Capítulo 22 de 25
Un futuro escrito entre dos
El nombre de la empresa tardó más que el primer contrato. Durante dos semanas, Valeria y Nicolás llenaron hojas con propuestas que terminaron tachadas. Algunas parecían nombres de despachos enormes; otras no explicaban nada.
Abril los escuchaba discutir desde su escritorio. Una tarde levantó la cabeza.
—¿Y si dejan de buscar una palabra que suene importante y piensan en lo que hacen?
Valeria se volvió hacia ella. Nicolás dejó la pluma.
—Organizamos problemas ajenos —dijo.
—Y a veces los propios —añadió Valeria.
Abril sonrió.
De aquella conversación salió una lista más corta.
Eligieron Horizonte Empresarial para presentar los proyectos que desarrollarían juntos. La consultoría de Valeria conservaría su nombre y sus clientes; Nicolás mantendría la operación de seguros dentro de los acuerdos y requisitos de su actividad.
La nueva empresa coordinaría los trabajos conjuntos y contrataría el apoyo que necesitaran.
No resolvieron la estructura en una cena.
Llevaron la idea con una contadora, revisaron gastos y preguntaron todo lo que no entendían.
Valeria salió de una de aquellas reuniones con seis páginas de notas. Nicolás la miró mientras bajaban las escaleras.
—Creo que acabamos de pagar para descubrir cuánto nos falta aprender.
Ella guardó la libreta.
—Nos salió más barato que descubrirlo después.
El primer proyecto conjunto llegó de un taller de mobiliario. El dueño había empezado trabajando solo. Ahora tenía empleados, entregas pendientes y dos bodegas donde nadie parecía saber con certeza qué había.
Nicolás lo conocía por sus pólizas. Valeria visitó el taller y pasó casi una hora escuchando al encargado. Había piezas terminadas sin entregar, materiales comprados para pedidos cancelados y anticipos que no estaban asociados a ninguna orden.
Al salir, Nicolás le preguntó:
—¿Cómo lo ves?
Ella miró la lista que llevaba.
—No puedo prometerle que en un mes va a estar todo ordenado.
—Entonces no lo prometamos.
Prepararon una propuesta por etapas.
El cliente pidió reducir el precio. Nicolás aceptó incluir una segunda bodega sin cambiar la fecha de entrega. Valeria lo miró, sorprendida. Él seguía hablando con el cliente y no advirtió el gesto.
En el coche, ella abrió la carpeta.
—No tenemos horas para lo que acabas de ofrecer.
Nicolás dejó las llaves sobre sus piernas.
—Pensé que podíamos organizarnos.
—Habría que preguntárselo a Abril. Y pagarlo.
Él miró el presupuesto.
—Si retiro lo que dije, vamos a quedar mal.
—Si prometemos un trabajo que no cabe, también.
Nicolás cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria. Ninguno habló durante un minuto. Valeria sintió el impulso de decir que encontraría la manera, aunque tuviera que trabajar los domingos. No lo dijo.
Volvieron a la oficina y calcularon el trabajo adicional. Nicolás llamó al cliente delante de ella. Reconoció que había confirmado un alcance sin revisarlo con su socia y ofreció ampliar el plazo o presupuestar la segunda bodega aparte. El cliente se molestó; aceptó pensarlo y respondió dos días después.
Aquella noche Valeria y Nicolás cenaron incómodos. Al día siguiente establecieron que ninguno confirmaría condiciones del trabajo del otro sin consultarlo. A Nicolás no le gustó necesitar una regla tan evidente. La escribió de todos modos.
La primera factura de Horizonte Empresarial quedó impresa sobre el escritorio una mañana de lluvia. Valeria la observó con una mezcla de orgullo y cautela.
No significaba que todo estuviera resuelto.
Significaba que ahora tenían obligaciones nuevas.
Se lo dijo a Nicolás mientras él preparaba café en la pequeña zona común.
—Ya te vi mirando ese papel como si pudiera escaparse —respondió.
Ella sonrió.
—Es que cuesta trabajo creerlo.
Él dejó dos tazas sobre la mesa.
—Pues créelo un rato. Después podemos preocuparnos por la siguiente entrega.
Valeria levantó la suya.
No brindaron con champaña.
El café estaba un poco quemado.
A ninguno le importó demasiado.
Al ampliar el equipo, Valeria descubrió que algunas instrucciones que a ella le parecían claras necesitaban escribirse mejor. Tuvo que dejar de revisar cada movimiento de Abril y aceptar que podían llegar al mismo resultado de maneras distintas.
