Capítulo 12 de 25

La promesa de cambiar

A las seis de la mañana, Camila seguía al otro lado de la línea.

Habían hablado poco durante las últimas horas. A ratos, Valeria escuchaba el crujido de un sillón o el roce de una taza contra una mesa y sabía que su amiga permanecía despierta.

Ella tampoco había dormido. La mejilla le dolía al apoyar la cara sobre la almohada. Cuando oyó correr el agua del baño del estudio, se incorporó.

—Se está bañando —susurró.

Camila respondió inmediatamente:

—Estoy a diez minutos. Puedo acercarme.

Valeria miró la bolsa al pie de la cama. Esta vez no pensó en el vestido de novia ni en las fotografías de Venecia. Pensó en bajar las escaleras antes de que el agua dejara de sonar.

—Ven.

Salió con unos pantalones oscuros, una blusa de manga larga y el cabello recogido. Llevaba sus documentos, algunas prendas y la carpeta del proyecto. Al pasar frente al estudio, redujo el paso.

La puerta estaba cerrada. Desde dentro llegaba el ruido de la regadera. Valeria sujetó mejor la bolsa y siguió caminando. En el recibidor estuvo a punto de dejar un mensaje. Buscó papel sobre la consola, pero al ver la fotografía de la boda todavía acostada de lado, retiró la mano.

Abrió la puerta. Camila esperaba junto a la banqueta.

No bajó del coche hasta verla salir.

Entonces se acercó, tomó la bolsa y abrió la puerta del copiloto. Valeria se sentó. Cuando el coche comenzó a avanzar, le temblaron las piernas con tanta fuerza que tuvo que sujetarse las rodillas.

—Ya salimos —dijo Camila.

Ella miró la casa por el espejo lateral.

No sintió alivio enseguida.

Sintió miedo de que el teléfono sonara.

Primero fueron a una clínica. Valeria intentó decir que no hacía falta, pero Camila le preguntó por el oído y ella reconoció que seguía escuchando un zumbido leve. La atendieron esa mañana.

Tuvo que explicar lo ocurrido delante de una mujer que no la conocía y que escribía sin interrumpirla.

—Mi esposo me dio una cachetada.

Escuchar su propia voz le hizo mirar hacia la puerta.

La mujer esperó. Valeria añadió la hora aproximada y señaló el lado del rostro. Al terminar la revisión, salió con indicaciones y unos documentos que guardó dentro de su carpeta.

Camila estaba en la sala de espera.

No le preguntó qué había dicho.

Se levantó y le ofreció agua. Valeria bebió casi la mitad de la botella.

El teléfono empezó a sonar camino al departamento. Alejandro. Valeria dejó que la llamada terminara. Después llegó un mensaje.

¿Dónde estás?

Otro.

Contesta.

Y, unos minutos más tarde: No hagas esto.

Valeria apagó el sonido. En casa de Camila se sentó junto a una ventana mientras su amiga preparaba pan tostado. El departamento era pequeño. Había una planta inclinada hacia la luz y dos pares de zapatos bajo una silla.

Nadie había acomodado las almohadas del sofá.

Aquella falta de orden le resultó extrañamente tranquilizadora. Camila dejó un plato frente a ella.

—Come un poco.

Valeria tomó una rebanada. Al masticar le dolió la mejilla y los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.

—No puedo creer que esté aquí por esto.

Su amiga se sentó enfrente.

—Yo me alegro de que estés aquí.

Valeria bajó la cabeza.

Comió despacio.

Llamó a sus padres al mediodía.

No consiguió explicar lo ocurrido por teléfono.

Su madre escuchó el llanto y dijo que iban para allá. Cuando llegaron, Valeria estaba de pie junto al sofá. Su padre se detuvo al verle el rostro. La madre no.

Cruzó la habitación y la abrazó con cuidado.

—Mi niña.

Valeria hundió la cara en su hombro. Su padre permaneció unos segundos junto a la puerta, con las llaves todavía en la mano. Después las dejó sobre una mesa.

—¿Fue él?

Valeria asintió. Él miró hacia el suelo y respiró hondo. Cuando volvió a levantar la cabeza, se acercó a abrazarla. Ella había temido escuchar preguntas sobre por qué no se había ido antes.

