Capítulo 12 de 13
Lo único que faltaba
Mateo no abrió la puerta de inmediato.
Permaneció en el corredor, con una mano sobre las llaves y la otra apoyada en la piedra.
Había escuchado una ola dentro de la celda.
No junto al muro exterior ni detrás de los pasajes que comunicaban con el patio. El sonido había llegado desde el sitio donde Soledad llevaba días dibujando.
Se inclinó hacia la ventanilla.
—¿Está bien?
La mujer tardó en responder.
—Sí.
Mateo levantó la pequeña tapa.
La lámpara seguía encendida.
Soledad estaba de pie frente al barco, con la mano alzada. Su vestido permanecía inmóvil, pero un mechón de cabello le rozaba repetidamente la mejilla.
El carcelero buscó el origen de aquella corriente.
La abertura alta estaba oscura.
Miró las velas.
Durante un instante le pareció que una de ellas regresaba despacio a su lugar.
Parpadeó.
El dibujo quedó quieto.
—He oído agua —dijo.
Soledad retiró la mano.
—Yo también.
Mateo apretó las llaves.
Podía llamar a otro guardia. Debía hacerlo si encontraba algo extraño. Había normas para registrar una celda, retirar objetos y avisar al oficial.
Ninguna hablaba de una embarcación que aparecía en una pared.
Bajó la tapa.
Al otro lado, Soledad escuchó cómo sus pasos se alejaban y después se detenían.
No volvió a acostarse.
La mujer recogió el carbón.
Quedaba un fragmento pequeño.
Lo sostuvo entre las yemas y observó el barco.
Había dibujado todas las partes que recordaba: las tablas del casco, los mástiles, las cuerdas, los pliegues de las velas. También el espacio abierto de la cubierta, donde cabía una persona.
No había mar trazado debajo.
Aun así, la franja oscura se extendía bajo la embarcación.
Soledad se arrodilló.
Pasó un dedo por el borde.
La humedad le enfrió la piel.
Levantó la mano hacia la lámpara y vio una pequeña gota resbalar hasta su muñeca.
Pensó en Amara.
Había esperado durante años una explicación para las cosas que le ocurrían. Una palabra que reuniera su juventud detenida, los sueños y el barco guardado sobre el estante.
Ahora tenía delante algo que no podía explicar tampoco.
Pero podía tocarlo.
Se incorporó.
La lámpara iluminaba el dibujo de lado. Más allá de las cuerdas había sombras que no correspondían a las grietas de la piedra.
Soledad acercó el rostro.
Creyó distinguir un horizonte.
Retrocedió.
Le faltó el aire.
No sabía qué había al otro lado ni si podría regresar.
Miró la puerta.
Lo que había de ese lado sí comenzaba a conocerlo.
La madrugada avanzó lentamente.
Soledad se lavó las manos y ajustó la tela alrededor del dedo lastimado.
Después acomodó las cartas dentro del vestido.
La hoja seca quedó entre ambos papeles.
Se recogió el cabello con paciencia. Un mechón se le soltó y tuvo que empezar de nuevo.
Mientras lo hacía, pensó en Inés preparando a Tomás para salir de la casa azul después de la fiebre. La muchacha le había alisado la camisa, limpiado el rostro y revisado que tuviera bien puestos los zapatos.
Aquellos cuidados tan pequeños habían sido una manera de creer que el niño seguiría caminando.
Soledad se acomodó el chal.
No quería que arrastrara sobre la piedra.
Miró las pocas cosas que dejaba: la jarra, la escudilla, la tela manchada y las líneas con que había contado los días.
Sobre la tabla quedaba un trozo de pan.
Lo partió.
Comió despacio.
Necesitaría fuerzas.
Mateo regresó antes del amanecer.
Esta vez abrió.
Entró con una lámpara nueva y cerró detrás de sí.
Soledad lo miró.
Él dejó la luz junto a la anterior.
—No han llegado todavía.
La mujer asintió.
Mateo observó sus cabellos recogidos, las cartas que sobresalían apenas bajo el chal y el modo en que estaba de pie.
—¿Quiere que lleve ese mensaje?
Soledad pensó unos segundos.
—Si alguna vez puede ir a Córdoba, busque la casa de la puerta azul. Está cerca de unas higueras.
El hombre escuchó.
—Pregunte por Inés. Vive con su hermano, Tomás.
Mateo repitió los nombres.
—Dígale que cuide la casa.
La mujer miró el dibujo.
Luego añadió:
—Y que siga aprendiendo. Que pregunte cuando no sepa.
El carcelero bajó los ojos.
Aquellas palabras se parecían demasiado a una despedida.
—Podría escribirlo —ofreció.
Soledad negó con la cabeza.
—Usted lo recordará.
Mateo asintió.
La mujer se acercó un paso.
—Hay otra persona. Antonia. La dejé enferma en Córdoba. Tiene una hija…
Le dio el nombre que había repetido tantas veces para no olvidarlo.
El carcelero lo escuchó hasta el final.
—Haré lo que pueda.
Soledad lo miró con gratitud.
No le pidió una promesa mayor.
Mateo se volvió hacia el barco.
