Capítulo 5 de 13
La casa registrada
Soledad abrió la puerta antes de que volvieran a golpear.
El hombre que esperaba al otro lado llevaba un pliego doblado y una expresión de impaciencia. Detrás de él había dos soldados y un cuarto hombre con una pequeña cruz colgada sobre el pecho.
Ninguno saludó.
—¿Soledad?
—Sí.
El hombre desdobló el documento.
Leyó con rapidez. Mencionó una denuncia, la obligación de presentarse para responder a ciertas acusaciones y la orden de revisar la casa.
Inés escuchó las palabras sin conseguir reunirlas.
Había imaginado hombres que exigían explicaciones, una conversación difícil, quizá una advertencia. No había pensado en aquella voz indiferente que ya daba por decidido cuanto estaba ocurriendo.
Soledad permaneció en el umbral.
—¿Qué acusaciones?
El hombre bajó el papel.
—Las conocerá cuando corresponda.
—Esta es mi casa.
Uno de los soldados adelantó un pie.
—Apártese.
Soledad miró a Inés.
La muchacha estaba junto a la mesa, con las manos cerradas sobre la falda.
La mujer se hizo a un lado.
Entraron los cuatro.
El hombre de la cruz se quedó cerca de la puerta. Los soldados comenzaron a abrir cajones. El encargado del documento sacó una hoja, un pequeño tintero y una pluma de su bolsa.
Buscó un sitio donde escribir.
Apartó los apuntes de Soledad con el dorso de la mano.
El primer ruido que hirió a Inés fue el de las plantas al caer.
Uno de los soldados había cortado la cuerda de un manojo para examinarlo. Las hojas se desparramaron sobre el suelo recién barrido.
—¿Qué es esto?
Soledad respondió.
El hombre levantó otro.
Volvió a preguntar.
La mujer le dio el nombre y explicó para qué lo utilizaba, pero él ya estaba buscando algo más.
Inés se agachó para recoger las hojas.
—Déjalas —ordenó el soldado.
Se quedó con una entre los dedos.
Soledad intervino:
—Solo intenta limpiar.
El hombre señaló una pared.
—Que espere allá.
Inés recordó la advertencia de su maestra.
No discutas con ellos.
Fue hasta la pared.
Desde allí vio cómo el segundo soldado abría los recipientes. Metía la punta de una herramienta en los polvos, levantaba las tapas y olía el contenido con una mueca de desconfianza.
Al llegar a un frasco pequeño, Soledad dio un paso.
—No lo mezcle con los demás.
El hombre la miró.
—¿Por qué?
—Porque no son lo mismo.
El encargado de escribir levantó la cabeza.
—Anote su uso.
Soledad explicó.
La pluma se movió, pero no durante todo el tiempo que ella habló.
Inés comprendió que aquel hombre escogía lo que iba a quedar en la hoja.
Encontraron los registros de pacientes.
Eran papeles doblados, algunos remendados en los bordes, otros con anotaciones hechas sobre líneas anteriores. Soledad aprovechaba el espacio hasta donde podía.
El escribiente tomó uno.
—¿Quiénes son estas personas?
—Pacientes.
—¿Y estas marcas?
—Anotaciones sobre su estado.
Pasó una hoja hacia la luz.
—Aquí no hay palabras completas.
—Son abreviaturas.
—¿Quién se las enseñó?
Soledad miró el papel.
—Las uso para recordar.
El hombre trazó unas líneas en su propia hoja.
—Se recogerán.
Inés dio un paso sin darse cuenta.
Entre aquellos apuntes estaba el nombre de Tomás.
Lo había visto una mañana: la fecha de llegada, las cosas que había podido beber, el momento en que volvió a hablar.
El escribiente tomó precisamente esa hoja.
—¿Este niño?
Soledad no respondió de inmediato.
Inés sintió que el silencio la señalaba.
—Mi hermano —dijo.
Los cuatro hombres la miraron.
La muchacha se arrepintió de haber hablado, pero sostuvo la mirada del escribiente.
—Estaba enfermo.
Él examinó el papel otra vez.
—¿Cuántos años tienes?
Inés respondió.
—¿Vives aquí?
—No.
—¿Entonces qué haces?
La muchacha miró a Soledad.
La mujer permanecía inmóvil.
—Ayudo.
