Capítulo 8 de 13

La última oferta

El guardia le pidió que se arreglara el cabello.

Soledad estaba sentada junto al muro, escuchando a Antonia. La mujer había pasado una mala noche y apenas podía terminar una frase sin detenerse para respirar.

Al oír la orden, se volvió.

—¿Para qué?

El hombre dejó una jarra en el suelo.

—Va a recibir una visita.

Soledad se puso de pie.

Durante un instante pensó en Inés.

Sintió una alegría tan repentina que tuvo que apoyarse en el banco.

—¿Quién?

El guardia no respondió. Miró la celda como si buscara algo que pudiera causar dificultades.

—Recoja eso.

Señaló la escudilla y el pan envuelto en una esquina del chal.

Soledad se agachó.

Al otro lado del muro, Antonia preguntó algo, pero ella no alcanzó a escuchar las palabras.

El guardia salió.

La cerradura giró.

Soledad se alisó el vestido con ambas manos. Se acomodó los mechones que habían escapado del recogido y miró la venda de su dedo. Estaba limpia.

Quiso parecer tranquila.

Inés ya había visto demasiado miedo en ella.

Los pasos llegaron poco después.

No eran los pasos apresurados del escribiente ni el arrastre cansado del hombre que traía el agua.

Eran firmes, espaciados.

Soledad los reconoció antes de que la puerta se abriera.

Don Rodrigo de Alarcón apareció con una capa oscura sobre los hombros.

La mujer dejó caer las manos.

La alegría que había sentido se extinguió tan deprisa que le dolió el pecho.

El guardia permaneció en el umbral.

Don Rodrigo lo miró.

—Necesitamos hablar.

El hombre vaciló.

Después retrocedió y cerró la puerta.

Soledad escuchó cómo se alejaba por el corredor.

Don Rodrigo examinó la celda.

Sus ojos se detuvieron en el banco, en la escudilla y en la abertura alta por donde entraba la luz.

—No imaginaba que la tuvieran en estas condiciones.

Soledad no contestó.

El hombre se quitó los guantes.

No había una mesa donde dejarlos, así que los sostuvo en una mano.

—Está más delgada.

Ella permaneció junto al muro.

Don Rodrigo dio un paso.

—He venido a ayudarla.

Soledad lo miró entonces.

—¿Quién le permitió entrar?

Él pareció decepcionado por la pregunta.

—Hay personas que todavía confían en mi palabra.

La mujer se sentó.

No quería seguir de pie frente a él como si estuviera esperando una orden.

Don Rodrigo observó el banco y decidió permanecer de pie.

—Podríamos haber hablado antes de llegar a esto.

Soledad apoyó las manos sobre sus rodillas.

—Hablamos.

El hombre comenzó con voz paciente.

Le explicó que la situación era más grave de lo que ella quizá comprendía. Había declaraciones, objetos recogidos y preguntas que todavía no tenían respuesta.

Al mencionar las cartas, Soledad levantó la vista.

Don Rodrigo lo advirtió.

—Se comentan cosas inquietantes.

—¿Ha leído lo que encontraron?

—No necesito leerlo todo para saber que está en peligro.

La mujer sintió frío.

Fray Alonso había examinado la fecha en una habitación cerrada. El escribiente había estado allí. Nadie más debía conocer los detalles.

Don Rodrigo se acercó otro paso.

—Su silencio no le está sirviendo.

Soledad lo observó con atención.

Él sonaba demasiado parecido al fraile.

—¿Qué quiere?

El hombre respiró hondo, como si por fin hubieran llegado al asunto que deseaba tratar.

—Sacarla de aquí.

La mujer no se movió.

—¿Cómo?

—Hay testimonios que pueden aclararse. Personas que exageraron lo que vieron. Otras que hablaron sin comprender.

Soledad pensó en Esteban.

Don Rodrigo continuó:

—Con buena voluntad, algunas cosas pueden corregirse.

—¿La buena voluntad de quién?

Él hizo un gesto leve.

—La mía, para empezar.

Del otro lado del muro, Antonia tosió.

Don Rodrigo miró hacia la piedra.

—Ni siquiera puede descansar.

Soledad escuchó hasta que la tos cesó.

—¿Qué tendría que hacer yo?

La pregunta pareció aliviarlo.

Por primera vez desde que había entrado, sonrió.

—Permitir que me ocupe de usted.

Habló de una casa fuera de Córdoba.

Tendría habitaciones limpias, ropa adecuada y personas que atendieran las tareas. No necesitaría abrir la puerta a desconocidos ni trabajar hasta el amanecer.

Soledad lo dejó terminar.

—¿Podría volver a mi casa?

