Capítulo 10 de 25
La puerta entreabierta
Valeria permaneció en el pasillo hasta que terminó la llamada. Escuchó el pequeño golpe del teléfono sobre la mesa de noche. Después, los pasos de Alejandro. La puerta del dormitorio se abrió.
Él se detuvo al verla. Ella seguía descalza, con el vestido color vino y una mano apoyada en la pared.
—¿Qué haces ahí?
Valeria abrió la boca y tuvo que intentarlo de nuevo antes de conseguir hablar.
—Te escuché.
Alejandro miró hacia el cuarto del árbol.
—¿Me estabas espiando?
—Pasé por aquí.
Él cruzó los brazos.
—Pues ya puedes dejar de pasar. Quiero dormir.
Intentó cerrar la puerta, pero Valeria habló antes.
—Le dijiste preciosa.
Alejandro dejó la mano sobre la manija. La observó unos segundos.
—¿Y?
Aquella respuesta la hizo quedarse inmóvil. Había imaginado una explicación. Un nombre diferente. Incluso una mentira torpe que le permitiera aplazar lo que estaba comprendiendo.
—¿Era Renata?
Él soltó el aire por la nariz.
—No voy a discutir contigo a esta hora.
—Solo contéstame.
—Ya hablamos de esto en el coche.
Valeria negó despacio.
—No. Tú hablaste. Yo sigo sin saber qué está pasando.
Alejandro abrió más la puerta.
—Lo que está pasando es que no soportas verme hablar con otra persona.
Ella sintió que el cansancio se convertía en algo más firme.
—Hablar no es lo mismo que esconder llamadas.
Él dio un paso hacia el pasillo. Valeria retrocedió por reflejo. Alejandro miró sus pies y luego su rostro.
—Otra vez con eso.
Ella se obligó a permanecer quieta.
—¿Con qué?
—Con actuar como si te fuera a hacer algo.
Valeria llevó una mano al brazo donde habían estado las marcas. No necesitó subir la manga. Alejandro siguió el movimiento. Durante un instante, pareció que iba a disculparse. En cambio, dijo:
—No voy a pedirte perdón toda la vida por haberte agarrado una vez.
Ella bajó la mano. La casa estaba tan silenciosa que escuchó el motor del aire acondicionado.
—No te estaba pidiendo eso —respondió.
Alejandro entró al dormitorio. Esta vez cerró la puerta. Valeria se quedó afuera.
Amaneció sentada en la silla del cuarto.
Tenía el cuello adolorido y una marca de la costura del vestido sobre la piel. Se había quedado dormida con los brazos cruzados encima de la mesa.
Abajo sonó la cafetera.
Durante unos segundos pensó que Alejandro estaba preparándole el desayuno. Se incorporó despacio. Lo encontró en la cocina con una taza en la mano y el teléfono junto al plato.
—Hay café —dijo él.
Valeria miró la mesa.
Solo había un lugar puesto.
Tomó otra taza del armario. Alejandro siguió leyendo. Ella se quedó de pie frente a la barra.
—No dormí.
—Te pudiste haber acostado.
—Cerraste la puerta.
Él levantó la mirada.
—No tenía llave.
Valeria sostuvo la taza con ambas manos.
Era cierto.
La puerta no había tenido llave. Sin embargo, toda la noche le había parecido imposible abrirla. Alejandro miró el vestido arrugado.
—Ve a cambiarte. Parece que vienes llegando de una fiesta.
Ella no respondió. Subió al baño y dejó correr el agua hasta que dejó de escuchar los movimientos de él en la planta baja.
Durante los días siguientes, Valeria dejó de intentar acercarse por las noches.
Dormía en el borde de la cama, mirando hacia la ventana.
Alejandro parecía más cómodo así.
Si ella le rozaba el brazo al acomodarse, él se movía. Si le preguntaba cómo estaba, contestaba que cansado. Había dejado de besarla al llegar.
Una tarde, mientras ordenaba el armario, encontró el vestido rojo de Venecia. Lo sacó. La tela seguía suave. Recordó el balcón del hotel y las ganas con las que se había arreglado para aquella cena.
Se lo sostuvo frente al cuerpo.