El escribiente acercó la pluma al tintero.
—¿En qué?
Inés pensó en los recipientes, en la escoba, en las hojas secas del jardín.
También pensó en Julián.
—Limpio. Traigo agua.
El hombre anotó.
Después puso el registro de Tomás junto a los demás.
El arcón grande estaba al fondo de la habitación.
Inés lo había visto cerrado casi siempre. Ahora uno de los soldados se detuvo frente a él.
—La llave.
Soledad introdujo la mano en el bolsillo.
La muchacha dejó de respirar por un instante.
Las cartas.
El retrato.
La hoja firmada muchos años antes de que naciera su madre.
Soledad entregó la llave sin mirar a Inés.
El soldado abrió.
Lo primero que sacó fue una manta doblada. Luego una pieza de ropa, un pañuelo oscuro y el pequeño retrato protegido por madera.
Lo sostuvo entre dos dedos.
—¿Quién es?
—Mi madre.
El escribiente se acercó.
Contempló el rostro pintado.
—¿Cómo se llamaba?
Soledad respondió en voz baja.
Inés no alcanzó a oír el nombre. El soldado colocó el retrato sobre la mesa, entre los frascos y los registros.
Después encontró las cartas.
Las dejó caer en un montón.
Algunas se abrieron.
La muchacha reconoció el color de aquella hoja antigua.
Sintió un impulso de acercarse, de recogerla y esconderla debajo de su ropa. No lo hizo. Los hombres estaban demasiado cerca y Soledad había sido clara.
El escribiente revisó las primeras.
Una hablaba de una persona enferma. Otra pedía que la mujer acudiera a una casa fuera de Córdoba. Una tercera tenía el borde manchado y apenas podía leerse.
Al llegar a la hoja que Inés recordaba, el hombre frunció el ceño.
La giró.
Examinó la parte inferior.
Soledad mantuvo los ojos sobre él.
—¿A quién pertenece esto?
—A mí.
El escribiente levantó la mirada.
—Se recogerá también.
No preguntó por la fecha.
O quizá la había leído y había decidido reservar la pregunta.
Inés no supo qué le produjo más miedo.
El soldado encontró una bolsa con monedas.
Las vació sobre la mesa.
Había pocas.
Una rodó hasta el borde y cayó. Inés la reconoció por una muesca: la había llevado una familia después de recibir atención durante varios días.
El escribiente contó el dinero.
—¿De dónde procede?
—De mi trabajo.
—¿Cobra por estas prácticas?
—Algunas personas pagan. Otras no pueden.
El hombre anotó otra vez.
Soledad observó la bolsa vacía.
Inés pensó en los huevos, la leña, el pan que doña Beatriz había llevado. Si aquellos hombres hubieran llegado otro día, también habrían encontrado esas cosas.
Se preguntó qué escribirían sobre ellas.
Mientras revisaban un estante, uno de los soldados rozó un recipiente con el codo.
El barro golpeó el suelo.
Se abrió en tres pedazos.
Nadie se inclinó para recogerlo.
La piedra apareció cuando abrieron el cajón de los apuntes.
El soldado la levantó.
Luego encontró el papel.
Leyó la amenaza y se la entregó al escribiente.
Por primera vez, los hombres intercambiaron una mirada.
Soledad dio un paso hacia ellos.
—La arrojaron por la ventana.
El encargado examinó la mancha seca del borde.
—¿Quién?
—No lo vi.
—¿Cuándo?
La mujer respondió.
Señaló el marco recién reparado.
—Doña Beatriz envió a un hombre para arreglarlo. Puede preguntarle.
El escribiente dobló el papel.
—Se hará constar.
Soledad sostuvo la mirada.
—Es una amenaza contra mí.
Él guardó la hoja junto a los registros.
—He dicho que se hará constar.
Inés miró la piedra.
Esperó que aquel objeto cambiara algo. Que los hombres comprendieran que una persona había querido herir a su maestra antes de que ellos llegaran.
El soldado la dejó sobre la mesa y continuó revisando.
El barco había quedado junto al borde, donde Soledad intentaba ajustar una cuerda cuando llamaron a la puerta.
Uno de los hombres lo tomó.
Inés se separó de la pared.
—Cuidado.
El soldado la miró.
Sostenía la embarcación por un mástil.
