Capítulo 17 de 25
La voz al otro lado
Valeria despertó con olor a café. Durante un instante permaneció inmóvil, reconociendo la habitación de Nicolás: la camisa sobre una silla, un libro abierto junto a la lámpara, la cortina que dejaba pasar una franja de sol.
Después recordó la noche anterior. Sonrió contra la almohada. En la cocina cayó algo al suelo.
—Todo está bien —anunció Nicolás desde afuera.
Valeria se rio. Lo encontró agachado junto a una cuchara. Llevaba pantalones cómodos y el cabello revuelto. Al verla, dejó la cuchara en el fregadero y abrió los brazos.
Ella se acercó. Se besaron sin prisa.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Nicolás miró hacia la cafetera.
—Tengo café y un intento de desayuno.
—¿El intento se puede comer?
—Estoy esperando el dictamen de la administradora.
Valeria se sentó.
Sobre la mesa había dos platos.
Regresó a casa de sus padres antes del mediodía.
Su madre estaba acomodando unas plantas en el patio. Levantó la vista y la saludó con naturalidad.
—Hay fruta en la cocina.
Valeria dejó el bolso sobre una silla. Había preparado mentalmente una explicación durante el trayecto. Ahora no sabía qué hacer con ella.
—Mamá.
La mujer se quitó un guante.
—Dime.
Valeria miró las macetas.
—Estoy viendo a alguien.
Su madre permaneció en silencio.
—Se llama Nicolás.
—¿El muchacho del seguro?
Ella asintió. Esperó una advertencia, una pregunta sobre Alejandro o una expresión de preocupación que le quitara la alegría con la que había despertado. Su madre dejó los guantes sobre una mesa.
—¿Cómo te sientes con él?
Valeria tardó un momento.
—Tranquila. A veces me pongo nerviosa, pero puedo decírselo.
Su madre asintió.
—Me gustaría conocerlo cuando tú quieras.
Valeria pudo sonreír sin preparar una explicación. Se acercó a abrazarla.
Durante las semanas siguientes, su vida empezó a llenarse de horarios propios. Los lunes visitaba la panadería. Los miércoles revisaba las cuentas de Teresa.
Dos tardes las reservaba para trabajar en casa y otra para sus citas personales.
Había empezado a ver a una psicóloga. Al principio hablaba mirando un punto fijo de la alfombra. Le resultaba más fácil describir los hechos que explicar lo que sentía.
Una tarde llevó una pregunta que le daba vergüenza.
—¿Por qué lo extraño a veces?
La psicóloga le pidió que describiera qué extrañaba. Valeria pensó en el estudiante que la esperaba fuera del salón, en la propuesta de matrimonio y en las primeras mañanas de Venecia.
Después pensó en las noches pendientes del ruido de unas llaves. Habló durante casi toda la sesión. Al salir no dejó de sentir tristeza. Pero ya podía distinguir a qué recuerdos pertenecía.
Nicolás conoció a sus padres un domingo. Llegó con pan y una planta pequeña que su hermana lo había ayudado a elegir. Su padre lo recibió en la puerta.
Se estrecharon la mano. Valeria observó aquel saludo con el estómago apretado, aunque nadie hizo nada que justificara sus nervios. Durante la comida, Nicolás habló de su trabajo y escuchó las historias de la tienda.
Cuando su padre mencionó un problema con los pedidos, él miró a Valeria.
—Ahí tiene a la experta.
Ella sonrió.
—Ya estamos trabajando en eso.
Su padre asintió con solemnidad.
—Ahora tengo que guardar todos los recibos. Se acabó mi tranquilidad.
Todos rieron.
Más tarde, Valeria encontró a Nicolás ayudando a llevar platos a la cocina. Su madre intentó quitárselos.
—Déjelos, es visita.
Él sostuvo el montón con cuidado.
—Si me siento ahora, ya no voy a poder levantarme.
Valeria se apoyó en el marco de la puerta. Nicolás la vio y sonrió. No necesitó preguntarle si se había sentido cómodo.
Alejandro llevaba nueve días sin escribir cuando llegó el mensaje. Valeria lo recibió mientras revisaba el costo de unas bolsas de papel para la panadería.
