Capítulo 11 de 13

El barco en la pared

Mateo miró la mano cerrada de Soledad.

Entre sus dedos asomaba el borde de la hoja seca que había llegado desde Córdoba.

—¿Carbón?

La mujer asintió.

El carcelero volvió los ojos hacia la pared. Había observado antes cómo ella se quedaba frente a aquella superficie, siguiendo con los dedos algo que no alcanzaba a ver.

—¿Para qué lo quiere?

Soledad sintió que debía escoger bien la respuesta.

Podía hablarle de su madre. Del dibujo que había olvidado durante años. De los sueños que ahora regresaban con una claridad dolorosa.

Nada de eso habría tranquilizado al hombre.

—Para dibujar.

Mateo permaneció en el umbral.

—No tiene papel.

—La pared servirá.

Él la examinó otra vez.

—Si vienen a revisar, me preguntarán quién se lo dio.

La mujer respondió en voz baja.

—Lo sé.

El carcelero acomodó las llaves en su mano.

No dijo que sí.

Tampoco se negó.

Salió y cerró.

La mujer permaneció junto a la tabla hasta que los pasos desaparecieron.

Después abrió de nuevo la carta de Inés.

Leyó la última frase de Tomás.

Todavía tengo hilo para el barco.

Aquella noche, el mar no la dejó dormir.

Había viento. El agua golpeaba con fuerza y, entre un impacto y otro, se escuchaban voces apagadas por los corredores.

Soledad extendió el chal sobre sus piernas.

La carta estaba a salvo dentro de un pliegue seco.

Pensó en el carbón.

Si Mateo no lo conseguía, tendría que buscar otra manera de marcar el muro. Había intentado hacerlo con piedra, pero los trazos salían débiles y torcidos. Una punta más dura podía rasparlo; no podía darle la profundidad que recordaba en el dibujo de Amara.

Al preguntarse por qué necesitaba profundidad, se quedó inmóvil.

No estaba pensando en adornar la celda.

Quería dibujar un barco en el que pudiera subir.

La idea, formulada por completo, le produjo vergüenza.

Apoyó la frente en las rodillas.

Había visto a personas aferrarse a remedios inútiles cuando no soportaban aceptar una pérdida. Les había hablado con cuidado. Había intentado impedir que entregaran dinero a quienes prometían lo imposible.

Ahora ella esperaba atravesar una pared.

Levantó la cabeza.

El muro seguía allí, frío y macizo.

Soledad recordó la fecha de la carta que fray Alonso había extendido frente a ella.

Recordó su rostro en los espejos, casi intacto mientras otras personas envejecían.

Había pasado demasiados años negándose a mirar ciertas cosas porque no sabía explicarlas.

Aquella noche no consiguió decidir si el dibujo era una esperanza o una forma de perder el juicio.

Aun así, al amanecer volvió a despejar el espacio frente a la pared.

Mateo llegó con la comida y un trozo de carbón envuelto en tela.

Lo dejó junto a la escudilla.

Soledad lo miró antes de tocarlo.

Era pequeño, irregular, con una arista más fina en un extremo.

El carcelero habló sin levantar mucho la voz.

—No lo deje junto a los alimentos.

La mujer tomó el envoltorio.

—Gracias.

Mateo observó la pared.

—¿Sabe dibujar?

—Algo.

—Entonces haga algo que valga la pena mirar.

La frase parecía un intento de restarle importancia a lo que acababa de hacer.

Soledad asintió.

El hombre cerró la puerta.

Ella esperó unos segundos.

Después desenvolvió el carbón.

Al sostenerlo, se le mancharon las yemas.

La sensación le resultó conocida.

Durante un instante volvió a ser la niña que abría la caja de Amara junto al fuego.

Empezó por una línea.

La trazó a la altura de sus rodillas, inclinándola poco a poco hasta levantar la proa.

El carbón raspó la superficie con un sonido seco.

