Capítulo 21 de 25
Aprender a quedarse
La primera discusión en el departamento empezó por una mesa. Nicolás había dejado sobre ella tres carpetas, una calculadora y dos sobres abiertos. Valeria llegó del gimnasio con hambre y encontró un espacio apenas suficiente para apoyar el bolso.
Se quedó mirando los documentos. Habían hablado de reservar el comedor para comer. Los dos tenían oficina y, además, ella había comprado un pequeño escritorio para su cuarto de lectura.
Recogió una carpeta.
La dejó otra vez. Cuando Nicolás salió del baño, la encontró de pie junto a la mesa.
—¿Puedes guardar esto?
Él se secaba el cabello con una toalla.
—Sí. Dame un momento.
Valeria fue a la cocina.
Preparó café, sacó pan y puso dos platos sobre la barra. Diez minutos después, las carpetas seguían allí.
Nicolás estaba respondiendo una llamada. Ella cerró un cajón con más fuerza de la necesaria. Él levantó la vista. Valeria se quedó junto al cajón, pendiente de lo que él haría al terminar la llamada.
Esperó el cambio de voz, la pregunta sobre su mal humor, alguna frase que hiciera de aquella mañana una culpa suya. Nicolás terminó la llamada.
—Se me pasó —dijo.
Empezó a recoger.
Ella permaneció junto a la cocina, todavía rígida.
—No quiero tener que pedirlo varias veces.
Él asintió, con los papeles en las manos.
—Ya te dije que voy a hacerlo.
La impaciencia le salió antes de terminar de recoger. Valeria se apartó de la mesa. Nicolás se detuvo con las carpetas contra el pecho.
—Eso sobró —dijo al cabo de un momento—. Estoy apurado y te contesté mal.
Llevó los documentos al escritorio. Valeria no lo siguió ni se apresuró a decirle que no importaba.
Valeria volvió hacia la cafetera. Le temblaron los dedos al servir.
Desayunaron casi en silencio.
Nicolás la miró varias veces antes de preguntar:
—¿Te molestó algo más?
Valeria dejó la taza.
—Pensé que ibas a enojarte.
Él apoyó la espalda en la silla.
—Me molestó el golpe del cajón. Y me puse a la defensiva cuando me lo repetiste.
Ella bajó la vista. La respuesta le produjo una punzada inmediata de alarma. Nicolás continuó:
—Habíamos acordado despejar la mesa. No quiero que tengas que recordármelo cada mañana. Voy a guardar los papeles antes de acostarme.
Valeria recorrió con el pulgar una pequeña marca en la taza.
—Todavía me cuesta saber qué va a pasar cuando digo que algo no me gusta.
Él la observó. Él acercó una mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Estamos bien?
Valeria lo miró.
—Estamos hablando. Todavía estoy molesta.
Nicolás asintió, incómodo. Dejó la mano junto a su taza.
—Voy a intentar no pedirte que se te pase enseguida.
Ella tomó el plato.
—Y yo voy a intentar decirlo antes de golpear un cajón. Ahora necesito comer. Tengo mucha hambre.
Nicolás le acercó el pan.
Unos minutos después, Valeria se levantó y lo abrazó por detrás.
Él dejó el cuchillo sobre el plato.
Permanecieron así un momento.
Luego ella le quitó una tostada.
El primer año del despacho no fue una sucesión de contratos.
Hubo semanas buenas y otras en que Valeria revisó el saldo de la cuenta más veces de las que quería admitir.
Un cliente pidió trabajo adicional sin aumentar el pago. Otro dejó pasar la fecha de la factura y tardó varios días en responder. La panadería continuó con ella, pero Teresa decidió llevar los registros por su cuenta después de varios meses de acompañamiento.
Valeria recibió la noticia con una decepción que intentó ocultar.
—¿Hice algo mal? —preguntó.
Teresa la miró, sorprendida.
—Al contrario. Ya entendí cómo hacerlo.
Valeria se quedó callada. Había cumplido el trabajo.
Aun así, le costaba perder aquel ingreso y la costumbre de visitarla cada miércoles.
Preparó una última revisión y dejó por escrito lo que podían consultar más adelante.
Cuando salió de la tienda, Teresa le entregó una bolsa con productos de limpieza.
—Esto es regalo. El último pago te lo deposito en la tarde.