Soledad extendió una mano.
—Es frágil.
—¿Para qué lo usa?
—No lo uso.
El hombre giró el barco.
La vela que Tomás había preparado se agitó.
—¿Entonces para qué está aquí?
Soledad observó la tela clara.
—Perteneció a mi madre.
El soldado lo acercó a sus ojos. Miró el interior del casco como si esperara descubrir algo oculto.
El escribiente señaló el saco donde guardaban los objetos.
—Recójalo.
Inés avanzó.
—Eso no.
El hombre dejó caer el barco.
Se oyó un chasquido.
La muchacha llegó junto al saco antes de pensar en lo que hacía. Se agachó para abrirlo.
El soldado le sujetó el brazo.
—Atrás.
Inés intentó soltarse.
—Lo ha roto.
La presión aumentó.
Soledad se acercó de inmediato.
—Es una niña. Suéltela.
—Que se aparte.
—Yo me encargaré.
El hombre miró a la mujer.
Durante un instante ninguno se movió.
Después soltó el brazo de Inés con un empujón.
Soledad la sostuvo.
La muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas.
No lloraba solo por el barco.
Le dolía que el soldado pudiera romperlo y continuar como si aquel sonido no hubiera significado nada.
—Mírame —murmuró Soledad.
Inés levantó la cabeza.
—Quédate aquí.
La llevó de vuelta junto a la pared.
La muchacha obedeció.
A través de la abertura del saco alcanzó a ver un fragmento de madera y la vela doblada bajo un recipiente.
Cuando terminaron, la casa parecía ajena.
Había manchas de tierra sobre el suelo, cajones abiertos, telas fuera del arcón y círculos húmedos sobre la mesa. La silla donde Inés había pasado tres noches junto a Tomás estaba volcada.
El escribiente reunió los papeles.
Uno de los soldados cerró los sacos.
El hombre de la cruz, que apenas había hablado, se acercó a Soledad.
—Puede llevar una prenda para cubrirse.
Ella miró hacia el arcón.
Escogió un chal.
Al ponérselo, el movimiento le hizo rozar el dedo herido. La venda se había aflojado y tenía una mancha nueva.
Inés quiso acercarse para cambiarla.
El soldado se interpuso.
—Ya es hora.
Soledad ajustó el chal con la otra mano.
El escribiente le presentó una hoja.
—Aquí.
Le indicó dónde debía firmar.
La mujer miró el documento.
—Léalo.
Él pareció sorprendido.
—Es la relación de lo recogido.
—Léalo.
El hombre lo hizo con fastidio.
Mencionó recipientes, hierbas, escritos y diversos objetos. No describió el barco roto. El retrato aparecía como una imagen pequeña. Las cartas formaban un solo conjunto.
Soledad escuchó hasta el final.
—Falta la amenaza que encontraron.
El escribiente miró sus papeles.
Añadió unas palabras.
Luego volvió a ofrecerle la pluma.
Soledad firmó.
Inés observó la primera letra amplia y el último trazo apenas levantado.
La misma firma de la carta antigua.
La misma mano.
En la calle había gente.
Inés no supo cuándo se había reunido.
Reconoció a la vendedora de maíz, al hombre que les llevaba leña y a una mujer cuya hija había sido atendida allí pocas semanas antes.
Todos miraban.
Un niño preguntó algo y su madre le tapó la boca.
Soledad salió entre los soldados.
No tenía cadenas, pero ninguno le permitía apartarse.
Inés intentó seguirla.
El hombre de la cruz se volvió.
—Tú te quedas.
La muchacha se detuvo en el umbral.
Al otro lado de la calle estaba don Rodrigo.
Llevaba el bastón con empuñadura de plata. Uno de sus criados permanecía a unos pasos.
No habló con los hombres.
No necesitaba hacerlo.
Soledad lo vio.
Don Rodrigo sostuvo su mirada.
Inés buscó alguna señal en su rostro: una sonrisa, una expresión de vergüenza, cualquier cosa que revelara lo que sentía.
Encontró calma.
Aquella tranquilidad le hizo comprender cuánto tiempo llevaba preparado todo.
—¡Soledad!
Tomás apareció corriendo desde la esquina.
La vecina venía detrás de él, tratando de alcanzarlo.
Inés salió de la casa.
