Capítulo 8 de 25
La primera marca
—También es la mía.
Alejandro dejó la revista sobre la mesa. Valeria seguía en el recibidor, con el bolso contra el cuerpo y la mirada puesta en él. Entre ambos estaban las dos tazas, una de ellas con el borde manchado de labial.
—¿Y quién ha dicho que no? —preguntó.
Su voz era tranquila. Aquella tranquilidad le dio a Valeria el valor necesario para continuar.
—Entonces quiero saber cuándo vas a recibir gente aquí.
—Vino una compañera de trabajo.
—Lo sé. Pero cancelaste la comida con mis papás porque tenías un compromiso y después la invitaste a ella.
Alejandro se levantó.
—Estás mezclando cosas.
—Te estoy diciendo cómo me siento.
—No. Estás insinuando algo.
Valeria apretó la correa del bolso. Había pasado meses evitando aquella conversación. Ahora que había empezado, no conseguía detener todo lo que llevaba guardado.
—Últimamente escondes el teléfono cuando me acerco.
Él miró hacia la revista.
—No escondí nada.
—Lo pusiste debajo cuando entré.
—Porque lo estaba dejando.
Valeria permaneció callada. Alejandro dio un paso hacia ella.
—¿Vas a revisar también dónde pongo mis cosas?
—Quiero que me hables con la verdad.
El rostro de él cambió.
Fue algo pequeño: la mandíbula tensa, los ojos inmóviles.
—Ten cuidado con lo que dices.
Valeria se frotó los brazos descubiertos.
Aun así, continuó.
—A mí me preguntas dónde estoy, con quién, por qué me arreglo. Y tú puedes traer a Renata sin decirme nada.
Alejandro soltó una risa breve.
—Ahora entiendo. Vienes de casa de tus papás y llegas buscando pelea.
—Mis papás no tienen nada que ver.
—Siempre vuelves distinta cuando vas.
Ella negó con la cabeza.
—No les conté nada.
Él se quedó mirándola. Valeria comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
—¿Qué tendrías que contarles?
La pregunta quedó entre ellos. Ella bajó el bolso hasta dejarlo sobre una silla.
—Que no estoy bien.
Alejandro miró hacia el techo, como si necesitara paciencia.
—Tienes una casa preciosa. No te falta nada. Dejaste de trabajar para descansar y ahora resulta que tampoco estás bien.
—No dejé de trabajar para descansar.
Él volvió a mirarla. Valeria sintió que el corazón le golpeaba en el cuello.
—Renuncié porque discutíamos todos los días.
—Renunciaste porque quisiste.
Ella abrió la boca.
No encontró enseguida una respuesta.
Recordaba el desayuno, las lágrimas y los brazos de Alejandro alrededor de su cuerpo. Recordaba haber dicho que no quería hacerlo.
También recordaba su propia firma. Aquello la confundió durante un instante. Después miró las tazas.
—No quiero seguir hablando así.
Se volvió hacia las escaleras. Alejandro la sujetó del brazo.
El dolor la sorprendió antes que el miedo. Los dedos de él se cerraron por encima del codo y la obligaron a girar.
—No me dejes hablando solo.
Valeria miró su mano. Después lo miró a él.
—Suéltame.
Alejandro no aflojó.
—Cuando te digo algo, me escuchas.
Ella intentó retirar el brazo. Él apretó más. La correa del bolso cayó de la silla y golpeó el suelo. El sonido la hizo estremecerse.
—Me estás lastimando.
Aquella frase pareció devolverle a Alejandro la conciencia de lo que estaba haciendo. La soltó. Valeria retrocedió hasta chocar con el borde de la consola. Se llevó la otra mano al brazo.
Durante unos segundos ninguno habló. Alejandro bajó la vista hacia el lugar donde la había sujetado.
—No tenías que jalarte.
Valeria lo observó. Esperó otra cosa. Una disculpa inmediata. Una pregunta. Cualquier señal de que él entendía lo que acababa de pasar. Alejandro se pasó una mano por el cabello.
—Mira cómo terminamos por tus celos.
Ella no respondió. Subió las escaleras despacio, procurando que no le temblaran las piernas.
