Capítulo 4 de 13

El precio de una cura

Inés supo que algo había ocurrido antes de que Soledad abriera la puerta.

La ventana estaba cubierta con una tela.

No era una cortina. La habían sujetado al marco con dos tiras de madera y, debajo, todavía quedaban pequeños fragmentos de cristal entre las piedras de la calle.

La muchacha llamó.

Soledad tardó más de lo habitual.

Cuando apareció, tenía un dedo vendado.

—¿Qué pasó?

La mujer siguió su mirada hacia la ventana.

—Alguien arrojó una piedra.

Inés se agachó para observar los cristales.

—¿Anoche?

—Sí.

—¿Vio quién fue?

Soledad negó con la cabeza y se apartó para dejarla entrar.

La habitación estaba limpia. Demasiado limpia para la hora que era. No había recipientes pendientes de lavar ni hojas sobre la mesa. La lámpara estaba sobre la mesa, junto a una cesta que contenía los cristales recogidos durante la noche.

Inés miró la venda.

—¿La piedra le pegó?

—Me corté recogiendo los cristales.

—Debió dejarlo para que yo la ayudara.

Soledad fue hacia el fogón.

—No sabía si ibas a venir.

La muchacha dejó su cesta con fuerza.

—Le dije que vendría.

Soledad se detuvo.

Luego asintió.

—Sí. Me lo dijiste.

Inés recogió la escoba y salió para limpiar los fragmentos que quedaban junto a la puerta. Mientras barría, miró las ventanas de enfrente.

Doña Águeda cerró la suya.

El miedo no vació la casa de golpe.

Primero cambió la manera de entrar.

Los pacientes comenzaron a detenerse en el umbral. Miraban la calle antes de llamar. Algunos pedían que Soledad saliera al patio; otros enviaban a un pariente para no presentarse ellos mismos.

Una mujer llegó con su hija pequeña y se quedó afuera.

—Necesito lo mismo que me dio la otra vez.

Soledad observó a la niña.

—Déjeme verla.

La madre la colocó detrás de sus faldas.

—Ya sabe lo que tiene.

—No puedo saberlo sin atenderla.

La mujer miró hacia la casa de doña Águeda.

—Solo quiero las plantas.

Soledad permaneció en silencio unos segundos.

La niña tenía una mano apoyada en el marco de la puerta. Miraba a Inés con curiosidad.

—Puedo escucharla aquí —ofreció Soledad.

La madre accedió, pero no permitió que tocara a su hija hasta después de varias preguntas. Entonces apartó la tela del vestido de la niña y mostró la parte que le preocupaba.

Al terminar, dejó dos monedas sobre el umbral.

No se las entregó en la mano.

Inés esperó a que se alejara.

—La última vez se sentó a comer con nosotros.

Soledad recogió las monedas.

—Lo recuerdo.

—¿Y ahora cree que le va a pasar algo si entra?

La mujer guardó el dinero sin contestar.

Inés comprendió que aquella pregunta no tenía una respuesta que pudiera aliviarla.

También cambió el mercado.

El hombre que vendía aceite dejó de fiarles. La vendedora de maíz les pidió que llevaran la cantidad exacta para evitar dar cambio. Un muchacho pasó junto a Inés y murmuró algo sobre brujas.

Ella lo siguió.

—Dilo otra vez.

El joven se volvió con una sonrisa nerviosa.

—No dije nada.

—Te escuché.

Dos hombres miraron desde un puesto.

Inés sintió sus ojos sobre ella.

El muchacho alzó las manos y se alejó entre la gente. La muchacha quiso seguirlo, pero el tendero que conocía a su madre la llamó.

—No te busques dificultades.

Inés se volvió.

—Entonces dígaselo a él.

El hombre bajó la voz.

—Tienes un hermano que cuidar.

Aquello la hizo detenerse.

Regresó a la casa azul con el estómago apretado. Mientras colocaba las compras sobre la mesa, comprendió que había personas capaces de amenazarla sin decir nada que sonara a amenaza.

Soledad examinó el pequeño frasco de aceite.

—Está más caro.

—Para nosotros.

La mujer la miró.

Inés le contó lo sucedido.

Cuando terminó, esperaba verla enfadarse. Soledad solo se sentó, cansada.

—No los persigas —dijo.

—¿Quiere que me quede callada?

—Quiero que regreses a casa.

