Capítulo 16 de 25

El nombre de lo que quería

El lunes, Valeria llegó veinte minutos antes a la cita con su abogada. Llevaba la carpeta sobre las piernas y una lista de preguntas que había escrito durante el desayuno. Al releerla en la sala de espera, descubrió que casi todas empezaban de la misma manera.

¿Y si él…?

¿Y si él no aceptaba?

¿Y si él decía que ella mentía?

¿Y si él se presentaba en la tienda?

Apoyó la pluma sobre el papel.

Debajo de la última pregunta escribió otra.

¿Qué necesito hacer yo?

Cuando la llamaron, entró con aquella frase todavía a la vista.

La abogada se llamaba Adriana.

Hasta entonces, Valeria se había dirigido a ella con una formalidad nerviosa, como si cada conversación fuera un examen que podía reprobar.

Aquella mañana habló con más claridad.

—Quiero continuar con la separación. Quiero que me explique qué sigue para divorciarme.

Adriana dejó de revisar un documento.

—Lo vemos paso a paso.

Valeria asintió. Hablaron de los papeles del divorcio, de las comunicaciones con Alejandro y de la denuncia que Valeria ya había presentado. Adriana le explicó las siguientes actuaciones y revisó con ella la solicitud de protección. También debían aclarar la situación de las cuentas y el régimen bajo el que se habían casado.

Habían elegido separación de bienes. La casa era de Alejandro, pero eso no le daba derecho a retener sus documentos, sus pertenencias ni el dinero que ella conservaba de su trabajo. Cualquier reclamación adicional requeriría revisar pruebas y circunstancias; Adriana no quiso prometerle cantidades.

Valeria prefirió llevarse una lista concreta de lo que faltaba. Valeria tomó notas. Por primera vez no preguntó si aquello haría enojar más a su esposo. Al salir, llamó a su madre.

—Voy a tardar. Tengo que sacar unas copias.

—¿Quieres que vaya tu papá?

Ella miró la calle. Había una papelería al otro lado.

—No. Puedo hacerlo.

Cruzó cuando cambió el semáforo.

Teresa la recomendó con el dueño de una pequeña panadería. El hombre aceptó recibirla un miércoles antes de abrir. Valeria llevó una propuesta impresa y un precio que había revisado tantas veces que terminó por aprenderse de memoria.

Durante la explicación, él frunció el ceño.

—Mi sobrino sabe usar computadoras. A lo mejor puede hacerme eso.

Valeria empezó a calcular un descuento que nadie le había pedido. Se le formó la respuesta en la boca. Después miró sus hojas.

—Puede ayudarlo con la captura —dijo—. Mi trabajo incluye revisar sus costos y establecer un control que puedan mantener después. Si eso le sirve, aquí está el alcance del servicio.

El hombre volvió a leer.

No contrató ese día.

Valeria salió decepcionada, pero sin haber regalado su trabajo.

Dos mañanas después, él llamó.

—¿Podemos empezar el lunes?

Ella se quedó mirando la pantalla un segundo antes de responder.

—Sí. Le envío la información que necesito.

Cuando colgó, fue a la cocina a contárselo a su padre. Él levantó las manos llenas de harina: estaba intentando ayudar a su madre con unas tortillas.

—No te abrazo porque te voy a dejar como pan.

Valeria rio. Lo abrazó de todos modos.

Vio a Nicolás el jueves.

Habían quedado en caminar por un parque al terminar sus respectivas jornadas. Él llegó con dos botellas de agua. Valeria llevaba una blusa blanca, pantalones de mezclilla y el cabello suelto. Se había pintado los labios sin quedarse demasiado tiempo frente al espejo.

Nicolás la miró al acercarse.

—Hola.

Ella sonrió.

—Hola.

Se besaron. Esta vez Valeria no pensó en cómo se vería aquello desde los ojos de Alejandro. Pensó en la mano tibia de Nicolás junto a la suya.

Caminaron hasta encontrar una banca.