En el baño cerró la puerta. Se remangó la blusa. La piel estaba roja donde habían estado sus dedos. Valeria la tocó suavemente y retiró la mano. No había sido una caída. No había tropezado.
Alejandro la había sujetado porque quiso detenerla. Se sentó sobre la tapa del inodoro. Desde abajo llegó el ruido de las tazas al juntarse.
Después, agua corriendo en la cocina.
La normalidad de aquellos sonidos le resultó insoportable. Sacó el teléfono del bolsillo y buscó a su madre. Su dedo quedó suspendido sobre el nombre.
¿Qué iba a decirle?
Había salido de su casa apenas una hora antes. Su padre la había acompañado hasta el coche y ella había prometido volver pronto para revisar otras cuentas.
Si llamaba, vendrían.
Los imaginó tocando la puerta, a Alejandro recibiéndolos con aquella amabilidad que sabía usar frente a otras personas.
No quería una discusión entre ellos.
Tampoco sabía cómo explicar por qué necesitaba que alguien fuera a buscarla. Dejó el teléfono sobre el lavabo.
Alguien llamó a la puerta.
—Vale.
Ella se quedó inmóvil.
—Ábreme.
No contestó.
Alejandro probó la manija.
—Quiero hablar.
Valeria se levantó y abrió. Él tenía un vaso de agua en la mano.
—No quería lastimarte.
Ella se quedó junto al lavabo. Alejandro dejó el vaso y miró su brazo.
—Déjame ver.
Valeria bajó la manga. Él suspendió el gesto con el que iba a tocarla.
—Fue un momento horrible.
Ella tragó saliva.
—Te pedí que me soltaras.
Alejandro bajó la cabeza. Por primera vez desde que había empezado la discusión, pareció avergonzado.
—Lo sé.
Valeria sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Él se acercó un poco.
—Estoy bajo mucha presión. Hay problemas en la empresa y llego aquí esperando estar tranquilo. Después empezamos a discutir y…
No terminó.
Valeria esperó.
—No vuelve a pasar —dijo al fin.
Ella lo miró con atención.
Necesitaba creer que aquella frase era cierta.
Alejandro extendió la mano, despacio.
—Perdóname.
Valeria dejó que le tocara la mejilla. Después él la abrazó. Ella mantuvo los brazos junto al cuerpo durante unos segundos, hasta que empezó a llorar contra su camisa.
Alejandro le acarició la espalda.
—Ya pasó —susurró.
Valeria cerró los ojos. El brazo seguía doliéndole.
A la mañana siguiente había cuatro manchas oscuras sobre la piel.
No eran grandes.
Eso fue lo primero que pensó.
Podía cubrirlas con la manga. Nadie tenía por qué verlas mientras desaparecían. Se vistió antes de que Alejandro despertara y bajó a preparar café. Él apareció poco después con una expresión cansada.
Le besó la cabeza.
—Buenos días.
Valeria respondió en voz baja. Durante el desayuno, Alejandro le habló de un restaurante al que podían ir el fin de semana. También preguntó si necesitaba algo. Ella negó.
Cuando él se fue, dejó dinero junto a las llaves del aparador.
—Para que te compres un detalle.
Valeria miró los billetes sin tocarlos. Esperó a escuchar el coche alejarse. Después volvió a remangarse. Las marcas seguían allí.
Beatriz llegó antes del mediodía.
Encontró a Valeria guardando unas sábanas en el armario del pasillo.
—Alejandro me dijo que discutieron.
Ella se volvió. Su suegra llevaba una bolsa de fruta. Valeria sostuvo una funda entre las manos.
—¿Qué le dijo?
—Que hubo un malentendido por una compañera de la oficina.
La joven miró hacia la escalera.
—Me sujetó del brazo.
Beatriz dejó la bolsa sobre una mesa. Valeria se subió lentamente la manga.
Fue la primera vez que le mostró las marcas a alguien.
Su suegra las observó. Durante un segundo, Valeria creyó que por fin iba a escuchar las palabras que necesitaba. Pero Beatriz levantó la vista.
—¿Por qué llegaron a eso?
La pregunta la dejó sin aire.