La muchacha apartó la vista.

Sobre el estante, el barco conservaba la vela nueva.

Inés deseó, de nuevo, que pudiera llevarlas lejos.

Doña Beatriz apareció dos días después con un hombre que sabía reparar ventanas.

No pidió permiso para hacerlo.

Se sentó junto al fogón mientras el trabajador medía el marco.

—Ese paño deja pasar el frío —dijo.

Soledad quiso hablar del pago.

La anciana golpeó el suelo con el bastón.

—Cuando necesite quejarme, lo haré.

El hombre trabajó sin hacer preguntas. Retiró los restos del cristal, examinó la madera dañada y dijo que volvería con lo necesario.

Al marcharse, doña Beatriz miró hacia la calle.

—¿Has guardado la piedra?

Soledad asintió.

—Bien.

Inés levantó la cabeza.

—¿Para qué?

La anciana la observó.

—Para recordar que esto ha ocurrido. A veces, cuando nadie quiere hacerse responsable, terminan diciendo que una lo imaginó.

Soledad fue hasta el cajón de sus apuntes.

Sacó la piedra y el papel.

Inés vio la mancha seca en el borde antes de leer las palabras.

Las hijas del demonio también sangran.

Se quedó inmóvil.

Había pensado en niños crueles, en un borracho, en alguien que pretendía asustarlas y salir corriendo. Aquella frase le pareció escrita por una persona que había imaginado a Soledad herida.

Doña Beatriz tomó el papel.

Lo leyó sin cambiar de expresión, aunque sus dedos se cerraron con esfuerzo alrededor de la hoja.

—Esto no lo tires.

Soledad volvió a guardarlo.

La muchacha permaneció callada hasta que la anciana se fue.

Entonces preguntó:

—¿Por qué no me lo dijo?

Soledad acomodó la silla.

—Porque no quería que tuvieras miedo.

—Lo tengo de todos modos.

La mujer apoyó ambas manos sobre el respaldo.

—Lo sé.

Inés esperaba algo más.

Una promesa, quizá.

Soledad no se la dio.

La noche en que llevaron a Julián, hacía calor.

El aire permanecía inmóvil dentro de la casa. Inés había retrasado su regreso porque el último paciente llegó al anochecer y dejó varias telas para lavar.

Soledad terminaba de ordenar los apuntes cuando oyeron gritos.

Después, unos golpes precipitados.

La mujer abrió.

Dos hombres sostenían a un muchacho entre los brazos. Tenía la cabeza caída hacia un lado y la camisa empapada de sangre.

Detrás venía su padre.

—Se cayó bajo la carreta.

Soledad se apartó de inmediato.

—A la mesa.

Inés retiró los recipientes con tanta rapidez que uno cayó al suelo.

No se detuvo a recogerlo.

Entre todos acostaron al joven. Tendría unos dieciocho años. La muchacha lo reconoció: a veces ayudaba a descargar sacos cerca del mercado y se reía con Tomás cuando el niño intentaba levantar uno vacío.

Ahora parecía mucho menor.

Su padre se acercó a la mesa.

—Es Julián.

Como si decir el nombre pudiera explicar todo lo que estaba en peligro.

Soledad observó la herida y después el rostro del muchacho.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

Uno de los hombres respondió.

El padre habló al mismo tiempo.

Se contradijeron.

Soledad levantó la mano.

—Uno solo.

El hombre que llevaba sangre en las mangas explicó que la rueda había pasado demasiado cerca, que el muchacho cayó, que tardaron en sacarlo porque el animal no se quedaba quieto.

Inés fue por agua.

Cuando regresó, vio la expresión de Soledad.

La conocía.

Era la misma que había tenido junto a Tomás durante la sacudida.

Pero esta vez no desapareció.

—Necesitamos más ayuda —dijo la mujer.

El padre la sujetó por el brazo.

—Nos dijeron que usted podía…

—Voy a atenderlo. Pero necesito que alguien vaya a buscar al médico.

Uno de los hombres salió corriendo.

Soledad se volvió hacia Inés.

—Las telas limpias.

La muchacha abrió el arcón pequeño donde las guardaban.

Sus manos tropezaron con los pliegues.

Julián recuperó el conocimiento por unos instantes.

Miró el techo.

Después buscó a su padre.

—Papá.

El hombre se inclinó tanto que casi estorbó a Soledad.

