Capítulo 14 de 15
El poeta y la espada
Yohual regresó a la aldea después de diecisiete días.
Tecuani lo encontró al pie de la ladera, sentado sobre una piedra. No tenía su vara y apoyaba una mano contra las costillas.
El anciano levantó el rostro.
—No dejes que el niño me vea todavía.
Tecuani se arrodilló a su lado.
Le ayudó a incorporarse y lo llevó hasta una casa apartada, donde guardaban semillas. Después mandó buscar a Nenetl.
Quetzalcóatl los vio cruzar el sendero.
Dejó la tira de corteza sobre la que trabajaba y corrió detrás.
Cuando llegó, su padre estaba cerrando la puerta.
—Yohual volvió —dijo.
Tecuani no intentó negarlo.
—Necesita descansar.
El niño miró por encima de su brazo.
Alcanzó a ver el rostro del anciano.
—¿Quién le hizo eso?
Nenetl apareció con agua y unas mantas.
Nadie respondió de inmediato.
Quetzalcóatl entró antes de que pudieran detenerlo.
Yohual lo miró desde la estera.
El niño se sentó junto a él y colocó entre ambos la pequeña flauta de barro.
La había llevado pensando que su maestro querría escuchar el sonido que por fin había conseguido hacer.
Yohual pasó un dedo por el borde de la flauta; el niño esperaba que le pidiera tocarla.
* * *
Cortés había permitido salir al anciano cuando dejó de esperar una confesión. Ordenó que dos hombres lo siguieran sin detenerlo: si Yohual protegía al niño, quizá acabaría por llevarlos hasta él. Al curandero no le comunicaron aquella orden.
Le hicieron repetir caminos, nombres y lugares donde había atendido enfermos. Yohual habló de aldeas abandonadas, de familias que se habían marchado y de personas muertas.
Todo era cierto.
Nada conducía a Quetzalcóatl.
Antes de dejarlo partir, el extranjero le hizo transmitir una advertencia: si descubría que había mentido, regresaría por él.
Yohual respondió que los caminos cambiaban más rápido que un hombre viejo.
No supo si habían comprendido.
A Tecuani le preocupaba otra cosa.
—Pudieron seguirte.
El anciano asintió.
En el primer camino Yohual había reconocido al mismo hombre dos veces. No sabía cuántos más lo vigilaban. Pidió alojamiento junto a un lugar de intercambio y permaneció allí hasta que un grupo de cargadores partió hacia el sur. Salió entre ellos. Más tarde cruzó el agua en una embarcación que siguió de largo y bajó antes del siguiente embarcadero.
Había dormido en dos lugares distintos y esperado una jornada entera antes de tomar el sendero de la aldea. No volvió a ver a sus vigilantes, pero tampoco podía garantizar que hubiera logrado perderlos a todos.
Aquella noche las familias prepararon cargas ligeras.
Al día siguiente se trasladaron a las casas de una ladera vecina. Durante varias semanas nadie acudió al antiguo embarcadero. Tecuani y otros dos hombres observaron desde lejos los accesos antes de permitir que algunas familias volvieran. Las noticias de soldados en los caminos obligaron a mantener abiertos ambos refugios.
Quetzalcóatl ayudó a Nenetl a envolver las vasijas.
Había imaginado que las historias de persecución pertenecían al tiempo anterior a su llegada.
Ahora su casa también podía desaparecer.
* * *
No tuvieron que huir entonces.
Los días pasaron sin que aparecieran soldados.
Pero dejaron de vivir como antes.
Los adultos vigilaron los senderos. Los visitantes permanecían fuera de las casas hasta que alguien los reconocía. Los poemas del niño siguieron viajando, aunque nadie podía decir dónde habían sido compuestos.
Yohual tardó meses en recuperar la fuerza.
Durante aquel tiempo empezó a hablarle a Quetzalcóatl de Itzel.
No le contó todo en una tarde.
Primero describió a una joven que aprendía lenguas para comprender a quienes llegaban al palacio. Después habló del gobernante que confundió una alianza con una protección.
El niño escuchaba con las manos quietas.
Cuando Yohual nombró a Balam, Quetzalcóatl miró la flauta.
—¿Era suya?
—No. Pertenecía a Cuauhtli.
El anciano explicó quién había sido cada hombre y el acuerdo que hicieron para liberar a la princesa.
Finalmente contó la noche del río.
Quetzalcóatl tardó mucho en preguntar:
—¿Esa mujer era mi madre?
Yohual asintió.
El niño volvió hacia la puerta, donde Nenetl recogía leña.
—Ella también lo es —dijo.
El anciano le sostuvo la mirada.
—Sí.
* * *
Los años cambiaron su voz y ensancharon sus hombros.
