Capítulo 19 de 25
Cuando alguien llama
El primer problema de la oficina fue una gotera. Valeria la descubrió un lunes, a las siete cuarenta, cuando dejó el bolso sobre el escritorio y escuchó caer agua dentro del bote de basura.
Levantó la vista.
Una mancha oscura se extendía cerca de la lámpara. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Había una clienta citada a las nueve. Nicolás llegó mientras ella movía el escritorio.
—No me digas que ya tenemos fuente decorativa.
Valeria señaló el techo. Él dejó sus cosas y fue a buscar al encargado del edificio. Ella secó el piso, tomó fotografías y llamó al dueño.
A las ocho y media habían cambiado la cita a la habitación de Nicolás. A las nueve menos diez, Valeria había limpiado la mesa y colocado sus documentos.
Cuando llegó la clienta, la recibió sin disculparse durante cinco minutos por algo que estaba resolviendo. Más tarde, Nicolás apareció con dos cafés.
—Sobrevivimos.
Ella tomó uno.
—Todavía no llega el plomero.
—Me gusta tu optimismo.
Valeria se rio. Había empezado una empresa y ahora tenía una gotera que atender. Le pareció un problema aceptable.
El diagnóstico de las cafeterías resultó más difícil de lo previsto. Lucía le había entregado archivos incompletos y algunos encargados desconfiaban de la revisión. Uno de ellos respondió con evidente molestia cuando Valeria le pidió los registros de desperdicio.
—Aquí llevamos años trabajando así.
Ella apoyó la libreta sobre el mostrador.
—Por eso necesito que me explique cómo lo hacen. El formato no me cuenta todo.
El hombre la miró con menos resistencia. Le mostró una libreta guardada debajo de la caja. Había anotaciones útiles que nunca llegaban a la administración. Valeria pasó la mañana comparándolas.
Cuando volvió a la oficina, tenía una propuesta distinta de la que había imaginado. También estaba agotada. Nicolás se asomó desde su despacho.
—¿Comemos?
Ella miró la pantalla.
—Necesito terminar esto antes de perder el hilo.
—Voy a comprar algo. Te dejo comida en la recepción.
Valeria asintió. Una hora después encontró un recipiente con su nombre. Lo llevó al escritorio y empezó a comer. Entonces miró el plato, la computadora y el reloj. Cerró el archivo.
Cruzó el pasillo.
—¿Tienes diez minutos?
Nicolás levantó la cabeza. Ella mostró el recipiente.
—Quiero comer contigo.
Adriana llamó un jueves para avisarle de un avance en el divorcio. No era el final. Todavía faltaban actuaciones y documentos, pero ya había una fecha que Valeria podía escribir en la agenda.
La anotó con la pluma de su padre. Después se quedó mirando el calendario. Habían pasado seis meses desde que salió de la casa.
A veces le parecían pocos. Otras, no comprendía cómo había logrado vivir tanto tiempo allí.
—¿Estás bien? —preguntó Adriana.
Valeria volvió a la llamada.
—Sí. Solo estoy anotando.
Hablaron unos minutos más. Antes de colgar, la abogada le recordó que cualquier contacto relacionado con el procedimiento podía canalizarse por su oficina. Valeria se lo agradeció.
No imaginó que necesitaría hacerlo esa misma tarde.
Alejandro llegó poco después de las cinco. Valeria estaba revisando una propuesta cuando escuchó voces en la recepción.
Reconoció la suya antes de entender las palabras.
—Quiero hablar con Valeria.
El corazón empezó a golpearle en el pecho. Nicolás estaba fuera, en una cita. Durante un instante buscó con la mirada algún lugar donde esconderse. Después tomó el teléfono.
La recepcionista compartida del piso apareció en la puerta.
—Hay un señor que pregunta por ti. Dice que es tu esposo.
Valeria se puso de pie.
—No le permitas pasar. Voy a hacer una llamada.
La mujer miró su rostro y asintió. Cerró la puerta al salir. Valeria llamó a Adriana.
Alejandro no esperó. Cuando Valeria abrió para pedir que se retirara, él ya estaba frente al despacho. Llevaba traje y una carpeta bajo el brazo. Sus ojos se detuvieron en el letrero.