Necesito verte. Hay documentos que no pienso discutir con desconocidos.
Ella hizo una captura y se la envió a Adriana. Después respondió:
Puedes enviarlos a mi abogada.
Alejandro llamó. Valeria dejó sonar el teléfono. Un minuto más tarde apareció otro mensaje.
Antes podíamos hablar.
Ella miró la pantalla. Después volvió a las bolsas de papel. Había una diferencia de casi veinte por ciento entre dos proveedores. Necesitaba averiguar si el menor precio incluía la entrega.
El viernes, Nicolás la invitó a escuchar música en un restaurante pequeño. Valeria eligió el vestido rojo. Lo sacó del armario y lo extendió sobre la cama. Había pasado más de un año desde Venecia, y casi tres meses desde que salió de la casa.
La tela necesitaba plancharse.
Mientras lo preparaba, se sorprendió pensando que podía ponerse otra cosa para evitar nervios. Se detuvo con la plancha en la mano.
Quería usarlo.
Eso bastó para dejarlo colgado junto al espejo.
Cuando Nicolás llegó, ella todavía estaba poniéndose los aretes. Salió al patio. Él se quedó mirándola. Valeria se detuvo con la mano todavía en el arete.
—¿Qué?
Nicolás sonrió.
—Que estás muy guapa.
Ella esperó.
No hubo una indicación después.
Ni una sugerencia sobre una chaqueta.
Se acercó a besarlo.
—Gracias.
Durante la cena, Nicolás le contó que quería alquilar una oficina.
—Trabajo bien desde casa, pero a veces termino recibiendo documentos sobre la mesa donde como.
Valeria hizo una mueca.
—Eso ya lo conozco.
—Encontré un lugar pequeño. El precio me parece bueno, aunque tendría que hacer cuentas.
Ella dejó la copa.
—¿Cuánto pagas ahora por usar las salas de la agencia?
Nicolás le dijo una cantidad. Valeria empezó a calcular. Él la observó y sonrió.
—Ya te puse a trabajar.
—Tú empezaste.
Hablaron de depósitos, mobiliario y meses con pocas ventas. Nicolás reconoció que no había incluido algunos gastos. Valeria pidió una servilleta y sacó una pluma del bolso. Cuando terminaron, había una columna de cifras entre ambos.
Nicolás la leyó.
—Creo que todavía no me alcanza.
Ella asintió.
—Te alcanza para entrar. Falta saber si te alcanza para quedarte.
Él volvió a mirar los números.
No se molestó.
Valeria guardó la servilleta con las cuentas. Le gustaba haber podido ayudarlo sin que una observación acabara en reproche.
El encuentro con Beatriz ocurrió al salir. La mujer estaba junto a la recepción del restaurante, acompañada de dos amigas. Valeria la vio primero. Sintió que el cuerpo se le ponía rígido.
Nicolás notó que había dejado de caminar.
—¿Qué pasa?
Beatriz volvió la cabeza. Su mirada descendió hasta la mano de Nicolás entrelazada con la de Valeria. Después se detuvo en el vestido rojo.
—Buenas noches.
Valeria soltó aire despacio.
—Buenas noches.
Nicolás saludó con educación. Beatriz apenas inclinó la cabeza.
—Veo que estás mejor.
La frase hizo que Valeria sintiera calor en el rostro. Las amigas fingieron mirar hacia el salón.
—Sí —respondió ella.
Beatriz volvió a mirar a Nicolás.
—No sabía que ya tenías tanta prisa.
Valeria sintió la mano de él aflojarse, dándole espacio para apartarse si quería. La sostuvo.
—No voy a hablar de esto aquí.
Su suegra apretó los labios.
—Alejandro sigue siendo tu esposo.
—Los asuntos con Alejandro los estoy viendo con mi abogada.
Beatriz se quedó inmóvil. Valeria le deseó buenas noches y caminó hacia la puerta. Nicolás fue a su lado.
En el coche, Valeria no consiguió abrocharse el cinturón al primer intento. La pieza de metal golpeó dos veces el borde del broche. Nicolás esperó sin acercar las manos.
