Capítulo 6 de 13

Las preguntas del Santo Oficio

La primera noche, Soledad no pudo averiguar si la habitación tenía una ventana.

La habían llevado por un corredor estrecho, entre puertas cerradas y paredes donde la luz de las lámparas dejaba manchas amarillas. Al llegar, un hombre le indicó que entrara. Otro cerró detrás de ella.

No le dijeron cuánto tiempo permanecería allí.

Al principio se quedó de pie.

Esperó que alguien regresara para explicarle lo que debía hacer, para darle agua o para preguntarle algo. La certeza de que aquella puerta estaba cerrada desde afuera tardó en asentarse en su cuerpo.

Cuando sus piernas comenzaron a doler, buscó dónde sentarse.

Encontró un banco pegado al muro.

Pasó la mano por la madera antes de apoyar el peso. Había astillas en un extremo y una hendidura larga cerca del borde.

Se acomodó el chal.

Todavía tenía en los dedos el olor de las plantas que había recogido aquella mañana.

Cerró los ojos.

Vio a Inés junto a la puerta azul, sujetando a Tomás por los hombros.

Cuida a tu hermano.

Se arrepintió de no haberle dicho algo más.

No sabía qué.

El guardia abrió cuando aún no había amanecido.

Traía una escudilla y una jarra.

Las dejó en el suelo.

—Levántese cuando vengan a buscarla.

Soledad se puso de pie.

—¿Dónde están mis cosas?

El hombre ya estaba saliendo.

—Guardadas.

—¿Quién va a responder por lo que rompieron?

El guardia la miró con sorpresa, como si no esperara aquella pregunta de una mujer encerrada.

—Eso no me corresponde.

Cerró.

Soledad recogió la jarra.

Bebió despacio.

Cuando la luz comenzó a entrar, descubrió la ventana: una abertura alta, protegida por barrotes, que mostraba apenas una franja de cielo.

No podía alcanzarla.

Se acercó al muro y miró hacia arriba hasta que le dolió el cuello.

El cielo estaba despejado.

En Córdoba, Inés estaría empezando sus trabajos. Tomás quizá seguiría dormido. Las plantas del jardín necesitarían agua antes del mediodía.

Pensar en aquellas cosas le ayudó a comer.

La llevaron a una habitación con una mesa, dos sillas y un crucifijo.

Había un hombre sentado junto a varios documentos. Vestía un hábito oscuro y tenía unas manos largas, de uñas cuidadas.

A su lado esperaba el mismo escribiente que había registrado la casa.

Soledad reconoció el pequeño tintero.

Sobre la mesa estaban sus papeles.

El retrato de su madre no aparecía.

El hombre del hábito levantó la cabeza.

—Siéntese.

La silla estaba separada de la mesa.

Soledad se acomodó, procurando que el chal no cayera al suelo.

—Soy fray Alonso —dijo él.

No añadió nada que pudiera servir de consuelo.

El escribiente abrió una hoja nueva.

Fray Alonso hizo las primeras preguntas con una voz tranquila: su nombre, su lugar de nacimiento, la ocupación que ejercía, las personas con quienes vivía.

Soledad respondió.

Cuando él preguntó por su edad, la mujer miró sus propias manos.

—¿Cuántos años tiene?

Ella permaneció callada.

La pluma del escribiente rozó el papel.

Fray Alonso repitió la pregunta.

Soledad levantó la mirada.

—No voy a inventarle una respuesta.

Él se inclinó apenas hacia adelante.

—No se le pide que invente nada.

La mujer apretó el borde del chal.

—Lo sé.

El fraile observó su rostro con mayor atención.

Después miró una de las declaraciones.

—Hay personas que aseguran conocerla desde hace muchos años.

—He vivido en Córdoba mucho tiempo.

—Dicen que su apariencia no ha cambiado.

Soledad tardó en contestar.

—Las personas recuerdan lo que esperan recordar.

