Capítulo 7 de 13
La promesa de la madre
Soledad despertó con la mejilla apoyada contra la piedra.
Había vuelto a quedarse dormida sentada, envuelta en el chal. Le dolía el cuello y tenía una mano entumecida. Durante unos segundos no reconoció la celda.
Había soñado con el fuego de su casa.
No el pequeño fogón junto al que atendía a los enfermos, sino uno más antiguo, bajo, rodeado de ladrillos desiguales. En el sueño, unas manos giraban un trozo de madera mientras una navaja levantaba virutas delgadas.
Las manos de su madre.
Soledad se incorporó despacio.
La luz apenas llegaba a la abertura de la ventana.
Del otro lado del muro oyó un movimiento.
—¿Está despierta? —preguntó.
La mujer de la celda vecina tardó en responder.
—Ahora sí.
Su voz sonaba menos áspera que la noche anterior.
Soledad acercó el oído.
—¿Durmió algo?
—Un poco.
Se escuchó el roce de una tela.
—Usted habló dormida.
Soledad retiró la cabeza del muro.
—¿Qué dije?
—Llamaba a alguien.
La mujer tosió antes de continuar.
—Creo que a su madre.
Soledad miró sus manos.
No recordaba haber pronunciado su nombre.
Cuando era niña, su madre guardaba la navaja en una caja que Soledad no tenía permitido abrir.
Dentro había también una aguja gruesa, hilo encerado y un pequeño envoltorio de tela. No supo qué contenía hasta muchos años después, cuando Amara, ya enferma, le pidió que abriera la caja y le acercara el envoltorio.
Carbón.
Tres pedazos escogidos con cuidado, oscuros y lisos de tanto usarlos.
Su madre se llamaba Amara.
En la calle, algunas personas le daban otros nombres. Ella respondía cuando era necesario y continuaba con su trabajo. En casa, Soledad la llamaba mamá y apenas pensaba en aquella diferencia.
La recordaba junto al fuego, inclinada sobre el barco.
—¿Por qué haces uno tan pequeño?
Amara levantaba la madera para examinarla.
—Porque uno grande no cabe aquí.
Soledad miraba la puerta.
—Podríamos hacerlo afuera.
Su madre sonreía.
La niña no comprendía la tristeza que a veces venía después de aquella sonrisa.
—¿Has estado en un barco?
La navaja se detenía.
—Sí.
—¿Era bonito?
Amara tardaba en responder.
—El mar lo era.
Aquella respuesta dejaba fuera muchas cosas.
Soledad lo había entendido incluso entonces.
El guardia llegó con agua.
Dejó la jarra junto a la puerta y miró a la mujer.
—Hoy no la han llamado todavía.
Soledad se levantó.
—Necesito una tela para la persona de al lado.
El hombre hizo una mueca.
—Cada quien tiene lo suyo.
—Está enferma.
—Aquí todos dicen estarlo.
Ella se acercó.
—No le pido que lo crea porque yo lo diga. Escúchela.
La tos llegó antes de que el hombre pudiera responder.
El guardia miró hacia la pared.
Luego salió.
Soledad no supo si volvería.
Bebió y reservó un poco de agua en la escudilla.
Se sentó en el banco.
La navaja de su madre regresó a su memoria con una nitidez que la sorprendió: la hoja corta, el mango desgastado, una mancha en la madera que nunca desaparecía.
También recordó una tarde de lluvia.
Ella estaba sentada en el suelo, con las piernas recogidas. Amara había colocado el barco frente a ambas.
Todavía no tenía velas.
—¿Adónde irá? —preguntó la niña.
Su madre pasó un dedo por el casco.
—Eso depende de quien suba.
Amara no hablaba de su infancia cuando había visitas.
A veces, mientras trabajaba con otras mujeres, escuchaba palabras que hacían que levantara la cabeza. Se quedaba atenta, como quien reconoce una canción desde muy lejos.
Después volvía a cortar hojas o a cambiar un paño.
Soledad aprendió pronto a no preguntar delante de extraños.
Esperaba a que la puerta se cerrara.
