Capítulo 2 de 13

Las edades de Soledad

Durante los tres días siguientes, Inés durmió en una silla.

Soledad le ofreció un jergón junto a la cama de Tomás, pero la muchacha lo usó solo cuando el cansancio la vencía. Cada vez que su hermano se movía, abría los ojos. Si pedía agua, ya estaba de pie antes de que terminara de hablar.

La tercera mañana, el niño despertó hambriento.

—Quiero dos panes.

Soledad levantó la vista de sus apuntes.

—Vamos a empezar con uno.

—Uno grande.

Inés se echó a reír.

Tomás la miró con disgusto. No entendía qué tenía de gracioso pedir comida después de tantos días. Se incorporó, hizo una mueca y volvió a acostarse.

—Me duelen las piernas.

—Porque has pasado mucho tiempo quieto —dijo Soledad—. Hoy caminarás un poco por la habitación.

El niño observó la puerta abierta hacia el patio.

—¿Puedo salir?

—Cuando tengas fuerzas.

—Ya tengo.

Para demostrarlo intentó levantarse. Inés lo sujetó antes de que los pies tocaran el suelo.

Soledad dejó la pluma.

—Tomás, mírame.

El niño obedeció.

—Si te apresuras, vas a tardar más en recuperarte.

Él bajó los ojos.

—Pero estoy aburrido.

—Eso es una buena noticia.

Le acercó el pan y regresó a la mesa.

Inés se quedó observándola.

Había comenzado a distinguir pequeños hábitos: Soledad se recogía una manga antes de escribir, comprobaba dos veces que el fogón estuviera apagado y nunca permitía que un recipiente sucio permaneciera junto a uno limpio. A veces, mientras molía hojas, movía los labios sin emitir sonido.

La primera vez, Inés había sentido inquietud.

Después comprendió que contaba.

Cuando Tomás pudo regresar a casa, Soledad les entregó una manta seca y una cesta pequeña con alimentos.

Inés quiso rechazarla.

—Ya nos ha dado demasiado.

—Tu hermano necesita comer.

—Se lo voy a pagar.

Soledad acomodó un paño sobre la cesta.

—Cuando puedas ayudar a otra persona, hazlo.

La muchacha no respondió. Aquella deuda le parecía más difícil de saldar que unas monedas.

Al salir, Tomás miró hacia el estante.

—¿Me deja ver el barco?

Soledad lo bajó con cuidado.

El niño lo contempló sin tocarlo.

—Le falta una vela.

—Lo sé.

—Yo podría hacerle una.

Inés abrió la boca para reprenderlo, pero Soledad se adelantó.

—Cuando estés mejor, hablaremos de eso.

Tomás asintió con la solemnidad de quien acababa de recibir un trabajo importante.

Ya en la calle, Inés notó que doña Águeda los miraba desde su ventana. La mujer se apartó en cuanto sus ojos se encontraron.

Más adelante, una vendedora llamó al niño.

—Ven acá. Déjame verte.

Tomás se escondió detrás de su hermana.

La mujer le tocó la frente y después el cuello.

—Parece bien.

—Está bien —respondió Inés.

—Dicen que estuvo…

La vendedora no terminó la frase.

Inés comprendió.

—Estuvo enfermo.

—Sí, claro.

Pero siguió mirando al niño como si esperara encontrar una señal bajo su camisa.

Esa tarde, cuando la muchacha pasó por el lavadero, dos mujeres dejaron de conversar.

Una de ellas se persignó.

Inés siguió caminando. Por primera vez sintió que el alivio de haber salvado a su hermano podía convertirse, para otros, en una razón para apartarse de ellos.

Volvió a la casa azul a la mañana siguiente.

Llevaba un pan pequeño, comprado con parte del dinero que había ganado lavando ropa, y una decisión que había repetido durante el camino para no perder el valor.

Soledad estaba en el jardín.

Arrodillada junto a un bancal, retiraba las hojas secas de una planta. El sol iluminaba su nuca y dejaba ver algunos rizos que habían escapado del recogido.

—Tomás no tiene fiebre —anunció Inés.

—Me alegra.

—Y comió.

—Me alegra todavía más.

La muchacha dejó el pan sobre una caja.

—Vengo a aprender.

Soledad se limpió las manos con una tela.

—¿Has terminado tu trabajo?

—Antes de venir.

—¿Y quién está con tu hermano?

—La vecina. Regreso antes del mediodía.

La mujer la observó unos segundos.

—Entonces empieza por quitar esas hojas. Solo las secas.

Inés se arrodilló a su lado.

Trabajaron sin hablar.

A la muchacha le sorprendió la paciencia que exigía algo tan sencillo. Algunas hojas parecían muertas, pero conservaban verde junto al tallo; otras estaban dañadas por debajo y había que darles la vuelta para verlo.