No estaba segura de querer ponérselo. Solo necesitaba comprobar que seguía siendo suyo.
Alejandro entró mientras ella se miraba en el espejo.
—¿Ahora a dónde vas?
Valeria dejó caer el vestido sobre la cama.
—A ningún lado.
Él miró la prenda.
—Entonces no entiendo.
Ella recogió la percha.
—Estaba acomodando.
Alejandro abrió un cajón y sacó una camisa. Valeria lo observó de espaldas.
—¿Ya no te gusto?
Él se quedó quieto un instante. Luego continuó desabrochándose la camisa que llevaba puesta.
—No empieces.
—Te estoy preguntando algo.
Alejandro se volvió. La miró como si ella acabara de pedirle un favor inconveniente.
—Todo el día aquí y siempre con esa cara. ¿Qué quieres que haga?
Valeria sintió que le ardían los ojos.
—Antes querías estar conmigo.
—Antes no me interrogabas por todo.
Ella abrazó la percha contra el pecho. Alejandro tomó sus cosas y entró al baño. Valeria guardó el vestido sin volver a mirarse.
Beatriz llegó el lunes con unas bolsas de compras.
Encontró a Valeria sentada en la cocina, con una taza de té que ya se había enfriado.
—¿Estás enferma?
—No.
Su suegra dejó las bolsas.
—Tienes mala cara.
Valeria se pasó una mano por la frente. Había dormido poco. Beatriz empezó a guardar productos y encontró una caja de galletas abierta.
—También deberías cuidar lo que comes.
Valeria levantó la vista.
—Como lo mismo de siempre.
—Sin hacer ejercicio, no es igual.
La frase le provocó una punzada de rabia.
—Ya no voy al gimnasio.
—Lo sé.
Beatriz cerró la alacena. Valeria esperó a que añadiera algo. Que preguntara por qué. Que recordara que Alejandro había cancelado la tarjeta. Pero su suegra se limitó a acomodar una bolsa sobre otra.
—Podrías caminar más.
Valeria miró hacia el jardín. Durante meses había escuchado que se arreglaba demasiado. Ahora parecía estar haciendo lo contrario también de manera equivocada.
—No sé qué esperan de mí —dijo.
Beatriz se volvió.
—Que estés bien, hija. Nada más.
Valeria bajó los ojos hacia el té.
No consiguió explicarle lo sola que se sentía en aquella cocina, incluso teniéndola enfrente.
La llamada llegó el miércoles. Valeria estaba doblando ropa cuando escuchó la voz de Alejandro desde la sala. Había vuelto antes y ella no oyó entrar el coche. Bajó dos escalones.
—Sí, mañana —decía él—. A las dos está bien.
Valeria siguió descendiendo. Alejandro estaba junto a la ventana. La vio, pero no interrumpió la conversación.
—No, aquí. Es más cómodo.
Sonrió.
—Te espero.
Colgó y dejó el teléfono en el bolsillo.
Valeria se detuvo al pie de la escalera.
—¿Quién viene?
—Renata.
La respuesta fue inmediata.
Sin excusa.
—¿A comer?
—Tenemos que revisar una presentación.
Ella miró hacia el comedor.
—¿No pueden hacerlo en la oficina?
Alejandro ladeó la cabeza.
—¿Vamos a empezar otra vez?
Valeria tardó en contestar; ya sabía cómo terminaría aquella pregunta.
—Es una pregunta.
—Y ya te contesté.
Él se quitó el saco y se lo entregó. Valeria lo recibió sin pensar. Cuando miró la prenda sobre sus brazos, sintió vergüenza de aquel gesto automático.
Al día siguiente preparó comida para tres. Lo hizo porque Alejandro se lo pidió por la mañana, mientras buscaba una carpeta.
—Algo ligero. Renata no come mucho.
Valeria se quedó junto a la cafetera.
—Podemos pedir comida.
—¿Para qué? Vas a estar aquí.
Él salió antes de que ella respondiera.
A las dos menos diez, Valeria puso los platos.
A las dos y cinco llegó Renata.
Llevaba una falda clara, tacones altos y una blusa que dejaba los hombros descubiertos. Sonrió al verla.
—Espero no darte trabajo.