Valeria se rio. Se llevó la bolsa al despacho. Nicolás apareció al oírla entrar.
—¿Tenemos otro negocio?
—Hoy acepté parte de mis utilidades en jabón.
Con las cafeterías ocurrió algo distinto.
Lucía quería mantener una revisión mensual, pero pidió reducir los honorarios. Valeria llevó los números preparados. Podía ajustar el servicio si disminuían las visitas. No podía conservar todas las tareas por menos dinero.
Lo explicó con cuidado. Lucía revisó la propuesta.
—Necesito pensarlo.
Valeria asintió. Durante los dos días siguientes sintió el impulso de escribirle con otra oferta.
No lo hizo.
Trabajó en la panadería, respondió dos consultas nuevas y fue a entrenar.
El jueves recibió la confirmación.
Aceptarían la modalidad con menos visitas.
Valeria cerró el correo y se quedó unos segundos mirando la pantalla. Después abrió su calendario. Por primera vez había ganado una negociación sin sentir que necesitaba disculparse por ella.
Nicolás también tuvo un mes difícil. Una operación importante no se concretó y dos clientes aplazaron decisiones con las que él había contado. Una noche llegó al departamento y se sentó sin quitarse los zapatos.
Valeria estaba leyendo. Cerró el libro.
—¿Qué pasó?
Él se frotó la cara.
—Estoy cansado de calcular dinero que todavía no existe.
Ella dejó el libro sobre la mesa. Nicolás le explicó las ventas pendientes y el ingreso que esperaba recibir. Valeria escuchó hasta el final.
Quiso abrir de inmediato una hoja de cálculo.
En cambio, preguntó:
—¿Quieres que revisemos las cuentas o solo quieres contármelo?
Él la miró. Después sonrió con cansancio.
—Hoy, contártelo.
Valeria se sentó a su lado. Más tarde prepararon cena con lo que había en el refrigerador. Al día siguiente, Nicolás llevó sus números a la oficina de ella y le pidió una revisión.
Al revisar los gastos, Valeria encontró una transferencia que él no había mencionado.
—Es para mi papá —explicó Nicolás—. Mi hermana pagó unos estudios y le devolví mi parte.
—Entonces no podemos contar con esto para la renta.
—Ya lo sé.
Lo dijo con brusquedad. Valeria levantó la vista. Él se frotó las cejas.
—Me da vergüenza sentarme aquí a que veas que no hice bien las cuentas.
—Puedo dejar de revisarlas si no quieres. Pero no me hables así por señalar un número.
Nicolás cerró la boca. Había sido él quien le había pedido ayuda.
—Perdona. Vamos de nuevo.
No le pidió dinero. Recortó un gasto propio, llamó a su hermana para acordar mejor las próximas consultas y ajustó la aportación de ese mes con Valeria. A ella le costó no ofrecerse a cubrirlo todo. A él le costó admitir que necesitaba avisar antes de que un problema familiar afectara las cuentas de ambos.
La propuesta de trabajar juntos surgió varios meses después.
Ya llevaban medio año compartiendo departamento cuando Nicolás consiguió una reunión con el dueño de una distribuidora.
La visita era por unas pólizas, pero el hombre terminó hablando de las dificultades de administrar un negocio que había crecido demasiado rápido. Nicolás mencionó el trabajo de Valeria.
No prometió nada en su nombre.
Al volver al despacho, llamó a su puerta.
—¿Tienes espacio para otro diagnóstico?
Ella levantó la vista del calendario.
—Depende del alcance.
Él dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Quiere que lo llames.
Valeria tomó los datos. La distribuidora compraba mucho, registraba tarde y dependía de la memoria del dueño. Después de dos reuniones, Valeria preparó una propuesta que exigía más visitas y personal que cualquiera de sus trabajos anteriores.
El contrato no podía atenderlo sola en el plazo solicitado. Valeria lo supo al organizar las visitas. Se quedó frente al calendario, moviendo tareas que ya no cabían en ningún día.
Nicolás se asomó.
—¿Comemos?
Ella negó sin levantar la vista. Él esperó. Valeria miró el reloj. Habían pasado casi las tres. Se recargó en la silla.
—Necesito ayuda.
Nicolás entró.
—¿Con el proyecto?
Ella asintió.
Decirlo le dolió un poco.
