Capítulo 20 de 25

La firma que faltaba

La mañana de la cita, Valeria no se puso el anillo. Lo sacó del cajón y lo sostuvo entre dos dedos, junto a la ventana de su antigua habitación.

La piedra devolvió un destello sobre la pared. Recordó el auditorio, los aplausos y aquella felicidad tan grande que apenas le había dejado escuchar la pregunta completa. No había fingido cuando dijo que sí.

Eso todavía le dolía.

Su madre llamó suavemente a la puerta.

—¿Ya estás lista?

Valeria dejó el anillo dentro de su caja.

—Casi.

Se puso un saco azul y tomó la carpeta. La pluma de su padre estaba en el bolsillo interior.

Adriana la esperaba en la entrada. Camila había insistido en acompañarla, pero esa mañana Valeria prefirió ir con sus padres. Su padre condujo. Su madre permaneció a su lado durante el trayecto, sin llenar el silencio.

Nicolás le había enviado un mensaje antes de salir.

Estaré pendiente. Llámame cuando quieras.

Valeria lo leyó una vez más antes de guardar el teléfono.

Dentro del edificio, Adriana revisó con ella lo necesario.

Ese día se celebraría la diligencia del divorcio. La denuncia por las agresiones y los asuntos económicos seguirían por separado. La medida de protección ya notificada a Alejandro le prohibía acercarse a sus domicilios y a su trabajo; su presencia en aquella actuación se había previsto con los representantes de ambos. Valeria no tendría que quedarse a solas con él.

Valeria escuchó. Había aprendido a desconfiar de las promesas que pretendían arreglar una vida entera en una sola conversación.

Preguntó dónde debía esperar.

Adriana señaló unas sillas. Se sentó.

Alejandro llegó diez minutos después. Llevaba un traje oscuro y una carpeta delgada. Valeria lo vio antes de que él la encontrara entre las personas del pasillo. El cuerpo se le tensó.

Apoyó ambos pies en el suelo.

Su madre le tocó la mano. Alejandro se acercó acompañado de su representante. Se detuvo a cierta distancia.

—Buenos días.

Valeria respondió con una inclinación de cabeza. Él miró a sus padres. Su padre sostuvo la mirada sin hablar. Adriana se puso de pie y saludó al otro abogado. Intercambiaron unas palabras sobre el trámite.

Alejandro volvió hacia Valeria.

—¿Podemos hablar un minuto?

Ella sintió el impulso conocido de levantarse.

No lo hizo.

—Lo necesario puede hablarse con Adriana presente.

Él bajó la vista hacia la carpeta que llevaba.

—Solo quería saber cómo estás.

Valeria respiró despacio.

—Hoy quiero terminar esto.

Alejandro apretó la boca. Su representante le indicó otro lugar donde esperar. Se alejaron.

La diligencia tuvo menos solemnidad de la que Valeria había imaginado.

Hubo nombres completos, documentos que revisar y preguntas que respondió con voz clara, aunque necesitó pedir que le repitieran una de ellas.

Nadie habló de Venecia.

Nadie vio las cenas que había preparado ni las noches junto al teléfono.

La historia que a ella le ocupaba meses de recuerdos aparecía allí reducida a datos, fechas y decisiones. Cuando llegó el momento de firmar lo que correspondía, sacó la pluma.

Su mano tembló un poco. La apoyó sobre la mesa hasta que pudo escribir. Valeria Robles.

Terminó el apellido y levantó la punta.

Al salir, no sintió la alegría que había esperado. Se quedó junto a una ventana mientras Adriana hablaba con ella. La abogada le explicó qué documentos recibiría después y qué pendientes continuarían atendiendo.

Valeria asintió. Luego preguntó:

—¿Ya terminó?

Adriana la miró con atención.

—La resolución disuelve el matrimonio. Falta que nos entreguen la copia certificada y que se haga la anotación correspondiente. La denuncia continúa.

Valeria volvió los ojos hacia la calle. Había coches detenidos en un semáforo y una mujer cruzando con un niño de la mano. Su madre se acercó.

—¿Quieres sentarte?

Ella negó. Después empezó a llorar.

