Capítulo 18 de 25
Su nombre en la puerta
La llamada de Irene llegó mientras Valeria revisaba una factura de harina. Al ver el nombre de su antigua supervisora, sintió una mezcla de alegría y vergüenza. No habían hablado desde que dejó Novaterra, aunque varias veces había abierto la conversación sin decidirse a escribir.
Contestó.
—¿Bueno?
—Robles. ¿Sigues recordando cómo se hace un inventario?
Valeria sonrió.
—Depende. ¿Está muy mal?
—Lo suficiente para necesitar ayuda.
Irene le explicó que una antigua colega administraba tres cafeterías y buscaba a alguien que revisara compras, desperdicios y existencias. Había preguntado por una consultoría pequeña, con trato directo.
—Pensé en ti.
Valeria miró las hojas extendidas sobre el escritorio.
—Estoy trabajando por mi cuenta.
—Eso me dijeron. Por eso llamo.
Ella se quedó callada un instante.
—Gracias por recomendarme.
—No te estoy regalando un cliente. Te estoy consiguiendo una entrevista. Lo demás te toca a ti.
Valeria rio. Había extrañado aquella voz.
La reunión fue el jueves. Valeria llegó con una propuesta de diagnóstico, una libreta y dos copias de su currículum. Había pasado la noche calculando cuánto podía cobrar por un trabajo que superaba a los anteriores.
La administradora de las cafeterías se llamaba Lucía. La recibió en una mesa al fondo de uno de los locales.
—Irene habla muy bien de ti.
Valeria se sentó.
—Trabajé con ella antes de empezar por mi cuenta.
Lucía le mostró algunos reportes. Las cifras no coincidían entre sucursales. Había compras urgentes de productos que, según los registros, todavía debían estar disponibles. También sospechaba que parte del desperdicio no se anotaba.
Valeria escuchó y preguntó. Antes de hablar de soluciones, quiso saber cómo recibían la mercancía y quién cerraba cada turno. Lucía dejó de revisar el teléfono. Al cabo de una hora, estaba tomando notas.
—¿Cuándo podrías entregarme una propuesta formal?
Valeria consultó su agenda.
—El lunes.
No dijo al día siguiente, aunque tuvo el impulso.
Necesitaba revisar el alcance y organizar a los clientes que ya tenía.
Lucía asintió.
—Espero tu correo.
Al salir, Valeria llamó a Nicolás. Él contestó desde el coche.
—¿Cómo te fue?
Ella empezó a contarle antes de responder. Habló de las tres cafeterías, de los registros y de una diferencia que ya había detectado en los formatos. Nicolás la dejó terminar.
—Entonces fue bien.
Valeria se rio.
—Creo que sí.
—Te invitaría a celebrar, pero hoy cierro tarde.
Valeria había imaginado celebrar con él esa misma tarde. Después miró su agenda. Tenía que terminar un reporte de la panadería.
—Yo también tengo pendientes. Podemos vernos mañana.
—Mañana.
Colgaron.
Valeria guardó el teléfono y siguió caminando.
No hubo reproche por estar ocupado.
Tampoco necesitó fingir que no le importaba verlo. Al día siguiente quedaron para comer. Nicolás canceló cuando ella ya estaba en camino: su hermana le recordó una consulta de su padre que había olvidado anotar.
Valeria se detuvo junto a una farmacia y leyó el mensaje dos veces. Le molestó haber organizado su día para llegar. También sintió vergüenza de que le molestara, porque se trataba de una consulta.
Al hablar por la noche, Nicolás empezó a enumerar lo complicada que había sido la mañana.
—No te estoy pidiendo que dejes a tu papá —lo interrumpió—. Te estoy diciendo que me avisaste cuando ya estaba llegando.
Él guardó silencio.
—Pensé que ibas a entenderlo.
—Puedo entenderlo y seguir molesta.
Nicolás soltó el aire. No encontraron una respuesta amable enseguida. Él estaba cansado y ella no quería terminar consolándolo por haber señalado algo que le dolió. Quedaron en hablar al día siguiente.
Por la mañana, Nicolás llamó antes de salir.
—No fue culpa de la consulta. Fui yo quien no revisó su agenda. Le dije a mi hermana que podía llevarlo y lo olvidé.
Valeria se sentó en el borde de la cama.
—Gracias por decirlo así.
