Capítulo 23 de 25

La mujer de la fotografía

Valeria eligió el vestido una semana antes de la gala.

Era verde esmeralda, de tela suave, con un escote que dejaba libres sus hombros y una abertura lateral que le permitía caminar sin dificultad.

Se lo probó en silencio. Camila esperaba sentada frente al espejo. Cuando se abrió la cortina, dejó el teléfono sobre sus piernas.

—Ese.

Valeria se volvió de perfil. Había recuperado la fuerza en los brazos y la costumbre de caminar erguida. El ejercicio volvía a ser una parte de sus días, con semanas constantes y otras en que el trabajo la obligaba a reorganizarse.

La tela acompañaba su cintura. Le gustaba. Se acercó al espejo para comprobar el largo.

—Necesita un ajuste aquí.

Camila se levantó.

—Para que no lo pises al entrar triunfalmente.

Valeria rio.

—Voy a una cena, Cami.

—Y yo exijo que al menos una persona se tropiece por mirarte.

Ella negó con la cabeza, sonriendo. Luego volvió a observarse.

No se imaginó la reacción de Alejandro.

Aquello le llamó la atención después, mientras pagaba.

El día de la gala salió temprano de la oficina. Había dejado las tareas distribuidas y un informe enviado. Abril levantó la vista cuando la vio guardar la computadora.

—¿Sí va a irse a la hora que dijo?

Valeria miró el reloj.

—Me quedan cuatro minutos.

—Entonces váyase antes de que alguien llame.

Nicolás apareció en recepción con una carpeta bajo el brazo.

—Yo necesito cinco.

Las dos lo miraron. Él levantó una mano.

—Cinco de verdad.

Veinte minutos después, Valeria lo encontró todavía revisando un correo.

Se apoyó en la puerta. Nicolás levantó la cabeza y cerró la computadora.

—Ya entendí.

Ella sonrió.

Salieron juntos.

En casa, Valeria puso música mientras se arreglaba. El vestido colgaba junto al espejo. Sobre la cómoda había unos aretes, una pulsera y el anillo que Nicolás le había dado.

Se maquilló despacio.

Delineó los ojos, eligió un labial cálido y dejó el cabello suelto sobre un hombro.

Cuando terminó, permaneció un momento frente al espejo. Le gustaba su rostro. La alegría de reconocerlo la tomó por sorpresa. Nicolás llamó desde el pasillo.

—¿Puedo entrar?

—Sí.

Él apareció ajustándose un puño de la camisa. Al verla, se detuvo. Valeria sonrió antes de que hablara.

—¿Qué?

Nicolás se acercó.

—Estoy intentando encontrar una frase que no se quede corta.

Ella soltó una carcajada. Él le besó la mano. Después retrocedió para mirarla otra vez.

—Estás preciosa.

Valeria le acomodó la corbata.

—Tú tampoco estás mal.

Se besaron con cuidado para no arruinar el labial.

No lo consiguieron del todo.

El salón estaba lleno cuando llegaron. Había mesas redondas, arreglos altos y una pequeña orquesta cerca del escenario. En la entrada, dos personas revisaban los nombres de los invitados.

Valeria sintió una tensión breve al cruzar las puertas.

Reconocía aquel ambiente: saludos medidos, vestidos de noche, conversaciones donde un apellido podía convertirse en una presentación completa.

Nicolás le ofreció el brazo. Ella lo tomó. Lucía los encontró junto al registro.

—Llegaron perfectos. Quiero presentarles a alguien antes de que empiece la cena.

Valeria le sonrió. Se acercaron a un grupo junto a los ventanales. Lucía pronunció su nombre y explicó parte del trabajo que había hecho en las cafeterías. Una mujer le preguntó cuánto tiempo llevaba con la consultoría.

Valeria respondió sin reducirlo a una casualidad. Habló de sus primeros clientes, del equipo y de Horizonte Empresarial. Cuando llegó el turno de Nicolás, ella escuchó con una copa de agua entre las manos.

Estaban allí como dos personas con algo que aportar.

Alejandro la vio desde el otro lado del salón. Llevaba varios minutos escuchando una conversación sobre una nueva inversión cuando reconoció su risa. Volvió la cabeza. Al principio encontró el vestido verde.

Después el rostro. Valeria estaba junto a una mujer de cabello gris, hablando con una seguridad que él recordaba de la universidad. Movía una mano al explicar algo y sonreía cuando la otra persona intervenía.

Nicolás permanecía a su lado. La miraba con atención. Alejandro dejó de escuchar al hombre que tenía enfrente. Había visto alguna fotografía reciente, siempre de lejos, en perfiles de conocidos o publicaciones de negocios. Ninguna le había preparado para encontrarla allí.

Valeria volvió el rostro hacia Nicolás. Él le dijo algo cerca del oído. Ella se rio. Alejandro apretó la copa.

Beatriz fue quien se acercó primero. Valeria acababa de terminar una conversación cuando la reconoció. Su antigua suegra llevaba un vestido oscuro y un collar de perlas.

—Buenas noches.

Valeria cambió la copa de mano para secarse la palma con una servilleta. La saludó sin apartarse.

—Buenas noches.

Beatriz miró a Nicolás. Él inclinó la cabeza.

—Qué gusto ver que te está yendo bien —dijo la mujer.

Valeria esperó. Había aprendido a escuchar hasta el final antes de decidir qué responder. Beatriz bajó los ojos hacia el anillo.

—No sabía que estaban comprometidos.

—Sí.

La mujer mantuvo la sonrisa, aunque sus dedos se cerraron alrededor del bolso.

—Felicidades.

—Gracias.

Hubo un silencio breve.