No lloró por querer volver.

Lloró por la muchacha que había llegado a la boda convencida de que todo aquello sería para siempre.

Su padre le sostuvo la carpeta mientras su madre la abrazaba.

Alejandro los encontró cerca de la salida. Esta vez se detuvo antes de acercarse demasiado.

—Valeria.

Ella se apartó un poco del abrazo de su madre. Adriana permanecía junto a ellos. Él miró el rostro húmedo de su antigua esposa.

—No pensé que fuéramos a acabar así.

Valeria se limpió los ojos. Durante su relación había completado por él las frases que dejaba a medias. Había buscado el arrepentimiento detrás de un silencio y el cariño detrás de una orden.

Aquella mañana no quiso hacer ese esfuerzo. Alejandro continuó:

—Pudimos haber arreglado muchas cosas.

Ella lo miró.

—Yo te pedí que no me lastimaras.

Él bajó la cabeza. Valeria no añadió nada. Adriana le preguntó si estaba lista para salir. Ella asintió. Su padre abrió la puerta.

Comieron en casa.

Su madre había preparado caldo porque no sabía si tendría hambre. Valeria tomó dos cucharadas y dejó la cuchara.

—Siento que debería estar celebrando.

Camila, que había llegado poco antes, se sentó enfrente.

—Yo traje un pastel, pero puedo guardarlo.

Valeria soltó una risa entre lágrimas.

—¿De qué?

—Chocolate. No sabía qué sabor combinaba con un divorcio.

Su padre tosió para ocultar una carcajada. La madre de Valeria negó con la cabeza, sonriendo.

Terminaron comiendo pastel después del caldo.

No hicieron un brindis.

Hablaron del despacho, de una compra pendiente para la tienda y de la terquedad del perro de una vecina que seguía metiéndose al patio. Valeria escuchó sus voces. Por la tarde se quedó dormida en el sofá.

Despertó cuando ya estaba oscureciendo.

Tenía una cobija sobre las piernas y un mensaje de Nicolás.

Puedo llevar cena o ir por ti. También puedo dejarte dormir. Tú dime.

Lo llamó.

—Quiero verte.

Él no preguntó si había salido bien.

—Voy para allá.

Valeria se incorporó despacio. Antes de bajar del sofá vio la caja del anillo sobre la mesa, junto a su carpeta. La había dejado allí al llegar. La tomó y la llevó a su habitación.

No quiso tirarla ni venderla esa noche. La guardó en una caja con otros objetos del matrimonio. Después cerró el armario.

Nicolás llegó con una bolsa de comida y una expresión cautelosa. Valeria salió al patio. Él dejó la bolsa sobre una silla antes de abrazarla. Ella permaneció contra su pecho un rato.

—Ya está —dijo.

Nicolás le acarició la espalda.

—¿Cómo te sientes?

Valeria buscó una respuesta.

—Cansada.

—Entonces comemos sentados.

Ella sonrió. Se quedaron en casa de sus padres. Nicolás escuchó lo que quiso contar y no preguntó por lo demás. Cuando Valeria volvió a llorar, le acercó una servilleta y siguió junto a ella.

Más tarde salieron a caminar hasta la esquina. La noche estaba fresca.

—Pensé que hoy iba a sentirme distinta —dijo ella.

Nicolás la miró.

—A lo mejor mañana también se parece un poco a ayer.

Valeria asintió. No era una promesa brillante. Le pareció una respuesta con la que podía vivir.

Las semanas siguientes estuvieron llenas de trabajo. Una antigua compañera le comentó que Renata había dejado la empresa de los Villaseñor. Al parecer, su relación con Alejandro había terminado antes del divorcio. La mujer bajó la voz, esperando preguntas.

Valeria solo dijo que no quería conocer más detalles. Había necesitado saber si él le mentía cuando vivían juntos; ahora no necesitaba seguir cada una de sus relaciones. Al llegar al despacho, tardó unos minutos en concentrarse, pero no buscó a Renata ni escribió a Alejandro.

La implementación en las cafeterías avanzó con tropiezos. Un encargado seguía usando el formato anterior y otro anotó las cantidades en unidades distintas. Valeria tuvo que regresar, escuchar y corregir.

