Capítulo 15 de 25
Las ganas de volver a sentir
Tres semanas después de salir de la casa, Valeria recibió su primer pago por una asesoría. La contrató una mujer que vendía productos de limpieza a tres calles de la tienda de sus padres.
Se llamaba Teresa y llevaba las cuentas en dos libretas distintas. En una anotaba lo que compraba. En la otra, lo que recordaba haber vendido.
—Sé que algo estoy haciendo mal —dijo al extenderlas sobre el mostrador—. Pero no sé si pierdo dinero o si nunca lo encuentro.
Valeria sonrió. Se sentaron durante casi dos horas entre cajas de detergente y bolsas de esponjas. Al terminar, había encontrado ventas sin registrar, compras repetidas y varios productos cuyo precio no cubría los gastos.
Teresa la escuchó con atención.
—¿Y cuánto me cobras por ayudarme a arreglar esto?
Valeria había calculado una cantidad la noche anterior.
Aun así, al decirla sintió que estaba pidiendo demasiado.
Teresa no discutió. Abrió la caja y le entregó un anticipo. Valeria sostuvo los billetes unos segundos. Después los guardó en su cartera, separados del resto.
Aquella tarde abrió una hoja de cálculo y escribió el nombre de su primera clienta. Su madre la llamó para comer.
—Voy.
Antes de levantarse, volvió a mirar la pantalla. Tenía una fecha de entrega. Un compromiso.
Alguien esperaba algo de ella que no era una camisa planchada ni una cena a tiempo.
Alejandro seguía escribiendo. Había días en que solo enviaba una pregunta.
Otros, varios párrafos.
Valeria empezó a leer los mensajes a una hora fija, después de trabajar, y a compartir con su abogada los que consideraba necesarios. Ya no dormía con el teléfono bajo la almohada.
Todavía se sobresaltaba cuando sonaba. Una noche llegó un mensaje distinto.
Ya conseguiste lo que querías. Todo el mundo me mira como si supiera algo.
Valeria permaneció frente a la pantalla. Durante unos minutos sintió el impulso de responder que ella no había contado nada a esas personas. Quiso demostrarle que seguía siendo cuidadosa con él.
Luego recordó cuánto tiempo había dedicado a proteger una imagen que no coincidía con su vida. Dejó el mensaje sin respuesta. Volvió al reporte de Teresa.
Encontró la tarjeta de Nicolás dentro del sobre del seguro.
La había guardado con otros documentos y apareció una mañana, al buscar un recibo. Valeria pasó el pulgar sobre su nombre. Recordó su voz junto al coche.
Usted tampoco hizo nada malo al abrirme la puerta.
Quería agradecerle. También quería volver a escuchar a un hombre que no parecía irritarse cuando ella terminaba una frase. Le escribió desde el número de la tarjeta.
Soy Valeria Robles. Quería darle las gracias por lo que dijo el otro día. Me ayudó.
Dejó el teléfono lejos de la computadora. La respuesta llegó cerca del mediodía.
Gracias por escribirme. Espero que se encuentre mejor.
Valeria la leyó varias veces antes de contestar.
Estoy trabajando otra vez. Por mi cuenta.
Nicolás respondió:
Entonces ya está organizando negocios. Me parece una buena noticia.
Ella sonrió.
No le había dicho que la suya era una empresa.
Todavía le costaba llamarla así.
Comenzaron a escribirse de vez en cuando.
Al principio, conversaciones breves. Nicolás le preguntó si había terminado su primer reporte. Ella le contó que Teresa había encontrado una caja completa de mercancía detrás de un estante que nadie movía.
Él respondió con una historia sobre una carpeta que llevó a una cita equivocada. Valeria se rio mientras esperaba en la fila del supermercado. La mujer que estaba delante se volvió.
Ella se disculpó, todavía sonriendo. Después sintió una culpa repentina. Había empezado el día pensando en los documentos de su separación y ahora estaba riéndose por un mensaje de otro hombre.
Guardó el teléfono. Lo volvió a sacar antes de llegar a la caja.