No hubo ninguna.

Alejandro llamó a su suegra esa tarde. La madre de Valeria miró la pantalla y después a su hija.

—¿Quieres que conteste?

Valeria negó. El teléfono dejó de sonar. Un minuto después llegó un mensaje. Su madre lo leyó sin mostrarle la pantalla.

—Dice que está preocupado.

Valeria soltó una risa que terminó en llanto. Su padre se sentó a su lado.

—Puedes venir con nosotros.

—No sé qué voy a hacer.

—Hoy puedes dormir —respondió él—. Mañana pensamos.

Miró el reloj: aún tenía que cerrar la tienda. Su madre se levantaría temprano para recibir al proveedor y Camila llevaba dos noches durmiendo mal.

—No vamos a poder estar los tres aquí a todas horas —añadió—. Pero podemos organizarnos.

Camila sacó su agenda del bolso. Tenía una visita de trabajo al día siguiente. Hablaron de quién podía acompañar a Valeria y de cómo avisarse si necesitaba salir. Escucharlos ponerse de acuerdo le produjo un alivio que no había sentido ante ninguna promesa de Alejandro.

La sencillez de aquella propuesta la desarmó. Llevaba tanto tiempo intentando resolver las reacciones de Alejandro que había olvidado cómo se sentía tener una noche que no exigiera nada.

Se quedó con Camila. Sus padres se marcharon después de cenar, con la promesa de regresar al día siguiente. Alejandro empezó a disculparse por mensaje aquella noche. Primero escribió una explicación larga sobre el estrés.

Luego la borró. Valeria vio aparecer el aviso de mensaje eliminado. Después llegó otro.

Te pegué. No hay excusa. Estoy avergonzado.

Ella lo leyó varias veces.

Era la primera vez que él lo nombraba sin añadir lo que había hecho ella.

Más tarde:

No te voy a pedir que vuelvas hoy. Solo déjame demostrarte que puedo cambiar.

Valeria dejó el teléfono. Camila estaba doblando una sábana limpia.

—Dice que va a cambiar.

Su amiga no respondió enseguida.

—¿Qué piensas tú?

Valeria miró la pantalla apagada.

—Quiero que sea verdad.

Permaneció fuera de casa doce días. Durante los primeros, Alejandro respetó la distancia.

Preguntaba si podía llamarla y aceptaba cuando ella decía que no. Envió sus cosas con una persona de confianza y no apareció en el departamento.

Eso la tranquilizó.

Al sexto día le dijo que había solicitado una cita para atender su conducta. Al octavo aseguró que había hablado con Renata y que terminaría cualquier relación personal con ella.

Valeria escuchaba con una mezcla de esperanza y desconfianza. Quería preguntarle desde cuándo.

Cuántas veces.

Por qué la había sentado a comer con ellos. Pero cuando se imaginaba oyendo las respuestas, sentía que no podría soportarlas.

Aceptó verlo el décimo día, en una cafetería.

Camila la llevó y permaneció cerca.

Alejandro estaba sentado cuando ella llegó. Se levantó de inmediato. No intentó besarla. Aquello, que antes habría sido una cortesía mínima, le pareció una muestra de cuidado. Él esperó a que se sentara.

—Gracias por venir.

Valeria dejó el bolso sobre sus piernas. Alejandro tenía ojeras. Durante un momento ella se preocupó por él y se sintió culpable por hacerlo.

—No sé cómo reparar esto —dijo él.

Valeria miró sus manos.

—Yo tampoco.

Él asintió.

No la interrumpió cuando habló de la renuncia, del gimnasio o del miedo que sentía al escuchar sus llaves.

Lloró al mencionar la bofetada.

Alejandro se cubrió el rostro.

—No quiero ser ese hombre.

Valeria observó al compañero que una vez le había pedido los apuntes en clase. Todavía podía encontrarlo en ciertos gestos.

—Yo tampoco quería convertirme en alguien que tiene miedo de hablar —respondió.

Él bajó las manos.

—Vuelve y hacemos las cosas de otra manera.

Valeria no dijo que sí. Pero dejó de pensar únicamente en cómo terminar la conversación.