Acordaron confirmar los planes y avisarse en cuanto surgiera un cambio. No borró el disgusto del día anterior, pero pudieron desayunar juntos el sábado sin dejarlo pendiente.
Alejandro dejó de escribir durante varios días. El silencio no la tranquilizó inmediatamente. Al principio revisaba el teléfono con más frecuencia, esperando una llamada desde otro número. Después empezó a pasar horas sin pensar en él.
Una tarde, Adriana le avisó que habían recibido una comunicación de la otra parte y necesitaban revisar algunos puntos. Valeria fue a su oficina.
Escuchó, hizo preguntas y llevó los documentos que faltaban.
Cuando salieron a relucir asuntos económicos, sintió el impulso de renunciar a todo para terminar antes. Adriana esperó a que dejara de hablar.
—Vamos a revisar cada cosa con calma. No necesitas decidir desde el cansancio.
Valeria apoyó las manos sobre la carpeta. Había dicho muchas veces no quiero nada cuando lo que quería era dejar de tener miedo.
Pidió tiempo para leer.
Se llevó copias a casa.
El lunes envió la propuesta de las cafeterías. La respuesta llegó dos días después.
Querían contratar el diagnóstico.
Valeria leyó el correo de pie en la cocina. Su madre estaba cortando verduras.
—¿Qué pasó?
Ella levantó el teléfono.
—Me dijeron que sí.
Su madre dejó el cuchillo. Valeria se echó a reír antes de que pudiera abrazarla. Su padre apareció desde el patio.
—¿Quién dijo que sí?
Las dos empezaron a hablar al mismo tiempo.
Aquella noche cenaron los cinco. Camila llevó un pastel pequeño y Nicolás llegó con una carpeta. Valeria lo miró con curiosidad.
—¿Ahora sí me vas a vender un seguro?
Él negó.
Dentro había fotografías de un local.
Era pequeño, con dos habitaciones y una recepción estrecha. Estaba en un edificio donde ya funcionaban un despacho contable y un consultorio.
—Lo vi esta semana —explicó Nicolás—. El dueño acepta rentar las habitaciones por separado.
Valeria pasó a la segunda fotografía. Una ventana daba hacia un árbol de la banqueta. Se quedó mirándola.
—¿Cuánto pide?
Nicolás le mostró los datos. Esta vez había incluido depósito, servicios, mobiliario y una reserva para meses flojos. Valeria levantó los ojos. Él sonrió.
—Hice la tarea.
No decidieron durante la cena.
Valeria se llevó las cifras a su cuarto y revisó sus ingresos. El contrato de las cafeterías era una buena noticia, pero tenía una duración limitada. No podía calcular una renta permanente como si ya tuviera asegurado el trabajo de todo el año.
Abrió otra hoja.
Comparó seguir en casa, pagar salas por hora y alquilar la habitación.
A medianoche le escribió a Nicolás.
Quiero verlo. Pero necesito que revisemos bien cómo compartiríamos los gastos.
Él respondió a la mañana siguiente.
De acuerdo. El jueves puede recibirnos el dueño.
Antes de visitar el local, cuatro meses después de su separación, Valeria volvió al gimnasio. Camila la esperaba junto a la entrada.
—Pensé que me ibas a dejar plantada.
—Yo también.
Su amiga rio y la abrazó. El lugar era distinto al anterior. Más pequeño, con ventanas altas y una música que apenas se escuchaba desde recepción. Valeria había elegido un horario de media mañana.
Lo pagó con su tarjeta. Al recibir el comprobante, lo guardó en la cartera con un cuidado que hizo sonreír a Camila. Durante el calentamiento se cansó antes de lo que esperaba.
Le molestó. Miró a otras mujeres entrenando y sintió el deseo de exigirse como antes. La instructora corrigió su postura y le redujo el peso.
—Hoy vamos a conocernos. Después vemos cuánto puedes cargar.
Valeria estuvo a punto de explicar que antes levantaba más.
No lo hizo.
Terminó la sesión con los músculos temblando.
En los vestidores, Camila la encontró sentada, desatando los tenis.
—¿Cómo estás?
Valeria levantó la cara.
—Me duele todo.
—Todavía no. Espérate a mañana.
Ella soltó una carcajada. Había recuperado una mañana que deseaba repetir.