A la luz de las dos lámparas, el casco parecía separado del muro.
No por completo.
Solo lo suficiente para que la sombra bajo la borda tuviera un sitio donde caer.
El hombre se acercó.
Soledad no lo detuvo.
Mateo extendió una mano, pero la retiró antes de tocar.
—Esto no estaba así.
La mujer guardó silencio.
El carcelero miró la abertura de la celda.
Luego las velas.
Una cuerda se tensó.
El sonido fue breve y claro.
Mateo retrocedió.
Su espalda golpeó la puerta.
—¿Qué ha hecho?
Soledad sostuvo su mirada.
No podía explicarle más de lo que se había explicado a sí misma.
—Lo he dibujado.
El hombre respiraba con dificultad.
Buscó las llaves.
Las encontró donde siempre, sujetas a su cintura.
Durante un instante, aquella pequeña certeza pareció devolverlo al corredor, a las cerraduras y a las cosas que comprendía.
Entonces una vela se movió.
Mateo levantó los ojos.
Ya no podía atribuirlo a la luz.
Afuera comenzaron a oírse pasos.
El carcelero los reconoció.
Había un ritmo que correspondía al oficial. Otro hombre caminaba más deprisa. Detrás avanzaban dos pares de botas.
Mateo miró hacia la ventanilla.
Todavía estaban lejos.
Soledad también los había escuchado.
Apoyó una mano sobre las cartas.
Sintió el papel bajo la tela.
Inés había escrito que las plantas seguían vivas.
Tomás tenía hilo para el barco.
La mujer dejó caer el brazo.
No quería recordar aquellas frases por última vez.
Fue hasta el dibujo.
Mateo no se movió de la puerta.
—Soledad.
Ella se volvió.
El hombre miraba la embarcación con una mezcla de temor y asombro.
La mujer observó su rostro.
Recordó cómo había caído en el umbral, las llaves sobre el suelo y su mano cerrándose alrededor de ellas cuando se las devolvió.
Mateo podía haberle negado el carbón.
Podía haber retirado la lámpara.
Seguía allí.
—¿Qué le parece? —preguntó.
El carcelero no entendió al principio.
Soledad señaló el barco.
—¿Le falta algo?
Mateo recorrió con los ojos el casco, las velas y el timón.
El dibujo estaba completo.
Lo imposible no era lo que faltaba.
Era lo que ya estaba ocurriendo.
Los pasos se acercaron.
El hombre tragó saliva.
—Que navegue.
Soledad sonrió.
No fue una sonrisa amplia.
Le temblaban los labios.
—Entonces mire.
Apoyó la mano sobre la borda.
El carbón no se deshizo.
Bajo sus dedos sintió madera.
La mujer contuvo la respiración.
El borde tenía una aspereza pequeña, una unión entre dos tablas y una humedad fría que le dejó la palma mojada.
Apretó.
La mano no atravesó un vacío.
Encontró algo capaz de sostenerla.
Mateo dio un paso hacia ella.
Soledad levantó un pie.
La tabla que había dibujado debajo de la borda sobresalió de la pared lo suficiente para recibirlo.
El carcelero retrocedió y golpeó con el pie la lámpara que había dejado junto a la puerta. Esta cayó de costado.
La llama se apagó contra la piedra.
La mujer se impulsó.
Durante un instante tuvo un pie en la celda y el otro en el barco.
Sintió el aire de dos lugares sobre el rostro.
Detrás quedaba el olor de la humedad encerrada.
Delante, el viento.
Los pasos se detuvieron junto a la puerta.
—Mateo.
La voz del oficial sonó al otro lado.
El carcelero no respondió.
Miraba a Soledad.
La mujer levantó la otra pierna.
La falda rozó la borda.
Después cayó sobre la cubierta, a pocos pasos del mástil.
La madera crujió bajo sus pies.
Soledad se sostuvo de una cuerda.
Más allá se extendía el agua.
No veía la fortaleza.
No veía el puerto.
Había un horizonte oscuro donde comenzaba a levantarse una claridad tenue.
Se volvió hacia la celda.
Mateo seguía dentro.
La habitación parecía ahora pequeña, lejana, enmarcada por un borde de sombra.
El hombre abrió la boca.
—¡Espere!
Soledad lo miró.
No sabía si quería detenerla o asegurarse de que aquella mujer todavía podía escucharlo.
—No olvide a Inés —dijo.
Mateo asintió sin darse cuenta.
El oficial volvió a llamar.
Más fuerte.
—Abra la puerta.
El barco se movió.
Primero fue una inclinación leve.
Después, el casco respondió al agua que lo sostenía.
Soledad separó los pies para mantener el equilibrio.
La cuerda se tensó en su mano.
Las velas recogieron aire.
Mateo oyó el golpe de una ola contra madera, el roce del viento y un sonido que no había escuchado nunca dentro de una celda: el agua abriéndose para dejar pasar una nave.
La proa avanzó por la pared.
No rompió la piedra.
La atravesó como si el muro fuera una extensión de la noche.
Soledad se desplazó con el barco.
El carcelero intentó seguirla con la mirada.
