Capítulo 3 de 13
El hombre que no aceptaba un no
La primera vez que don Rodrigo de Alarcón se detuvo frente a la casa azul, Soledad no estaba.
Inés había dejado la puerta entreabierta para que se secara el suelo. Trabajaba junto a la mesa, separando unas hojas dañadas, cuando una sombra le quitó la luz.
Levantó la cabeza.
El hombre que ocupaba el umbral llevaba botas lustrosas, una casaca oscura y un bastón con empuñadura de plata. Detrás de él esperaba un criado.
—Busco a la dueña de esta casa.
Inés se puso de pie.
—Salió a atender a una señora.
Don Rodrigo recorrió la habitación con la mirada. Se detuvo en los manojos de plantas, en los recipientes de barro y en el pequeño barco del estante.
—¿Tardará?
—No lo sé.
—¿Trabajas para ella?
Inés vaciló.
—La ayudo.
El hombre sacó una moneda.
—Cuando vuelva, dile que don Rodrigo de Alarcón ha venido a verla.
La muchacha no extendió la mano.
—Se lo diré.
Él sostuvo la moneda un instante más y luego la dejó sobre la mesa.
—Y procura que no olvide mi nombre.
Se marchó sin despedirse.
Inés escuchó sus pasos hasta que se perdieron al final de la calle. Después miró la moneda.
Con ella podría comprar alimentos para varios días.
La recogió, sintiendo vergüenza de haberlo pensado, y la dejó dentro de un cuenco vacío.
Cuando Soledad regresó, encontró a su ayudante más callada de lo habitual.
—¿Qué pasó?
Inés le contó la visita.
Al escuchar el nombre, Soledad dejó la cesta que llevaba en el brazo.
—¿Entró?
—No. Se quedó en la puerta.
—¿Te preguntó algo más?
—Si trabajaba para usted.
La mujer miró el cuenco.
—¿Y esto?
—Lo dejó él. No se lo pedí.
Soledad tomó la moneda.
—Lo sé.
La guardó en una pequeña caja junto a la ventana.
Inés esperó una explicación.
No llegó.
En Córdoba, el apellido de Alarcón podía detener una conversación.
Bastaba con pronunciarlo para que un comerciante recordara una cuenta pendiente, un trabajador bajara los ojos o un hombre que hablaba demasiado buscara otro asunto.
Don Rodrigo poseía tierras, prestaba dinero y conocía a las personas adecuadas para obtener lo que deseaba. En las ceremonias ocupaba un lugar visible. En las disputas rara vez necesitaba levantar la voz: siempre había alguien dispuesto a hacerlo por él.
Había enviudado años atrás.
Desde entonces recibía propuestas de matrimonio que rechazaba con cortesía. Las familias atribuían aquellas negativas al recuerdo de su esposa, aunque algunos criados podían haber contado otra historia.
A Soledad la había visto en el mercado.
Una mujer mayor se había desvanecido junto a un puesto de telas. Mientras los curiosos discutían qué hacer, ella se arrodilló a su lado, pidió espacio y comenzó a atenderla.
Don Rodrigo se detuvo.
Le llamó la atención la firmeza con que aquella mujer daba instrucciones a personas que, en otras circunstancias, no le habrían permitido hablarles así.
—Apártense un poco. Necesita aire.
Un hombre protestó porque quería mirar.
Soledad ni siquiera levantó la cabeza.
—Entonces mire desde allá.
La anciana recuperó el conocimiento poco después.
Don Rodrigo esperó a que se llevaran a la enferma.
—Ha actuado con mucha seguridad.
Soledad recogía sus cosas.
—Era necesario.
—Podría ofrecerle un lugar más apropiado para ejercer sus conocimientos.
Ella alzó los ojos.
—Tengo un lugar.
La respuesta fue sencilla. No hubo una sonrisa para suavizarla.
Don Rodrigo la vio alejarse entre los puestos.
Preguntó quién era.
Tres personas le respondieron al mismo tiempo.
Dos días después de la visita a Inés, llegó un muchacho con una caja envuelta en tela.
Soledad la recibió en la puerta.
—¿Quién te envía?
—Don Rodrigo de Alarcón.
Dentro había un peine de carey y una cinta bordada. Los acompañaba una nota con el sello de don Rodrigo. Inés la sostuvo mientras Soledad examinaba los regalos y alcanzó a distinguir la marca junto al borde.
La mujer cerró la caja.
—Llévasela de vuelta.
El muchacho pareció alarmado.