El jueves visitaron el local. Nicolás llegó antes y la esperó afuera. Al entrar, Valeria caminó hasta la habitación del fondo. Tenía espacio para un escritorio, dos sillas y un librero pequeño.
La pintura estaba raspada junto a un contacto. La ventana necesitaba limpieza.
A ella le gustó de inmediato.
Se quedó en el centro, imaginando dónde recibiría a sus clientes. Nicolás permaneció junto a la puerta.
—¿Qué piensas?
—Que aquí cabe mi escritorio.
Él miró la pared.
—Sí.
Valeria volvió la cabeza. Recordó otro cuarto, otra ventana y una conversación que nunca había conseguido terminar.
Apartó aquel recuerdo.
Se acercó al dueño para preguntar por la instalación eléctrica.
Revisaron las condiciones durante una semana: cada uno tendría su propio espacio, asumiría su parte de la renta y mantendría sus ingresos y cuentas separados. Dejaron por escrito los gastos compartidos.
Nicolás leyó el acuerdo que Valeria había preparado. Se detuvo en un párrafo.
—Aquí dice que si alguno decide irse tiene que avisar con tiempo.
—Sí.
Él levantó la mirada. Valeria añadió una explicación, aunque él no la había cuestionado.
—Quiero que podamos trabajar juntos sin que todo dependa de cómo nos vaya como pareja.
Nicolás volvió al documento.
—Está bien. Pero pongamos también qué pasa con los muebles que compremos entre los dos.
Ella tomó la pluma.
Discutieron dos cantidades, corrigieron una fecha y cambiaron una cláusula que no era clara.
En un momento dejaron de estar de acuerdo. Nicolás creía que convenía pagar internet más rápido. Valeria prefería empezar con un servicio menor. Él apoyó el papel.
—Voy a pedir las dos cotizaciones.
Ella asintió. La conversación continuó.
Nadie levantó la voz.
El sábado limpiaron el local. Camila apareció con guantes y una bolsa de comida. El padre de Valeria llevó herramientas. Su madre se encargó de las ventanas mientras Nicolás intentaba armar una estantería.
Al mediodía había tornillos sobre el piso y una discusión colectiva sobre unas instrucciones mal impresas. Valeria se sentó sobre una caja para reírse. Su padre levantó una pieza.
—Esto no va aquí.
—Llevamos veinte minutos diciendo eso —respondió Camila.
Nicolás miró el mueble inclinado.
—Podemos venderlo como diseño moderno.
La madre de Valeria negó, sonriendo.
—Primero vamos a comer.
Se sentaron en las sillas recién limpiadas, con los platos sobre las rodillas. Valeria miró a todos. Todavía faltaban muchas cosas. Pero aquella habitación ya tenía voces que quería escuchar.
El letrero llegó el martes. No era grande.
Decía:
Valeria Robles Consultoría administrativa Ella lo sostuvo mientras Nicolás buscaba un nivel.
—Un poco más a la izquierda —dijo.
Él movió la mano.
—¿Así?
Valeria se apartó para mirarlo desde el pasillo. Su nombre estaba a la altura de sus ojos.
—Así.
Nicolás fijó el letrero y bajó de la pequeña escalera. Ella se quedó enfrente. Recordó la pluma de su padre, guardada en el bolso. La sacó y entró al despacho.
Sobre el escritorio esperaba el acuerdo del diagnóstico de las cafeterías, que Lucía había enviado firmado. Valeria revisó una última vez las páginas y añadió su firma.
Cuando terminó, tomó una fotografía del letrero y se la mandó a Irene. La respuesta llegó mientras acomodaba las carpetas.
Ahora trabaja, Robles. Ya te llegará más decoración.
Valeria rio. Al anochecer, Nicolás apareció en la puerta.
—¿Lista?
Ella guardó la computadora.
—Casi.
Revisó que la ventana estuviera cerrada y apagó la lámpara.
Después salió al pasillo. Nicolás le entregó su juego de llaves. Valeria lo sostuvo un instante. No era la llave de una casa que alguien había preparado para ella.
Conocía el depósito, el costo de la pintura y las horas que necesitaría trabajar para mantener aquel espacio.
Cerró el despacho.
Comprobó la cerradura.
Luego se volvió hacia Nicolás y lo besó.
—Vamos.
Bajaron juntos las escaleras.
En el bolso llevaba una agenda con tres citas para la mañana siguiente.