Su madre no intentó decidir por ella cuando anunció que quería regresar. La escuchó sentada en la mesa de Camila. Su padre permaneció junto a la ventana.

—¿Quieres volver o quieres que deje de doler? —preguntó su madre.

Valeria bajó la cabeza; no sabía cómo responder sin que su esperanza sonara a una excusa.

—Quiero saber si todavía podemos arreglarlo.

Camila tenía los brazos cruzados, pero la voz le salió serena.

—Yo guardo las fotografías y los documentos que me mandaste.

Valeria asintió. Habían acordado que su amiga conservaría copia. Su padre se acercó.

—No tienes que quedarte porque hayas vuelto una vez.

Ella lo abrazó. Antes de salir, dejó la carpeta de emprendimiento en el departamento.

—Guárdamela un tiempo.

Camila la tomó con ambas manos.

—Aquí va a estar.

Las primeras semanas fueron tranquilas. Alejandro cocinó dos noches y contrató ayuda para la limpieza más días. No cuestionó las llamadas con sus padres. Valeria volvió a caminar por las mañanas.

Una tarde se inscribió en un curso gratuito y dejó la computadora abierta cuando él llegó. Alejandro le preguntó de qué trataba. Ella explicó, cautelosa. Él asintió. Valeria terminó la lección sin interrupciones.

Aquella noche durmió cerca de él.

No hubo intimidad, pero tampoco un rechazo.

Le pareció un comienzo.

El primer cambio apareció un jueves. Alejandro le preguntó por qué Camila tenía que escribirle todos los días. Valeria dejó el teléfono sobre la mesa.

—Porque somos amigas.

Él levantó las manos.

—Solo preguntaba.

Dos días después hizo un comentario sobre el dinero que todavía conservaba en su cuenta.

Luego volvió a molestarse porque la cena no estaba lista. Valeria reconoció los gestos antes de querer admitirlo. Una noche le preguntó cómo le estaba yendo en las citas que había prometido tomar.

Alejandro apagó el televisor.

—He tenido mucho trabajo.

Ella sintió una presión conocida detrás de las costillas.

—Dijiste que ibas a hacerlo.

—Y lo voy a hacer.

—¿Cuándo?

Él la miró. La habitación quedó en silencio. Valeria esperó sin añadir nada. Alejandro volvió a encender el televisor.

Un mes después, Beatriz recuperó su costumbre de entrar sin avisar. Dejó unas compras en la cocina y encontró a Valeria tomando notas frente a la computadora.

—Qué bueno que ya están mejor.

Ella levantó la vista.

—Estamos intentando.

Beatriz acomodó una bolsa.

—Ahora hay que dejar atrás lo desagradable. Si siguen recordándolo, nunca van a avanzar.

Valeria miró la pantalla. La lección trataba sobre costos fijos. Había subrayado una frase tres veces sin comprenderla.

En abril cumplieron un año de casados. Alejandro reservó una cena y Valeria aceptó ir. Habían transcurrido unas semanas desde su regreso a la casa; durante la comida hablaron de viajes que no organizaron y evitaron mencionar las citas que él seguía posponiendo.

Una mañana de martes sonó el timbre. Alejandro estaba en la oficina y Beatriz había avisado que no iría. Valeria miró por la ventana antes de acercarse.

Del otro lado había un hombre con una carpeta azul y una identificación colgada al cuello.

Abrió solo lo necesario.

—Buenos días.

El hombre dio un paso atrás.

—Buenos días. Soy Nicolás Herrera. Tenía una visita programada con el señor Villaseñor para revisar la cobertura de la casa.

Valeria frunció el ceño.

—No me comentó nada.

Nicolás consultó su agenda.

—Puede haber cambiado de planes. Si no es buen momento, regreso otro día.

No intentó acercarse a la puerta.

No miró por encima de su hombro.

Valeria se quedó observando la carpeta. Había pasado la mañana sin hablar con nadie.

—Puede explicarme de qué se trata —dijo.

Nicolás asintió.

—Claro.

Ella abrió un poco más.

—Pase.

El hombre se limpió los zapatos en el tapete antes de entrar. Valeria cerró la puerta y lo condujo hacia la sala, sin imaginar que aquella conversación iba a convertirse en otra cosa que un trámite.