Capítulo 7 de 25
Una silla vacía
Valeria sacó del refrigerador los recipientes que su madre le había dado. Habían pasado tres días. Abrió uno y reconoció el olor del guiso que comía desde niña. Lo calentó, puso un plato sobre la mesa y se sentó sola.
Alejandro había salido sin desayunar.
Últimamente siempre tenía prisa.
Mientras comía, Valeria abrió la conversación con su madre. El último mensaje seguía siendo el suyo, agradeciendo una comida que apenas estaba probando.
Escribió:
¿Cómo amanecieron?
Su madre respondió con una fotografía de su padre acomodando cajas en la tienda.
Aquí, trabajando. Dice tu papá que ya te encontró otra suma mal hecha para que vengas a regañarlo.
Valeria sonrió.
Estuvo a punto de llamar.
Entonces escuchó una llave en la puerta y dejó el teléfono junto al plato.
Era Beatriz.
—Buenos días.
Su suegra se detuvo al verla comer.
—¿A estas horas?
Valeria miró el reloj.
Once y cuarenta.
—No había desayunado.
Beatriz dejó el bolso en una silla.
—Eso tampoco te ayuda. Hay que tener orden.
Valeria tapó el recipiente sin responder.
El otoño llegó sin que Valeria retomara el trabajo. Preparaba el desayuno, recogía, hacía compras y esperaba. El empleo que había dejado por unos meses ya parecía pertenecer a otra vida.
Algunas tardes caminaba por el jardín. Otras abría un libro y descubría, diez minutos después, que no había entendido una sola página.
Alejandro ya no preguntaba qué había hecho durante el día.
Preguntaba si habían entregado un paquete, si estaba lista una camisa o si su madre había llamado.
Cuando Valeria intentaba contarle algo, él escuchaba mirando el teléfono. Una noche, ella se sentó a su lado en el sofá.
—Podríamos salir el sábado.
Alejandro deslizó el pulgar por la pantalla.
—Tengo una comida.
—Podemos ir después.
—Va a terminar tarde.
Valeria esperó. Él sonrió ante algo que acababa de leer. La sonrisa le resultó conocida. Antes aparecía cuando recibía mensajes de ella.
—¿Qué te dio risa? —preguntó.
Alejandro bloqueó el teléfono.
—Cosas del trabajo.
Ella bajó los ojos hacia sus manos.
—Ah.
Él volvió a encender la pantalla.
Camila insistió hasta conseguir verla.
Propuso un desayuno cerca de la casa, un lugar desde donde Valeria podría volver antes del mediodía. No necesitaban una ocasión especial. Solo sentarse juntas.
Valeria aceptó un martes. Se vistió con un pantalón claro y una blusa azul de cuello cerrado. Se puso rímel y tardó varios minutos en elegir un lápiz labial.
Al llegar al restaurante encontró a Camila esperando junto a la ventana. Su amiga se levantó de inmediato.
—Por fin.
La abrazó con fuerza. Valeria sintió un alivio inesperado al reconocer su perfume y la manera en que le frotaba la espalda. Durante un rato hablaron de cosas sencillas.
Después Camila le contó que había recibido un ascenso.
—Voy a coordinar dos sucursales.
Valeria sonrió.
—¡Cami! ¿Por qué no me habías dicho?
—Te mandé un mensaje.
Ella buscó el teléfono. Lo encontró unas semanas atrás, entre una invitación que había rechazado y una llamada sin responder. Sintió vergüenza.
—Perdóname.
—No te lo dije para que te sintieras mal.
—Es que estoy…
No terminó.
Ocupada ya no era la palabra.
Camila la observó sin ayudarla a completar la frase. Valeria bajó el teléfono.
—Me alegro muchísimo.
—Gracias.
Su amiga esperó a que les sirvieran el café.
—¿Y tú? ¿Has vuelto a revisar lo de tu empresa?
Valeria removió una taza a la que no había puesto azúcar.
—Todavía no.
—Podríamos hacerlo juntas un día.
