señora —saludó Camila.
La mujer respondió con una sonrisa breve. Valeria se levantó.
—¿Quiere café?
—No, gracias. Solo vine a dejar unos documentos de la casa.
Puso el sobre sobre la mesa y miró la bolsa de pan.
—Qué bueno que tienes compañía. Aunque deberías aprovechar las mañanas para dejar todo listo.
Valeria siguió la dirección de sus ojos. En el fregadero había dos platos.
Solo dos.
Esa noche, Alejandro mencionó a Camila mientras se quitaba la corbata.
—Mi mamá dice que vino.
Valeria dobló una toalla sobre la cama.
—Sí.
—¿A qué?
Ella lo miró.
—A verme.
—¿No trabaja?
—Tenía la mañana libre.
Alejandro dejó la corbata sobre una silla.
—Espero que no venga a llenarte la cabeza de ideas.
Valeria dejó de doblar la toalla.
—Es mi amiga.
—Y nunca le he caído bien.
—Eso no es cierto.
Él la miró con impaciencia.
—Se le nota, Valeria. Desde la universidad. Cada vez que estamos juntos hace algún comentario.
Ella intentó recordar uno.
No encontró ninguno que justificara aquella acusación.
—Está preocupada porque ya casi no nos vemos.
Alejandro soltó una risa.
—Claro. Ahora yo tengo la culpa de que ustedes no puedan ir juntas a presumirse al gimnasio.
Valeria enderezó la espalda.
—No íbamos a presumirnos.
—Entonces no entiendo esa necesidad de ponerse ropa pegada y tomarse fotografías frente a los espejos.
Ella apretó la toalla entre las manos. Había fotografías así en su teléfono. Alejandro les había puesto corazones antes de casarse.
—A ti te gustaba cómo me vestía.
Él se acercó.
—Me gustabas tú. No todo lo que hacías para llamar la atención.
Valeria lo miró sin saber qué responder. Alejandro le apartó la toalla y la dejó sobre la cama.
—No discutamos por Camila.
Pero ya no estaban discutiendo por Camila. Valeria lo supo cuando, antes de dormir, abrió sus fotografías antiguas y empezó a preguntarse cómo las mirarían otras personas.
Al mes siguiente, la tarjeta con la que pagaba el gimnasio fue rechazada. Valeria recibió el aviso por correo mientras hacía la lista del supermercado.
Buscó su tarjeta en la cartera y luego llamó a Alejandro.
Él contestó al tercer intento.
—¿Qué pasó?
—La mensualidad del gimnasio no pasó.
—Cancelé esa tarjeta adicional. Voy a dejarte otra para los gastos.
Valeria se quedó quieta.
—¿Por qué no me avisaste?
—Se me pasó.
—Necesito pagar la mensualidad.
—¿Para qué, si casi no vas?
Ella miró el correo. Llevaba semanas intentando acomodar una visita que no terminara en algún reproche.
—Quiero volver.
Alejandro suspiró.
—Puedes hacer ejercicio en casa. Hay espacio de sobra.
—No es igual.
—Valeria, estoy trabajando.
Ella cerró los ojos.
—Tengo dinero en mi cuenta. Lo pago yo.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—Haz lo que quieras —respondió él.
La frase le revolvió el estómago.
Ya conocía lo que venía después: una cena sin palabras, respuestas cortas, una noche junto a alguien que se apartaba cuando ella intentaba tocarlo.
—Lo vemos al rato —dijo.
No pagó ese día.
Una semana después, el gimnasio suspendió su acceso.
Su madre la llamó un viernes para pedirle ayuda con el inventario de la tienda.
—Tu papá puede ir por ti. Comemos aquí y por la tarde te lleva de vuelta.
Valeria aceptó antes de revisar qué había planeado Alejandro.
—Sí. Claro.
Se arregló sin pensarlo demasiado.
Eligió unos pantalones de mezclilla, una blusa sin mangas y los aretes que solía usar para ir a clases. Se soltó el cabello.
