Capítulo 1 de 13

La mujer de la casa azul

La primera vez que Inés vio a Soledad, llevaba a su hermano en brazos y creía que ya estaba muerto.

Había dejado de sentir sus movimientos dos calles atrás.

Hasta entonces, Tomás se había quejado cada vez que ella tropezaba. Un gemido pequeño, apenas un hilo de voz, pero suficiente para hacerla avanzar. Ahora tenía la cabeza vencida sobre su hombro y un brazo colgando hacia el suelo. La lluvia le resbalaba por los dedos.

—Ya vamos a llegar —le decía Inés—. Aguanta un poquito.

No sabía si él podía escucharla.

Tampoco sabía con certeza dónde vivía la mujer que buscaba.

Le habían dicho que la casa tenía una puerta azul, que estaba cerca de unas higueras y que no debía equivocarse, porque en aquella calle había personas que preferían no tener nada que ver con su vecina.

Inés había oído hablar de ella muchas veces.

La Mulata.

En el mercado pronunciaban aquel nombre de distintas maneras. Algunas mujeres bajaban la voz; otras lo decían con desprecio y miraban alrededor, esperando que alguien les diera la razón. Su madre, cuando aún vivía, nunca la había llamado así.

—Soledad sabe de plantas —había dicho una tarde mientras limpiaba frijoles—. Y sabe escuchar a los enfermos, que no es poca cosa.

Inés recordaba esa frase porque su tía Jacinta había dejado caer el rosario sobre la mesa.

—También hay cosas que se cuentan de ella.

Su madre no había discutido. Solo apartó una piedrecilla de los frijoles.

—De nosotros también se cuentan cosas.

Ahora, bajo la lluvia, Inés se aferraba a aquel recuerdo.

Tomás llevaba tres días enfermo.

La primera noche había tenido escalofríos. La segunda, tanta fiebre que se quitaba la manta y luego lloraba para que volvieran a cubrirlo. Aquella mañana había comenzado a decir palabras sin sentido: preguntaba por su madre, aseguraba que alguien estaba sentado junto a la cama, pedía que no apagaran una vela que no estaba encendida.

Inés había ido a buscar ayuda.

El médico que atendía a las familias de la plaza no salió a verla. Un criado le preguntó cuánto dinero llevaba y, al escuchar la respuesta, le indicó que regresara más tarde.

Volvió por la tarde.

El médico había salido.

Cuando regresó a casa, Tomás ya no reconocía su voz.

La vecina que lo cuidaba mientras ella iba y venía lo observó desde la puerta.

—Llévalo con Soledad.

Lo dijo mirando hacia la calle, como si temiera que alguien la oyera.

Inés no preguntó por qué no se lo había aconsejado antes.

Lo envolvió en la única manta seca y salió.

Ahora la manta pesaba por el agua. Sus brazos temblaban. Tenía una rozadura en el talón y cada paso le producía un dolor agudo, pero el verdadero miedo estaba en el silencio de su hermano.

Se detuvo debajo de un alero.

—Tomás.

Le apartó el cabello de la frente.

—Tomás, mírame.

El niño tenía los ojos entreabiertos. Una gota le recorría la mejilla.

Inés acercó el oído a su boca y escuchó algo: una respiración débil, trabajosa.

Todavía estaba vivo.

Apretó los dientes y volvió a cargarlo.

Al final de la calle encontró las higueras.

Sus ramas sobresalían de un muro bajo. Detrás había una casa pequeña, de techo oscuro, con una ventana iluminada y una puerta azul cuya pintura se había desgastado junto al picaporte.

Inés golpeó con el codo.

Una vez.

Después otra.

—Por favor.

Esperó con la frente apoyada en la madera.

Al otro lado se oyó el roce de una silla.

La puerta se abrió.

La mujer que apareció llevaba una lámpara en la mano. Tenía la piel morena, el cabello recogido y un vestido sencillo con las mangas dobladas hasta los codos. Inés había imaginado a una anciana encorvada, rodeada de objetos extraños. Aquella mujer parecía más joven que algunas de las madres que acudían al lavadero.

Soledad miró primero a la muchacha y después al niño.

Su expresión cambió.

—¿Desde cuándo está así?

—Tres días. Hoy dejó de hablar.

La mujer se apartó.

—Entra.

Inés cruzó el umbral y casi cayó. Soledad alcanzó a sostener a Tomás antes de que sus rodillas cedieran.