Quetzalcóatl siguió escribiendo.
Aprendió a conservar sus poemas con signos, a dictarlos para quienes conocían otras formas de escritura y a decirlos ante personas que no compartían su lengua.
No hablaba únicamente del dolor.
Compuso versos para los nacimientos, para la lluvia esperada y para quienes se enamoraban sin saber cómo declararlo.
Su fama creció porque las palabras servían para vivir.
La historia del niño resucitado creció junto con ella.
A los dieciocho años, Quetzalcóatl encontró a un grupo de hombres esperándolo al volver de una parcela.
Ya no eran los mismos soldados quienes patrullaban todos los caminos. Algunos de los primeros extranjeros habían muerto o partido; otros habían formado familias y dependían de las tierras que trabajaban sus aliados. Seguían llegando refuerzos por la costa, pero las guarniciones disputaban entre sí el reparto de provisiones.
Los poemas viajaban más lejos que el poeta. Los intercambiadores evitaban decir dónde vivía, y los refugios no aparecían con el mismo nombre en dos relatos. Cortés recibía versiones contradictorias: un niño nacido en el río, un muchacho que había muerto, un cantor de otro pueblo. Aquella confusión lo había protegido durante años; ahora su voz empezaba a reunir personas y ya no bastaría para ocultarlo.
Venían de pueblos distintos.
Uno había perdido sus tierras. Otro llevaba marcas de los trabajos forzados. El mayor reconoció la cuenta de jade que el joven usaba al cuello.
—Tu madre pertenecía a la casa de Acolmiztli.
Quetzalcóatl miró hacia Tecuani.
Su padre se acercó despacio.
—Hablen dentro —dijo.
* * *
Los visitantes querían reunir a quienes estaban dispuestos a combatir.
Habían escuchado que el hijo de Itzel seguía vivo. Algunos conocían a antiguos guerreros de Balam y Cuauhtli. Otros veían en su nombre una forma de convocar a pueblos que desconfiaban entre sí.
Quetzalcóatl los escuchó hasta el final.
Después negó con la cabeza.
—No sé conducir un ejército.
—Puedes aprender.
—No quiero hacerlo.
Uno de los hombres puso las manos sobre la mesa.
—Entonces, ¿para qué regresaste?
La pregunta lo hirió.
Durante años había intentado comprender por qué el río lo había llevado hasta Nenetl. A veces imaginaba que la respuesta estaba en sus poemas; otras, temía que todos aguardaran una hazaña que no deseaba realizar.
—Mi madre me envió para que viviera —respondió.
El visitante miró hacia Tecuani.
—Hay madres que ya no pueden salvar a sus hijos.
Quetzalcóatl bajó los ojos.
No encontró palabras capaces de cerrar aquella conversación.
* * *
Esa noche salió hasta la orilla.
Yohual lo siguió con dificultad.
El anciano era muy viejo. Cada visita podía ser la última, aunque nadie lo decía.
Quetzalcóatl hizo espacio sobre una piedra.
—Todos creen que debo vengarlos.
Yohual se sentó.
—¿Y tú?
El joven miró el agua.
—A veces también lo creo.
Sacó la cuenta de jade de debajo de su ropa.
—Pienso en lo que le hicieron a mi madre. Después imagino que llego hasta ese hombre y no sé qué quedaría de mí cuando terminara.
Yohual apoyó ambas manos sobre la vara.
—No estuve en el río cuando ella te puso en la chalupa. No puedo decirte qué pensó.
Quetzalcóatl esperó.
—Pero vi lo que dejó atrás. También vi lo que decidió enviarte.
El joven recordó la flauta, las mantas y las telas unidas.
No había un arma entre ellas.
* * *
La decisión llegó semanas después.
Dos familias encontraron la aldea huyendo de una columna de soldados.
Traían a un muchacho herido y contaron que los hombres preguntaban por el poeta. Habían pronunciado el nombre de Itzel ante quienes creían capaces de reconocerlo.
Quetzalcóatl ayudó a cargar al herido.
Tenía casi su edad.
Mientras Nenetl limpiaba la sangre, el muchacho le habló:
—Mi padre dijo que no sabía dónde encontrarte. Era verdad.
No terminó la historia.
Quetzalcóatl comprendió lo que faltaba.
Al amanecer buscó a los visitantes que habían pedido su ayuda.
—No lucharé para recuperar tributos ni para obligar a otros pueblos a obedecerme.
Los hombres lo escucharon.
—Quien se una podrá decidir después quién gobierna su casa. Y nadie tocará a una familia porque hable la lengua de nuestros enemigos.
El mayor asintió.
Otro preguntó qué harían si Cortés se negaba a marcharse.
Quetzalcóatl sintió la cuenta contra el pecho.