Ella logró cerrarlo. Después se cubrió el rostro.
—Lo va a llamar.
Él permaneció callado unos segundos.
—¿Quieres que vayamos a casa de tus papás?
Valeria asintió. Durante el trayecto empezó a hablar demasiado rápido.
Explicó cómo Beatriz había mirado su vestido, lo que significaba aquella frase sobre la prisa, lo que seguramente le diría a Alejandro.
Nicolás la escuchó. Al llegar, apagó el motor.
—Podemos entrar juntos o puedo esperar aquí. Tú dime.
Valeria lo miró. Tenía ganas de pedirle que se quedara toda la noche para no sentir miedo. También sabía que sus padres estaban dentro.
—Entra conmigo.
Alejandro llamó antes de que terminaran de contar lo ocurrido. Valeria miró el nombre en la pantalla y sintió una náusea repentina. Su padre dejó la taza.
—No tienes que contestar.
El teléfono dejó de sonar. Luego volvió a empezar. Valeria hizo una captura de las llamadas.
Escribió a Adriana.
Mientras esperaba respuesta, llegó un mensaje de Alejandro.
Así que sí era él.
Valeria se quedó mirándolo.
Otro apareció debajo.
Me hiciste creer que estaba loco y ya lo tenías todo preparado.
Sintió la necesidad de explicar las fechas, de demostrar que Nicolás había vuelto a aparecer cuando ella ya estaba fuera de la casa. Abrió el teclado. Camila, a quien su madre había llamado, llegó cuando Valeria llevaba varias líneas escritas.
Traía el uniforme de trabajo y no se había quitado el gafete. Dejó sobre la mesa una bolsa con la cena que había comprado para llevar a su casa.
—Mañana salgo a las seis para la otra sucursal —dijo al sentarse—. Puedo quedarme un rato.
Valeria estuvo a punto de pedirle que se olvidara de todo. En cambio, acercó otra silla. No quería que su amiga tuviera que agotarse para demostrarle que la quería.
Se sentó a su lado.
—¿Quieres que lo lea antes de enviarlo?
Valeria le entregó el teléfono. Camila leyó sin comentar. Después preguntó:
—¿Qué necesitas que entienda para que tú puedas seguir aquí?
Valeria miró a Nicolás, sentado al otro lado de la mesa. Miró a sus padres. Volvió al mensaje.
Borró lo que había escrito.
Las llamadas continuaron. Adriana respondió. Añadirían los mensajes a la documentación de la denuncia y revisarían las medidas solicitadas. Le recordó cómo pedir ayuda si Alejandro aparecía. Valeria envió las capturas y dejó de revisar cada notificación.
Nicolás se marchó cerca de medianoche. Antes de salir, ella lo acompañó hasta el patio.
—Perdón por todo esto.
Él la miró con cansancio y afecto.
—Me preocupa que tengas miedo. No me estás haciendo daño por contarme.
Valeria bajó los ojos. Nicolás le tocó suavemente la mano.
—Pero si vuelve a acercarse, no voy a improvisar una pelea con él.
Ella levantó la mirada.
No sabía cuánto necesitaba escuchar aquello hasta que lo oyó.
Lo abrazó.
—Gracias.
Ya en su habitación, encontró un mensaje nuevo.
Alejandro había enviado una fotografía. En ella aparecían los dos, recién casados, en el balcón de Venecia.
Debajo había escrito:
Esta eras tú antes de que te llenaran la cabeza.
Valeria observó su propio rostro en la imagen. Recordó que aquel día todavía llevaba el vestido que había elegido por la mañana. Recordó también la noche en que se cambió para no discutir.
Guardó el mensaje con los demás. Después abrió la fotografía que Nicolás le había tomado durante la cena. Estaba inclinada sobre una servilleta, con la pluma en la mano y una sonrisa a medio formar.
El vestido rojo apenas se veía. Lo que más le gustó fue reconocerse ocupada en algo que disfrutaba. Puso el teléfono a cargar. Al día siguiente tenía que visitar la panadería.
Dejó la ropa preparada y apagó la luz.