Su hermano quiso cruzar entre los curiosos, pero ella lo sujetó por los hombros.
—Espera.
—¿Adónde la llevan?
La muchacha no pudo responder.
Tomás intentó apartarse.
—¡Soledad!
La mujer se detuvo.
Uno de los soldados le indicó que continuara, pero ella se volvió hacia los niños.
Su mirada encontró primero a Tomás.
Después a Inés.
—Cuida a tu hermano.
La muchacha sintió que las piernas le fallaban.
Aquellas palabras no eran una tarea como las del jardín. No venían acompañadas de una explicación ni de la promesa de regresar por la tarde.
Inés apretó los hombros del niño.
—Voy a buscarla.
El soldado empujó a Soledad para que siguiera.
La mujer no alcanzó a responder.
Tomás comenzó a llorar.
Don Rodrigo apartó la vista y se alejó con su criado.
Los curiosos permanecieron un rato.
Algunos se acercaron a la puerta para mirar el interior. Inés la cerró antes de que entraran.
La vecina se llevó a Tomás a casa.
—Ven conmigo —le pidió a la muchacha.
Inés negó con la cabeza.
—Ahora voy.
Esperó hasta que los pasos de su hermano dejaron de oírse.
Luego apoyó la espalda contra la madera.
La habitación estaba silenciosa.
Por primera vez desde aquella noche de lluvia, no había nadie a quien pedirle instrucciones.
Inés se apartó de la puerta y comenzó a recoger.
Enderezó la silla.
Juntó los fragmentos del recipiente roto.
Levantó las hojas que los soldados habían pisado y las puso en un cuenco, aunque sabía que algunas ya no servían.
Cuando llegó al arcón grande, se arrodilló.
Las cartas no estaban.
El retrato tampoco.
Pasó la mano por el fondo, buscando sin saber qué.
Encontró un alfiler y un hilo suelto.
Nada más.
Cerró la tapa.
Después miró el espacio vacío del estante.
El barco se había ido con Soledad, aunque no de la manera en que Tomás habría querido.
Doña Beatriz llegó antes de que anocheciera.
Llamó con el bastón.
Inés abrió.
La anciana observó la habitación y entró sin preguntar.
Se sentó mientras la muchacha le contaba lo ocurrido. No la interrumpió hasta que escuchó el nombre de don Rodrigo.
—¿Estaba aquí?
—Enfrente.
Doña Beatriz apretó la mandíbula.
Inés se sentó a sus pies.
—¿Qué hacemos?
La anciana miró hacia la puerta.
—Primero averiguar dónde la tienen.
—¿Y después?
Doña Beatriz bajó los ojos.
No tenía una respuesta segura.
La muchacha lo comprendió, pero aguardó.
—Después haremos que escuchen lo que pasó —dijo al fin.
Inés pensó en Esteban y en el papel que había escondido bajo la camisa.
—El padre de Julián sabe algo.
—¿Qué?
La muchacha se lo contó.
Doña Beatriz permaneció callada unos segundos.
—No vuelvas a buscarlo sola.
Inés quiso protestar.
La anciana le apoyó una mano en el hombro.
—Necesito que me lo prometas.
La muchacha asintió.
Luego se levantó y fue hasta la mesa.
Debajo había quedado un trozo de hilo.
Lo recogió.
Era el mismo que Tomás había encontrado para reparar las cuerdas del barco.
Lo guardó en el bolsillo.
Aquella noche, Inés apagó el fogón y comprobó que no quedara ninguna brasa encendida.
Cerró la ventana reparada.
Antes de salir, se detuvo junto al jardín.
Las plantas seguían allí.
Algunas necesitaban agua. Otras habían perdido hojas durante el registro. Junto al muro quedaba una flor seca del ramo que don Rodrigo había llevado.
Inés la miró un momento.
No la recogió.
Entró de nuevo, tomó la jarra y regó lo que pudo bajo la última luz del día.
Cuando terminó, volvió a la puerta azul.
La llave estaba en la cerradura.
La giró y se la llevó.
Más tarde, mientras Tomás dormía, la sostuvo dentro del puño hasta que el metal dejó una marca en su piel.
No sabía cómo sacar a Soledad del lugar al que la habían llevado.
Pero la casa no iba a quedar abierta para quienes quisieran terminar de destruirla.

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