Soledad se apartó.

El dibujo era demasiado pequeño.

Lo supo enseguida.

Una embarcación que apenas cabía entre sus manos no podía llevarla a ninguna parte, aunque reprodujera hasta el último detalle del barco de madera.

Tomó una tela húmeda.

Borró.

La marca dejó una sombra gris.

Esperó a que el muro se secara.

Luego comenzó de nuevo.

Esta vez extendió el casco casi de un extremo al otro de la superficie clara.

Tuvo que desplazarse para completar la curva.

Al llegar a la proa, levantó el brazo y volvió a bajar la punta con cuidado.

Se quedó mirando.

Todavía era una línea sobre una pared.

Pero por primera vez tuvo espacio para imaginar sus pies en la cubierta.

Trabajó durante horas.

No intentó hacerlo todo al mismo tiempo.

Primero el casco.

Después la borda.

Luego la unión de las tablas.

Algunas partes las conocía por el pequeño barco de su madre. Otras las había visto durante el traslado: los nudos, la forma en que las cuerdas tensaban las velas, el sitio donde un hombre apoyaba el pie para mantener el equilibrio.

Soledad cerraba los ojos para recordar.

Los abría y corregía.

Una línea quedó torcida al pasar sobre una grieta.

Intentó salvarla.

Empeoró.

La borró con el extremo de la tela y volvió a empezar.

Al mediodía le dolía la espalda.

Se sentó para comer.

Tenía carbón en la muñeca y debajo de las uñas. Mientras se lavaba, vio el agua oscurecerse en la escudilla.

Recordó a Inés aprendiendo a quitar las hojas secas del jardín.

Mira antes de tirar.

Soledad observó el barco.

Todavía le faltaba casi todo.

Sin embargo, ya no parecía un trazo hecho para ocupar el tiempo.

Había empezado a exigirle atención.

Mateo lo vio aquella tarde.

Abrió, dejó la jarra y se quedó mirando el muro.

Soledad estaba arrodillada junto a la proa.

El hombre entró un paso más de lo habitual.

—Es grande.

Ella se incorporó despacio.

—La pared es grande.

Mateo frunció los ojos para seguir una de las líneas.

—¿Copió alguno?

—He visto barcos.

El carcelero miró las tablas del casco.

—Yo también. No podría hacer eso.

Soledad sostuvo el carbón entre los dedos.

No sabía si debía continuar delante de él.

Mateo se acercó un poco.

—Le faltan los mástiles.

—Sí.

—Y las velas.

La mujer sonrió apenas.

—También.

Él observó el espacio que quedaba encima.

Después miró el techo.

—Va a tener que acomodarlos bien.

Al salir, volvió la cabeza hacia el dibujo.

Soledad esperó hasta que cerró.

Entonces añadió la primera línea vertical.

En Córdoba, Inés seguía esperando noticias.

El comerciante que había llevado la carta no regresaría de inmediato. Doña Beatriz le aconsejó que no midiera los días por la llegada de una respuesta.

La muchacha lo intentó.

No le salió bien.

Continuaba regando el jardín, limpiando la casa y atendiendo sus trabajos. Pero cada vez que alguien llamaba a la puerta, levantaba la cabeza con demasiada rapidez.

Baltasar había comparecido ante fray Alonso.

Inés lo supo por el hombre de la leña, que lo vio salir del edificio. El escribiente llevaba el rostro pálido y no quiso saludarlo.

No sabían qué había dicho.

Doña Beatriz envió otra solicitud.

La respuesta tardó.

Mientras tanto, Tomás encontró hilo más fino.

Lo dejó enrollado sobre el estante vacío de la casa azul.

—Para cuando vuelva —explicó.

Inés no lo retiró.

El segundo día, Soledad dibujó las cuerdas.

Algunas debían cruzarse delante de las velas; otras, pasar detrás.

Se equivocó varias veces.

El carbón iba disminuyendo.

