Capítulo 25 de 25

Toda la luz

La mañana de su boda, Valeria fue al gimnasio. Camila la encontró ajustándose los tenis y se quedó mirándola desde la entrada del vestidor.

—Pensé que era una broma.

Valeria levantó la cabeza.

—Dije que iba a venir.

—Hoy te casas.

—Por la tarde.

Camila dejó la mochila sobre el banco.

—Si no puedes caminar hasta la ceremonia, yo no te cargo.

Hicieron una rutina breve.

Valeria no intentó levantar más peso ni terminar con los músculos temblando. Quería moverse, escuchar música y empezar el día con una costumbre que había vuelto a pertenecerle. Al terminar se quedaron junto a los casilleros.

Camila bebió agua y la miró de reojo.

—¿Estás nerviosa?

Valeria asintió.

—Mucho.

Su amiga cerró la botella.

—¿Nervios buenos?

Valeria pensó antes de responder.

—Sí. Quiero que llegue la hora.

Camila sonrió. La abrazó con cuidado de no mancharla de sudor. Después desistió y la apretó con fuerza.

Se arregló en el departamento. Nicolás había salido desde temprano para reunirse con su padre y su hermana. Antes de irse, dejó una nota junto a la cafetera.

Nos vemos en el jardín. Las llaves están donde siempre.

Valeria sonrió al leerla. Las llaves. El café. La manera en que podían despedirse sin revisar cada detalle de la mañana del otro. Guardó la nota en el cajón de su escritorio.

Su madre llegó con una bolsa de comida y la preocupación de que nadie hubiera desayunado bien. Camila apareció poco después, seguida por la maquillista. El departamento se llenó de voces.

Valeria se sentó frente al espejo.

Mientras le acomodaban el cabello, observó a su madre abrir la ventana para que entrara un poco de aire.

La mujer se volvió y la encontró mirándola.

—¿Qué pasó?

Valeria negó.

—Nada. Me gusta que estés aquí.

Su madre se acercó y le besó la frente.

El vestido era blanco, de espalda descubierta y falda ligera. Valeria lo había elegido después de probarse solo otros dos. Tenía un escote que le gustaba y un corte que le permitía sentarse, caminar y bailar sin estar pendiente de la tela.

Cuando salió del dormitorio, Camila se llevó las manos a la boca.

—No me hables todavía —dijo—. Estoy intentando conservar las pestañas.

La madre de Valeria no hizo ningún intento por conservar el maquillaje.

Lloró en cuanto la vio.

Valeria se acercó a abrazarla.

—Me vas a hacer llorar a mí.

—Ya sé.

Se quedaron juntas hasta que Camila les acercó pañuelos. El padre de Valeria llamó desde el pasillo.

—¿Puedo pasar?

Ella se volvió.

—Sí, papá.

Él entró despacio. Al verla, se detuvo junto a la mesa.

No hizo un discurso.

Solo extendió los brazos.

Valeria fue hacia él.

El jardín tenía árboles altos y flores de colores suaves. Habían colocado pocas filas de sillas, una mesa para la ceremonia y luces sobre el espacio donde después cenarían.

Abril discutía con un cable que no quería quedarse en su sitio. Irene conversaba con Lucía cerca de la entrada. Teresa había llegado acompañada de su esposo y llevaba un regalo envuelto con demasiado papel.

La hermana de Nicolás organizaba a los invitados sin dejar de sonreír. Valeria los vio desde una habitación que daba al jardín.

No conocía cada historia de quienes estaban allí, pero sí sabía por qué quería tenerlos cerca.

Su padre se colocó a su lado. Ella le tomó el brazo.

—Estoy lista.

Él la miró antes de abrir la puerta.

—Vamos.

Nicolás la esperaba junto a la mesa. Cuando la vio, sonrió con una emoción que no intentó disimular. Tenía los ojos húmedos y la corbata un poco torcida. Valeria caminó hacia él.

No dejó de mirar a su alrededor: su madre con un pañuelo en la mano, Camila llorando sin éxito por ocultarlo, su padre intentando mantener un paso tranquilo.