—Aquí.

Retiró de una mesa un cuenco de hojas y una tela doblada.

Entre las dos acostaron al niño.

Inés no quería soltarlo. Había pasado tanto tiempo sosteniéndolo que sus brazos parecían incapaces de comprender que ya no era necesario.

—Déjame verlo —dijo Soledad.

La muchacha se hizo a un lado.

La habitación olía a leña, a ropa seca y a plantas recién cortadas. Había recipientes de barro sobre un estante, manojos suspendidos de una viga y una olla pequeña junto al fogón. Nada se movía por sí mismo. No había animales ocultos ni figuras amenazantes sobre las paredes.

Solo una mujer que acercaba la lámpara al rostro de un niño.

Soledad le tocó el cuello, observó sus labios y apoyó una mano sobre su pecho.

—¿Ha bebido?

—Muy poco.

—¿Vomita?

Inés asintió.

Soledad hizo otras preguntas. La muchacha respondió como pudo, mezclando lo ocurrido por la mañana con lo de la noche anterior.

—Despacio —le pidió la mujer—. Necesito entenderte.

Inés intentó ordenar los recuerdos.

Mientras hablaba, vio que Soledad vigilaba la respiración de Tomás sin dejar de escucharla.

—¿Es su madre? —preguntó al final.

La muchacha negó con la cabeza.

—Su hermana.

—¿Y tus padres?

—Mi madre murió en enero. Mi padre salió a buscar trabajo. No ha vuelto.

Soledad la miró por primera vez con detenimiento.

Inés conocía aquella mirada. La había recibido de vecinos, comerciantes y mujeres que después decían que Dios las ayudaría. Se preparó para escuchar una pregunta sobre algún pariente que pudiera hacerse cargo de ellos.

Pero Soledad señaló una jofaina.

—Lávate las manos. Luego trae esa jarra.

Inés obedeció.

Necesitarla le resultó más soportable que compadecerla.

La lluvia se hizo más intensa.

Golpeaba las tejas y caía desde el alero en un chorro que llenaba un recipiente del patio. De vez en cuando, el viento empujaba unas gotas por debajo de la puerta.

Soledad trabajaba sin precipitarse.

Quitó la manta mojada, envolvió al niño en una tela seca y preparó lo necesario junto a la mesa. Cuando tuvo que darle algo de beber, lo incorporó con cuidado y esperó a que pudiera tragar.

Inés la observaba.

—¿Va a vivir?

Soledad no respondió de inmediato.

Aquella pausa fue peor que cualquier palabra.

—Todavía está aquí —dijo.

—Pero ¿va a vivir?

La mujer dejó el cuenco.

—Voy a hacer lo que pueda por él. No te voy a prometer algo que no sé.

Inés sintió rabia.

Había cruzado media ciudad para llegar hasta ella. Necesitaba una certeza, aunque fuera pequeña; necesitaba que alguien le dijera que al día siguiente Tomás estaría sentado en la cama, pidiendo comida y quejándose de lo que le dolía.

Se volvió hacia su hermano.

—No te mueras —susurró.

Soledad le acercó una silla.

—Siéntate aquí.

—No estoy cansada.

—Entonces háblale.

Inés se sentó.

Al principio no supo qué decir. Le tomó la mano y comenzó a repetir su nombre. Después le habló del patio de su casa, de un gato flaco que entraba a robarles comida y del trompo que Tomás había perdido debajo de unas tablas.

—Lo encontré —le contó—. Se le rompió un pedacito, pero todavía sirve.

El niño no se movió.

Inés siguió hablando.

Le recordó que debía regresar una cuchara a la vecina y que había dejado unas piedras escondidas dentro de un zapato.

—No sé para qué las quieres. Pesan muchísimo.

Soledad cambió un paño sin interrumpirla.

Las horas pasaron así: entre el ruido del agua, la respiración del niño y las cosas pequeñas de una vida que Inés se negaba a dar por terminada.

En algún momento sonaron las campanas.

La muchacha perdió la cuenta.

El hambre comenzó a dolerle, pero no quiso mencionarla. Soledad debió advertirlo, porque puso a su lado un trozo de pan.

—Come.

—No tengo dinero.

La mujer continuó acomodando una tela.

—Te he dicho que comas.

Inés tomó el pan y descubrió, con vergüenza, que tenía ganas de llorar por algo tan simple como poder masticar.