—Me dijeron que se la entregara.
—Ya lo has hecho.
Sacó la moneda que don Rodrigo había dejado y la puso junto al regalo.
—Devuelve esto también.
El mensajero no se movió.
Inés vio el miedo en su rostro.
Soledad lo advirtió igualmente. Fue hasta la mesa, tomó una hoja y escribió unas líneas.
Dobló el papel y lo colocó en la caja.
—Dile que yo te pedí que lo llevaras. No tienes que explicar nada más.
El muchacho asintió.
Cuando salió, Inés preguntó:
—¿Se enfadará?
Soledad permaneció junto a la puerta.
—Es posible.
—¿Qué le escribió?
—Que no puedo aceptar sus obsequios.
La muchacha miró hacia la calle.
—Tal vez solo quiere ayudar.
Soledad cerró despacio.
—Entonces aceptará que no los quiera.
Durante una semana no ocurrió nada.
Los enfermos continuaron llegando. Tomás apareció una tarde para comprobar que la vela seguía en el barco y se marchó satisfecho después de conseguir una tarea nueva: buscar hilo suficientemente delgado para las cuerdas.
Inés empezó a pensar que había exagerado su inquietud.
Soledad no volvió a mencionar a don Rodrigo.
Sin embargo, cada noche recogía los utensilios antes de oscurecer y echaba el cerrojo más temprano. Una vez, mientras atendía a una mujer, se quedó escuchando los pasos de alguien que pasó frente a la casa.
La paciente siguió hablando.
Soledad tardó en responder.
El jueves, doña Beatriz llegó con un pequeño paquete de pan.
No iba a recibir atención. Dijo que pasaba cerca y quiso entrar.
Se sentó con esfuerzo.
—He oído que tienes un admirador.
Inés, que limpiaba un estante, se quedó quieta.
Soledad puso agua al fuego.
—La gente oye muchas cosas.
—Esta vez vi al admirador.
La anciana esperó hasta que Soledad volvió hacia ella.
—Me preguntó por ti.
—¿Qué quería saber?
—Si eras una mujer respetable.
Inés dejó la tela sobre la mesa.
Doña Beatriz apoyó las manos doloridas sobre su bastón.
—Le dije que yo te abría la puerta de mi casa.
Soledad se sentó enfrente.
—¿Y qué respondió?
—Que eso no era lo mismo.
La mujer bajó la mirada.
Durante unos segundos solo se oyó el fuego.
—Ten cuidado —añadió la anciana.
—He sido clara con él.
Doña Beatriz hizo un gesto cansado.
—Eso es lo que me preocupa.
Don Rodrigo regresó al día siguiente.
Esta vez lo acompañaban dos criados. Uno cargaba un ramo de flores; el otro sostenía una caja mayor que la anterior.
Inés estaba junto a la ventana cuando oyó los golpes.
Soledad se limpió las manos antes de abrir.
No pareció sorprendida.
—Buenos días.
Don Rodrigo inclinó la cabeza.
—Deseaba asegurarme de que hubiera recibido mi regalo.
—Lo recibí y lo devolví.
—Eso me dijeron.
La sonrisa permaneció en su rostro.
Uno de los criados avanzó con las flores. Soledad no las tomó.
—No era necesario que viniera.
—Para mí sí.
Miró por encima de su hombro hacia Inés.
—Preferiría hablar con usted a solas.
Soledad mantuvo una mano sobre la puerta.
—Mi ayudante puede quedarse.
Don Rodrigo aguardó, como si esperara que ella corrigiera la respuesta.
Al no hacerlo, entró.
Inés se apartó de la ventana, pero no salió de la habitación.
Los criados dejaron las flores y la caja sobre una silla. Don Rodrigo les indicó que esperaran afuera.
Después se quitó los guantes.
—Creo que ha interpretado mal mis intenciones.
Soledad permanecía de pie.
—Solo he respondido a sus regalos.
—He querido mostrarle mi aprecio.
—No lo he solicitado.
El hombre dejó los guantes junto al ramo.
—No todo tiene que solicitarse.
Recorrió la habitación despacio. Tocó el borde de la mesa, observó una grieta en el muro y miró hacia el patio.
—Esta casa es pequeña.
—Me sirve.
—Podría tener una mejor. Un jardín más amplio, muebles adecuados, personas que se ocuparan de las tareas.
Inés apretó entre las manos la tela que estaba usando.
Soledad no siguió al hombre con el cuerpo, solo con la mirada.
—Estoy conforme con lo que tengo.