Quería recordarlo todo. Al llegar, Nicolás le ofreció las manos. Ella las tomó.

—Hola —susurró él.

Valeria rio.

—Hola.

Era la misma palabra con la que se habían encontrado muchas noches en la cocina o al final de una jornada.

Aquella tarde le pareció suficiente para empezar.

Escucharon las palabras de la ceremonia.

Respondieron las preguntas y revisaron los documentos cuando llegó el momento.

Valeria reconoció su nombre escrito completo. Había llevado la pluma de su padre.

Firmó con ella.

Después Nicolás añadió su firma y la miró mientras devolvía la pluma. Más tarde, cuando pudieron decirse unas palabras, él respiró hondo.

—Me gusta la vida que hacemos juntos —comenzó—. Me gusta llegar a casa y encontrarte leyendo, o escucharte entrar cuando yo llego primero. Me gusta que me cuentes cosas que no entiendo y tener que pedirte que vuelvas a explicarlas.

Hubo algunas risas.

Valeria le apretó los dedos.

—Quiero seguir aprendiendo a vivir contigo —continuó él—. A hablar cuando algo me cuesta, a escucharte sin preparar mi respuesta y a cuidar el tiempo que compartimos.

Se detuvo un momento.

—Te amo. Y estoy feliz de que quieras estar aquí.

Valeria se limpió una lágrima con el pulgar. Cuando habló, tuvo que hacerlo más despacio.

—Durante mucho tiempo pensé que debía saber resolverlo todo para que me quisieran. Contigo he aprendido a pedir ayuda y a decir lo que quiero, incluso cuando todavía no sé explicarlo bien.

Nicolás sonrió. Ella respiró.

—Quiero seguir haciendo planes contigo. Trabajar, viajar, discutir dónde vamos a poner los muebles y cambiar de opinión. Quiero que podamos seguir conociéndonos cuando pasen los años.

Lo miró a los ojos.

—Te elijo con la vida que tengo ahora. Me gusta quién soy cuando la comparto contigo.

El beso provocó aplausos y un silbido de Camila que hizo reír a todos. Después vinieron los abrazos. Su padre fue el primero en llegar. La sostuvo un momento y luego abrazó a Nicolás.

Irene le dio un beso en la mejilla.

—Mañana no me contestes ningún correo.

—No pienso abrirlos —respondió Valeria.

Su antigua supervisora levantó una ceja.

—Eso espero.

Abril tomó una fotografía de las dos. Valeria la miró en la pantalla. Estaba riéndose. Le pidió que se la enviara.

Durante la cena, su padre quiso decir unas palabras. Se levantó con una hoja doblada. La abrió. Después miró a Valeria y volvió a cerrarla.

—Había escrito algo largo —dijo—. Pero ya lloró demasiado mi esposa.

La madre de Valeria lo miró entre risas. Él sostuvo su copa.

—Estoy orgulloso de mi hija. Y me alegra verla rodeada de gente con la que puede estar contenta. Gracias por venir a compartir este día.

No añadió nada más.

Valeria se levantó para abrazarlo antes de que pudiera sentarse. La hoja quedó sobre la mesa. Ella se la llevó al terminar la fiesta.

Bailó con Nicolás.

Después con su padre, con Camila y con la hermana de su nuevo esposo. Se quitó los zapatos cuando le dolieron los pies y regresó a la pista sin vergüenza.

Nicolás la miró acercarse descalza.

—Mucho mejor.

Ella dejó los zapatos debajo de una silla.

—Ahora sí puedo seguirte.

Él le ofreció la mano.

Mientras bailaban, Valeria apoyó la cabeza un instante sobre su hombro.

No pensó en demostrarle nada a nadie.

Estaba cansada, enamorada y tenía hambre otra vez. Se lo dijo al oído. Nicolás soltó una carcajada.

Fueron a buscar lo que quedaba de la cena.

La luna de miel duró diez días. Eligieron una ciudad junto al mar y un hotel pequeño desde donde podían salir caminando. Valeria llevó vestidos ligeros, sandalias y un libro que apenas avanzó.

