Capítulo 14 de 25

Lo que quedó después

La luz del pasillo seguía encendida cuando Valeria despertó. Durante unos segundos no reconoció el techo. Después intentó girarse y el dolor del costado le recordó dónde estaba y por qué.

Se incorporó despacio.

Sobre el escritorio había un vaso de agua, los medicamentos que le habían indicado y una nota de su madre.

Estoy en la cocina. No te levantes sola si te mareas.

Valeria tomó el teléfono. Tenía nueve mensajes de Alejandro.

No los abrió.

Se quedó mirando la conversación hasta que la pantalla se apagó.

Su madre había preparado avena. Valeria se sentó a la mesa con una mano apoyada en el costado. Su padre levantó la vista del café.

—¿Dormiste algo?

Ella asintió.

Ninguno preguntó si había hablado con Alejandro.

Durante el desayuno conversaron sobre una entrega de la tienda y una fuga de agua que llevaba semanas dando problemas. Valeria agradeció aquellas palabras sencillas. Al terminar, su padre recogió los platos.

—Camila va a venir después.

Ella pasó el dedo por el borde del vaso.

—Les estoy complicando todo.

Su madre dejó de secarse las manos.

—Estás en tu casa.

Valeria bajó la cabeza. Todavía le resultaba difícil recibir ayuda sin buscar la manera de devolverla.

Camila llegó con ropa limpia y la computadora de Valeria.

—Ayer la guardé en mi coche cuando recogí tus documentos, antes de llevarte a la clínica —explicó—. No quise dejarla allí.

La puso sobre el escritorio. Después se sentó a su lado.

—También traje tu carpeta.

Valeria acarició la tapa.

Allí estaban su proyecto, las primeras notas y la hoja donde había descrito lo del brazo.

Ahora había más cosas que guardar. Camila esperó mientras ella acomodaba los documentos de la clínica.

—No tienes que decidir todo hoy —dijo—. Pero podemos buscar a alguien que te explique tus opciones.

Valeria asintió. Hablaron de conseguir una cita y de pedir acompañamiento para recuperar lo que seguía en la casa. Ella escuchó sin discutir. La palabra separación apareció una sola vez.

Valeria dejó de acomodar los papeles al oírla.

No porque quisiera volver.

Porque todavía no sabía cómo dejar de esperar que Alejandro entendiera lo que había hecho.

Los mensajes cambiaron durante los siguientes días. Primero fueron disculpas. Después preguntas. Más tarde, reproches.

Tu papá no tiene por qué meterse.

Mi mamá está preocupada.

Ya vi que todos decidieron que soy el malo.

Valeria leyó ese último mensaje sentada en su cama. No había respondido a ninguno desde la noche en que le pidió que no fuera. Dejó el teléfono sobre el escritorio.

Al rato llegó una fotografía. Alejandro había retratado la mesa del comedor con un solo plato.

No he podido comer aquí sin pensar en ti.

Valeria recordó a Alejandro sentado al otro lado de aquella mesa. Recordó todas las veces que había comido sola mientras él estaba con Renata. Guardó el teléfono en un cajón.

Beatriz llamó al cuarto día. Valeria contestó porque pensó que podía haber ocurrido algo con las pertenencias que necesitaba recuperar. Su suegra habló con voz baja.

—¿Cómo sigues?

—Mejor.

Hubo una pausa.

—Alejandro está muy mal.

Valeria miró la pared.

—Yo también.

Beatriz guardó silencio.

—Lo sé, hija.

Ella esperó.

—Por eso creo que deberían hablar cuando estén tranquilos.

Valeria separó el teléfono del oído un instante. Había escuchado aquella propuesta demasiadas veces.

—No voy a verlo sola.

—Nadie te está pidiendo eso.

La mujer suspiró.

—Pero tampoco puedes dejar que Camila tome todas las decisiones por ti.

Valeria apretó el teléfono.

—Camila no decidió que él me golpeara.