Él le preguntó cómo le había ido con la panadería. Valeria contó la conversación, incluido el momento en que estuvo a punto de bajar el precio.

—Todavía me cuesta decir cuánto vale lo que hago.

Nicolás giró la botella entre las manos.

—A mí me costaba cobrarle a gente conocida. Luego mi contador me preguntó si pensaba pagar la renta con agradecimientos.

Ella soltó una carcajada.

—Tiene razón tu contador.

—Demasiadas veces.

Valeria apoyó el hombro contra el suyo.

Permanecieron así mientras una niña intentaba enseñar a su perro a devolver una pelota.

El perro parecía tener otros planes.

Al despedirse, Nicolás la invitó a cenar en su departamento el sábado.

—Puedo cocinar algo sencillo —dijo—. También podemos salir, si prefieres.

Valeria sostuvo su mirada. Quería ir. La idea le produjo una emoción que le subió desde el estómago hasta la garganta.

—En tu casa está bien.

Nicolás asintió.

No hizo una broma ni convirtió la invitación en una promesa de algo más.

Ella agradeció eso.

Después, camino a su coche, se descubrió preguntándose qué se pondría.

Alejandro llamó aquella noche desde un número que Valeria no tenía guardado.

Contestó pensando que podía ser un cliente.

—¿Bueno?

—Por fin.

Su cuerpo se tensó de inmediato. Se quedó junto al escritorio.

—¿Qué necesitas?

Alejandro tardó un momento en responder.

Quizá esperaba otra pregunta.

—Hablar con mi esposa sin pasar por una abogada.

Valeria miró la hoja donde tenía los pendientes de la panadería.

—Los asuntos de la separación los estamos viendo con Adriana.

—¿Ya ni siquiera puedes pronunciar mi nombre?

Ella cerró los ojos. Había algo en aquella voz que todavía despertaba el deseo de explicar, de suavizar, de encontrar una frase que lo dejara satisfecho.

Respiró antes de responder.

—No voy a discutir.

Alejandro soltó el aire.

—Mi mamá dice que estás trabajando.

—Sí.

—¿De verdad necesitas ir de negocio en negocio? Podríamos arreglar lo económico sin todo esto.

Valeria abrió los ojos.

—Quiero trabajar.

—Lo sé. Siempre fue más importante.

Valeria abrió la boca para defenderse. Se detuvo: no quería volver a justificar que trabajara.

—Voy a colgar.

—Valeria.

Se detuvo. Alejandro bajó la voz.

—Todavía te amo.

Ella apretó el teléfono. Durante un instante vio el auditorio de la universidad, la caja del anillo y las manos de sus padres aplaudiendo. Después miró la carpeta que conservaba los documentos de la clínica.

—No voy a volver —dijo.

Colgó antes de escuchar la respuesta.

El sábado, Camila la acompañó a comprar una carpeta para sus nuevos clientes.

Terminaron mirando ropa.

Valeria se detuvo frente a una blusa de tirantes, color azul oscuro. La sostuvo frente al cuerpo.

—Me gusta.

Camila señaló el probador.

—Pues pruébatela.

Dentro, Valeria se miró de perfil.

La tela seguía la línea de su cintura sin apretarla. Se acomodó el cabello y giró un poco. Entonces oyó en su memoria una frase de Alejandro.

¿Así vas a salir?

La sonrisa se le borró. Se quedó inmóvil hasta que Camila llamó suavemente desde afuera.

—¿Cómo te quedó?

Valeria volvió a mirar su reflejo. Había escogido aquella prenda porque le gustaba.

—Bien —respondió—. Me quedó bien.

Salió del probador con la blusa puesta. La compró. Nicolás abrió la puerta con un paño de cocina sobre el hombro. Valeria lo miró y sonrió.

—¿Todo bajo control?

Él volvió la cabeza hacia la estufa.

—Por ahora.

El departamento olía a ajo y a pan caliente. Había libros sobre una repisa, una planta junto a la ventana y una fotografía de Nicolás con una mujer que debía ser su hermana.

