Capítulo 10 de 13

Lo que Inés encontró

Inés comenzó una lista en el reverso de una hoja usada.

Escribió el nombre de su hermano.

Después el de doña Beatriz.

Se detuvo con la pluma suspendida.

Había muchas personas a las que Soledad había ayudado. Recordaba sus caras, sus voces, los alimentos que dejaban sobre la mesa. Pero cuando intentó imaginar a cada una entrando en el edificio donde la habían interrogado, dispuesta a defenderla, la lista se volvió mucho más corta.

Añadió al hombre que había reparado la ventana.

Luego dejó la pluma.

Tomás la observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué haces?

—Escribo nombres.

—Ya vi.

Inés levantó los ojos.

El niño tenía una cuerda enrollada alrededor de los dedos. Seguía buscando cosas que pudieran servir para el barco, aunque sabía que se lo habían llevado.

—Necesitamos personas que cuenten lo que pasó —explicó ella.

—Yo puedo.

—Lo sé.

Tomás miró la hoja.

—Entonces ponme primero.

Inés había escrito su nombre antes que ningún otro, pero giró el papel para mostrárselo.

El niño leyó despacio.

Después asintió.

—Diles que yo estaba vivo.

La muchacha dejó la pluma sobre la mesa.

Aquella frase le recordó los rumores que había escuchado en el mercado: decían que Soledad había devuelto la vida a un muerto. En boca de su hermano sonaba absurda y terrible.

—Se lo voy a decir.

Doña Beatriz leyó la lista junto a la ventana.

La sostenía con dificultad. Inés quiso ayudarla, pero la anciana hizo un gesto para que esperara.

—Este hombre puede hablar de la piedra —dijo, señalando un nombre—. De lo demás, no.

—Hay que contar todo.

—Hay que contar lo que cada uno sabe.

Inés se sentó.

La anciana dejó la hoja sobre sus rodillas.

—Si empezamos a repetir cosas que no vimos, no seremos mejores testigos que doña Águeda.

La muchacha bajó la cabeza.

Había querido añadir que don Rodrigo había enviado la amenaza. Estaba convencida, pero no lo había visto hacerlo.

Doña Beatriz pareció adivinarlo.

—Escribe lo que puedes sostener.

Inés volvió a tomar la hoja.

—Vi el papel que tenía Esteban.

—Viste un sello.

—Era el de don Rodrigo.

—Eso es lo que debemos averiguar.

La muchacha miró hacia la puerta.

—Le prometí que no iría sola.

—Y vas a cumplirlo.

Doña Beatriz se acomodó en la silla. El movimiento le produjo dolor y tuvo que esperar antes de continuar.

—Hay un hombre que escribe para quienes no saben hacerlo. Esteban ha ido a verlo otras veces.

Inés levantó la cabeza.

—¿Dónde vive?

La anciana le dio una dirección.

Después añadió:

—Mañana iremos juntas.

La oficina del escribiente ocupaba una habitación estrecha cerca de la plaza.

Había una mesa junto a la ventana, un banco para quienes esperaban y varios papeles sujetos con cordeles. El hombre que trabajaba allí tenía la barba desigual y una mancha de tinta en la manga.

Se llamaba Baltasar.

Al ver a doña Beatriz se levantó.

—Señora.

La anciana no se sentó.

—Venimos por una pregunta.

Baltasar miró a Inés.

La reconoció. Su expresión cambió apenas, pero la muchacha lo advirtió.

—Estoy ocupado.

—No le tomará mucho —dijo doña Beatriz.

El hombre dejó la pluma.

Inés dio un paso.

—¿Escribió usted el papel que recibió Esteban, el padre de Julián?

Baltasar miró hacia la puerta.

—Escribo muchos papeles.

—Tenía el sello de don Rodrigo de Alarcón.

El hombre endureció el rostro.

—No sé de qué habla.

Doña Beatriz apoyó las manos sobre el bastón.

—La muchacha estuvo en la casa cuando murió el joven. Hay cosas que se están diciendo que no corresponden a lo ocurrido.

—Entonces que vaya a declararlas.

—Eso intentamos.

Baltasar recogió una hoja de la mesa.

Era un gesto para terminar la conversación.

—No puedo ayudarles.

Inés miró el papel que sostenía. Estaba en blanco.

—Ni siquiera ha preguntado qué queremos saber.

El hombre alzó la voz.

—Ya me lo ha dicho.

Doña Beatriz tocó el brazo de la muchacha.

Salieron.

En la calle, Inés quiso volver.

La anciana la detuvo.

—Por hoy basta.

—Sabe algo.

—Sí.

—Entonces…

—Y también sabe que podemos regresar.

Volvieron al día siguiente.

Baltasar no abrió.

La tercera vez, un muchacho les dijo que había salido.