Vio su vestido moverse. Vio el chal levantarse de un hombro. Vio una mano cerrada sobre la cuerda y la otra alzada hacia él.
Después, la embarcación comenzó a perderse en la sombra del extremo de la celda.
El oficial golpeó la puerta.
Mateo no podía apartar los ojos.
La última vela pasó frente a una grieta que había estado allí durante años.
La grieta permaneció.
El barco no.
Hubo un silencio.
Mateo esperó a que algo regresara.
Una línea.
Una sombra.
La figura de Soledad frente al muro.
No ocurrió.
Sobre la pared quedaba una mancha de carbón, ancha e irregular, donde antes había estado el casco.
El carcelero se acercó.
Extendió la mano.
Tocó piedra.
Volvió a tocar.
La dureza le produjo un desconcierto mayor que todo lo anterior.
Detrás de él, los hombres exigían que abriera.
Mateo miró el suelo.
Había agua bajo sus botas.
Se arrodilló.
La tocó con dos dedos.
Todavía estaba fría.
El oficial consiguió que abriera después de varias órdenes.
Mateo giró la llave sin levantarse del todo.
La puerta se abrió de golpe.
Entraron los guardias.
Uno sujetó al carcelero por el brazo.
El otro examinó la abertura alta.
El hombre que llevaba los documentos se quedó en el umbral.
—¿Dónde está?
Mateo miró la pared.
No pudo responder.
El oficial cruzó la celda.
Buscó detrás de la tabla, aunque no había espacio suficiente para esconder un cuerpo. Revisó el muro, el techo y la puerta.
Después se volvió hacia Mateo.
—¿La dejó salir?
El carcelero negó con la cabeza.
—Entonces, ¿dónde está?
Mateo abrió la boca.
Las palabras se le desordenaron.
El dibujo.
La madera.
La mujer subiendo.
Las velas.
Dijo lo que pudo.
El oficial lo miró con una expresión cada vez más dura.
—¿Ha bebido?
—No.
Uno de los guardias levantó la lámpara rota.
El otro señaló el carbón.
—Aquí hay marcas.
El oficial se acercó al muro.
Pasó la mano por la mancha.
Sus dedos quedaron negros.
Mateo contó lo ocurrido una segunda vez.
Más despacio.
Explicó que Soledad había dibujado una embarcación durante varios días. Que él le había llevado carbón. Que la noche anterior oyó agua y madera dentro de la habitación.
Al reconocer lo del carbón, el oficial lo interrumpió.
—¿Quién se lo autorizó?
El carcelero bajó los ojos.
—Yo se lo di.
Los hombres intercambiaron una mirada.
Mateo comprendió que acababa de ofrecerles algo que sí podían anotar.
Una infracción.
Una responsabilidad.
El resto no cabía con la misma facilidad en el documento.
—La puerta estaba cerrada —insistió.
El oficial miró la cerradura.
Era cierto.
La abertura alta conservaba sus barrotes.
No había una piedra retirada ni un hueco detrás del dibujo.
Los guardias examinaron de nuevo la celda.
Uno se agachó junto al agua.
—Puede venir de una filtración.
El oficial alzó la vista hacia el techo.
No encontró un rastro húmedo.
Mateo permaneció callado.
Había aprendido, durante años de trabajo, a no discutir con hombres que ya buscaban una explicación que les permitiera terminar.
Pero no podía aceptar cualquiera.
—La vi irse —dijo.
El oficial se volvió.
El carcelero sostuvo su mirada.
—La vi subir al barco.
Lo sacaron al corredor.
Dos hombres quedaron vigilando la celda vacía.
Mateo oyó órdenes de revisar las salidas, avisar a los puestos y preguntar a quienes habían trabajado durante la noche.
Nadie podía señalar un camino.
El carcelero permaneció junto al muro, con las manos separadas del cuerpo para que vieran que no intentaba tomar nada.
Le retiraron las llaves.
El peso desapareció de su cintura.
Durante un instante se sintió más desnudo que cuando enfermó.
El oficial sostuvo el manojo.
—Volverá a decirlo todo desde el principio.
Mateo asintió.
Detrás de la puerta abierta, la luz comenzaba a entrar en la celda.
Iluminó el carbón del suelo, la tabla y el sitio donde Soledad había guardado las cartas.
No quedaba ninguna.
El pan partido seguía allí.
Lejos de los corredores, Soledad continuaba sujetando la cuerda.
El barco avanzaba bajo un cielo que no reconocía.
Había esperado encontrar una costa, una figura, quizá a su madre.
Solo veía agua.
Durante un rato tuvo miedo de haber cambiado un encierro por otro.
Después el viento le secó las lágrimas.
Se acercó a la borda.
No había nadie que le impidiera mirar.
El mar se extendía en todas direcciones. Una franja de luz crecía sobre el horizonte y dejaba ver el movimiento de las olas.
Soledad tocó las cartas a través del vestido.
Pensó en la puerta azul.
En Antonia.
En el nombre de su hija.
Había salido.
Ahora tendría que encontrar el camino hacia quienes seguían esperando.
Se quedó junto a la borda hasta que la luz alcanzó sus manos.
Bajo las uñas todavía tenía carbón.