Capítulo 9 de 25

A la vista de todos

Alejandro apareció en la puerta del cuarto con una caja entre las manos. Valeria cerró la carpeta.

—¿Qué haces aquí arriba? —preguntó él.

—Estaba acomodando unos papeles.

Alejandro miró la mesa, las cajas abiertas y la silla que ella había llevado desde el comedor.

—Tenemos que comprar muebles para esto.

Valeria levantó la vista.

Hacía meses que esperaba escucharlo.

—Quisiera poner un escritorio junto a la ventana.

Él dejó la caja sobre la mesa.

—Pensaba en una sala de televisión. Pero después vemos.

Valeria pasó la mano sobre la tapa de la carpeta. Alejandro abrió la caja.

Dentro había un collar delgado con una piedra azul.

—Lo vi y pensé en ti.

Ella lo contempló sin tocarlo. Él se acercó por detrás y le apartó el cabello.

—Déjame ponértelo.

Valeria sintió los dedos de Alejandro junto a su nuca y se quedó inmóvil hasta que terminó de cerrar el broche.

—Mírate.

La condujo hasta el espejo del pasillo. La piedra descansaba debajo del cuello de su blusa.

—Te queda precioso.

Valeria llevó una mano al collar. En el reflejo, Alejandro sonreía detrás de ella. Podía ver al mismo tiempo su rostro y la manga bajo la que todavía se ocultaban las marcas.

Durante casi dos semanas no discutieron. Un domingo desayunaron juntos y fueron a comprar plantas para el jardín. Valeria empezó a dormir mejor y a preguntarse si había dado demasiadas vueltas a lo ocurrido. La fotografía de su brazo le impedía convencerse del todo. La hoja donde lo había anotado permaneció dentro de su proyecto.

Una mañana buscó una clase de administración en línea. Había un curso breve sobre costos para pequeños negocios y podía pagarlo con parte de sus ahorros. Dejó abierta la página hasta la tarde.

Cuando Alejandro llegó, encontró la computadora sobre la mesa.

—¿Qué estás viendo?

Valeria le explicó. Él miró la pantalla.

—¿Para qué quieres pagar por algo que ya estudiaste?

—Es para actualizarme.

—Primero termina de acomodar tus cosas. Ese cuarto sigue lleno de cajas.

Ella cerró la página. Se dijo que podía encontrar materiales gratuitos. Al día siguiente ordenó el cuarto.

La invitación al aniversario de la empresa llegó a mediados de mes. Alejandro dejó el sobre junto a su plato.

—Es el próximo viernes. Va a estar todo el consejo.

Valeria acarició el borde de la tarjeta. Llevaban tiempo sin salir juntos a un evento.

—¿A qué hora?

—A las ocho. Voy a pasar por ti.

Esa tarde abrió el armario con una ilusión que le resultó casi vergonzosa.

Apartó las blusas amplias y encontró un vestido negro que había usado antes de casarse. Tenía un corte sencillo, se ajustaba a su cintura y dejaba los hombros descubiertos.

Se lo probó. Todavía le quedaba bien. Permaneció frente al espejo, mirando una figura que reconocía aunque últimamente la escondiera bajo prendas holgadas. Se soltó el cabello. Por un momento recordó cómo se preparaba para salir con Camila: la música encendida, dos vestidos sobre la cama y ninguna necesidad de anticipar una reacción.

Sacó los zapatos que combinaban. Después volvió a guardar todo.

Esperaría al viernes.

Beatriz llegó aquella mañana con una funda de ropa.

—Te traje una opción para esta noche.

Valeria estaba planchando una camisa de Alejandro. Su suegra colgó la funda en el respaldo de una silla y bajó el cierre.

Era un vestido color vino, de manga larga y cuello cerrado.

—Es bonito —dijo Valeria—. Pero ya tengo uno.

—Alejandro me comentó que no sabía si habías pensado en algo apropiado.

La plancha quedó suspendida sobre la tabla.