Ella levantó la vista. La propuesta la ilusionó y la asustó al mismo tiempo. Antes de contestar, el teléfono vibró. Alejandro.
¿Dónde estás?
Valeria escribió el nombre del restaurante. La respuesta llegó enseguida.
¿Con quién?
Con Camila. Te dije ayer.
Tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
No me dijiste que ibas a salir.
Valeria volvió a leer la conversación, buscando un aviso que recordaba haber dado en voz alta.
Recordaba haberlo dicho mientras él elegía una corbata. Había respondido algo parecido a un asentimiento.
—¿Todo bien? —preguntó Camila.
—Sí.
El teléfono vibró otra vez.
Hablamos cuando llegues.
Valeria dejó de remover el café.
Al volver, Alejandro estaba en la cocina. Había regresado a buscar una carpeta. Valeria dejó el bolso en la barra.
—Te avisé ayer.
Él cerró un cajón.
—Me dijiste que Camila quería verte. No que ya habías organizado todo.
—No pensé que tuviera que…
Se detuvo. Alejandro levantó la cabeza.
—¿Que tuvieras que qué?
Valeria apoyó una mano en la barra para no apartarse.
—Pedir permiso para desayunar con una amiga.
Él dejó la carpeta sobre la barra.
—Mira cómo te pone una hora con ella.
Valeria se quedó mirándolo.
—Camila no me puso de ninguna manera.
—Antes no me hablabas así.
—No te estoy faltando al respeto.
Alejandro se acercó.
—Baja la voz.
Ella no creía haberla levantado, pero habló más despacio.
—Solo quiero poder salir sin que discutamos.
Él miró sus labios.
—Hasta te pintaste para ir.
Valeria se llevó los dedos a la boca. La vergüenza le llegó antes de que pudiera comprenderla. Alejandro tomó la carpeta.
—Tengo cosas más importantes que hacer.
La puerta se cerró unos segundos después. Valeria permaneció junto a la barra. Luego fue al baño y se quitó el labial con un pañuelo. Lo hizo con tanta fuerza que terminó con los labios irritados.
La primera cena con invitados se organizó un viernes. Alejandro avisó por la mañana que dos personas de la empresa irían a cenar. Beatriz llevaría el postre. Valeria pasó el día preparando todo.
Había aprendido qué platos prefería él, cuánto debía enfriarse el vino y qué manteles no convenía meter a la lavadora. Cuando llegaron los invitados, llevaba un vestido oscuro de manga larga.
Una de las visitas era un gerente al que ya conocía. La otra era Renata Salcedo, del área comercial. Tenía el cabello cobrizo, un vestido verde y una manera segura de entrar en una habitación. Saludó a Alejandro con dos besos y le apoyó brevemente una mano en el brazo.
Después se volvió hacia Valeria.
—Por fin conozco a la esposa.
Ella sonrió.
—Bienvenida.
Durante la cena hablaron de una negociación. Valeria escuchó mientras servía. Al reconocer un problema parecido a los que había trabajado en Novaterra, hizo una pregunta. El gerente empezó a responderle con interés.
—Exactamente. El proveedor entrega por lotes, pero nosotros…
—Vale trabajó un tiempo en administración —intervino Alejandro—. Todavía le gustan estas cosas.
Ella lo miró.
—Estudié Administración de Empresas. Como tú.
Hubo un silencio breve.
Renata bebió un poco de vino. Alejandro sonrió.
—Lo sé, amor. No era necesario presentar el currículum.
El gerente bajó los ojos al plato. Valeria dejó de hablar. Más tarde, al recoger las copas, escuchó a Renata reírse de algo que Alejandro le decía en voz baja.
Él tenía el cuerpo inclinado hacia ella y la expresión animada. Valeria se quedó un instante en la puerta de la cocina.
No recordaba cuándo había sido la última vez que su esposo la había escuchado con tanta atención.
Beatriz esperó a que los invitados se fueran para ayudarla con el postre que había sobrado. Alejandro salió a acompañar al gerente hasta el coche.
—No debiste corregirlo delante de los demás —dijo su suegra.
Valeria sostuvo la tapa del recipiente.