También se equivocó. Un viernes calculó mal el tiempo de una visita y llegó tarde a la reunión con Lucía.
Llamó antes, explicó la demora y propuso una alternativa.
Aquella noche siguió dándole vueltas. Nicolás la encontró en el cuarto de lectura, con la agenda abierta.
—Ya reorganizaste todo tres veces.
Valeria se frotó la frente.
—No debió pasar.
—No.
Ella levantó los ojos. Él se sentó cerca.
—¿Qué cambiaste para que no vuelva a pasar?
Valeria le mostró el calendario. Lo habían hablado. Lo había corregido. Lucía había aceptado la nueva hora. Cerró la agenda. No necesitaba pasar toda la noche castigándose.
Al acercarse el segundo aniversario de la consultoría, Valeria recibió una llamada de Adriana. Los asuntos que habían continuado después del divorcio habían requerido reuniones, declaraciones y meses de espera. Valeria ya no preguntaba por ellos cada semana, pero tampoco los había abandonado.
Aquella tarde acudió a la oficina con su carpeta. Adriana colocó los documentos sobre la mesa y los revisó con ella. La anotación del divorcio estaba concluida. El acuerdo económico reconocía a Valeria una cantidad por el tiempo en que había dejado su empleo para dedicarse a la casa, y el depósito convenido ya se había realizado. No era una participación en la empresa familiar ni dinero con el que hubiera abierto su despacho.
En el procedimiento por las agresiones, Alejandro había reconocido los hechos ante la autoridad. La resolución establecía la reparación del daño y obligaciones de tratamiento y seguimiento. La prohibición de acercarse a Valeria seguía vigente durante el plazo señalado. Adriana le mostró las fechas y explicó qué debía hacer si él incumplía.
—No tienes que vigilar si cumple sus sesiones —aclaró—. Eso corresponde a la autoridad. A ti te corresponde avisar si vuelve a buscarte.
Valeria preguntó por los gastos médicos y por las copias que debía conservar. La respuesta no le devolvía el año que había pasado en aquella casa. Pero, por primera vez, la responsabilidad de Alejandro aparecía escrita sin que ella tuviera que defender cada palabra.
Valeria escuchó hasta el final.
Hizo dos preguntas.
Después pasó la mano sobre la carpeta, que ya empezaba a desgastarse en las esquinas.
—Quiero guardar todo esto fuera de mi escritorio —dijo.
Adriana asintió. Le entregó las copias ordenadas. Al llegar a casa, Valeria las puso en una caja para documentos importantes.
No las destruyó.
Tampoco las dejó junto a la computadora donde trabajaba cada día.
Alejandro no volvió a presentarse en la oficina. En ocasiones, su nombre aparecía en conversaciones de personas que no sabían todo lo ocurrido. Valeria había aprendido a decidir cuánto quería responder.
Una tarde, una antigua compañera de universidad le preguntó si era cierto que ya tenía una empresa.
—Sí —dijo ella.
—Alejandro comentó que estaban haciendo cosas juntos antes de separarse. Pensé que era algo de ustedes.
Valeria dejó la taza sobre el plato. Sintió una molestia precisa.
—La empresa la empecé después de salir de la casa.
Su compañera parpadeó.
—Ah. No sabía.
—Ahora lo sabes.
No discutió más.
Al despedirse, Valeria descubrió que no necesitaba llamar a Alejandro para exigirle una corrección que tal vez nunca haría. Podía decir la verdad en el lugar donde se encontrara.
Ocho meses después de aquella visita a Adriana, Nicolás empezó a hablar de matrimonio una noche de jueves.
No hubo caja ni música.
Estaban doblando ropa sobre la cama. Él sostenía una camiseta que no parecía decidir cómo doblarse.
—¿Alguna vez te gustaría volver a casarte?
Valeria dejó una toalla. La pregunta no la sorprendió por completo. Habían hablado del futuro, de dónde querían vivir y de la posibilidad de tener hijos algún día.
Aun así, sintió una presión en el pecho.
Nicolás apoyó la camiseta.
—No tienes que contestar ahora.
Ella miró sus manos.
—Me gusta nuestra vida.
—A mí también.
Valeria respiró despacio.
—A veces pienso que si cambiamos algo, puedo perderla.
Él se sentó al borde de la cama.
—Podemos hablar de qué cambiaría.
Eso hicieron.