Comenzó a utilizarlo con más cuidado, girándolo para aprovechar las partes que todavía tenían punta.

Se detuvo ante un nudo que no conseguía recordar.

Vio en su memoria las manos de Amara, pero no el movimiento completo.

Cerró los ojos.

Esperó.

No apareció.

La frustración le hizo apretar demasiado el carbón.

Un fragmento se desprendió.

Soledad lo recogió del suelo.

Por un momento quiso abandonar el trabajo.

Había pasado años junto al barco. Lo había limpiado, reparado y guardado. Ahora descubría que no sabía mirarlo tan bien como creía.

Se sentó sobre la tabla.

El mar sonó detrás de los muros.

No en el dibujo.

Detrás.

La mujer respiró hondo.

Tomó el fragmento más pequeño y volvió a la pared.

Al caer la tarde, Mateo llevó una lámpara.

Soledad lo observó desde el muro.

Nunca la había dejado con tanta luz después del anochecer.

—La recogeré luego —dijo.

La mujer miró la llama.

—¿Puedo conservarla un rato?

El carcelero hizo un gesto hacia el dibujo.

—Para eso la traje.

Ella no respondió de inmediato.

Mateo dejó la lámpara sobre una piedra plana cerca de la puerta.

La luz levantó sombras en las grietas y dio al casco una profundidad que no tenía durante el día.

El hombre se quedó mirando.

—Parece uno de verdad.

Soledad volvió hacia el dibujo.

La frase le produjo miedo.

También una alegría que no quiso mostrar.

—Todavía le falta mucho.

Mateo asintió.

Antes de salir, miró las manos de la mujer.

—Coma algo.

Ella bajó los ojos hacia la escudilla intacta.

—Lo haré.

El carcelero cerró.

Soledad se obligó a sentarse.

Comió despacio.

Luego volvió a levantarse.

La primera vela nació bajo la luz de la lámpara.

Soledad dibujó el borde y después los pliegues.

No la hizo completamente extendida. Recordaba cómo la tela respondía al viento, cómo cambiaba sin dejar de pertenecer al mismo sitio.

Trabajó hasta que el brazo comenzó a temblarle.

Se apartó para mirar.

Había una forma de agua en el espacio vacío debajo del casco, aunque no había trazado todavía ninguna ola.

La mujer parpadeó.

Solo era la sombra de una grieta.

Se acercó.

Pasó la mano.

Piedra.

Carbón.

Nada más.

Aun así, cuando regresó junto a la lámpara, el aire le rozó la nuca.

Se volvió hacia la abertura.

No se movía ninguna tela.

La llama permanecía casi inmóvil.

Soledad escuchó.

El mar seguía golpeando.

Durante unos segundos le pareció que uno de los sonidos había ocurrido dentro de la habitación.

Esa noche soñó con Amara.

Su madre no estaba en la cama.

Caminaba por una cubierta, con el cabello recogido y las mangas dobladas. No parecía enferma. Tampoco joven.

Era exactamente la mujer que Soledad recordaba preparando el fuego al amanecer.

La hija intentó acercarse.

El barco se movía bajo sus pies.

—No sé cómo terminarlo —dijo.

Amara la miró.

Después señaló algo detrás de ella.

Soledad se volvió.

Vio la puerta azul.

Estaba lejos, al final de una calle que no debía existir sobre el mar.

Inés esperaba en el umbral con una jarra.

Tomás se asomaba detrás.

La mujer despertó antes de escuchar la respuesta de su madre.

Durante un rato permaneció acostada.

Luego tomó las cartas.

Volvió a leerlas.

Al comenzar el día, dibujó un espacio abierto en la cubierta.

No puso ninguna figura.

Mateo llegaba más despacio.

Soledad lo notó antes de saber por qué.

Ya no comentaba los detalles del barco. Dejaba la comida, comprobaba que la mujer tuviera agua y permanecía unos segundos cerca de la puerta, como si esperara una pregunta que no quería contestar.