La sonrisa disminuyó.

—No sería conveniente.

—¿Atender a mis pacientes?

—Después de lo ocurrido, debería dejar esas prácticas.

La mujer miró la abertura de la ventana.

Don Rodrigo interpretó su silencio como una reflexión.

—No tendría que preocuparse por nada.

—¿Podría salir cuando quisiera?

Él tardó un instante en responder.

—Habría que ser prudentes al principio.

Soledad volvió hacia él.

—¿Y después?

Don Rodrigo se acomodó la capa.

—No puedo ofrecerle una vida segura si insiste en hacer lo que le ha traído hasta aquí.

La mujer sintió que la última duda desaparecía.

Él no había venido a devolverle su vida.

Había venido a explicarle las condiciones de otra.

—Inés me necesita —dijo Soledad.

Don Rodrigo frunció el ceño.

—La muchacha puede conseguir trabajo.

—Tiene un hermano.

—No son responsabilidad suya.

La mujer apretó los dedos.

Él lo notó.

—Puedo darles algo de dinero.

Soledad levantó la cabeza.

—No se acerque a ellos.

La firmeza de su voz borró la expresión amable del hombre.

Durante un momento la miró sin hablar.

Después bajó el tono.

—No hace falta que se altere.

Soledad recordó a Inés devolviendo una moneda que podría haber utilizado para comer. Recordó a Tomás preparando la vela con una concentración que parecía impropia de su edad.

—No quiero su dinero para ellos.

Don Rodrigo guardó los guantes en un bolsillo.

—Está rechazando ayuda que ni siquiera le corresponde rechazar.

—Estoy pidiéndole que los deje en paz.

El hombre dio media vuelta y caminó hasta la puerta.

Soledad creyó que se marcharía.

En cambio, se detuvo allí unos segundos y volvió hacia ella.

—¿De verdad prefiere esto?

Señaló la celda.

La pregunta hizo que la mujer mirara a su alrededor.

El banco duro.

El recipiente vacío.

La humedad en una esquina.

El sitio donde había pasado noches intentando escuchar una respiración al otro lado del muro.

No prefería nada de aquello.

Y don Rodrigo lo sabía.

En la calle, Inés esperaba con un paquete de pan.

Doña Beatriz no había podido acompañarla aquella mañana. El dolor de las manos le impedía incluso sostener el bastón con firmeza.

Antes de dejarla salir, le había hecho repetir dos veces que no entraría sola a ningún sitio.

La muchacha llevaba también una tela y una hoja breve en la que había escrito que las plantas seguían vivas.

Había tardado mucho en conseguir que las letras no quedaran torcidas.

El hombre de la entrada no quiso recibir el paquete.

—Ahora no.

—Solo tiene que dárselo.

—He dicho que no.

Inés se apartó unos pasos.

Fue entonces cuando vio al criado de don Rodrigo junto a la esquina.

Sostenía las riendas de un caballo.

Lo reconoció por la caja que había llevado a la casa azul.

La muchacha miró la puerta del edificio.

Después al criado.

Él apartó la vista.

Inés dejó de sentir el peso del paquete.

Comprendió quién estaba dentro.

Don Rodrigo se sentó al fin.

Lo hizo junto a Soledad, dejando menos espacio del que ella habría querido.

La mujer se desplazó hacia el extremo del banco.

Él fingió no advertirlo.

—He sido paciente.

Soledad observó sus botas.

La suela estaba limpia. No había barro adherido a los bordes ni una costura suelta en la ropa.

Él podía ponerse de pie, cruzar la puerta y regresar a una casa donde alguien tendría preparada la comida.

La facilidad de aquel movimiento la llenó de rabia.

—¿Fue usted quien envió la piedra?

Don Rodrigo se volvió.

—¿Qué piedra?

—La que rompió mi ventana.

El hombre mantuvo la mirada.

—Hay personas imprudentes.

—¿La envió?

—No me atribuya todo lo que ocurre en Córdoba.

La respuesta no aclaró nada.

Soledad miró su dedo vendado.

Don Rodrigo siguió la dirección de sus ojos.

—Por eso necesita protección.

La mujer se levantó.

Él permaneció sentado.

—No me hable de protegerme mientras me pide que acepte lo que ya le he negado.

Don Rodrigo apoyó ambas manos sobre las rodillas.

—Todavía no me ha escuchado con calma.

—Lo he escuchado.

—Entonces está siendo obstinada.

Soledad se alejó hasta el muro.

La distancia era pequeña, pero necesitaba tenerla.

El hombre la dejó en silencio unos momentos.

Parecía escoger con cuidado lo siguiente.

—Se habla de un traslado.