Arrancó una que no debía.

Soledad le detuvo la mano.

—Mira antes de tirar.

Inés sintió calor en las mejillas.

—Perdón.

—Todavía estás aprendiendo.

Le mostró cómo hacerlo.

Al poco rato, la muchacha descubrió que llevaba tierra bajo las uñas, igual que Soledad la noche en que le había abierto la puerta.

Aquello le produjo una alegría que no supo explicar.

Las mañanas adquirieron un orden.

Inés llegaba después de cumplir sus trabajos, barría la habitación, lavaba los recipientes y ayudaba a preparar el sitio donde se atendía a los enfermos.

Pronto comprendió que no todas las visitas terminaban con una cura.

Una mujer salió decepcionada porque Soledad no quiso darle el remedio que le habían recomendado en el mercado.

Un hombre se enfadó cuando ella le dijo que su dolor necesitaba una atención que no podía ofrecerle.

Otra paciente regresó varias veces, sin mejorar de inmediato.

—Creía que usted siempre sabía qué hacer —confesó Inés una tarde.

Soledad levantó el cuenco que estaba limpiando para comprobarlo a contraluz.

—A veces sé qué hacer. A veces sé que no debo hacerlo.

La muchacha frunció el ceño.

—¿Y cómo se aprende eso?

—Prestando atención. Preguntando. Recordando los errores.

Dejó el cuenco sobre una tela.

—Y diciendo que no sabes cuando no sabes.

Inés pensó en el miedo de aquella primera noche.

No había olvidado cómo Soledad había apoyado una mano sobre el pecho de Tomás después de la sacudida. Tampoco las palabras que le había dicho.

Quédate. Vamos, pequeño.

Desde entonces, la admiraba de una manera diferente.

Los pacientes llevaban lo que podían.

Una familia dejó huevos envueltos en paja. Un campesino apareció con un saco de leña. Una anciana entregó una pieza de tela que había guardado para su entierro.

Soledad intentó devolvérsela.

—Necesitará esto.

—Espero necesitarlo dentro de mucho tiempo.

La anciana insistió hasta que la mujer aceptó.

También llegaban personas que pagaban con monedas. Algunas entraban con el rostro cubierto y miraban hacia la calle antes de cerrar la puerta.

Una tarde acudió la criada de una casa importante. Traía un frasco vacío y una nota sin firma.

Soledad leyó el papel.

—Necesito ver a la enferma.

—Mi señora no puede venir.

—Entonces iré yo.

La criada se inquietó.

—No quiere que la vean con usted.

Inés dejó de barrer.

Soledad dobló la nota.

—Sin verla no puedo decirle qué necesita.

La muchacha salió con el frasco vacío.

Inés apretó el mango de la escoba.

—¿Por qué vienen si les da vergüenza?

Soledad no contestó enseguida.

Fue hasta la puerta y observó a la criada alejarse.

—Porque tienen miedo de enfermar —dijo—. Y también de lo que otros puedan decir.

—Yo no tendría miedo de que me vieran aquí.

Soledad se volvió hacia ella.

La gratitud que apareció en su rostro duró apenas un instante.

—Eso dices ahora.

Doña Beatriz llegó una mañana nublada.

Inés la reconoció por sus manos. Las tenía deformadas y las protegía contra el pecho al caminar. Vestía de negro y se apoyaba en un bastón cuyo extremo golpeaba las piedras con un sonido seco.

La muchacha se apresuró a acercarle una silla.

—¿Quiere agua?

—Quiero sentarme antes de caerme.

Inés la ayudó.

Soledad salió del patio con un paño limpio. Al ver a la anciana, se detuvo tan brevemente que la muchacha no habría reparado en ello si no hubiera estado pendiente de sus movimientos.

—Doña Beatriz.

—Así que te acuerdas de mí.

—Claro.

La anciana la observó.

Tenía unos ojos pequeños y claros, todavía firmes bajo los párpados arrugados.

Soledad le tomó una mano y comenzó a examinarla.

—¿Le duele más por la mañana?

—Me duele cuando amanece, cuando anochece y cuando alguien me pregunta.

Inés ocultó una sonrisa.

Soledad no pareció ofendida.

—¿Puede cerrar los dedos?

Doña Beatriz lo intentó. Su expresión cambió por el esfuerzo.

Mientras la mujer trabajaba, la anciana siguió mirándola.

—Mi madre te conoció.

Soledad no levantó la cabeza.

—Atendí a muchas personas.

—Eso me dijo ella.

Inés dejó el cuenco que llevaba.

La anciana giró apenas el rostro hacia la muchacha.

—Mi madre tenía buena memoria. Recordaba a todo el que le había hecho un favor y a todo el que le debía dinero.

Soledad acomodó una tela bajo sus manos.

—Tal vez conoció a la mía.

—No.