—¿Conocías lo que dijo esa señora?
—Una palabra.
—¿De dónde?
Amara acomodaba las plantas sobre la mesa.
—De donde nací.
—¿Por qué no vamos?
Su madre seguía trabajando.
—Porque no sé cómo regresar.
La niña miraba el barco.
Durante mucho tiempo creyó que lo estaban construyendo para eso.
Cuando Amara le enseñó a coser las velas, Soledad cuidó cada puntada como si un error pudiera impedir el viaje.
Una salió demasiado grande.
Su madre la descosió sin reprenderla.
—Otra vez.
—No me queda.
—Todavía.
Soledad volvió a intentarlo.
Años después, al ver la vela que Tomás había preparado, había sentido la misma mezcla de paciencia y ternura que recordaba en las manos de Amara.
Ahora el barco estaba roto sobre una mesa ajena.
La mujer apretó los dedos contra el chal.
Fray Alonso la hizo llamar al mediodía.
Esta vez no estaba el escribiente del registro, sino un hombre más joven que apenas levantó los ojos.
Sobre la mesa había una hoja nueva.
—Se ha pedido información sobre la ventana de su casa —dijo el fraile.
Soledad se sentó.
—¿Hablaron con doña Beatriz?
—Se hará lo necesario.
La mujer comprendió que no iba a recibir una respuesta más clara.
Fray Alonso tomó la carta antigua.
—Necesito que volvamos a esto.
Soledad miró la firma.
—Ya le he dicho que la escribí.
—¿En qué circunstancias?
Ella respiró hondo.
Le habló de una enferma que necesitaba ayuda y de la persona a quien había pedido ciertas cosas para atenderla. Recordó el camino a la casa, las lluvias de aquel año y un techo que goteaba sobre el sitio donde dormían los niños.
El fraile la escuchó con atención.
Demasiada atención.
Cuando terminó, él miró la fecha otra vez.
—Habla como si recordara aquel día.
Soledad permaneció callada.
Se había dejado llevar por la memoria. Durante unos instantes había olvidado para qué querían escucharla.
Fray Alonso deslizó la carta hacia un lado.
—¿Cuánto tiempo vivió con su madre?
La mujer sintió que algo se cerraba dentro de ella.
—Hasta que murió.
—¿Dónde fue enterrada?
Soledad respondió.
El hombre joven escribió el lugar.
—¿Recibió asistencia antes de morir?
—Una vecina estuvo con nosotras.
—¿Un sacerdote?
La mujer negó con la cabeza.
Fray Alonso apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Por qué?
Soledad recordó cuánto había tardado el hombre al que enviaron a buscarlo. Recordó su regreso sin nadie, las explicaciones dichas desde la puerta, el cansancio de no poder ocuparse también de eso.
—No llegó.
El fraile bajó los ojos.
Ella añadió:
—Mi madre murió antes.
Amara enfermó durante una temporada de lluvias.
Al principio ocultó el cansancio.
Se sentaba para moler lo que antes preparaba de pie. Dejaba tareas sin terminar y aseguraba que las haría más tarde. Una mañana olvidó el nombre de una planta que había usado toda su vida.
Soledad se lo dijo.
La madre la miró con una expresión que no había visto nunca.
Miedo.
Después sonrió y le acarició el rostro.
—Ya recuerdas mejor que yo.
La hija intentó reírse.
No pudo.
Durante días la atendió como había aprendido a hacerlo. Buscó ayuda, aceptó consejos, vigiló el sueño y la respiración. Amara la dejaba trabajar, aunque a veces le sujetaba las manos para que descansara.
—Siéntate conmigo.
—Tengo que preparar…
—Luego.
Soledad se sentaba.
Su madre le hablaba de cosas pequeñas: dónde había guardado las semillas, a quién debía devolver un recipiente, qué tela podía aprovecharse para reparar una manga.
Parecía ordenar la casa desde la cama.
La última noche pidió el barco.
Soledad lo acercó.
Amara lo sostuvo sobre el pecho.
Una de las cuerdas se había soltado.