Valeria sostuvo la puerta abierta.
—Pasa.
Alejandro apareció desde el estudio. Su expresión cambió al acercarse a la visitante.
—Llegaste perfecto.
Le tomó el bolso y lo dejó en una silla. Valeria miró aquel cuidado pequeño.
A ella le había entregado su saco sin levantar la vista.
Durante la comida, Renata y Alejandro hablaron casi todo el tiempo. Valeria sirvió agua, acercó el pan y respondió cuando le preguntaron por una receta. Después nadie volvió a preguntarle nada.
Al terminar, Alejandro se levantó.
—Vamos al estudio.
Renata tomó su copa. Valeria la miró.
—¿Te sirvo café?
—Después, gracias.
Los dos se alejaron. La puerta del estudio quedó entreabierta.
Valeria recogió despacio.
No quería escuchar.
Tampoco podía dejar de hacerlo. Primero oyó comentarios sobre una diapositiva. Después una risa. Luego la voz de Renata, más baja.
—Tu esposa es muy callada.
Valeria dejó el plato que sostenía. Alejandro respondió algo que no distinguió. Renata volvió a reír. Valeria se acercó al pasillo.
A través de la abertura vio a su esposo de pie junto al escritorio. Renata estaba sentada sobre el borde, con la copa en la mano.
Alejandro le apartó un mechón del rostro. Después la besó. Valeria dejó de respirar.
No fue un beso rápido ni un accidente que pudiera explicarse.
Ella vio la mano de Renata en la nuca de su esposo.
Dio un paso atrás.
El talón golpeó la pata de una silla. Alejandro levantó la cabeza. La vio. Durante un instante se miraron a través de la puerta. Valeria esperó que se apartara.
Él dejó la mano en la cintura de Renata.
—Luego hablamos —dijo.
Valeria llegó a la cocina sin recordar haber caminado hasta allí.
Apoyó las manos en la barra.
Tenía el estómago revuelto y la boca seca.
Todo lo que había intentado preguntar durante semanas acababa de recibir una respuesta.
No estaba imaginando.
No había entendido mal una risa ni exagerado una mano sobre una espalda. En el estudio volvieron a oírse voces. La normalidad con la que continuaron hablando la hizo doblarse hacia el fregadero.
No vomitó.
Se quedó allí hasta que pudo respirar sin hacer ruido.
Renata se fue cerca de las cuatro. Se despidió desde el recibidor. Valeria no salió. Cuando la puerta se cerró, Alejandro apareció en la cocina.
—No hagas un drama.
Ella levantó lentamente la cabeza. Las palabras llegaron antes que cualquier explicación.
—La besaste.
Él apoyó una mano sobre la barra.
—Ya lo viste.
Valeria sostuvo el borde de la barra para mantenerse de pie.
—Aquí. Delante de mí.
Alejandro miró hacia otro lado.
—No fue delante de ti. Te pusiste a mirar.
Ella lo observó con una incredulidad dolorosa.
—Soy tu esposa.
Él volvió a mirarla.
—Entonces deja de comportarte como una niña.
Valeria dio un paso hacia él.
—No puedes hacerme esto y esperar que siga sirviéndoles la comida.
Alejandro se enderezó. Ella vio el cambio en su rostro. Esta vez lo reconoció a tiempo.
Retrocedió.
No retiró lo que había dicho.
Él permaneció inmóvil unos segundos. Después tomó las llaves.
—Cuando te calmes, hablamos.
Salió.
Valeria escuchó el coche arrancar.
Tardó varios minutos en encontrar su teléfono.
Estaba junto a las toallas limpias del dormitorio. Abrió la conversación con Camila.
Escribió una frase.
La borró. Volvió a intentarlo.
Necesito contarte algo.
La respuesta llegó enseguida.
Te escucho.
Valeria se sentó en el suelo, junto a la cama. Tenía tantas cosas que decir que no sabía por dónde empezar.
Finalmente escribió:
Alejandro está con otra mujer. La trajo hoy a la casa.
Camila llamó. Valeria contestó llorando.
—Te creo —dijo su amiga, antes de preguntarle nada.
Aquellas dos palabras hicieron que Valeria dejara de intentar contenerse.