Capítulo 13 de 25
Una conversación inocente
Nicolás eligió el sillón individual. Antes de sentarse, esperó a que Valeria le indicara dónde podía apoyar la carpeta. Ella señaló la mesa de centro y se acomodó en el sofá, con las manos juntas sobre las rodillas.
—¿Le ofrezco agua?
—Sí, muchas gracias.
Cuando regresó de la cocina, él había colocado sobre la mesa una identificación y una tarjeta de presentación. Valeria le entregó el vaso.
—No sabía que mi esposo tenía una cita.
Nicolás abrió su agenda.
—Hablamos la semana pasada sobre la renovación. Puede que lo haya olvidado. Si prefiere, le dejo la información y me comunico con él.
Ella miró las hojas.
—Puede explicármela.
El hombre asintió.
No parecía tener prisa por convencerla.
Al principio hablaron de la casa. Nicolás le mostró una relación de coberturas, señaló diferencias entre dos propuestas y explicó qué información necesitaba revisar antes de preparar una cotización definitiva.
Valeria se inclinó sobre los documentos.
—Aquí están usando una cantidad distinta para los contenidos.
Él siguió la línea que ella señalaba.
—Esta cifra es de la póliza anterior. Tendríamos que actualizarla.
—Pero entonces la comparación no está hecha sobre las mismas condiciones.
Nicolás levantó la mirada.
—Tiene razón.
Tomó una pluma y escribió una nota. Valeria esperó, sorprendida por lo fácil que había sido. Una observación. Una respuesta.
Nadie le había preguntado por qué necesitaba corregir.
—¿Trabaja con números? —preguntó él.
Ella apoyó la espalda en el sofá.
—Soy administradora de empresas.
La frase salió con una seguridad que llevaba tiempo sin escuchar en su propia voz.
—Eso explica la revisión —dijo Nicolás, sonriendo.
Valeria miró otra vez los papeles.
—Trabajaba en operaciones. Inventarios, principalmente.
—¿Trabajaba?
Ella se acomodó una manga.
—Ahora estoy tomando un tiempo.
Nicolás asintió y regresó a la propuesta.
No preguntó por qué.
Valeria se lo agradeció en silencio.
Tenía treinta y un años, supo después. Lo mencionó al contar que llevaba casi ocho vendiendo seguros. Había empezado ayudando en una oficina pequeña y todavía conservaba la costumbre de revisar personalmente cada documento.
Su camisa tenía una arruga cerca del codo y el cierre del portafolio se atascó cuando buscó una calculadora.
—Algún día voy a cambiarlo —dijo.
Valeria sonrió.
—Parece que él no quiere jubilarse.
Nicolás soltó una carcajada breve. Ella se rio también. El sonido le resultó extraño en aquella sala. Había pasado muchas horas sentada allí sin más compañía que el televisor.
—Perdón —dijo él—. Me río porque mi hermana dice lo mismo de mis zapatos.
Valeria miró sus zapatos por reflejo. Estaban limpios, aunque el cuero tenía señales de uso. Nicolás siguió su mirada y levantó ligeramente un pie.
—Esos todavía tienen contrato por otro año.
Ella volvió a reír.
La conversación se apartó unos minutos de la póliza. Valeria preguntó si trabajaba para una sola compañía. Él explicó cómo organizaba sus visitas y los gastos de trasladarse por la ciudad.
Ella empezó a hacer cuentas mentalmente.
—Podría agrupar algunas citas por zonas.
Nicolás apoyó la pluma sobre la carpeta.
—Lo intento. Después alguien cambia la hora y termino cruzando la ciudad tres veces.
—Necesita dejar espacios entre rutas.
—Necesito una administradora.
Lo dijo con humor. Valeria bajó la vista, sonriendo. Después sintió una tristeza inesperada. Podía reconocer los problemas de un negocio ajeno y proponer soluciones en cuestión de minutos. Sin embargo, su propio proyecto seguía guardado en casa de Camila.
Nicolás notó que había dejado de sonreír. Volvió a los documentos sin hacer preguntas.
—Voy a preparar una comparación con las mismas cifras, como usted señaló.
Valeria asintió.
—Sería mejor.
La llave giró en la puerta cuando Nicolás estaba guardando la calculadora. Valeria levantó la cabeza. Alejandro entró hablando por teléfono. Los vio y se detuvo.
—Luego te llamo —dijo antes de colgar.
Nicolás se puso de pie.
—Señor Villaseñor. Buenos días.
Alejandro miró primero la carpeta y después a su esposa. Ella se levantó también.
—Vino por lo de la renovación.
Nicolás extendió la mano.
—No quise interrumpirlo. Su esposa tuvo la amabilidad de revisar conmigo la información.
Alejandro le estrechó la mano.
Sonrió.
—Claro. Se me complicó la mañana.
Valeria aflojó las manos, que había mantenido juntas desde que oyó la llave. Durante un instante creyó que todo iba a terminar allí.
—Estábamos comparando las cantidades de…
Alejandro habló antes de que concluyera.
—Perfecto. Yo lo reviso después con usted.
Nicolás recogió la tarjeta que había dejado junto a su identificación.
—Prepararé una versión actualizada.
—Muy bien.
Alejandro ya caminaba hacia la puerta. Nicolás tomó el portafolio y se volvió hacia Valeria.
—Gracias por el agua. Y por señalar la diferencia.
Ella intentó sonreír.
—De nada.
—Que tenga buen día.
Alejandro mantuvo la puerta abierta hasta que el vendedor salió. Se despidió con voz amable. Después cerró.
Valeria siguió de pie junto al sofá. Alejandro no se volvió inmediatamente. Permaneció con una mano sobre la cerradura.
