Capítulo 11 de 25
Lo que alcanzó a decir
Camila esperó a que Valeria pudiera respirar.
No le pidió que dejara de llorar ni que empezara por el principio. Permaneció al otro lado de la llamada mientras ella intentaba explicar lo ocurrido con palabras que se interrumpían unas a otras.
—La besó. Yo estaba ahí, Cami. Había preparado la comida.
Valeria se cubrió la boca. La vergüenza le resultaba casi tan dolorosa como la imagen de Alejandro inclinándose sobre Renata.
—No hiciste nada para merecer eso —dijo su amiga.
Ella cerró los ojos.
—No sé en qué momento dejamos de…
Se detuvo.
Iba a decir querernos.
Pero ella lo había seguido queriendo durante las cenas silenciosas, los cambios de ropa y las noches en que él se apartaba. Había renunciado creyendo que todavía estaban tratando de recuperar algo juntos.
—¿Estás sola? —preguntó Camila.
—Sí. Se fue.
—Voy por ti.
Valeria levantó la cabeza. La propuesta convirtió de pronto aquella llamada en algo concreto: una puerta que se abría, una maleta, su amiga esperando afuera.
—No sé.
—Puedes venir a mi casa esta noche. Después piensas lo demás.
Valeria miró el armario. Su ropa ocupaba la mitad izquierda. La de Alejandro, la derecha. En el estante superior estaban las maletas de Venecia.
—Tengo que hablar con él.
—Puedes hacerlo después de descansar.
—Si me voy ahora, va a decir que…
No terminó.
Camila guardó silencio unos segundos.
—Vale, ¿le tienes miedo?
Valeria apretó el teléfono. Miró su brazo, aunque las marcas ya habían desaparecido.
—A veces.
Fue apenas un susurro.
Pero, una vez dicho, no pudo retirarlo.
Camila llegó cuarenta minutos después. Valeria abrió la puerta y se quedó inmóvil al verla. Su amiga llevaba la misma bolsa de trabajo de siempre y el cabello recogido de cualquier manera, como si hubiera salido deprisa.
No traía café.
Traía las llaves del coche en la mano.
Valeria se echó a llorar otra vez. Camila la abrazó en el recibidor.
—Estoy aquí.
La condujo hasta el sofá y se sentó a su lado. Durante un rato, Valeria habló de Renata. Después de las llamadas, de la ropa y de Novaterra. Camila escuchó con las manos quietas sobre las rodillas.
Cuando Valeria mencionó el brazo, levantó lentamente la cabeza.
—¿Te lastimó?
Ella asintió.
Buscó la fotografía en el teléfono.
Le temblaron los dedos al abrirla. Camila la miró sin tocar la pantalla.
—¿Cuándo fue?
Valeria se lo dijo.
—Me pidió perdón.
Su amiga respiró hondo.
—Ven conmigo.
Ella bajó el teléfono.
—No tengo nada preparado.
—Podemos guardar algunas cosas.
Valeria miró alrededor. La fotografía de la boda seguía sobre la consola. En ella, Alejandro la miraba como si no hubiera nadie más. Se levantó.
—Voy por mi bolso.
Arriba abrió el cajón de la ropa interior.
Sacó algunas prendas, dos blusas y un pantalón. Las puso sobre la cama sin doblarlas. Camila permaneció junto a la puerta.
—¿Tienes tus documentos?
Valeria señaló el armario del pasillo. Después recordó la carpeta del cuarto del árbol.
Fue a buscarla.
Dentro estaban su proyecto, la hoja escrita a mano y la pluma de su padre.
La sostuvo contra el pecho unos segundos. Cuando volvió al dormitorio, Camila había abierto una bolsa de viaje. Valeria dejó la carpeta dentro. Entonces escucharon el coche. Las dos se quedaron inmóviles.
Una puerta se cerró abajo.
—¿Vale?
La voz de Alejandro llenó el recibidor. Valeria dejó de guardar ropa y miró hacia el pasillo. Camila la miró.
—Podemos irnos.
Ella no respondió. Los pasos comenzaron a subir.
Alejandro se detuvo al verlas. Primero miró a Camila. Después la ropa sobre la cama.
—¿Qué está pasando?
Su voz era suave. Valeria se llevó una mano al collar.
—Voy a pasar la noche con ella.
Alejandro entró despacio.
—¿Podemos hablar un momento?
Camila permaneció junto a la bolsa.
—Está cansada. Mañana pueden hablar.
Él la miró con una sonrisa tensa.
—Te agradezco que hayas venido, pero esto es entre mi esposa y yo.
Valeria miró sus propias manos. Había imaginado esa escena antes: Alejandro tranquilo, ella llorando, otra persona sin saber cuánto había ocurrido antes de entrar. Pero Camila no se movió.
—Valeria me pidió que viniera.
Él volvió a mirar a su esposa.
—¿Por qué estás metiendo a otras personas?
Valeria tragó saliva.
—Necesitaba hablar con alguien.
—Podías hablar conmigo.
Ella levantó los ojos.
—Te fuiste.
Alejandro respiró hondo.
—Porque estábamos alterados.
Se acercó un paso. Valeria retrocedió. Camila lo vio. También él. Por un instante, la expresión de Alejandro perdió aquella calma cuidadosamente sostenida. Después miró la bolsa.
—Si sales ahora, no esperes que mañana todo siga igual.
Valeria sintió que las piernas le fallaban. Camila tomó su bolso del respaldo de una silla.
—No tiene que decidir nada más esta noche.
Alejandro no la miró.
Mantenía los ojos fijos en Valeria.
—¿Te vas a ir?