—Pude haber hablado con él.

Beatriz alisó la tela.

—No lo tomes así. En estos eventos todo cuenta.

Valeria desconectó la plancha. Por primera vez, el regalo le resultó una tarea.

Se puso el vestido negro. Lo hizo despacio, con una decisión que le había costado toda la tarde. Se maquilló, se arregló el cabello y eligió el collar azul. Cuando terminó, se miró de frente.

Le gustó lo que vio. Alejandro llegó a las siete y media. Ella bajó las escaleras sosteniendo el bolso. Él estaba junto a la consola. La miró en silencio.

Valeria se detuvo dos escalones antes de llegar al suelo.

—¿Qué pasa?

—¿Mi mamá no te trajo un vestido?

Ella descendió el último escalón.

—Sí. Pero prefiero este.

Alejandro la recorrió con la mirada.

—No vamos a un bar.

Valeria apretó el bolso contra la palma.

—Es un vestido de noche.

Él dejó las llaves.

—Se te marca todo.

Ella miró la tela sobre su cintura.

—Así me queda.

Alejandro se acercó lo suficiente para bajar la voz.

—No quiero pasarme la noche viendo cómo te exhibes delante de mis compañeros.

La palabra le dolió.

—No me estoy exhibiendo.

Él señaló las escaleras.

—Cámbiate. Ya vamos tarde.

Valeria permaneció inmóvil. Alejandro la miró de una manera que le hizo recordar su mano cerrándose sobre el brazo. Ella bajó los ojos.

Subió.

El vestido color vino estaba extendido sobre la cama.

En el salón había música, copas y un enorme letrero con el nombre de la empresa. Alejandro le puso una mano en la cintura al entrar.

Frente al fotógrafo, la acercó a su cuerpo.

—Sonríe, amor.

Valeria sonrió. La abrazó durante los saludos. La presentó a un proveedor como “mi esposa” y contó que acababan de regresar de Venecia. Ella corrigió mentalmente: habían vuelto meses atrás.

No dijo nada.

Algunas personas le preguntaron a qué se dedicaba.

La primera vez respondió que era administradora. La segunda, Alejandro contestó antes.

—Por ahora está disfrutando la casa.

Valeria sostuvo la copa entre los dedos. Una mujer de cabello gris le preguntó dónde había estudiado y empezó a hablar de su sobrina, que cursaba la misma carrera.

Aquella conversación le permitió respirar.

Hasta que Renata llegó.

Llevaba un vestido plateado de tirantes finos. La tela se ajustaba a su cuerpo y dejaba parte de la espalda descubierta. Alejandro sonrió al verla.

—Llegaste.

Renata le tocó el antebrazo.

—Te dije que no me lo iba a perder.

Después saludó a Valeria.

—Qué bonito color.

Valeria bajó la vista hacia su vestido.

—Gracias.

Alejandro seguía mirando a Renata.

—Te ves espectacular.

Lo dijo con una naturalidad que dejó a Valeria quieta junto a él.

Durante la cena, Renata se sentó a dos lugares de distancia. Alejandro giraba el cuerpo para escucharla. Le rellenó la copa una vez y recordó una anécdota que los hizo reír a ambos.

Valeria intentó conversar con el hombre que tenía al lado.

Respondió dos preguntas, pero perdió el hilo cuando vio a Alejandro inclinarse para decirle algo a Renata.

Ella lo escuchó sonriendo. Después le acomodó una pequeña pelusa en la solapa. Valeria dejó el tenedor. Beatriz, sentada enfrente, siguió su mirada.

—Come —le dijo en voz baja—. Casi no has probado nada.

Valeria tomó el cubierto otra vez. La comida ya no tenía sabor. Más tarde, Alejandro se levantó para saludar a unos invitados. Renata salió de la mesa unos minutos después.

Valeria esperó. Cuando pasó un rato sin ver a ninguno de los dos, dejó la servilleta junto al plato y fue hacia el vestíbulo. Los encontró cerca de la terraza.