Cuando se miró al espejo, sonrió. Alejandro llegó antes del mediodía. La encontró en el recibidor con el bolso al hombro.
—¿A dónde vas?
—A casa de mis papás. Voy a ayudar en la tienda.
Él dejó las llaves.
—Mi mamá viene a comer.
—No me dijiste.
—Te mandé un mensaje.
Valeria revisó el teléfono. El mensaje había llegado nueve minutos antes.
—Ya quedé con mi mamá.
Alejandro la miró de arriba abajo.
—¿Y para ir a una tienda te arreglas así?
La sonrisa desapareció de su rostro.
—No estoy arreglada de ninguna manera especial.
Él señaló la blusa.
—Se te ve todo.
Valeria bajó los ojos.
Era una prenda que había usado muchas veces. El escote no había cambiado. Su cuerpo tampoco.
—No se me ve todo.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—No me hagas explicar cosas evidentes.
Valeria sintió las mejillas encendidas. En ese momento sonó el timbre. Su padre. Los dos miraron hacia la puerta. Alejandro apretó los labios.
—Ve, entonces. Pero no regreses diciendo que nunca convivimos.
Valeria abrió sin responder. Su padre la abrazó y preguntó si estaba lista. Ella asintió. En el coche guardó silencio varias calles. Después dijo que le dolía la cabeza.
Su padre bajó el volumen de la radio.
No la interrogó.
En la tienda, Valeria volvió a sentirse útil.
Revisó las compras, corrigió unas sumas y acomodó con su madre un pedido de productos nuevos. Durante un rato olvidó mirar el teléfono.
Cuando lo hizo, encontró seis llamadas de Alejandro. Lo llamó desde el pequeño almacén.
—Estaba trabajando con mi mamá.
—Te he estado marcando.
—No escuché.
—¿Para qué llevas teléfono, entonces?
Valeria apoyó la espalda contra un estante.
—¿Pasó algo?
—Nada. Ya veo que estás muy ocupada.
—Alejandro…
Él colgó. Ella permaneció unos segundos mirando la pantalla. Luego volvió con su madre.
—Tengo que irme.
—Pero apenas vamos a comer.
Valeria empezó a recoger sus cosas.
—Se me olvidó un pendiente.
Su madre no intentó detenerla. Le puso comida en dos recipientes y la acompañó a la puerta. Antes de despedirse, le sujetó suavemente el brazo.
—¿Hay algo que te dé miedo contarme?
Valeria sintió que las lágrimas estaban demasiado cerca.
Negó con la cabeza.
Su madre la abrazó sin soltar los recipientes.
—Cuando quieras, me llamas.
Alejandro estaba en la terraza cuando ella regresó. Beatriz ya se había ido. Valeria dejó la comida sobre la barra y salió a buscarlo.
—Te traje de lo que preparó mi mamá.
Él no se volvió.
—No tengo hambre.
Ella se sentó en la silla de al lado.
—No quería dejarte esperando.
Alejandro miró su blusa.
—Pero hiciste lo que quisiste.
Valeria dejó de intentar encontrar una explicación que él aceptara.
—Solo fui a ver a mis papás.
Él se levantó.
—Contigo siempre es “solo”. Solo el trabajo. Solo tu amigo. Solo el gimnasio.
Ella también se puso de pie.
—¿Qué quieres que haga?
Alejandro la observó unos segundos.
—Que pienses antes de faltarme al respeto.
Entró en la casa y la dejó sola en la terraza. Valeria se quedó de pie hasta que escuchó cerrarse la puerta del dormitorio. Después subió al baño. Se quitó los aretes. Se recogió el cabello. Buscó una blusa de manga larga y se la puso.
Cuando salió, Alejandro levantó la vista desde la cama.
No dijo nada.
Valeria guardó la otra blusa en un cajón, debajo de unos suéteres. Por la noche, su madre escribió para preguntar si había llegado bien. Ella respondió que sí. Después añadió:
Gracias por la comida. Estaba muy rica.
Los recipientes seguían cerrados en la cocina.