Don Rodrigo se volvió.
—No tiene por qué resignarse.
La mujer tardó un instante en contestar.
—No estoy resignada.
Aquella respuesta le quitó la sonrisa.
La recuperó casi de inmediato.
—Tiene talento. Y una belleza que merece otros cuidados.
Inés sintió incomodidad al verlo observar a Soledad de aquella manera. Quiso hacer ruido, mover una silla, recordarles que estaba allí.
Soledad se adelantó.
—Si necesita atención por alguna enfermedad, puedo escucharlo. Si ha venido por otra razón, ya conoce mi respuesta.
Don Rodrigo miró a la muchacha.
—Ve al patio.
Inés dio medio paso sin pensarlo.
—Quédate —dijo Soledad.
Se detuvo.
El hombre la observó un momento más y luego volvió hacia la dueña de la casa.
—No estoy acostumbrado a hablar de asuntos personales delante de una criada.
—Inés no es su criada.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces no le dé órdenes.
El silencio que siguió fue breve, pero Inés lo sintió en todo el cuerpo.
Don Rodrigo recogió sus guantes.
—Quizá he venido en un mal momento.
Soledad abrió la puerta.
—Buenos días.
Él no se movió.
—Me gustaría que pensara con más calma en lo que puedo ofrecerle.
—Ya lo he pensado.
—Una vida cómoda.
—No la deseo a cambio de lo que usted espera.
Por primera vez, el hombre pareció no encontrar una respuesta inmediata.
Afuera, uno de los criados cambió el peso de una pierna a otra.
Don Rodrigo se acercó a Soledad.
—¿Y qué cree que espero?
Ella no retrocedió.
—Que acepte pertenecerle.
La palabra hizo que el hombre mirara hacia Inés.
La muchacha bajó los ojos, pero no salió.
—Está siendo injusta —dijo él.
—Puede marcharse.
Don Rodrigo se quedó tan cerca que Soledad tuvo que levantar el rostro para mirarlo.
—Una mujer sola debe ser prudente.
—Lo soy.
—No parece entender su situación.
La voz había cambiado. Ya no intentaba agradarle.
Soledad sostuvo la puerta abierta.
—La entiendo muy bien.
Él miró los recipientes, las plantas y los papeles sobre la mesa.
—Se habla mucho de esta casa.
Inés sintió que las manos se le enfriaban.
Don Rodrigo continuó:
—Yo he procurado no dar importancia a ciertas historias. Otros podrían no ser tan comprensivos.
Soledad guardó silencio.
El hombre pareció interpretar aquella pausa como un avance.
—Mi nombre puede protegerla.
Ella lo miró con una atención inmóvil.
—¿De quién?
Don Rodrigo se puso los guantes, dedo por dedo.
—Piénselo.
Se dirigió hacia la salida.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—No volveré a ofrecer lo mismo.
Soledad no contestó.
Los criados se incorporaron cuando él salió. Uno miró hacia las flores, esperando una orden para recogerlas.
Don Rodrigo siguió caminando.
El ramo quedó en la silla.
Inés esperó hasta que no pudo oír sus pasos.
Luego dejó la tela sobre la mesa.
—¿Por qué dijo eso?
Soledad cerró la puerta.
—Porque no le gustó mi respuesta.
—Lo de las historias.
La mujer apoyó la mano en el cerrojo, sin echarlo.
—Sabía que te asustaría.
—No hablaba conmigo.
Soledad volvió hacia ella.
—También hablaba contigo.
Inés quiso negar que tuviera miedo, pero recordó cómo había obedecido cuando él le ordenó ir al patio.
Se avergonzó.
—Perdón.
—No tienes nada que disculpar.
La muchacha miró el ramo.
Las flores eran hermosas. Había algunas que no había visto nunca, de pétalos pálidos y tallos cuidadosamente atados.
Ahora le costaba acercarse a ellas.
—¿Qué hacemos con eso?
Soledad levantó la caja.
Dentro había una pieza de tela fina, un broche y un pequeño frasco de perfume.
Cerró la tapa.
—Devolverlo.
—¿Y si manda más?
La mujer miró los regalos durante unos segundos.
—Se los devolveré también.
Inés comenzó a recoger los recipientes, aunque no era necesario. Quería hacer algo con las manos.
Soledad fue al patio con las flores.
La muchacha la siguió.
La encontró junto al muro, sosteniendo el ramo sin mirarlo.
—Podríamos dejarlas en la iglesia —propuso Inés.
—Todavía no.