Cerca de la medianoche, Tomás sufrió una sacudida.

Inés se levantó tan deprisa que derribó la silla.

—¡Le pasa algo!

Soledad ya estaba junto a él.

La muchacha vio cómo cambiaba su rostro. Hasta ese momento había trabajado con una serenidad que parecía inagotable. Ahora sus labios se apretaron y sus manos se movieron con mayor rapidez.

—Acerca la lámpara.

Inés la tomó.

La llama temblaba tanto como ella.

—Más cerca. Aquí.

Tomás hizo un sonido áspero.

Inés quiso preguntar qué ocurría, pero la voz no le salió.

Soledad se inclinó sobre el niño.

—Quédate —murmuró—. Vamos, pequeño.

Aquellas palabras no parecían una fórmula. Sonaban a lo que una persona dice cuando necesita que otra no se vaya.

Inés sostuvo la lámpara hasta que le dolió el brazo.

Después la sacudida cesó.

Tomás volvió a respirar como antes.

Soledad mantuvo una mano sobre su pecho durante un largo rato.

Solo entonces Inés vio que la mujer también tenía miedo.

La certeza le produjo un frío inesperado.

Había confiado en que Soledad poseyera algo que los demás no tenían: un conocimiento infalible, una fuerza capaz de imponerse a la fiebre. Al verla cerrar los ojos un instante, agotada, comprendió que podía perder a su hermano incluso en aquella casa.

La mujer abrió los ojos.

—Sigue hablándole.

Inés recogió la silla.

Esta vez no habló del trompo ni de las piedras.

Le contó a Tomás una historia que su madre solía repetirles cuando llovía. Era la de un hombre que quería guardar el sol en una vasija para no tener que trabajar durante el día.

No recordaba todos los detalles.

Inventó los que faltaban.

Soledad escuchaba mientras atendía al niño. Cuando Inés se equivocó y llamó al protagonista por dos nombres distintos, una sonrisa breve pasó por su rostro.

La muchacha la vio y siguió contando.

Al otro lado de la calle, doña Águeda permanecía despierta.

Desde la ventana de su casa podía ver la luz de Soledad.

Había visto llegar a la niña con el cuerpo del muchacho entre los brazos. Había visto cómo lo recibía la Mulata. Y ahora observaba las sombras que se movían detrás del cristal.

Se persignó.

Su marido, acostado a pocos pasos, se volvió hacia la pared.

—Ven a dormir.

—Algo pasa ahí.

—Siempre hay enfermos.

—Ese niño no se movía.

El hombre suspiró.

Doña Águeda permaneció junto a la ventana.

Cuando el viento apagó por un instante la luz que alcanzaba a ver, sintió un escalofrío. Poco después, la lámpara reapareció en otra parte de la habitación.

Para ella, aquello bastó.

Se alejó del cristal y buscó su rosario.

La madrugada entró despacio en la casa azul.

La lluvia perdió fuerza. En el patio comenzó a oírse el goteo de las hojas y, más lejos, el ruido de un carro sobre las piedras mojadas.

Inés dormitaba en la silla cuando sintió que alguien le apretaba los dedos.

Abrió los ojos.

Tomás la miraba.

Durante un instante, la muchacha no comprendió lo que estaba viendo.

—¿Inés?

Se inclinó hacia él.

—Aquí estoy.

El niño movió los labios.

—Tengo sed.

Inés volvió la cabeza.

—¡Señora!

Soledad se acercó. Le habló al niño, observó sus ojos y le ayudó a beber.

Tomás tragó un poco.

Después hizo una mueca.

—Sabe feo.

Inés soltó una risa que se convirtió en llanto.

Se cubrió la boca con ambas manos, incapaz de detenerse. Soledad puso el recipiente sobre la mesa y la dejó llorar.

—Mi trompo —murmuró Tomás.

La muchacha lo miró.

—¿Qué?

—Dijiste que lo encontraste.

Inés apoyó la frente junto a la suya.

—Sí. Lo encontré.

Soledad se volvió hacia el fogón.

Necesitaba ordenar unas cosas, o eso se dijo mientras acomodaba un cuenco que ya estaba en su sitio. Se quedó allí unos segundos, respirando despacio.

Cuando regresó, su rostro había recuperado la calma.

—Aún necesita descansar —advirtió—. No vamos a apresurarnos.

Inés asintió.