Nicolás propuso tomar café dos semanas después. Valeria leyó la invitación sentada frente al espejo de su habitación. Llevaba unos aretes que acababa de recuperar de una caja.
Si le parece, podemos vernos el sábado. Sin carpetas ni cotizaciones.
Ella dejó escapar una risa. Luego miró el anillo que conservaba en el cajón.
No lo usaba desde que salió de la casa, pero seguía allí.
Escribió:
Sí me gustaría.
Tardó un momento en añadir:
Pero necesito ir despacio.
Nicolás contestó: Está bien. Un café.
Se lo contó a Camila el viernes. Su amiga estaba ayudándola a elegir un nombre para la consultoría. Habían llenado una hoja con opciones que sonaban demasiado grandes o demasiado parecidas a una tarea escolar.
Cuando Valeria mencionó a Nicolás, Camila levantó la vista.
—¿El de los seguros?
Ella asintió.
—Solo vamos a tomar café.
—¿Tú quieres ir?
Valeria se quedó pensando.
—Sí.
La respuesta le salió con claridad. Después añadió:
—También quiero dejar de pensar en Alejandro un rato.
Camila apoyó la pluma.
—Las dos cosas pueden estar pasando.
Valeria miró la hoja.
—¿Crees que estoy haciendo algo mal?
—Creo que te gusta alguien y que estás lastimada. Me gustaría que pudieras disfrutar lo primero sin obligarte a esconder lo segundo.
Valeria no respondió enseguida. Luego volvió a tomar la lista de nombres.
Tachó uno que nunca le había gustado.
El sábado eligió unos pantalones oscuros y una blusa verde que dejaba libres sus brazos. Se quedó un rato frente al armario. Podía ponerse una chaqueta. La tomó. Después la dejó sobre la cama.
Su madre estaba en el patio cuando ella salió. La miró con una sonrisa pequeña.
—Te queda muy bonito ese color.
Valeria se acomodó el bolso.
—No voy a tardar mucho.
—Disfruta tu café.
No le preguntó con quién.
Valeria se acercó a besarla antes de salir.
Nicolás estaba de pie junto a la mesa cuando llegó.
Vestía una camisa azul y llevaba el cabello ligeramente húmedo, como si acabara de bañarse.
La saludó sin intentar besarla en la mejilla hasta que ella se acercó.
—Gracias por venir.
—Gracias por invitarme.
Se sentaron junto a una ventana. Al principio hablaron demasiado de trabajo. Valeria lo advirtió cuando llevaba cinco minutos explicando cómo había cambiado los precios de Teresa. Se detuvo.
—Perdón. Ya convertí el café en una asesoría.
Nicolás sonrió.
—No he pedido que pare.
Ella bajó la mirada hacia la taza. Le gustó aquella respuesta más de lo que esperaba.
Supuso que él tendría pareja.
La pregunta le dio vueltas hasta que encontró una manera torpe de hacerla.
—¿Vives solo?
Nicolás asintió.
—Desde hace cuatro años.
Le contó que había tenido una relación larga y que terminó antes de mudarse a su departamento actual. No tenía hijos. Veía a su hermana los domingos y se turnaban para acompañar a su padre a algunas consultas.
—Mi hermana dice que organizo fatal las semanas —añadió—. Prometo más cosas de las que caben y luego intento arreglarlo llegando tarde.
—Eso se puede corregir.
Nicolás hizo una mueca.
—Eso le digo. Está esperando pruebas.
Valeria sonrió. Le gustó que no tratara de presentar su vida como si todos sus asuntos estuvieran resueltos. Después le preguntó por sus libros. Valeria se sorprendió.
—¿Mis libros?
—Los vi en las cajas. Había muchos.
Ella empezó a hablar de una novela que estaba leyendo.
A mitad de la explicación, Nicolás le hizo una pregunta sobre el personaje.
Había estado escuchando. Valeria se quedó callada unos segundos.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Ella negó, sonriendo apenas.
—Nada. Me acordé de algo.
Cuando salieron, ya había oscurecido.
Caminaron hasta el coche de Valeria.