Ella quiso responder que sí. La palabra estaba allí. Podía sentirla. Pero también veía las maletas, la casa de sus padres llena de preguntas, la posibilidad de que Alejandro no volviera a mirarla con cariño nunca más.
No estaba preparada para descubrir cuánto seguía deseando ese cariño.
—Primero quiero hablar —dijo.
Camila cerró los ojos un instante. Luego asintió.
—Está bien.
No sonó decepcionada.
Eso casi hizo llorar a Valeria.
Valeria acompañó a Camila hasta la puerta. Alejandro permaneció a unos pasos de distancia. Camila abrazó a su amiga y habló cerca de su oído.
—Te voy a escribir. Contéstame cuando puedas.
Valeria asintió.
—Perdón.
Camila se apartó lo suficiente para mirarla.
—No me debes una disculpa.
Le apretó la mano y salió. Valeria observó el coche hasta que dobló la esquina. Después cerró la puerta. Alejandro esperaba junto a la consola. Su expresión ya había cambiado.
—¿Le enseñaste lo del brazo?
Ella se quedó quieta.
—Sí.
Él soltó una risa seca.
—Perfecto.
Valeria cruzó los brazos sobre el pecho.
—Era mi brazo, Alejandro.
—Ahora va a contar que soy un monstruo.
—No va a contar nada.
—¿Y tú cómo sabes?
Ella dio un paso hacia la escalera. Él se interpuso. Valeria se detuvo.
—Quiero subir.
—Todavía no terminamos.
La conversación empezó con Renata y terminó en cada decisión que Valeria había tomado sin consultarle. Alejandro habló del desayuno con Camila, de las visitas a sus padres, de las preguntas sobre su teléfono.
Ella escuchó hasta que comprendió que él no iba a volver al beso.
—No me estás diciendo por qué la trajiste.
Él apretó los labios.
—Porque tenía que verla.
Valeria tardó en responder. Le dolía que él pudiera decirlo sin vacilar.
—Podías verla en otro lugar.
Alejandro la miró. La respuesta de ella pareció sorprenderlo tanto como a sí misma. No había querido concederle nada. Solo estaba intentando comprender la crueldad de haberla obligado a servirles la comida.
—No vuelvas a hablarme así —dijo él.
Valeria levantó la barbilla.
—La besaste en mi casa.
—Ya basta.
—Y esperabas que yo siguiera recogiendo los platos.
Alejandro la abofeteó. El golpe le volvió la cara. Durante un segundo no hubo dolor. Solo un sonido agudo dentro del oído y la sensación de haber perdido el equilibrio.
Valeria se sostuvo de la consola. La fotografía de la boda cayó de lado.
Ninguno la recogió.
Alejandro bajó la mano. Valeria se quedó mirando el suelo. El ardor comenzó a extenderse por su mejilla.
No dijo nada.
Él tampoco, al principio. Después dio un paso hacia ella. Valeria levantó un brazo para cubrirse. Alejandro se detuvo.
—No vuelvas a llevarme a esto.
Ella lo miró por encima de la mano. Aquellas palabras le resultaron más claras que todo lo que había dicho antes.
No estaba preguntando si le dolía.
No parecía sorprendido por su propia mano.
Estaba explicándole qué debía hacer ella para que él no volviera a golpearla. Valeria pasó junto a él. Esta vez Alejandro la dejó subir.
Entró al baño y cerró con seguro. La mujer del espejo tenía una mejilla encendida y los ojos muy abiertos. Valeria tocó la piel con dos dedos. Le dolió.
Abajo sonó un cajón. Después escuchó la voz de Alejandro hablando por teléfono.
No distinguió con quién.
Se sentó en el suelo. Su bolso estaba en el dormitorio. También el celular. Miró la puerta y calculó la distancia como si estuviera muy lejos. Cuando dejó de escuchar pasos, abrió con cuidado.
La bolsa de viaje seguía sobre la cama. La carpeta permanecía dentro. Valeria buscó el teléfono. Tenía un mensaje de Camila.
Llegué. Sigo despierta.
Abrió la conversación.
Escribió:
Me pegó.
Se quedó mirando las dos palabras. Desde abajo, Alejandro la llamó. Valeria borró el mensaje. Luego oyó sus pasos en la escalera.
No abrió cuando él tocó.
—Valeria.
Ella permaneció junto a la cama.
—Déjame sola.
Hubo un silencio.
—Voy a dormir en el estudio.
No respondió.
Los pasos se alejaron. Valeria esperó hasta escuchar cerrarse otra puerta. Después volvió al teléfono. La conversación con Camila seguía abierta. Esta vez no intentó explicar. Tomó una fotografía de su rostro y la envió.
El mensaje apareció debajo.
Me dio una cachetada. Estoy en el cuarto.
La llamada llegó inmediatamente. Valeria contestó con el volumen bajo.
—Estoy aquí —dijo Camila.
Ella se sentó junto a la bolsa.
—Debí irme contigo.
Su amiga no la dejó continuar.
—Podemos volver a intentarlo. Ahora dime si necesitas que vaya por ti.
Valeria miró la puerta. Quería salir. También tenía miedo de cruzar la casa y encontrarlo despierto.
—Quédate conmigo en el teléfono.
—Sí.
Valeria se acostó vestida sobre la cama, lejos de la almohada de Alejandro. Durante un rato ninguna habló. Después Camila empezó a contarle cosas pequeñas: que había dejado las luces de la sala encendidas, que tenía una cobija limpia, que en su refrigerador todavía quedaba el pastel del ascenso.
Valeria la escuchó con el teléfono junto al oído. Por primera vez desde el golpe, consiguió respirar sin que le temblara todo el cuerpo. La bolsa quedó preparada al pie de la cama.