La palabra cayó con una firmeza que hizo callar a Inés.

Doña Beatriz inclinó la cabeza.

—A tu madre también la conoció. Hablaba de las dos.

La habitación quedó en silencio.

Desde el patio llegó el golpe de una gota sobre un recipiente.

La anciana alargó un dedo, despacio, y señaló la mano de Soledad.

—Decía que te cortaste ahí intentando abrir una fruta con un cuchillo demasiado grande.

Junto al nacimiento del pulgar había una cicatriz pequeña, en forma de media luna.

Inés la había visto muchas veces.

Soledad retiró la mano para alcanzar un frasco.

—Las cicatrices se parecen.

Doña Beatriz no apartó los ojos de ella.

—Sí. Eso debe de ser.

La atención continuó, pero algo había cambiado.

Soledad explicó lo necesario con su voz habitual. La anciana escuchó sin hacer más preguntas. Cuando llegó el momento de marcharse, dejó unas monedas sobre la mesa.

En el umbral se volvió.

Parecía querer decir algo.

Al final, solo inclinó la cabeza y salió.

Inés esperó a que el sonido del bastón desapareciera.

—¿Cuántos años tenía su madre?

Soledad comenzó a recoger los recipientes.

—No lo sé.

—Pero doña Beatriz es muy mayor.

—Sí.

—Entonces…

La mujer dejó de trabajar.

—Inés, ese cuenco todavía está sucio.

La muchacha lo recogió.

No volvió a preguntar.

Aquella tarde, las palabras de doña Beatriz acompañaron cada tarea.

Inés veía la cicatriz cuando Soledad cortaba un hilo, cuando levantaba la olla y cuando se apartaba el cabello de la frente.

Intentó imaginarla muchos años antes.

No pudo.

La mujer no parecía joven de la misma manera que las muchachas del mercado. Había algo sereno en sus movimientos, una costumbre de esperar que Inés asociaba con las personas mayores. Pero su rostro no tenía las marcas de doña Beatriz ni de la vecina que cuidaba a Tomás.

Al marcharse, pasó por una tienda para comprar sal.

Dos hombres conversaban junto a la entrada.

—Yo la recuerdo así desde que era muchacho —dijo uno.

Inés se detuvo sin querer.

—¿A quién?

El tendero la miró.

Después miró al hombre que había hablado.

—A nadie. ¿Qué necesitas?

La muchacha pidió la sal.

Mientras contaban las monedas, el otro hombre murmuró:

—Será que se parece a la madre.

—Eso dicen.

Inés recibió el paquete y salió.

Por primera vez desde que había comenzado a ayudar en la casa azul, no supo si deseaba regresar al día siguiente.

Fue Tomás quien la obligó a volver esa misma tarde.

El niño había pasado horas buscando una tela que sirviera para la vela del barco. Finalmente apareció con un recorte claro y una ramita que había limpiado con una piedra.

—Hay que llevárselo.

—Mañana.

—Dijiste que mañana ayer.

Inés quiso explicarle que no era buen momento, pero no sabía qué razón darle.

Tomás puso la tela y la ramita sobre la mesa.

—Si no vas tú, voy yo.

Todavía se cansaba al caminar.

Inés suspiró.

—Dámelo.

Cuando llegó, el sol estaba bajando.

La puerta de Soledad permanecía entornada. La muchacha llamó, pero no recibió respuesta.

—Soy Inés.

Empujó suavemente.

Encontró a la mujer junto a un arcón abierto.

Tenía varias cartas sobre el regazo. A un lado había una tela amarillenta y un retrato pequeño, protegido por una pieza de madera.

Soledad levantó la cabeza.

Durante un instante, su expresión fue tan distinta que Inés se quedó en el umbral.

Parecía sorprendida en una conversación que no debía escuchar nadie.

—Tomás mandó esto.

La muchacha mostró el pequeño paquete.

Soledad dejó las cartas.

—Entra.

Recibió la tela y la ramita. Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Se ha tomado en serio lo de la vela.

—No habla de otra cosa.

Inés miró el retrato.

La mujer representada tenía la piel oscura, los ojos grandes y el cabello cubierto por un pañuelo. El trabajo era sencillo, pero la boca estaba pintada con una precisión que parecía conservar el inicio de una palabra.

—¿Es su madre?

Soledad asintió.

La muchacha se acercó un paso.

—Se parece a usted.

—Eso decían.

Afuera, un carro pasó lentamente. El ruido de las ruedas llenó la habitación y luego se alejó.

Inés reunió valor.

—¿Por qué dicen que usted no envejece?

Soledad permaneció inmóvil.

Después bajó los ojos hacia las cartas.

—Porque las personas recuerdan mal.

La respuesta llegó demasiado despacio.