Inés se quedó esperando un rato junto al muro, mientras doña Beatriz descansaba en un banco cercano. Al cabo de unos minutos, el mismo muchacho regresó con una jarra y entró sin llamar.

La puerta se abrió lo suficiente para mostrar la mano del escribiente.

Inés lo vio.

Él también debió verla, porque cerró de inmediato.

La muchacha apretó los dientes.

Doña Beatriz la llamó.

—Vamos.

—Está dentro.

—Lo sé.

Regresaron despacio.

La anciana estaba agotada y cada paso le costaba más.

Inés sintió vergüenza de su propia impaciencia.

Aquella noche decidió que no volvería a obligarla a caminar tanto.

Al día siguiente llevó un recado escrito por doña Beatriz y pidió al hombre que les repartía leña que la acompañara.

Él aceptó después de un largo silencio.

—No quiero dificultades.

—Solo tiene que esperar afuera.

El hombre miró la puerta azul.

Luego asintió.

Baltasar había bebido.

Inés lo supo por el olor antes de ver la botella junto al codo.

La puerta estaba abierta y el hombre no intentó levantarse cuando ella entró. Observó al acompañante que esperaba en la calle y volvió hacia sus papeles.

—¿Otra vez?

La muchacha dejó el recado sobre la mesa.

Baltasar no lo tocó.

—No vas a conseguir nada.

Inés permaneció de pie.

—Quiero saber por qué Esteban tiene un documento de don Rodrigo.

El hombre se pasó una mano por el rostro.

—Su hijo murió.

—Yo lo vi.

—Entonces déjalo.

La muchacha sintió que la rabia le subía al pecho.

—También vi a Soledad intentando salvarlo.

Baltasar miró hacia la ventana.

—Las personas necesitan explicar las desgracias.

—Eso no explica el sello.

El hombre cerró los ojos.

Durante unos segundos, Inés creyó que volvería a echarla.

En cambio, él dijo:

—Tenía una deuda.

La muchacha dejó de moverse.

—¿Esteban?

Baltasar abrió los ojos.

Parecía arrepentido.

Inés acercó las manos al borde de la mesa sin apoyarlas.

—¿Qué deuda?

—Dinero.

—¿Con don Rodrigo?

Él no respondió.

La muchacha esperó.

Al otro lado de la ventana pasó una mujer con una cesta. Su sombra cruzó la mesa.

—¿Le perdonaron la deuda para que hablara contra Soledad?

Baltasar apretó los labios.

La botella quedó inmóvil junto a su brazo.

Finalmente asintió.

Inés tuvo que sentarse.

No había imaginado cómo se sentiría al escuchar la confirmación. Durante días había querido que alguien pronunciara aquellas palabras. Ahora que estaban allí, le producían una náusea profunda.

Recordó a Esteban inclinado sobre el cuerpo de Julián.

La voz con que le pedía que despertara.

El mismo hombre había salido de la casa con el dolor intacto y, poco después, había aceptado que ese dolor se convirtiera en una acusación.

—¿Cuánto? —preguntó.

Baltasar miró la puerta.

—No importa.

—Sí importa.

—No vas a devolverle el hijo.

Inés se levantó de golpe.

—No le estoy pidiendo eso.

El escribiente apartó la botella.

—Baja la voz.

La muchacha respiró despacio.

Desde afuera, el hombre de la leña se acercó al umbral.

Inés le hizo un gesto para indicar que estaba bien.

Después volvió a mirar a Baltasar.

—¿Usted escribió la declaración?

Él se quedó callado.

—¿La escribió?

—Puse lo que me dijeron.

—¿Quién?

Baltasar señaló vagamente la mesa, los papeles, la puerta.

—No todo llega por la misma boca.

La muchacha observó los cordeles.

Había nombres escritos en algunos pliegos. Fechas. Cantidades.

—¿Hay otros?

Baltasar siguió su mirada.

Extendió la mano sobre los documentos.

—No toques nada.

Inés retiró las manos.

—Entonces muéstremelos usted.

El escribiente se quedó mucho tiempo sin hablar.

Inés no insistió.

Oyó una carreta en la plaza, el pregón de un vendedor y los pasos de su acompañante cambiando de lugar afuera.

Baltasar abrió un cajón.

Sacó varios papeles y volvió a guardarlos.

Al final dejó sobre la mesa una hoja doblada.

—Es una copia.

Inés no la tomó todavía.

—¿De qué?

—Cuentas.

El hombre abrió el pliego.

Había nombres y cantidades. Algunas anotaciones aparecían tachadas; otras tenían palabras al lado.

La muchacha encontró el nombre de Esteban.

Más abajo reconoció el de una mujer que había acudido a la casa azul y después dejó de saludarla en el mercado.

Sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Todos hablaron contra ella?

Baltasar se encogió en la silla.