Soledad volvió la cabeza.

—¿Adónde?

—A un lugar donde las preguntas serán menos llevaderas.

La mujer sintió que el cuerpo se le tensaba.

Don Rodrigo lo vio.

Ahora podía hablar sin esfuerzo.

—Aquí todavía hay personas que la conocen. Afuera no tendrá a nadie.

—¿Adónde? —repitió ella.

Él la observó.

—San Juan de Ulúa.

Soledad había oído aquel nombre en relatos de viajeros, en conversaciones de hombres que regresaban del puerto, en advertencias dichas a media voz.

Recordó muros rodeados de agua.

No sabía cuánto de lo que contaban era cierto.

No quería averiguarlo encerrada.

Don Rodrigo se puso de pie.

—Puedo intentar evitarlo.

La mujer miró la puerta.

Pensó en Inés llegando con pan y esperando una respuesta. Pensó en doña Beatriz, incapaz de caminar largas distancias. Pensó en Tomás preguntando cuándo iba a volver.

Durante un instante, quiso decir que sí.

No por don Rodrigo.

Por una noche en su cama.

Por el aire del jardín.

Por poder recoger el barco y comprobar cuánto se había roto.

El hombre se acercó.

—No tiene que morir.

Soledad cerró los ojos.

Aquellas palabras habían logrado lo que las demás no pudieron: hacerle imaginar su propio cuerpo sin vida en un lugar ajeno.

Don Rodrigo levantó una mano hacia su rostro.

Ella se apartó antes de que la tocara.

Cuando volvió a mirarlo, el hombre tenía la mano suspendida.

La bajó despacio.

—Sigo siendo la misma mujer a la que visitó en su casa —dijo Soledad.

Él no respondió.

—Mi respuesta también es la misma.

Don Rodrigo la observó con una incredulidad que fue cambiando poco a poco.

—Aquí no está en su casa.

—Lo sé.

—No tiene nada.

Soledad sintió el impulso de mirar el chal, la tela de Inés, el pan guardado.

No lo hizo.

Don Rodrigo avanzó.

Ella sostuvo su mirada.

—No quiero irme con usted.

Por primera vez, el hombre dejó de cuidar la voz.

—Podría haber evitado todo esto.

Soledad no se movió.

Al escucharlo, tuvo una certeza que no había conseguido arrancarle durante la conversación.

Se la había ofrecido él mismo.

Don Rodrigo pareció advertirlo demasiado tarde.

Se volvió hacia la puerta.

Golpeó una vez.

El guardia abrió casi de inmediato.

Inés lo vio salir.

Se incorporó junto al muro donde esperaba.

Don Rodrigo la reconoció.

Su mirada pasó del rostro de la muchacha al paquete que llevaba.

—Sigues viniendo.

Inés no respondió.

El hombre bajó los escalones.

—Deberías pensar en tu hermano.

La muchacha sintió el miedo conocido.

Esta vez no bajó los ojos.

—Eso hago.

Don Rodrigo la miró unos segundos.

Luego se dirigió hacia su criado.

Inés esperó hasta que ambos se alejaron.

Después volvió a la entrada.

—Ahora puede dárselo.

El guardia observó el paquete.

Quizá había escuchado la conversación. Quizá solo quería que dejara de insistir.

Extendió la mano.

Inés se lo entregó.

—Hay una hoja.

El hombre la miró.

—Se revisará.

La muchacha asintió.

Se alejó antes de que pudiera arrepentirse y pedirla de vuelta.

Soledad permaneció de pie cuando el guardia regresó.

Él dejó el paquete sobre el banco.

No dijo nada.

La mujer reconoció el pan y abrió la tela.

Encontró la hoja.

Leyó las frases con cuidado.

La casa está cerrada por la noche. Voy cada mañana. Tomás come bien. Doña Beatriz está ayudando. No deje de comer.

Al final, Inés había añadido:

No le creo a don Rodrigo.

Soledad apretó el papel.

No sabía si la muchacha lo había visto entrar ni cuánto había comprendido. Aquellas palabras bastaron para que tuviera que sentarse.

El guardia seguía junto a la puerta.

Ella levantó la cabeza.

—¿Lo oyó?

El hombre miró hacia el corredor.

—No sé de qué habla.

Soledad sostuvo su mirada un instante.

Después la apartó.

El guardia salió.

Esta vez no cerró con brusquedad.

Antonia llamó desde el otro lado del muro cuando llegó la noche.

—¿Ya se fue su visita?

Soledad se acercó.

—Sí.

—No parecía una buena visita.

La mujer apoyó la espalda contra la piedra.

—No lo era.

Antonia permaneció callada.