Luego alguien llamó a Beatriz desde una mesa. Ella se despidió. Valeria la observó alejarse. Nicolás se inclinó un poco.

—¿Quieres salir a tomar aire?

Valeria miró el salón. Todavía tenía el pulso acelerado.

—En un momento. Primero quiero terminar de saludar a Lucía.

Él asintió. Ella tomó un sorbo de agua.

Durante la cena, Valeria pudo concentrarse en las conversaciones de su mesa. Una empresaria quería organizar mejor las compras de dos tiendas. Un hombre preguntó por las revisiones administrativas para empresas familiares.

Ella respondió lo necesario y propuso continuar otro día con información más concreta.

No llevaba la noche preparada para resolver negocios sobre una servilleta.

Había aprendido eso también. Nicolás le rozó la mano bajo la mesa. Valeria lo miró. Él sonrió. Al terminar el plato principal, empezó una breve presentación de los proyectos apoyados por la asociación. Lucía subió al escenario con otros patrocinadores.

Valeria aplaudió. Cuando volvió la cabeza, encontró a Alejandro mirándola desde una mesa cercana. El estómago se le contrajo. Él sostuvo la mirada. Ella volvió hacia el escenario.

Más tarde, Nicolás recibió una llamada de su hermana. Se inclinó junto a Valeria.

—Salgo un minuto. Mi papá no encuentra unos papeles para mañana.

Ella sonrió.

—Dile que revise debajo de los otros papeles.

—Es exactamente su sistema.

Nicolás salió hacia el vestíbulo. Valeria se quedó conversando con una mujer de su mesa. Cuando esta se levantó para saludar a alguien, ella tomó su bolso y fue hacia el corredor de los baños.

Alejandro la alcanzó antes de que llegara.

—Valeria.

Ella se detuvo cerca de la entrada del salón, donde todavía había invitados y personal.

No caminó hacia el extremo vacío del pasillo.

—Buenas noches.

Alejandro la miró de cerca. Sus ojos recorrieron el cabello, el vestido y la mano donde brillaba el anillo.

—Estás… muy distinta.

Valeria sostuvo el bolso.

—Ha pasado tiempo.

Él asintió.

Parecía no saber dónde poner las manos.

—Te he visto en algunas publicaciones. Lo de la empresa.

—Sí.

—Me alegra.

Valeria no respondió por cortesía.

Esperó.

Alejandro miró hacia el salón.

—¿Podemos hablar en otro lugar?

Ella negó.

—Aquí está bien.

Él volvió a mirarla.

—Solo unos minutos.

—Si tienes algo que decirme, puedes decirlo aquí.

Alejandro bajó la voz.

—He pensado mucho en ti.

La música llegaba amortiguada desde adentro. Una pareja pasó junto a ellos. Ella se hizo a un lado para dejar espacio, manteniéndose cerca de la puerta. Alejandro continuó: —En nosotros. En todo lo que pasó.

La expresión de Valeria no cambió. Él se pasó una mano por la nuca.

—Fui un imbécil.

Durante un segundo ella recordó cuánto había esperado alguna vez una frase parecida.

No llegó el alivio que imaginaba.

Solo una atención cansada.

—Fuiste cruel conmigo —respondió.

Alejandro bajó los ojos.

—Lo sé.

Él volvió a mirar su anillo.

—¿Te vas a casar?

—Sí.

La respuesta lo hizo tragar saliva.

—¿Con él?

Valeria frunció apenas el ceño.

—Con Nicolás.

Alejandro apretó los labios.

—Nunca pensé que…

Se interrumpió. Ella esperó.

—Que lo nuestro fuera a terminar de verdad.

Valeria dejó de buscar una explicación para su desconcierto. Habían pasado el divorcio, las reuniones con abogados y meses sin verse. Aun así, una parte de él había seguido considerando su ausencia como algo provisional.

—Terminó hace tiempo —dijo.

Alejandro levantó la cabeza.

—Para ti.

Valeria lo miró sin suavizar la expresión.

—Sí. Para mí terminó.

Nicolás apareció en el vestíbulo. La vio junto a Alejandro y disminuyó el paso. Valeria sostuvo su mirada un instante.

No lo llamó.

Tampoco quiso que se alejara. Él permaneció cerca de la recepción, a la vista. Alejandro siguió la dirección de sus ojos.

—¿Ahora no puedes hablar conmigo sin que esté pendiente?

Valeria volvió hacia él.

—Podía hablar contigo cuando vivíamos juntos. Tú decidías si me escuchabas.

Alejandro se quedó callado. Ella sintió que el pulso empezaba a bajar.

No porque él hubiera dejado de importarle por completo, sino porque estaba escuchándose responder sin tratar de protegerlo de sus propias palabras.

—No quiero discutir —dijo él.

—Yo tampoco.

Valeria acomodó el bolso bajo el brazo.

—Voy a volver a la cena.

Alejandro dio un paso.

No llegó a tocarla.

—Espera.

Ella se detuvo. Él miró hacia el suelo y después a su rostro. Por primera vez en toda la conversación, su voz perdió firmeza.

—Perdóname.

Valeria no se movió. Alejandro respiró hondo.

—Todavía te amo.

Las palabras quedaron entre ellos. Al otro lado de las puertas, la orquesta empezó una canción lenta. Valeria miró al hombre con quien había imaginado pasar su vida.

Ya no necesitaba preguntarle por Renata ni por las llamadas. No estaba esperando que le dijera que seguía siendo hermosa.

Alejandro se acercó apenas.

—Podríamos empezar de nuevo.

Ella sostuvo su mirada. Él parecía estar viendo, al fin, todo lo que había perdido. Valeria, en cambio, tenía muy presente lo que había conseguido recuperar.

Apretó suavemente el bolso.

Y se dispuso a responder.