—No lo sé.

—Pero recibieron dinero.

—Algunos. A otros se les descontó lo que debían.

Inés recorrió la hoja con los ojos.

En el borde había una referencia a una cuenta de Alarcón.

El escribiente dobló de nuevo el papel.

—Si dices que te lo di, lo negaré.

La muchacha lo miró.

Él tenía el rostro cansado. La mancha de tinta en la manga parecía más oscura que al entrar.

Inés tomó la copia.

—Tiene que decirlo usted también.

Baltasar apartó la vista.

—Llévate eso y vete.

La muchacha guardó la hoja dentro del vestido.

Al salir, tuvo que apoyarse un instante en el marco.

El hombre de la leña la observó.

—¿Qué encontraste?

Inés miró hacia la habitación.

Baltasar ya había cerrado el cajón.

—Algo que Soledad necesita que escuchen.

Doña Beatriz leyó la copia dos veces.

La primera, en silencio.

La segunda, preguntando por cada palabra que no alcanzaba a distinguir.

Inés le contó la conversación sin omitir la amenaza del escribiente de negarlo todo.

La anciana dejó la hoja sobre la mesa.

—Necesitamos conservar esto.

—Puedo llevarlo mañana.

—Primero haremos otra copia.

Inés se inclinó hacia el papel.

No quería retrasarse.

Doña Beatriz la miró.

—Si lo entregamos y se pierde, no tendremos nada.

La muchacha recordó el registro de la casa. Los objetos dentro de los sacos. Las explicaciones que desaparecían entre las líneas del escribiente.

Asintió.

Pasaron buena parte de la tarde copiando.

Inés escribió despacio. La anciana revisó cada nombre y cada cantidad. Cuando terminaron, guardó la hoja de Baltasar en un lugar que no mostró a nadie más.

La copia nueva quedó junto a una carta.

En ella contaron lo que Inés había visto durante la noche de Julián, lo que había observado en manos de Esteban y lo que Baltasar había reconocido.

Doña Beatriz firmó.

Después la muchacha añadió su nombre.

La última letra le salió torcida.

No la corrigió.

Conseguir que la carta llegara a fray Alonso fue más difícil de lo que Inés esperaba.

En la entrada le dijeron que podía dejarla.

La muchacha pidió una constancia de que la habían recibido.

El hombre se rio.

Doña Beatriz, que aquel día había logrado acompañarla en un carro prestado, se acercó al umbral.

—Escriba mi nombre —dijo—. Y el día.

El hombre dejó de reírse.

No le agradó la orden, pero alguien dentro lo llamó y tuvo que hacerlas esperar.

Cuando regresó, traía un papel pequeño.

La anciana lo leyó antes de entregar el paquete.

Inés lo guardó con cuidado.

Por primera vez salió de aquel edificio con algo en la mano.

No sabía si serviría.

Pero tenía una prueba de que habían estado allí.

Fray Alonso abrió la carta al caer la tarde.

Leyó primero las líneas de doña Beatriz. Luego el relato de Inés.

Al llegar a la copia de las cuentas, se quedó inmóvil.

Buscó la declaración de Esteban y la puso junto a la hoja.

Después la de don Rodrigo.

Los papeles cubrieron casi toda la mesa.

Llamó al escribiente.

—¿Conoce a Baltasar?

El hombre respondió que sí.

—Necesito verlo.

—¿Por qué asunto?

Fray Alonso lo miró.

El escribiente bajó la cabeza.

—Lo mandaré llamar.

Cuando salió, el fraile volvió a leer el relato de la muchacha.

Había descrito la noche sin intentar embellecerla. Reconocía que Soledad había tenido miedo. Contaba el regreso del hombre que no consiguió llevar al médico. Repetía las palabras que había escuchado junto a la mesa.

Quédate. Respira.

Fray Alonso permaneció sobre aquellas líneas.

Más tarde redactó una respuesta breve.

Informó que revisarían los datos presentados.

Antes de cerrar la carta, buscó la orden de traslado.

La fecha le hizo fruncir el ceño.

Soledad llevaba días fuera de Córdoba.

Inés recibió la respuesta mientras regaba el jardín.

El mensajero se la entregó a través de la puerta y se marchó sin esperar.

La muchacha dejó la jarra.

Leyó de pie.

Después se sentó en el escalón.

Se revisarán los datos presentados.

No decía que Soledad regresaría.

No decía que dejarían de interrogarla.

Ni siquiera decía cuándo volverían a escribir.

Inés había imaginado una carta que abriera una puerta. Aquella apenas confirmaba que alguien había mirado los papeles.

Tomás se acercó.

—¿Es de ella?

La muchacha negó con la cabeza.

El niño esperó.

—Van a revisar lo que mandamos.

—¿Eso es bueno?

Inés dobló la hoja.