Valeria dejó el bolso en una silla.

Mientras él terminaba de servir, se acercó a la repisa.

—¿Puedo mirar?

—Claro.

Tomó un libro que conocía y lo abrió por una página marcada.

Dentro había un recibo del supermercado.

—Un separador muy elegante.

Nicolás levantó la vista.

—Estoy construyendo una imagen de hombre sofisticado. Ayúdame un poco.

Ella rio. Se acercó para besarlo antes de sentarse.

La cena salió mejor de lo que Nicolás había pronosticado. Valeria repitió un poco de pasta y él fingió anotar el logro. Después recogieron juntos. Cuando Nicolás tomó su plato, ella se levantó por costumbre.

—Yo lavo.

Él la miró.

—Podemos hacerlo entre los dos.

Valeria permaneció quieta un segundo. Luego buscó un trapo. Él lavó y ella secó. Hablaron de música, de películas que habían dejado a medias y de una receta que su padre defendía aunque nadie más quisiera comerla.

Al terminar, Valeria descubrió que no había mirado el teléfono durante casi dos horas.

Se sentaron en el sofá. Nicolás puso música baja. Valeria se quitó los zapatos y dobló una pierna sobre el asiento. Él le acarició la mano mientras hablaban. Después dejaron de hablar.

El primer beso fue lento. Valeria se acercó más y apoyó los dedos en su nuca. Sintió el brazo de Nicolás rodeándola y dejó que el deseo ocupara un espacio que había mantenido cerrado durante meses.

Cuando él le rozó el hombro, ella no se apartó. Lo besó otra vez. Más tarde, al notar que se quedaba quieta, Nicolás retiró la mano.

—¿Quieres que paremos?

Valeria respiró despacio. Tenía miedo. También tenía ganas. Lo miró a los ojos.

—Quiero estar contigo.

Él le acarició la mejilla.

—Está bien.

—Y si necesito detenerme, te lo voy a decir.

Nicolás asintió. Ella volvió a acercarse por iniciativa propia.

Aquella noche se quedaron juntos.

Hubo pausas, preguntas dichas en voz baja y momentos en que Valeria necesitó mirarlo antes de continuar. Nicolás la escuchó, y ella fue encontrando la manera de decir qué quería sin pedir disculpas.

Más tarde, acostada junto a él, sintió una tristeza inesperada. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Nicolás se incorporó un poco.

—¿Estás bien?

Valeria asintió, aunque tardó en hablar.

—Sí. Solo… llevaba mucho tiempo sintiéndome lejos de mí.

Él le ofreció un pañuelo de la mesa de noche. No intentó encontrar una explicación. Al principio preguntó si había hecho algo que la lastimara. Lo preguntó demasiado deprisa, inquieto.

—No —respondió ella—. Pero no puedo tranquilizarte mientras intento entender esto.

Nicolás bajó la vista.

—Tienes razón.

Se acomodó a su lado. Valeria tuvo que pedirle que le dejara un poco de espacio, y él apartó el brazo. Pasaron unos minutos antes de que ella volviera a buscar su mano.

Valeria se limpió los ojos y dejó escapar una risa pequeña.

—Qué manera de arruinarte las sábanas.

—Han sobrevivido a mi lavadora. Pueden con esto.

Ella rio de verdad. Después apoyó la cabeza en su pecho.

Antes de dormir escribió a su madre.

Estoy bien. Me quedo aquí esta noche. Mañana te llamo.

Dejó el teléfono sobre la mesa. Nicolás seguía despierto.

—¿Todo bien?

—Sí.

Valeria se acomodó junto a él. Todavía tenía una separación que resolver, dos clientes que atender y días en que una llamada desconocida le aceleraba el corazón.

Nada de eso había desaparecido.

Pero al cerrar los ojos no sintió la necesidad de hacerse pequeña para caber junto a otro cuerpo.

Extendió el brazo sobre la sábana.

Nicolás encontró su mano en la oscuridad. Valeria entrelazó los dedos con los suyos y se quedó.