Capítulo 24 de 25

No vuelvas a buscarme

—No voy a volver contigo.

Valeria lo dijo sin levantar la voz. Alejandro permaneció frente a ella, con las manos inmóviles a los costados. Detrás de él, un mesero cruzó el vestíbulo llevando una bandeja de copas.

La fiesta continuaba. Él tardó unos segundos en responder.

—No te estoy pidiendo que decidas ahora.

Valeria sostuvo su mirada.

—Ya decidí.

Alejandro volvió los ojos hacia Nicolás, que esperaba cerca de la recepción.

—Claro. Ya tienes otra vida.

—Sí.

La sencillez de la respuesta pareció incomodarlo. Valeria no añadió una explicación. Durante mucho tiempo había creído que, si encontraba las palabras correctas, Alejandro comprendería. Aquella noche no había ido a convencerlo de nada.

Él bajó la voz.

—Cometí errores.

Ella sintió una presión leve en el pecho.

—Me golpeaste.

Alejandro miró alrededor.

—No hace falta hablar así aquí.

Valeria no se movió.

—Tú pediste esta conversación.

Una pareja salió del salón y se detuvo a unos pasos, buscando su coche en el teléfono. Alejandro esperó a que se alejaran.

—He cambiado, Valeria.

Ella lo observó.

Era posible que hubiera hecho cosas que ella desconocía. También era posible que volviera a decir lo que necesitaba para obtener otra oportunidad.

No tenía que averiguarlo compartiendo de nuevo una casa con él.

—Espero que te hagas responsable de lo que hiciste —respondió—. Mi vida ya no forma parte de eso.

Él apretó la mandíbula.

—Podríamos recuperar mucho.

Valeria pensó en su oficina, en Abril preparando una reunión y en Nicolás buscando tornillos debajo de un mueble mal armado. Pensó en Camila esperándola a la entrada del gimnasio y en su padre guardando recibos para que ella pudiera revisar las cuentas.

—No quiero recuperar nuestra vida.

Alejandro bajó la mirada hacia el vestido.

—Antes eras así.

Valeria entendió lo que señalaba. La ropa. El cabello. La seguridad con la que estaba de pie. Valeria sostuvo su mirada.

—Sí. Y pasé mucho tiempo escuchándote decir que había algo malo en mí por verme como me gustaba.

Él abrió la boca. Ella continuó:

—Cuando dejé de arreglarme, también te molestó. Cuando trabajaba, te quejabas. Cuando renuncié, dejaste de tener interés en lo que hacía. No voy a volver a intentar adivinar qué versión de mí te deja satisfecho.

Alejandro se quedó callado.

—Puedo darte estabilidad —dijo al fin.

Valeria lo miró con incredulidad. Su antiguo esposo pareció advertir demasiado tarde cómo había sonado.

—No hablo solo de dinero.

—Yo tampoco.

Él se pasó una mano por la frente.

—¿De verdad vas a compararme con un vendedor de seguros?

La frase acabó con las dudas que le había despertado aquella disculpa.

Unos minutos antes había oído arrepentimiento en su voz. Ahora volvía a reconocer al hombre que necesitaba poner a otra persona debajo para sentirse a salvo.

—Nicolás tiene un nombre —dijo—. Y yo nunca te he pedido que compitas con él.

Alejandro miró hacia la recepción.

—Todo esto empezó por él.

—No. Yo salí de la casa porque me golpeaste.

La respuesta quedó entre ambos. Valeria no agregó fechas ni intentó justificar el comienzo de su nueva relación. No tenía nada que demostrarle.

Beatriz apareció junto a las puertas del salón. Había visto a su hijo desde la mesa y su expresión cambió al reconocer la tensión de la conversación.

—Alejandro.

Él no se volvió. Valeria miró a su antigua suegra. La mujer se acercó despacio.

—No creo que este sea el lugar.

Valeria asintió una sola vez.

—Ya terminamos.

Beatriz observó el rostro de su hijo y después el de ella.

—Él está intentando pedirte perdón.

Valeria sujetó mejor el bolso. Desde el compromiso había escuchado a Beatriz explicar lo que Alejandro necesitaba, lo que sentía y lo que supuestamente quería decir. Aquella noche no la dejó continuar.

—Lo escuché.

La mujer apretó los labios.

—Entonces quizá podrías…

—No voy a volver con él.

Dos personas que pasaban por el vestíbulo miraron brevemente hacia ellos. Alejandro se enderezó.

Valeria bajó la voz al advertir aquellas miradas; enseguida volvió a sostener la de Beatriz. La dejó pasar. No había hecho nada que necesitara ocultar.

Beatriz bajó la voz.

—No hace falta humillarlo.

Valeria volvió la cabeza hacia ella. Recordó la cocina, el frutero y las marcas de unos dedos en su brazo.

—Le estoy diciendo que no.

La mujer permaneció inmóvil. Valeria respiró despacio antes de continuar.

—Cuando les mostré que me había lastimado, me preguntaron cómo habíamos llegado a eso. Cuando quise trabajar, me dijeron que debía atender mi matrimonio. Ya no voy a discutir mis decisiones con ustedes.

Alejandro dio un paso.

—Mi mamá no tiene la culpa.

Valeria lo miró.

—Entonces deja que termine de hablar conmigo.

Él se detuvo. Beatriz apartó los ojos. Por primera vez, no encontró una respuesta inmediata.

Nicolás se acercó cuando Valeria lo buscó con la mirada.

No entró entre ellos.

Se detuvo a su lado y preguntó:

—¿Quieres volver?

Ella asintió. Alejandro miró la mano que Nicolás le ofrecía. Valeria la tomó.

—Un momento —dijo su antiguo esposo.