—Puede serlo.

No quiso mentirle más de lo que aquellas tres palabras permitían.

Doña Beatriz encontró a un comerciante que viajaría a Veracruz.

Lo conocía desde hacía años. Había llevado encargos para su familia y sabía esperar cuando las manos de la anciana tardaban en contar las monedas.

Aceptó intentar entregar una carta en la fortaleza.

No prometió que la dejarían pasar.

Inés tuvo dos días para escribirla.

La primera versión hablaba de las cuentas, de Baltasar y de la respuesta de fray Alonso. La leyó varias veces y después la dejó a un lado.

Pensó en Soledad sentada en una celda, rodeada de personas que solo le hacían preguntas.

Tomó otra hoja.

Le contó que Tomás había vuelto a correr.

Que una de las higueras estaba perdiendo hojas.

Que el hombre de la leña había reparado una bisagra y que la ventana seguía firme.

Escribió también que doña Beatriz se quejaba de todos, lo cual debía de significar que conservaba fuerzas.

Al llegar a esa frase, sonrió.

Luego habló del jardín.

Había plantas que crecían demasiado y otras que no sabía cuándo recoger. Las había dejado intactas para no equivocarse.

Las reconocerá cuando vuelva, escribió.

Se detuvo.

La frase le produjo ganas de llorar.

La conservó.

Antes de doblar la carta, añadió unas líneas.

Le dijo que habían encontrado información importante y que fray Alonso había aceptado revisarla. No puso nombres ni cantidades.

Después escribió:

No voy a dejar que su casa desaparezca.

Tomás quiso añadir algo.

Inés le prestó la pluma.

El niño escribió con dificultad:

Todavía tengo hilo para el barco.

La muchacha esperó a que se secara la tinta.

Luego salió al jardín.

Escogió una hoja pequeña de una planta que Soledad le había enseñado a distinguir desde los primeros días. La dejó secar entre dos telas limpias y la guardó dentro del papel.

Cuando entregó la carta al comerciante, sintió el impulso de explicar cada cosa.

El hombre la escuchó hasta que terminó.

—Haré lo que pueda —dijo.

Inés asintió.

Sabía reconocer aquellas palabras.

Soledad se las había dicho la noche en que llevó a Tomás bajo la lluvia.

La carta tardó.

Pasó por manos que la examinaron, quedó sobre una mesa donde recibió polvo y llegó a la fortaleza entre otros papeles de Córdoba.

Mateo la vio al recoger unas indicaciones.

El nombre de Soledad estaba escrito en la parte exterior.

Preguntó si podía llevarla.

El hombre encargado la abrió primero.

Sacudió la hoja seca sobre la mesa, revisó el interior y leyó algunas líneas.

—No hay más —dijo Mateo.

El hombre lo miró.

El carcelero bajó la vista.

Después recibió el papel.

La hoja de la planta había quedado sobre la mesa.

Mateo la recogió.

—Venía dentro.

El encargado hizo un gesto de impaciencia.

Se la dejó llevar.

Soledad estaba junto al muro cuando oyó las llaves.

Había pasado parte de la tarde siguiendo con los dedos una línea que solo ella podía ver.

Al abrirse la puerta, se apartó.

Mateo entró con la comida.

Después sacó la carta.

—De Córdoba.

La mujer no extendió la mano de inmediato.

Temió que se tratara de nuevas preguntas.

Entonces reconoció las letras.

Inés.

Tomó el papel.

Mateo le entregó también la hoja seca.

Soledad la sostuvo con un cuidado que al hombre le recordó la manera en que había pedido proteger el barco.

Leyó la carta.

Al terminar, volvió al principio.

La tercera vez tuvo que detenerse porque ya no distinguía bien las palabras.

Se sentó sobre la tabla.

Afuera, Mateo fingió comprobar la cerradura.

No quería marcharse tan pronto.

Soledad acercó la hoja seca a su rostro.

El olor era débil, casi perdido después del viaje.

Aun así, encontró en él el patio, la tierra removida y las manos de Inés trabajando a su lado.

Lloró en silencio.

El carcelero permaneció junto a la puerta hasta que ella dobló el papel.

—¿Están bien? —preguntó.

Soledad asintió.

Se limpió los ojos.

—El niño ha vuelto a correr.

Mateo bajó la mirada.

La mujer guardó la carta junto a la primera que había recibido.

Después miró otra vez la pared.

Ahora podía recordar con claridad la vela del barco: la tela escogida por Tomás, las puntadas, el hilo que todavía estaba esperando en Córdoba.

—Mateo.

El hombre se detuvo.

Soledad cerró la mano alrededor de la hoja seca.

Todavía tenía miedo de lo que iba a pedir.

Esta vez no dejó que la palabra se quedara dentro.

—Necesito un trozo de carbón.

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