No esperaba ya que su hermano se levantara a correr. Le bastaba con oírlo quejarse del sabor del agua.

La mañana iluminó detalles que la noche había escondido.

Inés descubrió que el mantel tenía remiendos, que una de las sillas era más baja que las demás y que Soledad llevaba una pequeña cicatriz junto al pulgar.

También vio el jardín a través de la puerta abierta.

Había plantas en recipientes de barro, en cajas y directamente en la tierra. Algunas tenían pequeñas marcas de madera. Todo parecía dispuesto con atención, aunque no con lujo.

Tomás dormía.

Soledad le había permitido descansar en una cama cercana al fogón. Inés se negaba a marcharse sin él, así que se quedó ayudando a limpiar.

Mientras secaba un recipiente, vio un pequeño barco sobre un estante.

Era de madera oscura, con el casco labrado a mano y unos mástiles delicados. Una de las velas estaba incompleta. El hilo que sostenía otra se había aflojado.

Inés lo tomó.

—Ten cuidado.

La voz de Soledad la hizo detenerse.

—Perdón.

La mujer se acercó, pero no se lo arrebató. Extendió las manos para recibirlo.

Lo sostuvo de una manera distinta a como había sujetado los cuencos o las herramientas: con los dedos separados, protegiendo las partes frágiles.

—¿Es suyo? —preguntó Inés.

—Era de mi madre.

—¿Lo compró?

Soledad negó con la cabeza.

—Lo hizo ella.

La muchacha miró el casco.

Le pareció imposible que unas manos pudieran trabajar algo tan pequeño con tanta precisión.

—¿Sabía de barcos?

—Sabía del mar.

Inés esperó, pero la mujer no añadió nada.

Devolvió la embarcación al estante y permaneció un momento frente a ella.

—Mi madre decía que usted sabía curar —comentó la muchacha.

Soledad se volvió.

—¿Cómo se llamaba?

—Teresa. Lavaba ropa para las casas de la plaza.

La mujer bajó la mirada.

—La recuerdo.

—Murió en enero.

—Lo siento, Inés.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

La muchacha apretó la tela con que secaba los recipientes.

—¿Su madre también curaba?

Soledad asintió.

—Me enseñó muchas cosas.

Inés miró hacia la cama. Tomás dormía con la boca entreabierta, abrazado a una manta seca.

Pensó en las puertas donde nadie había salido, en el criado que le había preguntado por el dinero, en las horas durante las cuales no supo qué hacer.

—Quiero aprender.

Soledad la observó en silencio.

—No es fácil.

—Puedo trabajar.

—Habrá personas a las que no podrás ayudar.

La muchacha tragó saliva.

Había visto el miedo en su rostro durante la noche. Comprendía un poco mejor lo que significaban aquellas palabras.

—Quiero aprender de todos modos.

Soledad miró sus manos pequeñas, enrojecidas por cargar al niño y por el agua fría.

Después señaló la jofaina.

—Empieza por lavarte las manos.

Inés sonrió.

Por primera vez desde que la fiebre había comenzado, pudo pensar en el día siguiente.

Al mediodía, doña Águeda fue al mercado.

Llevaba una cesta vacía y una historia que crecía cada vez que la contaba.

Primero dijo que una niña había llevado a su hermano moribundo a casa de la Mulata. En el puesto siguiente aseguró que el pequeño había llegado sin respirar. Al comprar maíz, afirmó haber visto cómo el cuerpo se movía después de varias horas inmóvil.

—¿Y vive? —preguntó una vendedora.

Doña Águeda acercó el rostro.

—Esta mañana lo oí hablar.

Una mujer dejó de escoger tomates.

Otra se persignó.

Nadie preguntó si Águeda había estado junto al niño. Nadie le pidió que explicara cómo había podido saber, desde una ventana al otro lado de la calle, si respiraba o no.

La historia pasó de boca en boca.

Antes de la tarde, en una tienda de la plaza, alguien pronunció la frase que habría de acompañar a Soledad durante mucho tiempo:

—La Mulata devolvió la vida a un muerto.

En la casa azul, mientras tanto, ella lavaba los últimos paños.

Inés barría junto a la puerta y Tomás pedía pan desde la cama.

Soledad levantó la vista hacia el estante.

El barco de madera parecía inclinado, como si una corriente invisible lo empujara hacia el borde.

Lo acomodó con dos dedos.

Después cerró la puerta para que no entrara el viento.

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