Soledad las colocó a la sombra.
Al levantar la cabeza, vio que la muchacha observaba su mano.
Le temblaban los dedos.
Inés apartó la mirada.
Por un momento deseó que los rumores fueran ciertos, que su maestra pudiera hacer algo imposible, algo que obligara a don Rodrigo a mantenerse lejos.
Pero Soledad recogió un recipiente vacío y volvió a la casa.
Aquella tarde atendieron a tres personas.
Inés notó que su maestra trabajaba con más lentitud. Una vez olvidó dónde había dejado un paño; otra, comenzó a escribir y se quedó mirando la hoja.
Ninguno de los pacientes pareció advertirlo.
Al salir el último, Soledad preparó los regalos para devolverlos y escribió otra nota.
Inés quiso llevarlos.
—No —dijo la mujer.
—Sé dónde vive.
—Por eso no quiero que vayas.
Consiguió que un hombre que repartía leña los entregara al pasar por la casa de Alarcón. Le pagó por el encargo y esperó en la puerta hasta verlo doblar la esquina.
Al regreso, el hombre le dijo que los habían recibido.
No traía respuesta.
Al día siguiente faltó una paciente que acudía cada semana.
También dejó de aparecer una mujer que solía comprar plantas para su madre.
Inés lo notó porque Soledad había preparado los recipientes con anticipación.
—Tal vez están mejor —dijo.
—Tal vez.
Por la tarde fue al mercado.
La vendedora de maíz le entregó la medida sin conversar, aunque otras veces le preguntaba por Tomás. Cuando Inés se alejó, oyó el nombre de Soledad.
Se volvió.
Las mujeres callaron.
La muchacha regresó unos pasos.
—¿Qué estaban diciendo?
La vendedora sacudió el recipiente.
—Nada que te importe.
—Sí me importa.
Una mujer mayor intervino:
—Ve a tu casa, niña.
Inés reconoció en ella a una de las pacientes que había acudido de noche.
La mujer no sostuvo su mirada.
Inés volvió a la casa azul con el maíz apretado contra el pecho.
No contó lo ocurrido hasta terminar de guardar las cosas.
Soledad la escuchó sin interrumpirla.
—Mañana no vengas tan temprano —dijo después.
La muchacha se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Necesito salir.
—Puedo acompañarla.
—Prefiero que estés con tu hermano.
Inés comprendió que intentaba apartarla, aunque fuera solo por unas horas.
—No voy a decir lo que vi en la carta.
Soledad cerró los ojos un instante.
—No se trata de eso.
—Entonces no me mande a casa.
La mujer la miró.
Inés tenía las mejillas encendidas.
—Si usted quiere que me vaya, me iré. Pero no porque ese hombre haya venido.
Soledad tardó en responder.
—Mañana a la misma hora —dijo al fin.
La muchacha asintió.
Al marcharse, vio que el cerrojo estaba echado antes de que comenzara a oscurecer.
La piedra atravesó la ventana dos noches después.
Soledad estaba sentada junto a la mesa, anotando lo que necesitaba conseguir al día siguiente.
Oyó primero un golpe contra el marco.
Después, la rotura.
Un fragmento de cristal cayó sobre los papeles y la piedra rodó hasta detenerse junto a la pata de una silla.
La mujer se levantó.
No corrió hacia la ventana.
Apagó la lámpara.
Esperó en la oscuridad, escuchando.
Hubo pasos rápidos en la calle. Una risa breve. Luego nada.
Soledad permaneció inmóvil hasta que volvió a oír los sonidos habituales: un perro, una puerta lejana, el viento entre las higueras.
Encendió la lámpara otra vez.
La piedra tenía una tira de papel atada con hilo.
La desanudó.
Las letras eran torpes, hechas con fuerza, como si quien las escribió hubiera querido atravesar la hoja.
Las hijas del demonio también sangran.
Soledad leyó el mensaje una segunda vez.
Después lo dejó sobre la mesa.
Al intentar recoger uno de los cristales, se cortó un dedo. La herida era pequeña, pero sangró enseguida.
La mujer buscó una tela y se envolvió la mano.
Se sentó.
Frente a ella estaban la piedra, el mensaje y la gota oscura que había caído sobre el borde del papel.
Miró hacia el estante.
El barco permanecía en su sitio, con la vela que Tomás había preparado.
Durante un largo rato, Soledad escuchó la calle.
Después abrió el cajón de sus apuntes y guardó allí la amenaza.
No quería que Inés la encontrara por la mañana.

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