Fray Alonso hizo un gesto al escribiente.

La pluma comenzó a moverse.

Le preguntaron quién le había enseñado a curar.

—Mi madre.

—¿Qué conocimientos tenía?

Soledad habló de las plantas, de las heridas, de las fiebres. Explicó que su madre había aprendido de otras mujeres y de la atención a los enfermos.

Fray Alonso escuchó.

Al principio, aquello le pareció una buena señal.

Después comprendió que esperaba ciertas palabras.

Cada vez que ella mencionaba una oración, él volvía sobre ella.

Cada vez que explicaba una preparación, preguntaba si pronunciaba algo al hacerla.

—¿Reza sobre los recipientes?

—A veces rezo mientras trabajo.

—¿Qué dice?

Soledad lo miró.

—Depende de lo que necesite pedir.

El fraile bajó los ojos hacia sus papeles.

—Debe ser precisa.

—Cuando una persona está sufriendo, pido que deje de sufrir.

—¿A quién se lo pide?

La pregunta la dejó inmóvil.

Sobre la mesa, el crucifijo proyectaba una sombra corta.

—A Dios.

Fray Alonso esperó unos segundos antes de continuar.

—¿Y siempre la escucha?

Soledad pensó en Julián.

En el silencio que había seguido a su última respiración.

—No siempre ocurre lo que yo quisiera.

El escribiente anotó.

La mujer observó la pluma.

—¿Qué está escribiendo?

Ninguno respondió.

Sacaron el registro de Tomás.

Fray Alonso lo sostuvo delante de ella.

—Aquí consta que el niño estuvo inconsciente.

—Durante parte de la noche.

—Una testigo afirma que llegó muerto.

Soledad sintió una presión en la mandíbula.

—Esa persona no estuvo dentro de la casa.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque solo estábamos su hermana y yo.

El fraile dejó el papel.

—¿Usted niega haberle devuelto la vida?

—El niño estaba vivo cuando llegó.

—¿Cómo puede asegurarlo?

—Respiraba.

El escribiente levantó la mirada.

Soledad continuó:

—Débilmente. Su hermana lo había cargado bajo la lluvia. Tenía fiebre y llevaba días sin poder alimentarse bien.

Fray Alonso volvió a leer la declaración.

—La testigo lo vio inmóvil.

—Una persona puede estar inmóvil y seguir viva.

El fraile la miró.

La mujer bajó un poco la voz.

—Pregúntele a Inés.

—Se recogerán los testimonios necesarios.

Soledad no encontró en aquella respuesta la promesa de que escucharían a la muchacha.

Después hablaron de Julián.

Fray Alonso deslizó una hoja hacia el centro de la mesa.

—Su padre declara que empeoró después de recibir su atención.

La mujer miró el documento sin tocarlo.

—Llegó con una herida muy grave.

—Pero llegó vivo.

—Sí.

—Y murió en su casa.

Soledad sintió que el cansancio de aquella noche regresaba de golpe.

—Mandé buscar al médico.

Fray Alonso alzó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba más ayuda.

—¿No bastaban sus conocimientos?

—No.

La respuesta pareció sorprenderlo.

Soledad continuó:

—No bastaban. Nunca he dicho que pueda salvar a todas las personas.

El escribiente acercó la hoja para seguir escribiendo.

Fray Alonso consultó la declaración.

—El padre escuchó palabras extrañas.

—Le hablaba al muchacho.

—¿Qué palabras?

Soledad cerró los ojos un instante.

Podía recordar el rostro de Julián, pero las frases llegaban mezcladas con el ruido del agua, las preguntas de Esteban y los pasos de Inés.

—Le pedí que respirara. Que permaneciera con nosotros.

—¿Nada más?

La mujer abrió los ojos.

—Estuve muchas horas junto a él. No recuerdo cada palabra.

El fraile señaló el papel.

