Capítulo 9 de 13
La fortaleza del mar
Soledad supo que estaban cerca del puerto antes de ver el agua.
El aire había cambiado.
Durante el viaje había respirado polvo, humedad de los caminos y humo de los lugares donde los hombres se detenían a comer. Ahora, entre aquellos olores, llegaba uno distinto: sal, madera mojada y algo que le hizo recordar las manos de su madre.
Se incorporó en el carro.
El soldado sentado enfrente la observó, pero no le ordenó bajar la cabeza.
Pasaron junto a edificios claros, hombres que cargaban bultos y mujeres que caminaban con cestas sobre el brazo. Un muchacho gritaba una oferta que Soledad no alcanzó a entender. Más adelante, dos marineros discutían junto a una cuerda enrollada.
Todo tenía movimiento.
La vida de los demás le pareció insoportablemente libre.
Un hombre dejó caer un saco, se secó la frente y se alejó hacia una sombra. Nadie le preguntó adónde iba. Una mujer se detuvo a conversar y después cambió de dirección.
Soledad miró sus propias manos.
Podía moverlas, acomodarse el chal, tocar la hoja de Inés que llevaba escondida. Pero el camino de su cuerpo pertenecía a los hombres que la acompañaban.
El carro se detuvo.
—Baje.
Al ponerse de pie, le dolieron las piernas.
Uno de los soldados le ofreció el brazo para ayudarla a descender. Ella lo aceptó porque no quería caer, y sintió una vergüenza extraña por necesitar apoyo de quien la custodiaba.
Entonces vio el mar.
Se extendía más allá de los barcos, bajo una luz que obligaba a entrecerrar los ojos. El agua se levantaba en pequeños lomos oscuros y golpeaba contra las embarcaciones.
Durante unos segundos olvidó por qué estaba allí.
Había oído aquel sonido en sueños.
Ahora lo tenía delante.
—Vamos.
El soldado le tocó el hombro.
Soledad volvió a caminar.
La embarcación que iba a llevarla hasta la fortaleza era pequeña.
Un hombre sujetaba una cuerda mientras otro acomodaba los sacos recogidos en Córdoba. Al ver cómo los empujaban, Soledad dio un paso.
—Hay madera frágil dentro.
El marinero levantó la vista.
El soldado respondió por ella:
—Déjelos así.
La mujer guardó silencio.
Subió con dificultad. La cubierta se movió bajo sus pies y tuvo que sostenerse del borde.
Se sentó donde le indicaron.
El puerto comenzó a alejarse.
Soledad miró las casas, las figuras que se hacían pequeñas y las puertas que no habían alcanzado a cerrarse antes de que ella perdiera de vista sus detalles.
Luego se volvió.
San Juan de Ulúa surgía sobre el agua.
Desde lejos, los muros parecían una prolongación de la piedra que quedaba debajo. No había nada en aquella construcción que sugiriera hospitalidad. Las aberturas eran oscuras y los hombres que caminaban por sus partes altas parecían demasiado pequeños para haber levantado algo así.
Soledad sintió el miedo que don Rodrigo había esperado provocar con aquel nombre.
Ahora no necesitaba imaginarlo.
Un golpe de agua sacudió la embarcación.
La mujer se sujetó.
El marinero de la cuerda la miró.
—No se levante.
Ella asintió.
Por encima del ruido, recordó la respuesta de Amara cuando le preguntó si el barco donde había viajado era bonito.
El mar lo era.
Soledad miró el agua.
Empezó a comprender cuánto había dejado fuera aquella frase.
Al llegar, esperaron en un espacio de piedra donde el viento empujaba la ropa contra el cuerpo.
Un oficial recibió los documentos.
Los leyó de pie.
Después miró a Soledad con una atención que le hizo desear que volviera al papel.
—¿Esta es?
El soldado asintió.
El hombre observó los sacos.
—Se revisarán.
Soledad quiso preguntar dónde guardarían sus cosas, pero recordó la respuesta que había recibido al entrar en su primer encierro.
Guardadas.
No quería oírla de nuevo.
La llevaron por un pasaje donde el aire se volvía más pesado a cada paso. La luz disminuyó. Los sonidos del mar seguían allí, aunque ya no podía ver el agua.