—Hay que arreglarlo —dijo la hija.
—Lo harás.
La voz de su madre era muy débil.
Soledad quiso responder que lo arreglarían juntas.
No encontró fuerza para decirlo.
En la habitación del interrogatorio, fray Alonso le mostró el retrato.
Soledad lo vio por primera vez desde el registro.
Tuvo que hacer un esfuerzo para permanecer sentada.
El fraile observó aquel movimiento.
—¿Quién lo pintó?
—Un hombre al que ella cuidó.
—¿Cómo se llamaba?
Soledad buscó el nombre.
No lo encontró enseguida.
Recordaba su voz, el modo en que sostenía los pinceles, una uña dañada. Había estado enfermo mucho tiempo y, al recuperarse, les había pedido permiso para hacer el retrato.
Finalmente dijo el nombre.
El joven escribiente lo anotó.
Fray Alonso colocó la imagen frente a ella.
—¿Qué le enseñó su madre además de atender enfermos?
Soledad miró la boca pintada.
—A coser. A leer algunas cosas. A cuidar lo que teníamos.
—¿A dibujar?
La mujer levantó la vista.
El fraile abrió uno de sus apuntes. Había pequeños trazos junto a los nombres de las plantas.
—A veces necesito recordar una forma —explicó ella.
—No le he preguntado por estas hojas.
Soledad miró otra vez el retrato.
—Sí. Me enseñó a dibujar.
Fray Alonso aguardó, pero ella no añadió nada.
Amara pidió papel cuando ya casi no podía sostener el barco.
Soledad creyó que quería dejar alguna instrucción escrita.
Acercó una hoja y la pluma.
Su madre negó con la cabeza.
—Carbón.
La hija abrió la pequeña caja.
Encontró el envoltorio.
Amara escogió uno de los pedazos y lo sujetó entre los dedos. Soledad puso una tabla sobre sus rodillas para que pudiera apoyar la hoja.
La mano temblaba.
Aun así, la primera línea salió firme.
Dibujó el casco.
Después los mástiles.
Soledad observaba sin comprender por qué su madre gastaba las pocas fuerzas que le quedaban en copiar el barco que tenía al lado.
—Descansa —le pidió.
Amara continuó.
Añadió cuerdas, velas y una línea bajo la embarcación.
La luz del fuego se movió sobre el papel.
Soledad creyó ver un estremecimiento en una de las velas.
Acercó el rostro.
Amara le sujetó la muñeca.
Su mano estaba fría.
—Mira bien.
La hija miró.
El carbón había dejado una mancha en el costado del pulgar de su madre.
—Cada cosa necesita un lugar por donde salir.
Soledad no entendió.
Pensó que hablaba del humo, de la luz, del agua acumulada en el patio. Quiso preguntarle, pero Amara había cerrado los ojos.
Esperó hasta que volvió a abrirlos.
—¿Qué tengo que hacer?
Su madre buscó su rostro.
—No dejes que te convenzan de que naciste para obedecerles.
Soledad empezó a llorar.
Amara quiso acariciarla, pero apenas consiguió levantar la mano.
La hija se la llevó a la mejilla.
Mucho después recordaría otra frase, tan baja que durante años creyó haberla imaginado:
—Todavía no has visto todo el mar.
—Soledad.
Fray Alonso tuvo que repetir su nombre.
La mujer volvió a la habitación.
El retrato seguía sobre la mesa.
—¿Qué le ocurre?
Ella se limpió una lágrima que no había notado.
—Estoy recordándola.
El fraile miró al escribiente.
El joven bajó la pluma.
Por un instante, ninguno formuló otra pregunta.
Soledad aprovechó el silencio.
—¿Puedo llevarme el retrato?
Fray Alonso negó con la cabeza.
La mujer miró las cartas, los registros y la imagen.
—No me sirve para hacer daño a nadie.
El fraile recogió el retrato.
—Por ahora debe permanecer con los objetos examinados.
Soledad se puso de pie cuando el guardia se acercó.
Al llegar a la puerta, se volvió.
—El barco se puede reparar.