Hablaron de decisiones, de dinero, de trabajo y del apellido que ella nunca había querido dejar. Nicolás la escuchó. Valeria no le dio una respuesta definitiva. Pero aquella noche no guardó la conversación en un cajón.
Una semana después, fue ella quien la retomó. Estaban caminando por el parque donde habían tenido una de sus primeras citas. Se detuvo junto a una banca.
—Sí me gustaría casarme contigo.
Nicolás se volvió. Valeria tenía los ojos húmedos y una expresión seria.
—No porque crea que necesitamos demostrar nada. Quiero hacerlo.
Él sonrió lentamente.
—A mí me haría muy feliz.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Ya puedes respirar.
Nicolás la abrazó.
Permanecieron juntos mientras dos corredores pasaban conversando a su lado.
No había nadie esperando que ella respondiera. La tranquilidad de aquel momento hizo que Valeria lo recordara con una claridad especial.
El anillo llegó después. Nicolás se lo mostró una mañana de domingo, mientras desayunaban en el balcón.
Era sencillo, con una pequeña piedra clara.
Valeria lo miró. Él sostuvo la caja sin arrodillarse.
—Quería preguntártelo también de esta manera.
Ella sonrió.
—Pregúntame.
Nicolás tomó aire.
—Valeria Robles, ¿quieres casarte conmigo?
Ella lo miró a los ojos.
—Sí.
La palabra no salió entre aplausos. Salió con una seguridad que la hizo reír después de decirla. Él le puso el anillo. Valeria extendió la mano para verlo y luego lo atrajo hacia ella.
El café se enfrió sobre la mesa.
Camila lloró cuando se enteró. Después señaló a Nicolás con una servilleta.
—La fiesta me la organizan en una fecha en la que yo pueda bailar.
—Vamos a revisar tu agenda primero —respondió él.
La madre de Valeria abrazó a su hija sin hacer preguntas sobre lugares o invitados. Su padre miró el anillo. Luego miró a Nicolás.
—Se cuidan los dos.
Nicolás asintió. Valeria reconoció aquellas palabras. Esta vez, al escucharlas, pensó en mañanas compartidas, discusiones que terminaban sin miedo y cenas que a veces preparaba uno y a veces el otro.
Besó a su padre en la mejilla.
Eligieron una ceremonia pequeña. Valeria quería un jardín y una mesa larga donde pudieran conversar. Nicolás quería buena comida. Camila pidió música suficiente. Abril, al enterarse, preguntó si eso significaba que tendría que hacerse cargo de los teléfonos durante la luna de miel.
Valeria levantó una ceja.
—Significa que vamos a planear los pendientes con tiempo.
Eligieron juntos las fechas del viaje. También la duración. Antes de reservar, Valeria revisó sus compromisos y Nicolás los suyos.
Tardaron una tarde completa en decidir.
A ella le gustó incluso aquella parte.
La invitación a la gala llegó tres días después de que apartaran el jardín. Lucía se la entregó al terminar una reunión. Una asociación empresarial organizaba una cena para reunir fondos y reconocer proyectos de negocios locales. Las cafeterías participarían como patrocinadoras.
—Quiero que vayan —dijo—. He recomendado tu trabajo y varias personas quieren conocerte.
Valeria abrió el sobre. La fecha era dentro de seis semanas. La medida que impedía a Alejandro acercarse había cumplido su plazo meses atrás. Desde entonces no la había buscado. Valeria no sabía si asistiría a la gala; al leer la lista de patrocinadores reconoció el nombre de la empresa de su familia.
Se lo comentó a Nicolás y después a Adriana. Podía rechazar cualquier conversación y pedir ayuda al personal si la necesitaba. No tenía que renunciar a una invitación de trabajo por la posibilidad de verlo.
Su nombre aparecía acompañado del de Nicolás.
—También habrá gente de empresas grandes —añadió Lucía—. Puede salir algo interesante.
Valeria agradeció la invitación. Al volver al despacho, la dejó junto a la agenda. Nicolás se asomó.
—¿Qué es?
Ella se la mostró. Él leyó el lugar y la fecha.
—Tendré que sacar el traje.
Valeria sonrió. Después volvió a mirar la tarjeta. Había pasado años evitando ciertos salones, ciertas miradas y la posibilidad de encontrarse con gente de su antigua vida. Ahora alguien la invitaba por el trabajo que había hecho.
Sacó la pluma de su padre y anotó la fecha. Más tarde buscaría qué ponerse.