—Estoy aquí.

—La carreta…

—No hables de eso.

El muchacho intentó moverse. Un dolor brusco le cambió el rostro.

Soledad lo sostuvo con cuidado.

—Quédate quieto.

Julián la miró.

Sus ojos parecían pedirle una explicación.

Ella no apartó la vista.

—Estamos contigo.

Inés llevaba recipientes, lavaba las telas que podían volver a usarse y retiraba las que ya no servían. Al principio trabajó sin pensar. Luego empezó a contar las veces que Soledad comprobaba la respiración del joven.

Eran demasiadas.

El hombre enviado a buscar al médico regresó solo.

No consiguió decirlo delante del padre.

Se quedó junto a la puerta y negó con la cabeza.

Soledad lo vio.

Continuó trabajando.

La noche avanzó.

El padre se llamaba Esteban.

Inés lo supo porque uno de los hombres intentó convencerlo de que se sentara.

—Esteban, te vas a caer.

Él lo apartó.

No quería alejarse de la mesa.

Tenía las manos hinchadas, las uñas negras y una quemadura antigua en el cuello. Cada vez que Julián se movía, alargaba un brazo como si todavía pudiera evitar la caída.

—Mírame, hijo.

A veces el muchacho respondía.

A veces no.

Soledad no prometió nada.

Eso empezó a irritarlo.

—¿Por qué no dice que va a salvarlo?

La mujer levantó la cabeza.

—Porque está muy grave.

—Pero al otro niño lo salvó.

Inés sintió el golpe de aquellas palabras.

Tomás.

La historia de su hermano había llegado antes que ellos.

—Mi hermano tenía fiebre —dijo.

Esteban no la escuchó.

Seguía mirando a Soledad.

—Haga lo que hizo con él.

La mujer volvió hacia Julián.

—Estoy haciendo lo que puedo.

El padre dio un paso atrás.

En su rostro apareció una expresión que Inés no supo reconocer de inmediato.

Después comprendió que era desconfianza.

Poco antes del amanecer, Julián dejó de responder.

Soledad le habló por su nombre.

Una vez.

Después otra.

Inés acercó la lámpara.

La muchacha vio cómo la mujer buscaba señales que ya no encontraba. Vio que Esteban se inclinaba sobre su hijo y que uno de los hombres se cubría la boca.

Soledad permaneció junto al joven durante un tiempo que Inés no pudo medir.

Luego retiró despacio las manos.

Esteban la observó.

—No.

Nadie habló.

—No —repitió.

Le tocó la mejilla a Julián.

Después lo sacudió suavemente por el hombro.

—Despierta.

Soledad quiso acercarse.

Él levantó el brazo.

—No lo toque.

La mujer se detuvo.

Esteban apoyó la frente sobre el pecho de su hijo.

Inés miró hacia el patio.

Había empezado a clarear.

Un pájaro cantó sobre las higueras.

El sonido le pareció insoportable.

Se llevaron a Julián envuelto en una sábana.

Soledad les ofreció una limpia y no pidió que se la devolvieran.

Esteban salió detrás de los hombres.

No miró hacia la mesa.

No se despidió.

Cuando la puerta se cerró, Inés siguió de pie junto al fogón.

Tenía una tela entre las manos. No recordaba haberla recogido.

Soledad se sentó.

Durante toda la noche había parecido sostener la habitación con su presencia. Ahora tenía los hombros caídos y la mirada fija en el suelo.

La muchacha dejó la tela.

—Usted hizo todo.

Soledad cerró los ojos.

Inés necesitaba que respondiera.

—Lo hizo.

La mujer asintió apenas.

—Ve a ver a tu hermano.

—Puedo limpiar.

—Después.

Inés se acercó a la puerta.

Se detuvo antes de salir.

—¿Le había pasado?

Soledad abrió los ojos.

La muchacha se arrepintió de haber preguntado, pero ya era tarde.

—Sí —respondió la mujer.

Inés bajó la cabeza.

Hasta entonces había sabido que algunas personas no mejoraban. Era distinto haber visto morir a alguien sobre la mesa donde Tomás había pedido agua.

Regresó a casa.

Encontró a su hermano dormido y permaneció a su lado hasta que despertó.

La acusación llegó antes del entierro.

Una mujer apareció en la casa azul a media mañana, pálida y agitada.