Unas llaves chocaron al final del corredor.
El hombre que las llevaba tenía barba corta, una marca junto a la ceja y los hombros algo vencidos. Se acercó sin prisa.
El oficial le entregó una indicación.
—Mateo. Esta.
El carcelero miró a Soledad.
No pareció sorprendido.
Abrió una puerta.
—Entre.
La celda tenía el suelo húmedo.
Soledad lo advirtió antes de dar el segundo paso. Había una zona más oscura junto al muro y un recipiente colocado debajo de una filtración.
El techo era bajo. La abertura que dejaba pasar luz mostraba un fragmento de pared exterior y nada más.
En un rincón había una tabla donde podía acostarse.
Mateo dejó una escudilla junto a ella.
—Le traerán comida.
Soledad se volvió.
—¿Dónde están los objetos que llegaron conmigo?
—En el depósito.
—Hay un barco pequeño, roto.
El hombre frunció el ceño.
—No puede tener esas cosas aquí.
—Solo quiero que no pierdan las piezas.
Mateo la observó unos segundos.
—Si está en los sacos, seguirá en los sacos.
No era una promesa, pero la mujer tuvo que conformarse.
El carcelero cerró.
Soledad permaneció junto a la puerta hasta que los pasos desaparecieron.
Luego se quitó el chal y lo extendió sobre la tabla.
Al tocar la madera, sintió humedad.
Volvió a recogerlo.
No había un lugar seco donde dejarlo.
La primera noche no durmió.
El mar golpeaba los muros con una regularidad que cambiaba sin aviso. A veces llegaban varios impactos seguidos. Después un silencio breve, suficiente para que la mujer comenzara a esperar el siguiente.
Entre aquellos golpes se oían otras cosas.
Una tos.
El arrastre de algo pesado.
Pasos que se detenían frente a una puerta y continuaban después.
Soledad pensó en Antonia.
No sabía si seguía recibiendo agua, si alguien escuchaba su respiración o si el guardia había recordado pasarle una tela limpia.
Repitió el nombre de su hija para no olvidarlo.
Después repitió el de Inés.
El de Tomás.
El de su madre.
Necesitaba conservar personas dentro de aquella habitación.
Cuando el sueño comenzó a vencerla, el ruido de una cadena la hizo incorporarse.
Esperó.
Nadie se acercó a su puerta.
La mujer se acostó otra vez, con el chal doblado debajo de la cabeza.
La hoja de Inés crujió junto a su pecho.
La tocó a través de la tela y cerró los ojos.
Mateo llegó al amanecer.
Puso la comida cerca de la puerta.
Soledad se sentó.
—¿Cuándo volverán a preguntarme?
El hombre no levantó la vista.
—Cuando tengan orden.
—¿Hay noticias de Córdoba?
Mateo acomodó la escudilla.
—No.
La mujer respiró hondo.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí los demás?
El carcelero se quedó inmóvil.
Después la miró.
—No pregunte eso.
Cerró la puerta.
Soledad contempló la comida.
No tenía hambre.
Recordó a Antonia diciéndole que comiera porque al día siguiente tendría que levantarse otra vez.
Tomó la escudilla.
Los días se parecían tanto que comenzó a marcarlos con una pequeña piedrecilla.
Escogió un sitio cerca de la tabla, donde la luz alcanzaba durante unas horas, y raspó una línea en la parte más blanda del revestimiento.
La primera era casi invisible.
La segunda salió mejor.
Al terminar la quinta, dejó de pensar solo en cuánto tiempo había pasado. También empezó a observar el muro.
Había partes rugosas, grietas pequeñas y zonas donde la humedad había desprendido fragmentos. En una superficie más clara, cerca del centro, la piedra estaba cubierta por una capa delgada y desigual.
Soledad pasó los dedos.
Recordó el carbón de Amara.
La forma del casco.
La inclinación de la proa.
Intentó seguir aquella línea con la uña.
No quedó ninguna marca.
Se apartó al escuchar las llaves.
Mateo abrió.
La mujer volvió hacia la comida.
El carcelero miró el sitio donde había estado.
No hizo preguntas.
Con el tiempo, Soledad aprendió a reconocer sus pasos.