Las palabras salieron antes de que pudiera suavizarlas. Beatriz no respondió enseguida.

—Yo no he dicho eso.

—Entonces no la mencione.

Al colgar, Valeria tenía las manos heladas. Su madre, que había escuchado solo su parte de la llamada, se sentó junto a ella.

No le preguntó qué había dicho Beatriz.

Se quedó allí hasta que dejó de temblar. La cita con la abogada fue una semana después. Camila las acompañó. Valeria llevó su carpeta y habló despacio, mirando a ratos los papeles.

La abogada tomó notas. Le explicó qué información necesitaba, qué decisiones podían esperar y cuáles convenía preparar desde ese momento. Separó dos asuntos: la disolución del matrimonio y la respuesta a las agresiones. Las fotografías, los informes de la clínica y los mensajes debían conservarse con sus fechas; llevarlos al divorcio no sustituía una denuncia.

—Quiero dejar constancia de lo que hizo —dijo Valeria.

Adriana le explicó dónde podía hacerlo y se ofreció a acompañarla. También hablaron de solicitar protección para evitar nuevos acercamientos. Valeria preguntó qué ocurriría si Alejandro se presentaba en la tienda. La abogada anotó un número y repasó con ella a quién debía avisar. No le prometió una solución inmediata.

Valeria hizo preguntas sobre sus documentos, su dinero y las cosas que había dejado en casa.

No preguntó por el divorcio hasta el final.

La palabra le salió casi sin voz. La abogada no la apresuró. Cuando salieron, Camila le ofreció un café. Habían acordado volver al día siguiente para iniciar la denuncia con el acompañamiento de Adriana. Valeria guardó la lista de documentos junto a los informes de la clínica.

Valeria negó.

—Quiero caminar un poco.

Avanzaron por la banqueta sin rumbo durante unos minutos.

Había personas saliendo de oficinas, un repartidor buscando una dirección y una mujer que discutía por teléfono mientras cargaba flores. El mundo seguía haciendo cosas corrientes. Valeria había olvidado cuánto deseaba volver a tener preocupaciones corrientes.

Regresó a la casa once días después de la agresión.

No fue sola.

La acompañaron su padre y Camila, en un horario acordado por medio de la abogada. Alejandro no estaría. Valeria llevó una lista. Los documentos que aún faltaban. Cargadores. Ropa. Fotografías de su familia. Sus libros.

La casa olía al mismo limpiador de siempre.

Eso fue lo que más la perturbó al entrar.

Había imaginado encontrar algo diferente, alguna señal visible de lo ocurrido. El sofá estaba acomodado. La mesa de centro, limpia. La fotografía de la boda volvía a estar de pie.

Su padre tomó las primeras cajas. Camila la siguió al dormitorio. Valeria abrió el armario. Sacó los pantalones que usaba antes y algunas blusas que llevaba meses sin ponerse. Después encontró el vestido rojo.

Lo sostuvo entre las manos.

—¿Ese también? —preguntó Camila.

Ella asintió. Lo dobló con cuidado.

La bolsa con sus tenis estaba en el fondo del armario. Valeria la abrió.

Dentro había una toalla, una liga para el cabello y la credencial del gimnasio.

Se sentó en el borde de la cama. Durante un momento recordó la mañana de su graduación: los brazos cansados, las bromas con Camila, el mensaje de Alejandro. Su amiga se sentó a su lado.

—Podemos buscar otro gimnasio cuando quieras.

Valeria miró los tenis.

—No sé si puedo volver a ser como antes.

Camila tardó un poco en responder.

—Podemos empezar por que vuelvas a hacer algo que te guste.

Ella cerró la bolsa. La llevó hasta las cajas.

Al bajar encontró un sobre sobre la consola. Tenía su nombre escrito con la letra de Alejandro. Valeria lo abrió.

Dentro había una carta y una fotografía de Venecia.