Soledad estaba limpiando la mesa.

Inés acababa de volver.

—Están diciendo cosas —anunció la visitante.

La mujer dejó el paño.

—¿Qué cosas?

La vecina miró hacia la puerta.

—Que el muchacho empeoró aquí. Que usted habló sobre él.

Inés dio un paso al frente.

—Le habló para que no perdiera el conocimiento.

—Yo solo vengo a avisar.

—¿Quién lo dice?

La visitante tardó en responder.

—Su padre.

La muchacha miró a Soledad.

Esperaba indignación.

Encontró cansancio.

—Ha perdido a su hijo —dijo la mujer.

—Eso no le permite mentir.

Soledad recogió el paño.

—Inés…

Pero ella ya se dirigía a la puerta.

Encontró a Esteban sentado fuera de su casa.

Había varias personas dentro. Una mujer lavaba el umbral y dos hombres hablaban junto al muro. Cuando Inés se acercó, dejaron de conversar.

Esteban no levantó la cabeza.

La muchacha se detuvo frente a él.

—Yo estuve allí.

El hombre apretó algo entre las manos.

—Vete.

—La oí toda la noche. Le decía a Julián que respirara, que se quedara con nosotros.

Esteban cerró los ojos.

—He dicho que te vayas.

Inés sintió que la voz comenzaba a temblarle.

—¿Por qué dice que le hizo daño?

Uno de los hombres se aproximó.

—No es momento.

Ella no se apartó.

Esteban abrió los ojos.

La muchacha vio entonces el papel que sujetaba. Estaba doblado varias veces y tenía un sello oscuro junto al borde.

Lo reconoció.

Había visto la misma marca en la nota que acompañaba los regalos de don Rodrigo. También en documentos que sus criados llevaban al mercado.

Inés miró el papel y después al hombre.

—¿Quién vino a verlo?

Esteban lo guardó bajo la camisa.

Ese movimiento le respondió más que sus palabras.

—Déjame enterrar a mi hijo.

La muchacha retrocedió.

Por primera vez advirtió cuánto le temblaban las manos. También vio que, debajo de la pena, había algo que él no quería mostrar.

El hombre que se había acercado la sujetó del brazo.

—Ya lo escuchaste.

Inés se soltó.

No discutió.

Echó a correr.

Soledad estaba junto al estante cuando la muchacha llegó.

Sostenía el barco.

Una de las cuerdas se había aflojado y la intentaba colocar en su sitio.

—Tenemos que irnos —dijo Inés.

La mujer levantó la cabeza.

—¿Qué ocurrió?

—Esteban tiene un papel de don Rodrigo.

Soledad dejó el barco sobre la mesa.

Inés trató de recuperar el aliento.

Le contó la conversación, el sello, la manera en que el padre de Julián había escondido la hoja.

—Tal vez le dio dinero —dijo—. O le prometió algo. No sé. Pero él sabe que usted intentó salvarlo.

Soledad se acercó a la ventana reparada.

Miró la calle.

—¿Te siguieron?

—No.

—¿Estás segura?

Inés se volvió hacia la puerta.

No había pensado en eso.

Soledad fue hasta el arcón grande. Apoyó una mano sobre la tapa, pero no lo abrió.

La muchacha recordó las cartas.

—Podemos llevar lo necesario —insistió—. Doña Beatriz conoce gente. Podría ayudarnos.

Soledad permaneció inmóvil.

—¿Y Tomás?

—Voy por él.

La mujer se volvió.

Inés vio miedo en su rostro, pero también una decisión que todavía no comprendía.

Antes de que pudiera hablar, golpearon la puerta.

Tres veces.

Los golpes hicieron vibrar la madera.

Soledad apartó la mano del arcón.

Inés sintió que la habitación se estrechaba.

Al otro lado sonó una voz de hombre.

—Abra.

La mujer se acercó a su ayudante.

Le sujetó las manos para que dejara de temblar.

—Escúchame bien. No discutas con ellos.

—Pero…

—No les des un motivo para llevarte también.

Inés negó con la cabeza.

Soledad apretó sus dedos.

Después bajó la voz.

—Y no digas nada de las cartas.

Volvieron a golpear.

La mujer soltó a Inés, cruzó la habitación y se detuvo junto a la puerta.

Durante un instante miró el barco que había quedado sobre la mesa.

Luego levantó el cerrojo.

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