Mateo caminaba con mayor peso sobre una pierna. A veces se detenía antes de abrir, como si necesitara descansar la mano que sostenía las llaves.
No hablaba mucho.
Sin embargo, recogía los recipientes sin golpearlos y esperaba a que ella se apartara antes de cerrar la puerta.
Una mañana advirtió la venda de su dedo.
—¿Qué se hizo?
Soledad miró la herida, casi cerrada.
—Me corté con un cristal.
Mateo señaló la celda con un movimiento de la cabeza.
—¿Aquí?
—En mi casa.
Él no preguntó más.
Al día siguiente dejó un poco más de agua.
La mujer lo notó.
No dijo nada.
La noticia del traslado llegó a Córdoba después de que Inés llevara otro paquete.
La muchacha estaba acostumbrándose a las negativas. Sabía dónde esperar, a qué hora cambiaba el hombre de la entrada y qué escribiente fingía no verla cuando cruzaba el patio.
Aquella mañana, nadie quiso recibir el pan.
—Ya no está.
Inés se quedó con el brazo extendido.
—¿Dónde?
El hombre miró el paquete.
—La trasladaron.
—¿Adónde?
Tuvo que preguntar tres veces.
Cuando finalmente escuchó el nombre, sintió que la distancia se abría dentro de ella.
San Juan de Ulúa.
No sabía llegar hasta allí.
No tenía dinero para el viaje ni podía dejar a Tomás.
Regresó a casa de doña Beatriz sin pasar por el mercado.
La anciana la escuchó desde su silla.
—Entonces tendremos que mandar las cosas.
Inés dejó el paquete sobre la mesa.
—¿Con quién?
Doña Beatriz miró hacia la ventana.
Pensaba.
La muchacha esperó.
No quería llorar delante de ella, pero al abrir el envoltorio y ver el pan que Soledad no iba a recibir, perdió el control.
La anciana no le pidió que se calmara.
Le acercó una silla.
En la fortaleza, el calor comenzó a aumentar.
Soledad lo sentía incluso sin ver el sol. La celda se volvía pesada al mediodía y el agua adquiría pronto una tibieza desagradable.
Mateo llegó una mañana más tarde de lo habitual.
Dejó la escudilla y se quedó apoyado en el marco.
La mujer levantó la vista.
Tenía el rostro enrojecido.
—¿Se encuentra bien?
El carcelero se enderezó.
—Coma.
Su voz era áspera.
Soledad se puso de pie.
—Tiene fiebre.
—No es asunto suyo.
Él se agachó para recoger el recipiente vacío del día anterior.
Al incorporarse, perdió el equilibrio.
La mujer lo sostuvo antes de que golpeara el suelo.
Mateo intentó apartarla, pero las piernas no le respondieron.
Se quedó sentado junto a la puerta, respirando con esfuerzo.
Las llaves cayeron entre ambos.
Soledad las vio.
Por un instante oyó el corredor de otra manera.
Abierto.
Vacío.
A su alcance.
Luego miró el rostro del hombre.
Tenía los ojos desenfocados y trataba de levantarse sin poder hacerlo.
—No se mueva —dijo.
Mateo miró las llaves.
La mujer las recogió y las colocó junto a su mano.
—Necesita ayuda.
Él cerró los dedos sobre el metal.
No dejó de observarla.
Soledad llamó al corredor.
La primera vez nadie respondió.
Volvió a llamar con más fuerza.
Un guardia apareció al fondo.
Al ver a Mateo dentro de la celda, se llevó una mano al arma.
—¿Qué ocurre?
—Está enfermo —respondió Soledad—. Necesitamos agua y un lugar donde pueda sentarse.
El hombre entró deprisa.
Sujetó al carcelero por debajo de los brazos.
Mateo hizo un gesto de dolor.
—Despacio —pidió la mujer.
El guardia la miró.
—Apártese.
Soledad retrocedió.
Entre ambos consiguieron levantarlo. Lo llevaron hasta un banco del corredor, a pocos pasos de la puerta.
La mujer quedó dentro de la celda.
—Traiga agua —insistió.
El guardia parecía dispuesto a cerrarle.
Mateo levantó una mano.
—Agua.