Él había escrito que no sabía vivir sin ella, que había confundido sus miedos con amor y que estaba dispuesto a demostrarle que podía ser distinto. Valeria leyó hasta el final.

En la última línea decía:

No permitas que nuestro peor día decida toda nuestra vida.

Su padre estaba junto a la puerta con una caja en los brazos. Esperó sin decir nada. Valeria volvió a guardar la carta. No había sido un día. Había sido el trabajo, la ropa, las llamadas, el gimnasio, las cenas, las manos.

Dejó la fotografía sobre la consola. Se llevó la carta para enseñársela a la abogada.

Estaban terminando de cargar el coche cuando apareció Nicolás. Valeria lo reconoció antes de que él llegara al portón. Llevaba la misma carpeta azul. Al ver las cajas, se detuvo.

—Buenos días. Disculpen.

Camila permaneció junto a la cajuela. Valeria sujetó el borde de la puerta del coche. Nicolás miró su rostro.

No hizo ningún comentario sobre las marcas que todavía se distinguían.

—Venía a dejar la comparación corregida —explicó—. Le escribí al señor Villaseñor, pero no me confirmó si estaría.

Valeria se apoyó en la puerta del coche. La última vez que lo había visto estaba agradeciéndole el agua. Habían pasado once días.

A ella le parecían meses.

—Puede dejarla conmigo —dijo su padre.

Nicolás asintió y sacó un sobre. Valeria lo interrumpió.

—No fue culpa suya.

Las palabras hicieron que todos se quedaran quietos. Nicolás la miró.

—¿Perdón?

Ella sintió vergüenza de haber hablado.

—Lo que pasó después de que se fue.

Camila se acercó un poco. Nicolás bajó la carpeta.

No preguntó qué había ocurrido.

Su expresión cambió al mirar de nuevo a Valeria.

—No sé qué pasó —dijo con cuidado—. Pero usted solo me recibió para hablar de una póliza.

Ella apretó los dedos contra la puerta.

—Lo sé.

Era la primera vez que lo escuchaba de alguien que había estado allí.

Nicolás entregó el sobre y se dispuso a retirarse. Antes de hacerlo, miró a Valeria.

—Lamento que haya tenido problemas.

Ella negó despacio.

—Usted no hizo nada.

Él sostuvo su mirada.

—Usted tampoco hizo nada malo al abrirme la puerta.

Valeria sintió que se le llenaban los ojos. Nicolás guardó silencio unos segundos. Después señaló la tarjeta sujeta al sobre.

—Ahí están los datos de la oficina, por si necesitan aclarar cuándo fue la visita o para qué vine.

Su padre le agradeció. Nicolás se despidió de los tres y caminó hacia su coche. Valeria lo observó alejarse. No había intentado tocarla. No había preguntado más de lo que ella podía contar.

Y no la había mirado con esa mezcla de curiosidad y lástima que tanto temía.

Camila cerró la cajuela.

—¿Nos vamos?

Valeria volvió la vista hacia la casa. Una parte de su vida seguía allí: muebles que había elegido, platos que había lavado, una habitación que nunca había terminado de convertirse en estudio.

Pero los documentos que había ido a buscar estaban en el coche. También sus libros. Sus tenis. Su padre esperaba al volante. Valeria subió. Durante el trayecto sostuvo el sobre de Nicolás sobre las rodillas. Lo abrió y encontró las dos propuestas corregidas.

Las cantidades eran iguales en ambas columnas. En el margen había una nota:

Comparación actualizada conforme a su observación.

Valeria pasó el pulgar por aquella frase. No era un mensaje romántico.

Era una corrección de trabajo.

Sin embargo, llevaba meses sin ver una prueba tan sencilla de que algo que ella decía podía ser escuchado. Cuando llegaron a casa de sus padres, dejó el sobre junto a la computadora.

Esa tarde abrió el archivo de su proyecto.

Leyó la primera página.

Después cambió una cifra que ya no estaba actualizada y guardó el documento con una fecha nueva.