Inés quiso aceptarla. Recordó el mercado, la manera en que doña Águeda había convertido a un niño enfermo en un muerto. Quizá todo lo demás había nacido de la misma forma.

Entonces una hoja resbaló del regazo de Soledad.

Cayó a los pies de la muchacha.

Inés se agachó y la recogió.

No pretendía leerla. Sin embargo, mientras la devolvía, reconoció una palabra junto al borde inferior.

Soledad.

Era la misma firma que había visto en los apuntes de los pacientes: la primera letra amplia, la última apenas levantada.

Más arriba había una fecha.

Inés hizo la cuenta sin proponérselo.

La hoja había sido escrita muchos años antes de que naciera su madre.

Levantó la mirada.

Soledad ya tenía la mano extendida.

—Gracias.

La muchacha le entregó el papel.

Sintió que debía decir algo: preguntar si pertenecía a otra persona, fingir que no había visto la fecha, hablar de la vela que Tomás había preparado.

No hizo ninguna de esas cosas.

Soledad guardó las cartas una por una.

Luego envolvió el retrato y cerró el arcón.

—Se hará de noche —dijo.

Inés entendió que era hora de marcharse.

Cruzó la calle con el paquete de sal apretado bajo el brazo.

Solo al llegar a casa recordó que había olvidado comprar leña.

Tomás la esperaba sentado junto a la puerta.

—¿Le gustó?

—Sí.

—¿Va a poner la vela?

—Sí, Tomás.

El niño sonrió.

Inés lo ayudó a entrar y preparó la cena con lo poco que quedaba en el fogón.

Mientras comían, él le habló del barco. Quería hacerle una cuerda nueva y después construir uno para sí mismo. Aseguró que lo pondría en una tina y que navegaría de verdad.

Inés apenas lo escuchaba.

Veía la firma.

Veía la fecha.

Veía la mano de Soledad extendida para recuperar el papel.

Esa noche soñó con la casa azul.

La habitación estaba vacía y el suelo cubierto por agua oscura. El barco de madera flotaba junto a la mesa. Ya no le faltaba ninguna vela.

Inés quiso sujetarlo, pero la embarcación se apartó antes de que pudiera tocarla.

En la cubierta había una mujer de espaldas.

—Soledad —llamó.

La figura se volvió.

Tenía el rostro de la mujer del retrato.

Inés despertó con la garganta seca.

Tomás dormía junto a ella. La casa estaba en silencio.

Permaneció inmóvil hasta que consiguió convencerse de que el rumor que escuchaba procedía del viento.

A la mañana siguiente se levantó temprano.

Lavó ropa, dejó agua para su hermano y caminó hasta la casa azul.

Se detuvo frente a la puerta.

No había decidido qué preguntar. Tampoco sabía si tenía derecho a hacerlo.

Desde el interior oyó una voz.

—¿Vas a quedarte ahí toda la mañana?

Soledad estaba en el patio, con las manos llenas de tierra.

Inés abrió.

La mujer señaló un recipiente junto al muro.

—Hoy hay mucho que lavar.

La muchacha dejó su cesta y se arremangó.

Trabajaron durante un rato sin hablar.

Entonces Soledad se acercó y depositó junto a ella el pequeño barco.

La nueva vela estaba colocada en su sitio.

—Dile a Tomás que ha quedado bien.

Inés recorrió con los ojos el casco, los mástiles y la tela clara.

—Se pondrá contento.

Soledad hizo un gesto de asentimiento.

Parecía a punto de regresar al jardín, pero se quedó junto a la mesa.

—Ayer viste una carta.

Inés dejó de frotar el recipiente.

—No quise leerla.

—Lo sé.

La muchacha miró sus manos mojadas.

—La firma era suya.

Soledad guardó silencio.

Desde la calle llegaron voces, el pregón de un vendedor y el golpe de una puerta. Todo continuaba como en cualquier otra mañana.

Inés alzó los ojos.

—¿Era suya?

La mujer apoyó una mano sobre el borde de la mesa. La cicatriz quedó a la vista.

—Hay cosas que todavía no sé cómo contarte.

Inés sintió que el aire le faltaba un instante.

Soledad no había negado nada.

La muchacha miró hacia la puerta abierta. Podía salir. Podía ir al mercado, encontrar a doña Águeda y repetir lo que había visto. Imaginó los rostros acercándose, las preguntas, el gusto con que algunos recibirían sus palabras.

Luego recordó a Tomás tendido sobre aquella misma mesa.

Volvió a meter el cuenco en el agua.

—Entonces me lo contará cuando pueda.

Soledad retiró la mano.

No dijo gracias.

Se quedó allí un momento, observando a la muchacha trabajar, y después regresó al jardín.

Inés continuó lavando.

Junto a ella, el barco permanecía seco.

Aun así, cuando se inclinó para apartarlo de las salpicaduras, percibió un olor leve a sal.

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