Fray Alonso pareció desconcertado.
—¿Qué?
—Guarden las piezas.
El guardia le indicó que caminara.
Soledad salió.
La tela para la mujer enferma llegó esa tarde.
El guardia la dejó junto a la puerta de Soledad.
—Se la pasaré —dijo—. Pero no quiero que sigan hablando toda la noche.
La mujer inclinó la cabeza.
—Gracias.
Él miró hacia el corredor antes de recoger la escudilla.
Soledad quiso preguntarle cuánto tiempo llevaba trabajando allí. No lo hizo.
Cuando se alejó, se acercó al muro.
—¿Recibió la tela?
—Sí.
La vecina tardó unos segundos en añadir:
—Me llamo Antonia.
—¿Se siente mejor?
—No tanto como para salir.
Lo dijo con un intento de risa que terminó en tos.
Soledad esperó.
—Tengo una hija —continuó Antonia.
La mujer apoyó la espalda en la pared.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
Hablaron hasta que la luz de la ventana comenzó a desvanecerse.
Antonia le contó que su hija sabía trenzarle el cabello. Que siempre se enfadaba porque ella no permanecía quieta. Que una vez había perdido una cinta y había pasado todo el día buscándola.
Soledad escuchó.
No le dijo que la encontraría.
No tenía forma de saberlo.
Cuando Antonia preguntó si ella tenía hijos, pensó en Inés y en Tomás.
—Hay dos niños a los que quiero mucho —respondió.
La mujer del otro lado guardó silencio.
Después dijo:
—Ojalá alguien esté cuidándolos.
Soledad cerró los ojos.
—Sí.
Recordó las manos torcidas de doña Beatriz sobre el bastón.
—Creo que sí.
Esa noche consiguió dormir acostada.
El banco era estrecho, pero acomodó el chal bajo la cabeza. Antes de cerrar los ojos, repasó los hechos del día: las preguntas, el retrato, el agua, la voz de Antonia.
Luego pensó en el dibujo de su madre.
No recordaba qué había ocurrido con aquella hoja.
Tras la muerte de Amara, los días se habían mezclado. Personas entrando y saliendo, objetos cambiados de sitio, el fuego que nadie encendía a la hora acostumbrada.
Había guardado el barco.
Había guardado la caja.
El dibujo no.
Se preguntó si lo habría perdido o si alguien lo había tomado.
Mientras buscaba una respuesta, volvió a dormirse.
En el sueño, Amara estaba sana.
Se encontraba frente a un muro claro y sostenía el carbón con la seguridad de sus mejores días.
Soledad miraba por encima de su hombro.
El barco era más grande que el de la hoja. La proa apuntaba hacia un extremo de la pared. Había una figura diminuta sobre la cubierta, pero no podía distinguir su rostro.
—No encuentro el papel —dijo Soledad.
Su madre continuó dibujando.
—Estás mirando el lugar equivocado.
La hija alargó una mano.
Tocó el muro.
El carbón le manchó los dedos.
Amara se volvió hacia ella.
Entonces Soledad despertó.
La celda estaba a oscuras.
Se incorporó y escuchó.
Antonia dormía. El guardia no pasaba. Un ruido lejano, quizá una puerta, se apagó en el corredor.
Soledad miró sus dedos.
No tenían carbón.
Se levantó.
Fue hasta la pared donde había apoyado la mano la noche anterior y recorrió la piedra lentamente.
Había grietas, pequeñas rugosidades y un hueco donde faltaba parte del revestimiento. Nada cedía.
Aun así, siguió tocando.
Por primera vez desde que la encerraron, dejó de mirar hacia la puerta.
Pensó en el dibujo que no podía encontrar, en las velas trazadas por su madre, en la frase cuyo sentido había postergado durante tantos años.
Cada cosa necesita un lugar por donde salir.
Volvió hacia la ventana.
En algún sitio, más allá de los tejados que no alcanzaba a ver, estaba el camino al mar.
Soledad regresó al banco.
No había descubierto una salida.
Había recordado por dónde empezar a buscarla.

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