No se estaban besando.

Renata sostenía el teléfono mientras Alejandro miraba algo en la pantalla, con una mano apoyada en la parte baja de su espalda. Valeria se detuvo. Él la vio primero.

Retiró la mano.

—¿Qué pasó?

Ella miró a Renata y después a él.

—Te estaba buscando.

Alejandro consultó su reloj.

—Ya casi nos vamos.

Renata guardó el teléfono.

—Los dejo. Me están esperando adentro.

Se alejó sin prisa. Valeria permaneció frente a su esposo.

—¿Por qué la tocabas así?

Él miró alrededor.

—No empieces aquí.

En el coche, Alejandro encendió la radio. Valeria la apagó. Él giró la cabeza.

—¿Qué haces?

Ella tenía las manos juntas sobre el bolso.

—Necesito que me respondas.

Alejandro volvió la vista al frente.

—La estaba acompañando a ver una fotografía.

—Con la mano en su espalda.

—Es una compañera.

Valeria miró hacia la ventanilla para que él no la viera llorar.

—A mí me hiciste cambiar de ropa.

Él apretó el volante.

—¿Qué tiene que ver?

—Le dijiste que se veía espectacular.

—Porque sabe vestirse para un evento.

Valeria se quedó callada. El vestido que llevaba empezó a molestarle en el cuello. Alejandro continuó:

—No puedo decirle nada a nadie sin que lo conviertas en un problema.

—Conmigo no hablas así.

—¿Cómo?

Ella tardó en contestar.

—Como si te gustara estar conmigo.

El semáforo estaba en rojo. Alejandro la miró. Durante un segundo pareció dispuesto a decir algo distinto. Entonces sonó su teléfono. El nombre de Renata apareció en la pantalla del tablero.

Valeria lo leyó antes de que él rechazara la llamada.

Al llegar a casa, Alejandro se quitó el saco y lo dejó sobre una silla. Valeria permaneció junto a la puerta.

—¿Hay algo entre ustedes?

Él se volvió con impaciencia.

—Estoy cansado.

—Respóndeme.

Alejandro la observó.

—Mírate, Valeria. No puedes pasar una noche sin hacer una escena.

Ella sintió que la vergüenza de toda la velada le subía al rostro.

—No hice ninguna escena.

—Porque no te dejé.

Él empezó a subir las escaleras. Valeria dio un paso detrás.

—Yo también estaba ahí.

Alejandro se detuvo.

—Ya sé que estabas ahí.

—Entonces no me trates como si no me vieras.

Él bajó un escalón. Valeria retrocedió antes de poder evitarlo. Alejandro notó el movimiento. Se quedó mirándola. Después soltó una risa sin alegría.

—Ahora resulta que te doy miedo.

Ella no respondió. Él subió y cerró la puerta del dormitorio.

Valeria pasó la noche en el cuarto del árbol. No había cama. Se sentó en la silla y se quitó los zapatos. Luego desabrochó el cuello del vestido para poder respirar con comodidad.

Sobre la mesa estaba la carpeta.

La abrió y encontró la hoja donde había anotado lo del brazo.

Escribió debajo:

Hoy me hizo cambiar de ropa para una fiesta. Después elogió a Renata delante de mí.

Se detuvo. Aquello parecía demasiado pequeño al lado de las marcas. Pero era lo que había sucedido.

Añadió otra línea:

Cuando se acercó en la escalera, retrocedí.

Dejó la pluma. Desde el dormitorio llegó una vibración breve y luego la voz de Alejandro, amortiguada por la puerta. Valeria no distinguió todas las palabras.

Sí escuchó su risa.

Aquella risa cálida, despreocupada, que conocía desde la universidad. Se levantó y caminó hasta el pasillo. Antes de que pudiera decidir si acercarse, lo escuchó decir: —Sí, preciosa. Mañana te llamo.

Valeria apoyó la mano en la pared. No necesitó seguir escuchando.