—Así que aquí estás.
Ella permaneció dentro, con la puerta abierta entre ambos.
—No acordamos una visita.
Alejandro miró hacia la habitación de Nicolás.
—Ya veo cómo funcionan las cosas.
Valeria sostuvo el teléfono.
—Si traes documentos, déjalos en recepción. Adriana se comunicará contigo.
Él soltó una risa breve.
—¿También necesito una cita para hablar con mi esposa?
La recepcionista seguía cerca. Desde el despacho contable de enfrente, alguien levantó la cabeza. La puerta del despacho contable quedó abierta. Valeria miró al hombre que estaba dentro y, esta vez, no esperó a estar sola para responder.
—No voy a recibirte.
Alejandro la miró con atención.
—¿Él sabe de dónde salió todo esto?
Señaló el escritorio.
Valeria apretó el teléfono al oírlo señalar su escritorio. La silla era usada. El librero lo habían armado entre cuatro personas. Había pagado la renta con anticipos de sus clientes.
—Te estoy pidiendo que te retires.
Él dio un paso. Valeria no retrocedió hacia el interior. Se desplazó hacia recepción.
No quería quedar encerrada con él.
La mujer del mostrador se levantó.
—Señor, no puede permanecer aquí si no lo van a recibir.
Alejandro la miró, sorprendido por la intervención. Luego volvió hacia Valeria.
—Te estás equivocando.
Ella tenía las manos heladas.
—Ya puedes irte.
El encargado del edificio llegó antes de que Alejandro terminara de decidir si seguir discutiendo.
No hubo gritos.
Eso hizo que la escena pareciera casi absurda.
Alejandro acomodó la carpeta bajo el brazo, dijo que todos estaban exagerando y caminó hacia las escaleras. Valeria esperó a que sus pasos desaparecieran. Después entró al despacho y se sentó.
La recepcionista llamó suavemente.
—¿Quieres agua?
Ella asintió. Cuando la mujer se la entregó, Valeria tuvo que sostener el vaso con ambas manos.
—Gracias.
—Si vuelve, nos avisas.
Valeria miró hacia la puerta.
—Sí.
La palabra le salió con dificultad. Pero salió. Nicolás regresó veinte minutos después. La encontró junto a la ventana. Había hablado con Adriana y con su padre. También había anotado lo ocurrido, incluida la hora de llegada y los nombres de quienes estaban presentes.
Adriana incorporaría ese episodio a la denuncia y pediría que se resolviera la solicitud de protección que seguía pendiente. La recepcionista y el encargado habían aceptado dejar sus datos. Valeria no quería volver a encontrarse explicando lo ocurrido sin nadie que pudiera confirmar lo que había visto.
Nicolás dejó el portafolio.
—Me dijeron abajo.
Valeria se volvió. Él se detuvo a unos pasos.
—¿Te tocó?
Ella negó.
—No.
La mandíbula de Nicolás se tensó. Valeria lo observó, esperando una reacción que la obligara a tranquilizarlo también. Él respiró hondo. Se sentó frente a ella.
—¿Qué necesitas ahora?
La pregunta le hizo soltar el aire.
—Que me abraces.
Nicolás se levantó. Valeria se acercó por su cuenta. Durante un rato permaneció con la cara contra su hombro, escuchando su respiración. Después empezó a llorar.
Aquella noche discutieron.
No por Alejandro directamente, sino por lo que venía después.
Nicolás propuso acompañarla a todas sus citas durante unos días. Valeria dejó el vaso sobre la mesa.
—No puedo organizar mi trabajo alrededor de que tú estés libre.
—Puedo mover algunas cosas.
—No quiero que las muevas.
Él se quedó callado. Ella oyó la dureza de su propia voz y sintió el impulso de disculparse por entero.
No lo hizo.
Se tomó unos segundos.
—Sé que quieres ayudarme. Pero necesito volver a salir sin sentir que alguien tiene que llevarme.
Nicolás apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Me asusté.
Valeria lo miró.
—Yo también.
Él se levantó para recoger el vaso y lo dejó de nuevo sobre la mesa.
—También me asustó llegar y no haber estado. Me dan ganas de resolverlo haciendo algo, lo que sea.