—No lo corregí.
—Lo hiciste quedar mal.
Ella levantó la vista.
—Solo dije lo que estudié.
Beatriz acomodó una cuchara en el cajón.
—Hay maneras. Un hombre con responsabilidades necesita sentirse respaldado en su casa.
Valeria pensó en la conversación interrumpida, en la sonrisa incómoda del gerente y en la palabra todavía. Todavía le gustaban aquellas cosas.
Como si su profesión hubiera sido una afición de juventud.
—Yo también necesito que me respalde —dijo.
Beatriz cerró el cajón.
—Entonces no conviertas una cena agradable en un problema.
Alejandro empezó a llegar más tarde. Primero fueron reuniones. Después cenas. Luego llamadas que contestaba en la terraza, con la puerta cerrada. Valeria dejó de preguntarle si estaría a tiempo para comer.
Preparaba algo que pudiera calentarse.
Una noche esperó hasta las diez y media. Cuando escuchó el coche, se levantó del sofá y fue al recibidor. Alejandro entró con el saco al hombro. Ella se acercó para besarlo.
Él giró ligeramente la cara. El beso quedó en la mejilla. Valeria percibió un perfume que no era el suyo.
—¿Ya cenaste?
—Sí.
—Te había preparado…
—No te pedí que me esperaras.
Él pasó junto a ella. Valeria lo siguió con la mirada.
Quiso preguntar dónde había estado. Con quién. Por qué le resultaba tan difícil avisar.
En cambio, preguntó:
—¿Quieres café?
—No.
Esa noche, cuando se acostaron, ella se acercó y le puso una mano en el pecho. Alejandro se la apartó.
—Estoy cansado.
Valeria retiró el brazo. Esperó a que su respiración cambiara antes de empezar a llorar.
El domingo siguiente pidió que fueran a comer con sus padres. Alejandro aceptó al principio. Valeria llamó a su madre, confirmó la hora y empezó a arreglarse. Eligió unos aretes pequeños. No se pintó los labios.
A la una, él salió del baño.
—No voy a poder.
Ella se volvió.
—¿Por qué?
—Surgió algo.
—Mi mamá ya está preparando todo.
Alejandro buscó su reloj.
—Ve tú.
Valeria se quedó quieta.
Era la primera vez en semanas que se lo decía sin reproche.
—¿De verdad?
Él levantó la mirada.
—¿Ahora también necesitas que te convenza?
Ella tomó el bolso. En casa de sus padres habían puesto cuatro lugares. Su madre retiró uno cuando Valeria explicó que Alejandro tenía un compromiso de trabajo. Durante la comida, su padre le preguntó si quería ayudarlo a revisar las cuentas.
Ella aceptó enseguida. Al abrir la libreta, encontró una suma sencilla y una nota escrita junto al margen:
Revisar con la licenciada.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Su padre fingió buscar una factura. Le dio tiempo.
Regresó antes de las seis.
Había pasado una tarde tranquila y traía una pequeña lista de mejoras para la tienda. Mientras conducía, pensó en ofrecer el mismo servicio a otro comercio del barrio. Podía empezar con algo pequeño.
Entró con aquella idea todavía viva. Alejandro estaba en la sala. Al verla, guardó el teléfono bajo una revista. El gesto fue rápido. Valeria lo notó.
—Pensé que no ibas a estar.
—Terminé antes.
Ella dejó las llaves.
Sobre la mesa había dos tazas.
Una tenía una marca de labial en el borde. Valeria se quedó mirándola. Alejandro siguió la dirección de sus ojos.
—Vino Renata. Revisamos unos documentos.
La joven alzó lentamente la cabeza.
—¿Aquí?
Él se recargó en el sofá.
—Es mi casa.
Valeria sostuvo el bolso contra el cuerpo. En la universidad habría hecho una pregunta directa. Habría pedido una explicación sin ensayarla antes. Ahora tardó varios segundos en encontrar la voz.
—También es la mía.
Alejandro dejó de sonreír. Por primera vez en mucho tiempo, Valeria no bajó la mirada.