Después preguntó:

—¿La conoce?

Soledad miró la hoja de Inés que sostenía entre las manos.

—Quería que me fuera con él.

—¿Puede sacarla?

La pregunta la hirió por su sencillez.

—Dice que puede.

Antonia respiró con dificultad.

—¿Y usted?

Soledad dejó pasar unos segundos.

—No quiero vivir con él.

La mujer del otro lado no le pidió explicaciones.

Tampoco le aconsejó aceptar.

Solo se oyó el roce de su ropa contra el banco.

Luego dijo:

—Tiene hambre, ¿verdad?

Soledad miró el pan.

Todavía no había comido.

—Sí.

—Entonces coma. Mañana tendrá que levantarse otra vez.

La mujer sonrió apenas.

Partió el pan.

El anuncio llegó al amanecer.

Dos hombres entraron con el guardia. Uno llevaba un papel; el otro permaneció junto a la puerta.

Soledad ya estaba despierta.

—Será trasladada —dijo el primero.

La mujer se puso de pie.

—¿Cuándo?

—Debe prepararse.

Miró el pequeño montón de cosas sobre el banco.

—Lleve lo necesario.

Soledad tomó el chal.

Guardó la hoja de Inés entre los pliegues y la tela limpia dentro de la manga.

—Quiero hablar con fray Alonso.

El hombre consultó el documento.

—No está aquí.

—Tiene preguntas pendientes.

—Recibirá nuevas instrucciones.

Soledad comprendió que la conversación había terminado.

Se acercó al muro.

El guardia quiso detenerla.

—Solo un momento —pidió.

Apoyó la mano en la piedra.

—Antonia.

No hubo respuesta.

Volvió a llamarla.

La mujer se movió al otro lado.

—¿Qué ocurre?

Soledad miró a los hombres que esperaban.

—Me llevan.

Antonia guardó silencio.

La respiración le llegó entrecortada.

—¿Adónde?

Soledad no pudo decir el nombre.

No quería dejarlo resonando entre ambas.

—Al puerto.

El guardia se aproximó.

La mujer apartó la mano.

Antes de volverse, oyó la voz de Antonia:

—Si encuentra a mi hija…

Soledad cerró los ojos.

No tenía un nombre, una dirección ni forma de buscarla.

—Dígame cómo se llama.

Antonia lo hizo.

La mujer lo repitió en voz baja.

Después caminó hacia la puerta.

El corredor le pareció más largo que otras veces.

Al pasar frente a la habitación de los interrogatorios, alcanzó a ver al escribiente ordenando unos sacos.

Uno estaba abierto.

Por encima de la tela sobresalía un mástil roto.

Soledad se detuvo.

El guardia miró hacia el saco.

—Van con usted.

La mujer observó la madera.

—No lo pongan debajo de los recipientes.

El escribiente levantó la cabeza.

Pareció a punto de hacer un comentario.

Al final, retiró un frasco y acomodó el barco en la parte superior.

Soledad continuó.

Afuera esperaba un carro.

El amanecer apenas iluminaba las fachadas. Había pocas personas en la calle, pero una mujer se detuvo al verla salir.

Luego otra.

Soledad buscó entre los rostros.

Inés no estaba.

Sintió alivio y una decepción que no quiso examinar.

Subió con ayuda del guardia.

Los sacos quedaron junto a ella.

El hombre que conducía recibió una indicación y tomó las riendas.

Antes de que el carro comenzara a moverse, Soledad alzó la vista hacia una ventana del edificio.

Fray Alonso estaba detrás del cristal.

Lo reconoció por el hábito y por la quietud de sus manos.

Él también la vio.

La mujer esperó.

El fraile no abrió la ventana.

El carro avanzó.

Pasaron cerca de la calle de las higueras.

Soledad se incorporó para mirar.

No alcanzó a ver la puerta azul.

Solo una parte del muro y las ramas que sobresalían por encima.

Allí había aprendido a trabajar junto a su madre. Allí había pasado noches velando a los enfermos. Allí Inés había lavado sus primeros recipientes y Tomás había hecho una vela para un barco que ya no podía sostenerse entero.

La mujer se sentó de nuevo.

El soldado que viajaba enfrente observó sus manos.

Le temblaban.

Soledad las escondió bajo el chal.

Dentro de la tela estaba la hoja de Inés.

La rozó con los dedos.

No había aceptado la salida que don Rodrigo le ofrecía.

La que pudiera encontrar tendría que llevarla a un lugar donde su negativa no necesitara permiso.

El carro tomó el camino hacia Veracruz.

Soledad cerró los ojos y trató de recordar, una vez más, la forma exacta del barco que su madre había dibujado.

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