Había trabajado tanto para probarse que podía empezar sola que ahora le parecía una derrota admitir que el negocio necesitaba a otra persona. Nicolás miró el calendario.
—¿Puedes pagar apoyo por unas semanas?
Valeria abrió el presupuesto. Revisaron el margen.
Sí podía.
No le sobraba mucho, pero podía contratar a alguien para tareas concretas y conservar la supervisión.
Esa tarde escribió a Irene para pedirle una recomendación.
La nueva colaboradora se llamaba Abril.
Acababa de terminar la carrera y llegó a la entrevista con una libreta llena de preguntas.
Valeria reconoció en ella la mezcla de entusiasmo y miedo que había sentido al entrar a Novaterra. Le explicó las actividades, el pago y la duración inicial del trabajo.
Abril tomó notas.
—¿Y si encuentro una diferencia que no sé explicar?
Valeria sonrió.
—Me preguntas antes de inventar.
Cuando terminó la entrevista, se quedó mirando la puerta. Luego le escribió a Irene.
Acabo de repetir una frase tuya.
La respuesta llegó poco después.
Espero que por fin hayas aprendido algo.
Durante seis semanas, el despacho cambió de ritmo. Había dos computadoras abiertas en la oficina de Valeria, cajas de documentos junto a la pared y una lista de pendientes que Abril actualizaba cada tarde.
Nicolás tuvo que dejar de entrar sin llamar. La primera vez que abrió mientras estaban revisando información, Valeria levantó una mano. Él se detuvo. Después llamó suavemente desde el marco.
—¿Ahora sí?
Abril sonrió sin levantar los ojos. Valeria le indicó que pasara. Al terminar la jornada, Nicolás la esperó en recepción.
—Voy a necesitar cita con mi propia novia.
Ella apagó la luz.
—Puedes pedirla. Tengo un espacio para cenar.
Él le ofreció la mano.
—Lo reservo.
El proyecto de la distribuidora se entregó con dos días de margen.
No todo salió como esperaban.
Un encargado se resistió a cambiar los registros y una primera capacitación tuvo que repetirse. Valeria corrigió estimaciones, reconoció un error de su equipo y ajustó el procedimiento. El dueño valoró que no intentara ocultarlo.
Cuando terminó la reunión final, le pidió un servicio de seguimiento. Valeria salió con una nueva propuesta por preparar. También con suficiente trabajo para ofrecerle a Abril una colaboración más estable.
La joven escuchó la oferta con los ojos muy abiertos.
—Sí quiero.
Valeria le acercó el documento.
—Léelo primero. Después lo hablamos.
Aquella noche, Nicolás puso dos copas sobre la mesa. Valeria miró el comedor despejado.
—Ya aprendimos a encontrarlo.
Él levantó una ceja.
—No exageres. Hoy guardé mis cosas porque venías detrás.
Ella se rio.
Brindaron por Abril, por la distribuidora y por haber pagado todas las cuentas del mes.
Después Nicolás sacó una hoja doblada. Valeria lo observó con curiosidad.
—¿Qué es?
—Una idea.
Había escrito los servicios que cada uno ofrecía y varios puntos donde sus clientes necesitaban apoyo de ambos. Valeria leyó despacio. No era una ocurrencia para mezclarlo todo.
Era una posibilidad de presentar proyectos conjuntos, con responsabilidades claras.
—Podríamos ofrecer una revisión administrativa y coordinar aparte la parte de seguros —dijo ella.
Nicolás asintió.
—Sin venderle a todo el mundo lo que no necesita.
Valeria buscó una pluma.
Pasaron casi una hora haciendo anotaciones.
Cuando terminaron, la hoja ya no se parecía a la que él había sacado del bolsillo.
Más tarde, Valeria fue a su cuarto de lectura. Tomó la carpeta vieja del proyecto universitario y abrió la primera página.
Comenzar con lo que tengo.
Había leído aquella frase en noches muy distintas. Esa vez no lloró.
Debajo anotó los nombres de sus primeros clientes, el de Abril y la fecha de la propuesta que acababa de preparar con Nicolás.
Luego regresó al comedor. Él recogía las copas. Valeria lo miró un momento.
—Quiero construir esto contigo.
Nicolás dejó las copas sobre la barra.
—Yo también.
Ella se acercó y lo besó. La hoja del nuevo proyecto seguía sobre la mesa. La guardaron antes de irse a dormir.