—Yo no…
—Alejandro puede tener un carácter fuerte. Lo sé. Pero jamás había tenido problemas así.
Valeria bajó la manga.
—Me estaba yendo de la sala.
—A veces irse a mitad de una conversación empeora las cosas.
Beatriz se alisó la falda.
—Yo aprendí a esperar a que su padre se calmara antes de hablar. A veces dejaba pasar días.
Valeria la miró. Por primera vez imaginó a aquella mujer más joven, ensayando también lo que podía decir. La imagen le produjo tristeza, pero no volvió menos doloroso lo que estaba escuchando.
—Yo no quiero aprender a vivir así —respondió.
Beatriz apartó los ojos hacia la bolsa de fruta. La funda se arrugó entre sus dedos. Beatriz pareció notar su expresión y suavizó la voz.
—No digo que esté bien que te apriete. Hablaré con él. Pero ustedes también tienen que aprender a detenerse antes de perder el control.
Valeria dejó las sábanas en el estante. Ella no había perdido el control. Había intentado salir de la habitación.
Quiso decirlo, pero Beatriz ya estaba preguntando dónde guardaban el frutero.
Las flores llegaron por la tarde.
Rosas blancas.
La tarjeta decía:
Quiero volver a verte sonreír. Te amo.
Valeria las puso en agua. Aquella noche Alejandro llevó comida, apagó el teléfono durante la cena y se sentó junto a ella en el sofá. Le habló con dulzura.
Recordó una anécdota de la universidad y consiguió hacerla reír. Valeria sintió alivio y, al mismo tiempo, una tristeza que no sabía dónde colocar. Había extrañado tanto una noche así que le daba miedo arruinarla.
Cuando él le besó la frente, ella apoyó la cabeza en su hombro.
No hablaron del brazo.
Dos días después, Camila le propuso pasar a verla.
Valeria miró las marcas, que empezaban a adquirir un tono amarillento.
Hoy no puedo, escribió.
Su amiga respondió:
No tienes que preparar nada. Llevo café.
Valeria escribió que sí y se quedó mirando la palabra antes de enviarla. Podían sentarse en la cocina. Podía mostrarle el brazo. Camila no le preguntaría qué había hecho para que ocurriera.
Sabía que no.
Precisamente por eso le costaba tanto dejarla entrar.
No podría seguir llamándolo una discusión después de escucharlo en voz alta.
Escribió que tenía dolor de cabeza.
Camila llamó. Esta vez contestó.
—¿Quieres que te lleve algo?
Valeria apretó los labios.
—No, gracias.
Hubo un silencio.
—Vale, ¿estás sola?
Miró hacia la puerta, aunque Alejandro estaba en la oficina.
—Sí.
—¿Puedes hablar?
La pregunta hizo que se le quebrara la respiración.
—Estoy cansada.
Camila no respondió enseguida.
—Puedes llamarme aunque sea de madrugada.
Valeria cerró los ojos.
—Lo sé.
Cuando colgaron, permaneció sentada con el teléfono entre las manos.
El viernes por la tarde subió al cuarto del árbol. Abrió la carpeta de su proyecto y encontró la pluma de su padre. La sacó. Luego tomó una hoja en blanco y escribió la fecha del domingo anterior.
Se quedó mirándola. Durante un rato escuchó los ruidos de la calle y el zumbido lejano del refrigerador. Después escribió:
Me sujetó del brazo cuando intenté irme. Le pedí que me soltara. Me dejó marcas.
Leyó las tres frases.
No hablaban de la empresa, de Renata ni de la cena. Tampoco de lo nervioso que estaba Alejandro.
Solo decían lo que había ocurrido.
Dobló la hoja y la guardó dentro de la carpeta, debajo de los presupuestos. Le temblaban los dedos.
Antes de cerrarla, sacó el teléfono y fotografió su brazo. La primera imagen salió movida. Tomó otra.
Abajo sonó una llave en la puerta.
Valeria bajó la manga y dejó la pluma junto al papel.
—¿Vale? —llamó Alejandro.
Ella respiró hondo.
—Estoy arriba.
Esta vez no borró la fotografía.