Una mañana ella se volvió.

—¿Está enfermo otra vez?

El carcelero negó con la cabeza.

—Entonces, ¿qué ocurre?

Mateo dejó los ojos en el carbón.

—Nada que pueda resolver.

Soledad sintió que el frío le recorría la espalda.

El hombre evitó sus ojos.

La mujer comprendió que las noticias no siempre llegaban en forma de carta.

A veces entraban con una escudilla y se quedaban en silencio.

—¿Es sobre mí?

Mateo apretó las llaves.

—Hay documentos nuevos.

Soledad esperó.

Él no añadió nada.

Al cerrar, dejó la lámpara.

La mujer se sentó frente al dibujo.

No consiguió trabajar durante un largo rato.

Había confiado en que las cuentas encontradas por Inés llegaran a tiempo. Había imaginado a fray Alonso leyendo los nombres y comparándolos con las declaraciones.

Pero los papeles viajaban despacio.

Las órdenes también viajaban.

No sabía cuáles iban delante.

Examinó el barco. Podía distinguir cada error.

Un tramo del casco era demasiado oscuro. Una cuerda terminaba donde no debía. El mástil principal necesitaba una unión que no había terminado.

Se levantó.

Si le quedaba poco tiempo, no quería pasarlo sentada frente a sus propias manos.

Al dibujar la segunda vela, sintió el viento.

No fue una corriente leve como la de otras veces.

Le movió un mechón sobre la mejilla.

Soledad dejó de trazar.

La lámpara tembló.

La abertura de la celda mostraba la misma oscuridad de siempre.

Se acercó al dibujo.

La vela permanecía plana.

Al levantar la mano, notó aire frío entre sus dedos.

Lo retiró.

Volvió a acercarlo.

Nada.

La mujer miró hacia la puerta.

No llamó a Mateo.

Tomó el carbón y continuó.

Cada línea le exigía ahora un esfuerzo distinto. Tenía miedo de que no ocurriera nada más.

Tenía miedo de que ocurriera.

El ruido llegó cuando el carcelero pasaba por el corredor.

Un crujido.

Mateo se detuvo.

Era el sonido de una tabla sometida a peso.

Lo conocía bien. Había trabajado cerca de embarcaciones antes de entrar a la fortaleza.

Miró la puerta de Soledad.

Dentro no había más madera que la tabla donde ella dormía.

Volvió a escucharlo.

Esta vez fue seguido por un roce leve, como una cuerda que se tensara.

Abrió la ventanilla.

La mujer estaba de pie frente al muro.

No se había movido.

—¿Qué hace?

Soledad volvió el rostro.

—Dibujo.

Mateo levantó la lámpara que llevaba.

La luz entró por la abertura.

El barco ocupaba casi toda la pared.

Las velas parecían recogidas en un instante de movimiento.

El hombre buscó la tabla donde dormía Soledad.

Estaba vacía.

—He oído algo.

La mujer miró el dibujo.

Después volvió hacia él.

—Yo también.

Mateo no supo qué contestar.

Cerró la ventanilla, pero permaneció al otro lado.

A la mañana siguiente encontró agua en el suelo.

No en el rincón húmedo.

Debajo de la proa.

Mateo la observó antes de dejar la comida.

—¿Se derramó la jarra?

Soledad miró el recipiente.

Seguía lleno.

El carcelero siguió la dirección de sus ojos.

Se agachó.

La mancha era pequeña, apenas suficiente para oscurecer la piedra.

Tocó el borde con un dedo.

Luego se enderezó.

—Estos muros filtran por todas partes.

Lo dijo con firmeza.

Soledad no discutió.

Mateo miró hacia arriba.

No había un rastro húmedo sobre la pared.

El agua parecía comenzar exactamente debajo de la línea del casco.

El hombre recogió el recipiente vacío y salió.