—¿Cuánto tiempo llevaba aquí?
Ella miró el reloj.
—No sé. Media hora.
Él giró.
—¿Media hora?
Valeria buscó con la mirada la salida de la sala.
—Tú tenías una cita con él.
—Yo tenía una cita.
Señaló su pecho.
—Yo.
Ella tragó saliva.
—Dijo que podía dejar los documentos, pero le pedí que me explicara.
Alejandro miró los dos vasos sobre la mesa.
—Se ve que se estaban divirtiendo.
Valeria negó.
—Solo hablamos.
—Te escuché reír desde afuera.
La frase la dejó quieta. Había reído.
Ni siquiera recordaba cuándo había empezado a parecerle necesario justificar eso.
—Me contó algo de su trabajo.
Alejandro se acercó.
—¿Y por eso lo metes a mi casa?
—Era una visita que tú habías…
—No me repitas lo que hice yo.
Valeria dio un paso hacia el otro extremo del sofá. Su teléfono estaba sobre una mesa auxiliar, cerca de la escalera. Alejandro siguió su mirada.
—¿A quién vas a llamar ahora?
Ella se detuvo.
—A nadie.
—¿A Camila? ¿Para que venga a explicarme cómo tengo que hablar contigo?
Valeria tuvo que tragar saliva antes de responder.
—No pasó nada.
Él soltó una risa breve.
—Claro. Tú nunca haces nada.
La primera bofetada le hizo perder el equilibrio. Valeria se sostuvo del respaldo del sofá.
No tuvo tiempo de enderezarse antes de que Alejandro la sujetara por los brazos.
—¿Para eso te quedas aquí todo el día?
Ella intentó apartarse.
—Suéltame.
Él la empujó contra el brazo del sillón. Valeria cayó de costado y sintió un dolor agudo junto a las costillas. Durante unos segundos solo pudo protegerse la cabeza.
Escuchó insultos.
Prostituta.
Mentirosa.
Palabras que no conseguía unir con el vaso de agua, los documentos y la conversación que acababa de tener.
—No era mi amante —alcanzó a decir.
Alejandro la soltó al fin. Valeria permaneció encogida junto al sofá. Le dolía respirar profundamente. Él recogió la tarjeta de Nicolás de la mesa. La miró y la arrojó al suelo.
—No quiero volver a verlo aquí.
Valeria no levantó la cabeza. Alejandro caminó hasta la cocina. Abrió un cajón, lo cerró de golpe y volvió al recibidor.
—Y deja de llorar así.
La puerta se cerró detrás de él.
Valeria no supo cuánto tiempo permaneció en el suelo. Al principio escuchó cada ruido de la calle, esperando que el coche regresara. Después empezó a temblar.
Intentó ponerse de pie y tuvo que apoyarse en el sofá. Caminó despacio hasta el teléfono.
Lo tomó con ambas manos. Abrió la conversación con Camila.
No escribió.
Llamó.
Cuando su amiga contestó, Valeria solo pudo decir:
—Ven.
Camila la encontró sentada cerca de la puerta. Había logrado abrir antes de que tocara por segunda vez. Al verla, su amiga guardó las llaves sin decir nada. Se arrodilló frente a ella.
—¿Dónde te duele?
Valeria señaló el costado y después la cara. Camila miró el bolso que seguía sobre una silla.
—Voy a llevarte a que te revisen.
Ella asintió.
No discutió.
Mientras su amiga buscaba los documentos, Valeria vio la tarjeta de Nicolás bajo la mesa.
Desde allí apenas se distinguía su nombre. Pensó en él saliendo de la casa sin sospechar lo que ocurriría cuando la puerta se cerrara. Sintió vergüenza. Luego rabia por sentirla.
No había hecho nada.
Sus padres llegaron a la clínica esa tarde. Valeria vio a su madre en la puerta y empezó a llorar antes de que la abrazara. Su padre permaneció detrás, pálido.
Ella intentó explicar.
—Había venido un señor por el seguro. Alejandro lo había citado.
Su madre le acarició el cabello.
—Te escucho.
Valeria contó lo que pudo: las hojas, la comparación, la llegada de Alejandro. Se interrumpía para respirar.
—No pasó nada, mamá.
Su madre la miró.
—Aunque hubiera pasado una discusión, no tenía derecho a golpearte.
Valeria bajó los ojos. Durante todo el camino había tratado de ordenar la historia de una manera que demostrara su inocencia.
No sabía qué hacer con aquellas palabras.
Esa noche durmió en casa de sus padres. Camila guardó copia de los nuevos documentos y se quedó hasta que Valeria se acostó. La habitación conservaba su escritorio de estudiante.
Su madre había cambiado las sábanas, pero seguía allí la pequeña lámpara que usaba para preparar exámenes. Valeria se sentó en el borde de la cama.
Sobre el escritorio estaba su fotografía de graduación.
La tomó. En la imagen sonreía con el reconocimiento entre las manos. Le costó recordar cómo se sentía habitar aquel rostro. El teléfono vibró. Alejandro.
Tenemos que hablar.
Valeria dejó la fotografía en su sitio. Llegó otro mensaje.
Lo de hoy se salió de control.
Ella lo leyó. Luego miró la puerta abierta de su habitación. Al otro lado, su madre hablaba suavemente con Camila. Valeria escribió por primera vez una respuesta sin disculparse:
Me golpeaste. No vengas.
Apagó la pantalla.
Su padre llamó desde el pasillo.
—¿Quieres que te deje la luz encendida?
Valeria se acomodó con cuidado.
—Sí, papá.
Él asintió y dejó la puerta entreabierta.