—Entiendo. Pero si decides por mí, me complicas otra cosa.
Nicolás no respondió enseguida. Le costaba aceptar que la propuesta con la que creía cuidarla podía sentirse como otra restricción.
—Quiero ayudarte sin estar preguntando permiso para todo —dijo.
—Puedes proponer. Y escuchar cuando te digo que no.
Se quedaron callados un rato. Después revisaron alternativas: avisar a recepción de sus citas, evitar que entregaran información sobre sus horarios y dejar claros los pasos a seguir si Alejandro volvía.
Nicolás la escuchó. Al final preguntó:
—¿Quieres que mañana vaya contigo a la cafetería?
Valeria pensó en la visita que tenía programada.
—Mañana sí.
Él tomó su mano.
—Está bien.
Dos semanas después, Lucía la contrató para acompañar la implementación de los cambios.
El diagnóstico había mostrado compras duplicadas, diferencias en las porciones y productos que se trasladaban entre sucursales sin registrarse. Valeria presentó un plan por etapas. Lucía pidió que estuviera presente durante la primera capacitación.
—Quiero que lo expliques tú.
Ella aceptó. La víspera, practicó frente a Camila. Su amiga la escuchó sentada en el borde del escritorio. Cuando terminó, señaló una diapositiva.
—Esto no lo entendí.
Valeria se acercó a la pantalla.
—¿Qué parte?
Camila se lo explicó. Ella cambió dos frases y quitó una tabla que no hacía falta. Volvió a empezar. Esta vez su amiga asintió.
—Ahora sí.
Valeria guardó el archivo. La corrección no la hizo sentirse incapaz. La ayudó a llegar mejor preparada.
El día de la capacitación se puso pantalones negros, tacones y una blusa clara ajustada en la cintura. Se maquilló. Todavía había ocasiones en que sentía la necesidad de cubrirse un poco más antes de salir. Aquella mañana se quedó frente al espejo hasta reconocer lo que quería.
No cambió de ropa.
Al llegar a la cafetería, acomodó la computadora y saludó a los encargados. El hombre de la libreta estaba sentado en primera fila. Cuando ella empezó a explicar el nuevo registro, levantó la mano.
Valeria interrumpió la explicación y miró al hombre, preparada para una objeción.
—Dime.
Él señaló la pantalla.
—Si hacemos un traslado durante el turno de la tarde, ¿lo anota quien entrega o quien recibe?
Era una pregunta útil.
Valeria sonrió.
—Los dos. Les voy a mostrar cómo vamos a comprobarlo.
Nicolás la esperaba afuera cuando terminó. Esta vez habían acordado comer juntos porque ambos habían logrado dejar libre una hora. Valeria salió con la computadora al hombro y el cabello un poco revuelto.
Él abrió los brazos.
—¿Cómo estuvo?
Ella se acercó, radiante.
—Preguntaron mucho.
—Eso suena bien.
—Lo estuvo.
Nicolás la besó. Después señaló una pequeña mancha de tinta en su mano.
—¿Sobrevivió alguien a tus anotaciones?
Valeria miró los dedos.
—Casi todos.
Caminaron hacia el restaurante.
A mitad de la cuadra, él dijo:
—Me encanta verte así.
Ella volvió la cabeza. La frase despertó una inquietud antigua.
—¿Así cómo?
Nicolás miró la bolsa donde llevaba la computadora.
—Con ganas de contarme lo que hiciste.
Valeria siguió caminando. Después le apretó la mano.
Esa noche abrió la libreta donde llevaba los ingresos del despacho. La nueva etapa de las cafeterías le permitiría pagar los gastos y conservar una reserva modesta. No era una fortuna.
Era suficiente para el siguiente mes sin pedir ayuda.
Llamó a su padre para contárselo.
Él escuchó en silencio y después preguntó:
—¿Ya comiste?
Valeria rio.
—Sí, papá.
—Entonces ya estuvo completo el día.
Al colgar, encontró un mensaje de Adriana. La fecha que habían previsto se mantenía. Valeria la confirmó en su agenda. Luego cerró la libreta de cuentas y preparó la ropa del gimnasio.
Al día siguiente entrenaría antes de abrir el despacho. La alarma quedó puesta a la hora que ella había elegido.