—Su padre afirma otra cosa.

Soledad miró directamente al hombre.

—Su padre ha recibido algo de don Rodrigo de Alarcón.

El escribiente dejó de escribir.

Fray Alonso no movió el documento.

—¿Qué ha recibido?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo afirma?

La mujer tuvo que detenerse.

Había oído la historia de boca de Inés. Si lo decía, harían preguntas sobre ella. Ya conocían su nombre, su edad y la relación que tenía con la casa.

Soledad acomodó el chal sobre sus rodillas.

—Porque don Rodrigo tiene interés en que me crean culpable.

Fray Alonso tomó otra declaración.

La mujer reconoció la firma antes de que él leyera el nombre.

Rodrigo de Alarcón.

—Este hombre asegura que trató de ayudarla —dijo el fraile.

Soledad soltó el aire despacio.

—Me ofreció regalos que devolví.

—¿Por qué?

—Porque no quería aceptarlos.

—También menciona una conversación en su casa.

—Fue a verme después de que le pedí que no enviara más cosas.

Fray Alonso pasó un dedo por una línea.

—Afirma que usted se mostró hostil.

Soledad pensó en Inés junto a la ventana, en la orden de salir al patio y en el ramo abandonado sobre la silla.

—Le pedí que se marchara.

—¿Lo amenazó?

—No.

—¿Le dijo que se arrepentiría?

—No.

El fraile volvió a la hoja.

Soledad se inclinó hacia adelante.

—Él me habló de los rumores. Dijo que otras personas podían ser menos comprensivas. Me ofreció la protección de su nombre.

—Eso no constituye una amenaza.

—Me lo dijo después de que lo rechacé.

Fray Alonso levantó la mirada.

—¿Rechazó qué?

La mujer sintió calor en el rostro. Le indignaba tener que explicar aquella conversación delante de hombres que podían poner cualquier nombre a su respuesta.

—Sus pretensiones.

El fraile esperó.

Soledad comprendió que tendría que continuar.

—Quería decidir dónde viviría yo y cómo sería mi vida. Esperaba que aceptara lo que me ofrecía sin hacer preguntas.

—¿Le propuso matrimonio?

—No.

El escribiente miró al fraile.

—Don Rodrigo es un hombre de posición —dijo fray Alonso.

Soledad sostuvo su mirada.

—Sí. Por eso supo que ustedes lo escucharían.

La pluma quedó inmóvil sobre la hoja.

En el corredor se oyó una puerta.

Fray Alonso bajó los ojos.

Durante un instante pareció querer revisar la declaración de nuevo.

Después la colocó encima de las otras.

La carta antigua apareció al final.

El escribiente la extendió con cuidado.

Soledad vio la fecha.

Por primera vez desde que había entrado, deseó levantarse.

Fray Alonso acercó la hoja a la luz.

—¿Esta letra es suya?

La mujer asintió.

—¿Y la firma?

—También.

Él miró el registro de Tomás y lo puso junto a la carta.

Las firmas eran iguales.

—¿Cómo explica esto?

Soledad no respondió.

Había pasado años evitando aquella pregunta. A veces cambiaba de calle para no encontrarse con alguien demasiado viejo. A veces aceptaba que la confundieran con su madre. Otras dejaba que hablaran y esperaba que un asunto nuevo los distrajera.

Allí no podía alejarse.

Fray Alonso volvió a señalar la fecha.

—No parece un error del escribiente. Hay referencias en el cuerpo de la carta.

Soledad observó la hoja.

Recordó la habitación donde la había escrito. Recordó a la mujer a quien estaba dirigida, sus manos gruesas, la tos que no la dejaba dormir.

Aquella mujer llevaba mucho tiempo muerta.

—¿Quién es usted? —preguntó el fraile.

La pregunta le dolió más que las anteriores.

Soledad levantó el rostro.

—Ya le he dicho mi nombre.