El hombre obedeció.
Soledad permaneció en el umbral sin cruzarlo.
Observó cómo respiraba el carcelero, la manera en que se sujetaba la cabeza y el esfuerzo que hacía para no perder el conocimiento.
Hizo preguntas.
Algunas Mateo pudo responderlas.
Otras las contestó el guardia, con impaciencia.
La mujer pidió que buscaran a alguien que pudiera atenderlo y continuó hablándole mientras esperaban.
Mateo no apartaba los ojos de ella.
Lo llevaron a otra habitación.
Antes de hacerlo, el guardia cerró la celda.
Soledad escuchó los pasos alejarse.
Después se sentó sobre la tabla.
Le temblaban las manos.
Había sostenido las llaves.
Aún podía sentir su peso.
No sabía hasta dónde habría llegado. Quizá a un patio, quizá a otra puerta cerrada. No conocía la fortaleza y el mar seguía alrededor.
Pero durante un instante había tenido la posibilidad de intentarlo.
Miró la escudilla.
La comida se había enfriado.
Pensó en Mateo caído junto al umbral.
No se arrepintió.
Aun así, tardó mucho en conseguir comer.
Durante dos días la atendió otro hombre.
Dejaba los recipientes con prisa y no respondía preguntas.
Soledad no supo si Mateo estaba mejor hasta que reconoció sus pasos la tercera mañana.
El carcelero se detuvo frente a la puerta.
Abrió con más lentitud de la habitual.
Estaba pálido.
La mujer se levantó.
—No debería estar trabajando todavía.
Mateo dejó la escudilla.
—Eso dicen.
Se apoyó un momento en el marco.
Luego miró el recipiente, como si allí hubiera algo que necesitara comprobar.
—Me dijeron que usted hacía daño.
Soledad permaneció quieta.
Había escuchado frases semejantes muchas veces, pero nunca de un hombre que acababa de entregar sus llaves mientras ella lo sostenía.
—¿Quién se lo dijo?
Mateo levantó los ojos.
No respondió.
El mar golpeó al otro lado de los muros.
La mujer miró sus manos.
—Necesito agua limpia para lavar esto.
Señaló una tela.
El carcelero asintió.
Recogió la jarra y salió.
Volvió poco después.
Esta vez también traía una escudilla limpia.
Aquella tarde, Soledad se acercó al muro claro.
Lo recorrió con la palma, despacio.
No esperaba que cediera. La piedra estaba allí, tan firme como el día en que llegó.
Aun así, comenzó a dibujar con el dedo.
Un casco.
Un mástil.
La curva de una vela.
Los trazos no quedaban.
Cuando terminó, se apartó para observar el sitio vacío.
Intentó recordar todos los detalles del barco de Amara. Había partes que conocía mejor que su propio rostro: el borde de la proa, la unión de las tablas, una pequeña imperfección junto al timón.
Otras seguían borrosas.
Cerró los ojos.
Escuchó el mar.
Ya no tenía que imaginar cómo sonaba el agua contra una embarcación.
Lo oía cada noche.
Mateo pasó frente a la puerta al anochecer.
Soledad lo llamó.
El hombre se detuvo.
—¿Qué necesita?
La mujer miró la superficie clara del muro.
Estuvo a punto de pedir carbón.
La palabra llegó hasta sus labios.
Después recordó los papeles sobre la mesa de fray Alonso, las preguntas sobre los dibujos y el modo en que habían recogido las plantas.
Miró al carcelero.
Todavía no sabía cuánto podía confiar en él.
—Si llega alguna carta de Córdoba, ¿me lo dirá?
Mateo acomodó las llaves en su mano.
—Si la dejan pasar, se la traeré.
Soledad asintió.
El hombre continuó.
Ella regresó a la tabla y se sentó.
No tenía carbón.
No tenía una explicación para los años de su vida ni certeza alguna de que un dibujo pudiera ayudarla.
Pero, por primera vez desde que había visto los muros de San Juan de Ulúa, pudo pensar más allá de la próxima comida y del siguiente golpe de las olas.
Frente a ella quedaba una parte de la pared suficientemente amplia para un barco.
Se quedó mirándola hasta que desapareció en la oscuridad.

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