Aquella mañana no comentó las velas.

Soledad terminó el timón.

Utilizó el fragmento más fino para marcarlo y la parte ancha para oscurecer el espacio que quedaba debajo de la borda.

Le dolían los dedos.

Tenía una pequeña herida en el índice, abierta por el roce del carbón. La envolvió con una tira de tela y siguió trabajando.

Al mediodía retrocedió hasta la puerta.

El barco estaba casi completo.

Faltaba la última vela.

También el agua.

La mujer había evitado dibujarla.

No sabía cómo darle un límite sin encerrar al barco en otra superficie.

Miró debajo del casco.

La mancha del suelo se había secado.

Sobre la pared permanecía una franja oscura que ella no recordaba haber trazado.

Se acercó.

El carbón estaba húmedo.

Soledad sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Apoyó la palma junto a la proa.

La piedra no cedió.

Pero la frialdad que sintió no era la de los muros.

Era la misma que había tocado al inclinar la mano fuera de la embarcación que la llevó hasta Ulúa.

Mateo llegó al anochecer sin comida.

Soledad lo miró.

El hombre cerró detrás de sí.

Eso la asustó más que su expresión.

El carcelero permaneció junto a la puerta, con la lámpara en una mano y las llaves en la otra.

—Necesito decirle algo.

La mujer dejó el carbón sobre la tabla.

Mateo miró el barco.

Después el suelo.

—Ha llegado una orden.

Soledad se sentó.

No porque quisiera hacerlo, sino porque las piernas dejaron de sostenerla bien.

El hombre tardó en continuar.

—Vendrán por usted al amanecer.

La mujer sintió que el ruido del mar se alejaba.

—¿Para otro traslado?

Mateo bajó los ojos.

La respuesta quedó allí, entre ambos.

Soledad miró las cartas.

Pensó en Inés escribiendo que las plantas seguían vivas.

En Tomás guardando hilo sobre el estante.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

El carcelero apretó la lámpara.

—Esta noche.

No habló del lugar al que la llevarían.

No hizo falta.

Mateo dejó la luz y se dirigió hacia la puerta.

Antes de abrir, se volvió.

—Si necesita que lleve un mensaje…

Soledad lo miró.

Intentó pensar en unas palabras que no fueran una despedida.

No pudo.

—Déjeme terminar —dijo.

El hombre siguió su mirada hacia la última vela.

Pareció querer preguntarle algo.

Al final, asintió.

Salió.

La cerradura giró.

Soledad permaneció sentada hasta que los pasos dejaron de oírse.

Luego guardó las cartas dentro del vestido.

Acomodó el chal.

Se lavó las manos, como le había enseñado a Inés la primera mañana.

Después recogió el carbón.

La última vela comenzó con un trazo muy leve.

Soledad trabajó despacio.

No quería que el miedo le torciera la mano.

Dibujó el borde, corrigió una curva y añadió los pliegues que podían recoger el viento.

Pensó en Amara sentada junto al fuego.

En la paciencia con que deshacía una puntada para volver a coserla.

Continuó.

Al cerrar la última línea, el aire cambió.

La llama se inclinó.

Soledad levantó el rostro.

Oyó madera.

No un solo crujido, sino varios: el casco asentándose, una tabla bajo tensión, el movimiento de algo que comenzaba a recibir peso.

La vela más alta se abombó.

La mujer dejó caer el carbón.

Durante un instante pudo ver el espacio detrás de la borda.

No piedra.

Espacio.

Se acercó con la respiración detenida.

El barco permaneció inmóvil.

Soledad extendió la mano.

Antes de tocarlo, una gota cayó sobre sus dedos.

La llevó a los labios.

Sal.

Desde el corredor, Mateo oyó el golpe de una ola.

Estaba acostumbrado a escucharlas contra los muros de la fortaleza.

Aquella había sonado al otro lado de una puerta cerrada.

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