Una tarde, mientras se preparaban para cenar, se puso una prenda nueva y se volvió hacia Nicolás.

—¿Me ayudas con el cierre?

Él se acercó. Le apartó el cabello y subió el cierre despacio. Después besó la piel de su hombro. Valeria lo miró a través del espejo.

—¿Qué?

Nicolás sonrió.

—Estaba pensando que reservé en un restaurante muy bueno y ahora no quiero salir.

Ella rio. Se volvió para besarlo. Llegaron tarde a la cena.

Un año después, Horizonte Empresarial se mudó a una oficina más amplia. No era un edificio propio ni una sede lujosa. Tenía espacio suficiente para el equipo, una sala donde podían recibir a los clientes y una cocina donde la cafetera dejó de ocupar medio escritorio.

Abril coordinaba a dos colaboradores. Valeria dividía su tiempo entre proyectos, reuniones y revisión de propuestas. Nicolás había ampliado su cartera y organizado mejor el trabajo para no depender de estar siempre disponible.

Seguían haciendo cuentas antes de comprometerse.

Habían aprendido a dejar algunas oportunidades para después. El día de la mudanza, su padre llegó con herramientas. Camila apareció con comida. Valeria los vio entrar y se rio.

—Estamos repitiendo la misma escena.

—Entonces esta vez compren muebles con mejores instrucciones —respondió su padre.

El letrero de la primera oficina quedó en el despacho de Valeria. Lo colgó junto a su título.

Debajo puso una fotografía de la boda y otra en la que aparecían sus padres frente a la tienda.

A veces, al recibir a una persona que apenas empezaba su negocio, recordaba las libretas de Teresa y su nerviosismo al decir cuánto cobraba.

No había dejado de sentir miedo al tomar decisiones importantes. Ahora podía revisarlas, pedir otra opinión y decidir sin esperar a que alguien le diera permiso. Una tarde rechazó una reunión porque ya tenía otro compromiso.

El cliente propuso cambiarla. Valeria consultó la agenda y aceptó una nueva hora. Después cerró la computadora. La esperaba Camila.

Iban al gimnasio.

Al salir de entrenar se quedaron tomando agua junto a los casilleros. Camila la observó ponerse los aretes.

—¿Cena importante?

—Con Nicolás.

—¿Aniversario?

Valeria negó.

—Jueves.

Su amiga sonrió. Ella se soltó el cabello. Todavía disfrutaba arreglarse. Algunas mañanas elegía tacones y maquillaje; otras salía con la cara lavada y una camiseta cómoda. Había dejado de examinar cada decisión como si contuviera una explicación sobre su valor.

Se despidió de Camila y fue a casa.

Nicolás estaba cocinando cuando llegó. Valeria dejó las llaves en su sitio y lo abrazó por la espalda. Él se volvió para besarla.

—¿Cómo te fue?

—Bien. Cami dice que ya puede levantar más que yo.

—¿Es cierto?

—No voy a responder sin mi abogada.

Nicolás rio. Ella fue a cambiarse. Abrió el armario y eligió una blusa de tirantes. Se miró en el espejo mientras se ponía una pulsera. Luego salió a la cocina.

Había dos platos sobre la mesa. El teléfono de Nicolás sonó y él comprobó quién llamaba.

—¿Es urgente? —preguntó Valeria.

Él negó. Lo dejó sobre la barra.

Cenaron.

Después lavaron los platos, discutieron qué película ver y terminaron sentados en el sofá con un libro cada uno. Valeria apoyó los pies sobre sus piernas. Al cabo de un rato, Nicolás le acarició el tobillo.

—¿Estás cómoda?

Ella levantó la vista. Miró la lámpara encendida, la ventana abierta y los zapatos que había dejado junto a la puerta. Después lo miró a él.

—Sí.

Volvió a su página.

Afuera empezó a llover.

Valeria escuchó el agua durante unos segundos y se acomodó un poco más cerca de su esposo. Por la mañana tenía trabajo. Esa noche, tiempo.

Y cuando Nicolás le tomó la mano, ella dejó el libro abierto sobre sus piernas para entrelazar los dedos con los suyos.

FIN