—Entonces tendremos que vencerlo.
* * *
No lo aprendió en pocos días.
Durante meses trabajó con hombres que habían servido junto a los dos capitanes. Le enseñaron a sostener un escudo, a conservar el equilibrio y a reconocer cuándo el cansancio volvía peligroso un movimiento sencillo.
La primera vez que cayó, uno de los veteranos le ayudó a levantarse.
—Tu padre también cayó mientras aprendía.
Quetzalcóatl había imaginado a Balam siempre seguro.
Aquella noticia le hizo sonreír.
Mientras entrenaba, los emisarios reunían acuerdos.
En una de las primeras reuniones Quetzalcóatl pidió cerrar dos caminos al mismo tiempo. Un veterano le mostró que las familias de tres aldeas usaban uno de ellos para conseguir alimentos. El joven retiró la propuesta. Tuvieron que buscar otro recorrido antes de comprometer a los guerreros.
No todos aceptaron sus decisiones después de aquel error. Aprendió a presentar lo que ignoraba ante los jefes y a distinguir quién conocía un terreno, quién podía conducir hombres y quién sabía mantenerlos alimentados. Los antiguos guerreros de Balam y Cuauhtli conservaron el mando de sus grupos; él debía ayudar a que esos mandos trabajaran juntos.
Cada pueblo debía decidir qué podía aportar y qué necesitaba proteger. Hubo discusiones, rechazos y reuniones que terminaron sin una promesa.
El joven aprendió a escucharlos como escuchaba antes a quienes le pedían un poema.
Cuando alguien dudaba, no invocaba su nacimiento.
Preguntaba qué temía perder.
* * *
Citlali llegó cuando comenzaron a reunirse los primeros grupos.
Quetzalcóatl no la había visto desde hacía años.
La reconoció por la manera en que le tomó el rostro entre las manos.
Lloró al observarlo.
—Tienes sus ojos —murmuró.
El joven no preguntó de quién.
Podía referirse a Itzel o a Balam.
Citlali le entregó un envoltorio.
Dentro estaba el broche de Acolmiztli.
Lo había recuperado después de la batalla y conservado durante todos aquellos años.
Quetzalcóatl lo sostuvo.
—No quiero sentarme en su lugar.
—Tu madre tampoco quiso que decidieran por ella —respondió Citlali—. Recuerda eso cuando otros te pidan decidir por todos.
Él guardó el broche sin colocárselo.
* * *
Cortés supo que el poeta ya era un hombre cuando sus soldados dejaron de encontrar alimentos en los caminos habituales.
Después comenzaron a faltar cargadores.
Los mensajeros llegaban con noticias de pueblos que rechazaban sus órdenes y de embarcaciones que desaparecían antes de poder requisarlas.
El nombre de Quetzalcóatl se repetía.
Un capitán aseguró que podían detenerlo si conseguían atacar su aldea.
Cortés pidió un lugar.
El hombre no pudo dárselo.
El extranjero sabía que atacar una aldea equivocada podía hacerle perder a un aliado que aún entregaba alimento. Mandó ofrecer una reducción de cargas a los señores que ayudaran a localizar al poeta. Unos enviaron noticias falsas para protegerse; otros exigieron garantías antes de hablar. Cortés había utilizado sus disputas durante años. Ahora necesitaba que confiaran en una promesa suya, y muchos recordaban lo que había ocurrido con las anteriores.
Entonces llevaron ante él una tira de corteza recuperada de un mensajero.
Un intérprete explicó los signos.
Contenía palabras que ya estaban siendo repetidas en distintos pueblos:
No pido que sigas mi sangre.
Pregunta qué necesita tu casa.
Si nadie puede vivir dentro,
tendremos que abrir la puerta.
Cortés ordenó reunir a sus hombres.
* * *
Quetzalcóatl se despidió de Nenetl y Tecuani junto al mismo tramo del río donde había llegado.
Su madre le acomodó la manta sobre los hombros.
No le pidió que prometiera volver. Conocía el peso de las promesas hechas por miedo.
—Cuando puedas descansar, come —le dijo.
Él sonrió y la abrazó.
Tecuani puso en su mano la flauta de barro.
—Llévala donde puedas alcanzarla.
Quetzalcóatl la guardó cerca de las cuentas.
Más allá esperaban hombres que llevaban insignias de águila y jaguar. No todos eran guerreros. Había quienes sabían curar, trasladar heridos, guiar por los canales o conseguir alimento.
El joven fue hasta ellos.
Antes de partir miró una vez más a su familia.
Luego tomó el escudo.
No había dejado de querer ser poeta.
Ahora tendría que conservar ese deseo mientras aprendía a sobrevivir a una guerra.