Fray Alonso dejó la carta.

—Su silencio no la ayuda.

—No tengo una explicación que pueda darle.

El escribiente anotó con rapidez.

Soledad lo miró.

—Eso no significa que haya hecho lo que me atribuyen.

El fraile permaneció callado.

Ella continuó:

—No haber encontrado una respuesta no me convierte en culpable de las respuestas que otros inventan.

Fray Alonso entrelazó las manos sobre la mesa.

—¿Ha buscado esa explicación en prácticas prohibidas?

—No.

—¿Ha invocado alguna presencia para prolongar su vida?

—No.

—¿Ha celebrado un pacto?

—No.

La última palabra quedó suspendida.

El fraile la observó como si el rostro pudiera contradecirla.

Cuando trajeron el barco, Soledad creyó que iban a permitirle tocarlo.

El escribiente lo colocó sobre la mesa.

El casco tenía una grieta y uno de los mástiles estaba desprendido. La vela hecha por Tomás se había ensuciado dentro del saco.

La mujer extendió una mano.

Fray Alonso la detuvo.

—Todavía no.

Soledad la retiró.

El fraile examinó la embarcación.

—¿Por qué guarda esto?

—Mi madre lo hizo.

—Eso ya consta.

—Es la razón.

Él miró las cuerdas.

—¿Tiene algún uso en sus curaciones?

—No.

—¿Lo coloca junto a los enfermos?

—Está en un estante.

—¿Su madre le enseñó a utilizarlo de alguna manera?

Soledad contempló la vela doblada.

Recordó unas manos trabajando la madera frente al fuego. Un cabello cubierto con un pañuelo. La voz que hablaba del mar sin describir nunca del todo el lugar que había dejado atrás.

Algo quiso abrirse en su memoria.

Un dibujo.

El roce del carbón sobre una superficie.

La mujer parpadeó.

Fray Alonso esperaba.

—Mi madre me enseñó a cuidarlo —respondió.

El fraile volvió a examinar el casco.

En el silencio, Soledad oyó un crujido leve.

Le pareció que procedía de la madera.

El escribiente levantó la cabeza y miró hacia la puerta.

Fray Alonso dejó el barco junto a los documentos.

—Por hoy basta.

La llevaron de vuelta por el mismo corredor.

Ahora Soledad veía mejor.

Había manchas junto a las puertas y una grieta larga en una pared. En algún lugar, fuera de su vista, una mujer tosía.

Soledad se detuvo.

El guardia la empujó suavemente por la espalda.

—Siga.

—¿Desde cuándo tiene esa tos?

El hombre no respondió.

La mujer volvió a toser.

Soledad quiso escuchar unos segundos más, pero el guardia abrió su puerta.

Entró.

La cerradura giró.

Se sentó en el banco.

El cansancio le pesaba sobre los hombros. No sabía cuánto había durado el interrogatorio. Tenía hambre, sed y un dolor persistente detrás de los ojos.

Miró hacia la ventana alta.

La franja de cielo era más clara que al amanecer.

Pensó en lo que habían escrito.

No había podido leer una sola línea.

Aquella tarde, Inés llegó con doña Beatriz al edificio donde tenían a Soledad.

Traía un envoltorio con pan, una tela limpia y algunas cosas pequeñas que había recogido de la casa azul.

El hombre de la entrada no les permitió pasar.

Doña Beatriz habló primero.

Dijo su nombre.

Esperó a que él lo reconociera.

Luego pidió saber quién podía autorizar una visita.

El hombre se encogió de hombros.

—Ahora no.

—No he preguntado si es ahora. He preguntado quién puede autorizarla.

Inés permanecía junto a ella, apretando el envoltorio.

Después de una larga espera, apareció el escribiente.

La muchacha lo reconoció y sintió que se le endurecía el cuerpo.

Doña Beatriz le explicó lo que querían.

El hombre miró a Inés.