Ella permaneció donde estaba.

—No quiero volver a hablar de nosotros. Si queda algún asunto pendiente, puedes comunicarlo por los medios acordados.

Alejandro tragó saliva.

—¿Eso es todo?

Valeria lo observó. Había esperado demasiado tiempo que él entendiera cuánto podían doler sus palabras. Ahora no quiso herirlo para comprobar que todavía podía hacerlo.

Quiso irse.

—No vuelvas a buscarme para pedirme que regrese.

Él bajó los ojos. Valeria se despidió de Beatriz con una inclinación de cabeza. Después caminó hacia el salón junto a Nicolás.

Al cruzar las puertas, le temblaron las rodillas. Nicolás lo notó.

—Podemos salir.

Valeria miró las mesas. Lucía conversaba con una de las empresarias que le había pedido información. Cerca del escenario, varias parejas empezaban a bailar. La noche no había terminado.

Ella tampoco quería terminarla allí.

—Necesito sentarme un momento.

Volvieron a su mesa.

Nicolás le acercó agua y permaneció a su lado mientras bebía. Valeria apoyó la copa.

—Me pidió que volviera.

Él asintió.

No fingió sorpresa ni preguntó qué había respondido.

Ella se lo dijo de todos modos.

—Le dije que no.

Nicolás tomó su mano sobre el mantel. Valeria esperó a que su respiración recuperara el ritmo. Luego miró hacia la pista.

—Quiero bailar.

Él sonrió.

—Vamos.

Alejandro los vio desde la entrada. Valeria apoyó una mano en el hombro de Nicolás. Él se inclinó para escuchar algo que ella le decía y los dos se rieron antes de encontrar el paso.

No parecía una demostración.

Ella no miró hacia la puerta. Alejandro permaneció allí hasta que Beatriz le tocó el brazo.

—Vámonos.

Él se apartó apenas.

—Todavía no.

Su madre lo dejó solo. Por primera vez no pudo confundir el rechazo de Valeria con un enojo que se le pasaría. La mujer de la pista tenía planes en los que él no aparecía.

Durante el baile, Valeria dejó de pensar en el vestíbulo. La mano de Nicolás descansaba en su espalda sin dirigir cada movimiento. Si ella se acercaba, él la recibía; si necesitaba espacio para girar, lo tenía.

—Te quedó bien el traje —dijo.

Él bajó los ojos hacia su saco.

—Me lo dijiste antes de salir.

—Lo estoy confirmando con mejor iluminación.

Nicolás rio. La atrajo un poco más cuando ella se acercó. Valeria levantó el rostro.

—Gracias por esperar a que te llamara.

Él le acarició los dedos.

—Te estaba viendo.

Ella asintió. Se había sentido acompañada incluso antes de tenerlo al lado.

Al terminar la canción, Lucía los encontró cerca de la mesa.

—Los estaba buscando.

Valeria se volvió hacia ella, todavía pendiente del vestíbulo. Después vio que llevaba una tarjeta.

—La señora con la que hablaste quiere que revises dos tiendas. Me pidió que te pasara sus datos.

Ella tomó la tarjeta.

—Le escribiré el lunes.

Lucía sonrió.

—Eso le dije. Hoy termina de disfrutar.

Valeria guardó la tarjeta en el bolso. Nicolás le ofreció el brazo.

Fueron a buscar postre.

Salieron cerca de medianoche.

En el coche, Valeria se quitó los tacones antes de que Nicolás arrancara. Él la miró.

—¿Grave?

—No voy a reconocer públicamente cuánto me duelen los pies.

Nicolás abrió la pequeña guantera.

Dentro había unas sandalias.

Ella lo miró, sorprendida.

—Las dejaste aquí la semana pasada —explicó—. Me pareció buen momento para no olvidarme de ellas.

Valeria se rio. Se las puso. Durante unos minutos avanzaron con la música baja. Después ella apoyó la cabeza en el asiento.

—Pensé muchas veces en ese momento.

Nicolás mantuvo la vista en la calle.

—¿En verlo?

—En que me viera bien. Que se arrepintiera. Que entendiera todo de golpe.

Él esperó. Valeria miró las luces por la ventana.

—Cuando pasó, solo quería terminar la conversación y volver contigo a la mesa.

Nicolás buscó su mano cuando se detuvieron en un semáforo. Ella entrelazó los dedos con los suyos.

En casa dejó los aretes sobre la cómoda. El vestido verde quedó colgado junto al armario. Valeria se quitó el maquillaje mientras Nicolás abría las ventanas de la sala. Más tarde lo encontró descalzo, guardando las llaves.

Se acercó. Él le rodeó la cintura.

—Hola —dijo.

Valeria sonrió.

—Hola.

Se besaron despacio. La noche había empezado con conversaciones de trabajo, había pasado por un encuentro que ella temía y terminaba en aquella sala, con los zapatos junto a la puerta y un vaso de agua esperando sobre la mesa.

Valeria apoyó la frente contra la suya.

—Tengo muchas ganas de casarme contigo.

Nicolás cerró los ojos un instante.

—Yo también.

Antes de dormir, ella miró su agenda. La siguiente semana estaba llena: una visita al taller, dos reuniones, una revisión con Abril y la prueba del vestido que había elegido para la boda.

Anotó llamar a la nueva clienta.

Después cerró la libreta.

No escribió nada sobre Alejandro.

Cuando apagó la lámpara, Nicolás se acomodó a su lado. Valeria le puso una mano en el pecho y sintió su respiración tranquila. La conversación del vestíbulo volvió una vez más.

¿Eso es todo?

Ella abrió los ojos en la oscuridad.

No, pensó.

Todavía quedaba muchísimo. Se acercó a Nicolás y se quedó dormida.