En una reunión, Lucía le pidió resultados antes de la fecha acordada. Ella revisó el calendario.

—Puedo adelantar el informe parcial. El cierre necesita los registros completos.

Lucía frunció el ceño. Valeria estuvo a punto de ofrecer una fecha que no podía cumplir.

Esperó.

La administradora terminó por asentir.

—Envíame el parcial el jueves.

Valeria lo anotó. Aquella tarde salió de la oficina a tiempo para entrenar.

Un sábado, Nicolás le preguntó si quería mirar departamentos. Estaban desayunando en su cocina. Valeria levantó la vista. Él apoyó la taza.

—Para vivir juntos. No para esta semana. Quiero saber si a ti también te gustaría.

Ella permaneció callada. Le gustaba quedarse allí, encontrar su cepillo junto al de él y escuchar la cafetera al despertar. También había empezado a disfrutar volver a casa de sus padres sin sentir que era una derrota.

—Sí me gustaría —respondió—. Pero necesito pensarlo bien.

Nicolás asintió.

—Podemos empezar por hablarlo.

Hablaron de dinero, de trabajo y de las cosas que cada uno necesitaba para estar cómodo. Valeria mencionó un cuarto donde pudiera cerrar la puerta y leer. Nicolás dijo que quería una cocina con espacio para moverse sin golpear la mesa.

Ella rio.

—Eso sí parece urgente.

Él le lanzó una servilleta.

Visitaron cuatro lugares durante el mes siguiente.

El primero era demasiado caro. El segundo tenía una humedad que el dueño insistía en llamar ventilación insuficiente. El tercero quedaba lejos de todo. En el cuarto, Valeria se detuvo frente a una ventana.

Abajo había un árbol de flores amarillas.

La habitación era pequeña, pero cabían un sillón, una lámpara y sus libros. Nicolás apareció en la puerta.

—¿Qué dices?

Ella recorrió las paredes con la mirada.

—Quiero medir.

Él buscó la cinta en su mochila.

Midieron juntos.

Después fueron a la cocina.

No firmaron ese día.

Volvieron a la oficina, revisaron los números y hablaron con sus familias.

Valeria anotó cuánto podía aportar sin descuidar el despacho. Nicolás hizo lo mismo. Cuando estuvieron de acuerdo, solicitaron una segunda visita. Antes de entregar el anticipo, ella recorrió una vez más el departamento.

Se quedó unos segundos en el cuarto pequeño. Nicolás la llamó desde la sala.

—¿Vale?

Ella apareció en el pasillo.

—Aquí estoy.

Él sostenía los documentos. Valeria se acercó.

Leyó antes de firmar.

La mudanza fue un domingo. Su padre llevó las cajas más pesadas. Camila aseguró que iba a supervisar, pero terminó cargando libros hasta que se le soltó el cabello.

La madre de Valeria limpió una repisa mientras la hermana de Nicolás organizaba vasos. Había demasiadas personas en una cocina que, esa mañana, parecía más pequeña de lo que recordaban.

Comieron sentados entre cajas.

Al despedirse, su padre le entregó una bolsa.

Dentro estaban los objetos que había dejado en el escritorio de su antigua habitación.

Valeria lo abrazó.

—Gracias por guardarme el lugar.

Él le besó la cabeza.

—No se fue a ninguna parte.

Cuando todos se marcharon, Nicolás cerró la puerta. Valeria estaba junto a una caja abierta. En la parte superior había encontrado su credencial del gimnasio y una fotografía de graduación.

Sacó ambas. Puso la fotografía sobre una repisa. Después guardó la credencial en el bolso que usaría al día siguiente. Nicolás se acercó.

—¿Por dónde empezamos?

Valeria miró las cajas, la mesa sin armar y las bolsas de ropa. Se quitó los zapatos.

—Por comer lo que sobró.

Él sonrió.

Cenaron en el suelo, apoyados contra el sofá.

Más tarde, antes de dormir, Valeria dejó las llaves del departamento junto a las del despacho. Todavía había cajas por abrir.

Tendrían tiempo.