—¿Tú estabas en la casa?

—Sí.

La anciana apoyó una mano sobre su brazo.

—Ha venido conmigo.

El escribiente señaló el paquete.

—Puede dejarlo. Se revisará.

Inés no lo soltó de inmediato.

—Hay una tela para su mano.

El hombre esperó.

La muchacha entregó el envoltorio.

—¿Le dirá que vinimos?

Él ya se alejaba.

Doña Beatriz alzó la voz.

—Hágale saber que no está sola.

El escribiente no se volvió.

Soledad recibió el pan cuando oscurecía.

La tela limpia estaba encima.

El guardia no dijo quién lo había llevado.

No hizo falta.

La mujer reconoció el paño: tenía una esquina remendada por Inés con puntadas demasiado juntas.

Lo sostuvo un momento.

Después cambió la venda de su dedo.

La herida había empezado a cerrar.

Comió la mitad del pan y guardó el resto en el chal.

Al otro lado del muro, la mujer volvió a toser.

Soledad se acercó.

—¿Me escucha?

Esperó.

No hubo respuesta.

Llamó de nuevo, más bajo.

Entonces oyó un movimiento.

—Sí —contestó una voz débil.

Soledad apoyó la palma en la pared.

—¿Le han dado agua?

La mujer tardó en responder.

Hablaron unos minutos a través de la piedra. Soledad hizo preguntas sencillas y escuchó con la misma atención con que había recibido a los enfermos en su casa.

Por un rato dejó de pensar en las declaraciones.

Cuando los pasos del guardia se aproximaron, ambas callaron.

La mujer del otro lado murmuró antes de guardar silencio:

—¿Cómo se llama?

—Soledad.

Después no se oyó nada.

En la habitación del interrogatorio, fray Alonso continuó trabajando hasta tarde.

Volvió a leer la declaración de don Rodrigo.

Luego la de Esteban.

Finalmente abrió el registro de Tomás.

Las anotaciones eran precisas. Describían una noche difícil, cambios pequeños, horas de vigilancia. No había en ellas el lenguaje de alguien que quisiera proclamar un prodigio.

El fraile colocó el papel junto al testimonio de la vecina que afirmaba haber visto llegar a un muerto.

Permaneció mirando ambos.

Después sacó la amenaza recogida durante el registro.

La leyó.

El escribiente, que ordenaba los objetos en el extremo de la mesa, preguntó:

—¿La agrego al conjunto?

Fray Alonso no respondió enseguida.

—Sí.

El hombre extendió la mano para tomarla.

El fraile retuvo el papel un instante más.

—¿La ventana estaba rota cuando llegaron?

—Reparada.

—¿Quién la reparó?

El escribiente buscó entre sus notas.

Fray Alonso esperó.

Por primera vez desde que había comenzado a leer aquel caso, una pregunta lo llevaba fuera de la casa de Soledad.

Esa noche, la mujer se acostó en el banco.

No consiguió dormir.

La carta antigua regresaba cada vez que cerraba los ojos. Su propia firma parecía mirarla desde la mesa del interrogatorio.

No podía negar lo que había escrito.

Tampoco sabía cómo explicar los años que había vivido sin que su rostro los mostrara.

Se volvió hacia el muro.

Pensó en su madre.

Intentó recordar sus últimas palabras, pero aparecieron primero otras cosas: el cuchillo pequeño con que tallaba el barco, el cuenco donde dejaba las virutas, el carbón guardado junto al fogón.

Después recordó un sonido.

Madera bajo los pies. Agua contra un casco.

Soledad se incorporó.

Escuchó.

La tos de la mujer vecina había cesado. El guardia caminaba lejos. Sobre el techo, algo se movió y quedó quieto.

Volvió a apoyar la mano en la piedra.

Estaba fría.

No había mar allí.

Aun así, mantuvo la palma contra el muro hasta que sus dedos dejaron de temblar.

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