Nicolás mantuvo el paso a su lado sin sujetarla del brazo. Ella notaba la distancia entre sus manos. Le parecía increíble estar pensando en eso. Durante meses, el contacto había significado anticipar si dolería o si sería rechazado.
Ahora quería saber qué ocurriría si lo tocaba. Se detuvieron junto al coche.
—Me gustó verte —dijo él.
Valeria apretó las llaves.
—A mí también.
Nicolás la observó un instante y después se despidió. Ella sintió una decepción pequeña. Antes de que él se apartara, le tocó la mano. Nicolás volvió la cabeza. Valeria se acercó.
Lo besó.
Él tardó apenas un segundo en corresponder.
Fue un beso breve, cálido.
Valeria sintió la mano de Nicolás en su espalda y un temblor que no se parecía al miedo. Cuando se separaron, ella volvió a acercarse. Esta vez con más urgencia.
Nicolás la besó de nuevo, pero después se apartó lo suficiente para mirarla.
—¿Estás bien?
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Sí.
Él no retiró la mano de su espalda. Ella miró su boca. Quería seguir. Quería dejar de escuchar las palabras de Alejandro sobre su cuerpo, sobre su ropa, sobre lo poco que valía.
Sin pensarlo, dijo:
—Si él pudiera verme ahora…
Nicolás bajó lentamente la mano. El silencio hizo que Valeria comprendiera lo que acababa de decir.
Retrocedió.
—Perdón.
—No tienes que pedirme perdón por estar enojada.
Ella miró las llaves.
—Pero te estoy metiendo en algo.
Nicolás respiró despacio.
—Me gustas, Valeria.
Ella levantó los ojos.
—También tú a mí.
Él miró hacia la calle.
—No quiero ser una manera de devolvérsela.
La frase salió más seca de lo que había pretendido. Valeria apartó la mano. Nicolás se pasó los dedos por la nuca.
—Perdona. No quería hablarte como si supiera lo que te pasa. Me gustas y me dolió escucharlo. Eso es lo que sé.
Valeria sintió que le ardía la cara. Esta vez no era vergüenza por haber sido reprendida.
Era el dolor de reconocer que todavía había alguien más dentro de un momento que había querido suyo.
Se apoyó en la puerta del coche.
—Una parte de mí quiere hacerle daño.
Nicolás la escuchó. Valeria siguió hablando, con los ojos húmedos.
—Quiero que sepa que alguien más puede querer tocarme. Que no soy…
No terminó.
Nicolás la miró con seriedad.
—No sé qué decirte sin que suene fácil.
Ella agradeció que no lo intentara enseguida.
—No necesito que lo arregles —respondió—. Necesito no fingir que ya estoy bien.
Él asintió.
—Y yo necesito saber que quieres verme a mí. Podemos ir despacio, pero prefiero decirte esto a guardármelo.
Ella cerró los ojos. Se sintió cansada de necesitar que otras personas le confirmaran cosas que antes sabía.
—No sé cómo volver a creerlo.
—No tienes que resolverlo esta noche.
Valeria dejó escapar el aire. Nicolás se quedó con ella hasta que pudo mirarlo sin llorar. Después la ayudó a abrir la puerta del coche y esperó a que se abrochara el cinturón.
No intentó besarla otra vez. Ella agradeció aquella pausa. También la deseó menos. Las dos cosas la acompañaron de regreso.
En casa, su madre había dejado una porción de cena cubierta sobre la estufa. Valeria comió un poco y subió a su habitación.
Encontró un mensaje de Nicolás.
Gracias por el café. Y por contarme cómo te sentías.
Ella se sentó en la cama.
Escribió:
Quiero volver a verte.
Esperó unos segundos antes de añadir:
La próxima vez también voy a querer besarte.
La respuesta tardó poco.
A mí me va a gustar.
Valeria sonrió. Luego abrió el cajón. El anillo seguía dentro, junto al collar azul. Los miró sin tocarlos. Antes de dormir, escribió a su abogada para confirmar la siguiente cita.
Después dejó el teléfono sobre el escritorio y apagó la lámpara. Por primera vez en mucho tiempo, se quedó despierta pensando en un beso que sí había querido dar.