Capítulo 6 de 13
La casa de los moldes
Julián tomó tres fotografías del cristal.
En la primera aparecía la palabra Vuelve.
En la segunda, ambas palabras.
En la tercera, solo una superficie empañada.
No había soltado el disparador entre una y otra.
Inés examinó las imágenes desde la banqueta. A su espalda, Mercedes preguntaba qué había ocurrido, pero ninguno conseguía explicárselo sin volver a mirar la abertura de la cortina.
—Nos vamos —dijo Julián.
Inés no discutió.
Mientras caminaba hacia el automóvil, sintió una presión ligera en el hombro derecho, justo donde descansaba la mano del hombre en la fotografía.
Se pasó los dedos por la chamarra.
No había nada.
Esa noche se quedaron en casa de Julián.
Su madre vivía en la planta alta y recibió a Mercedes como si esperara una visita de toda la vida. Preparó café, calentó tortillas y les ofreció dos camas en una habitación donde guardaba cajas con adornos navideños.
Inés agradeció que nadie le pidiera regresar por ropa.
Después de cenar, bajaron al estudio.
Julián colocó la fotografía antigua bajo una lámpara. La mujer del vestido seguía teniendo el rostro de Inés.
—No voy a escanearla todavía —dijo—. Primero quiero revisar las cajas donde encontré el recibo.
Mercedes estaba agotada, pero insistió en quedarse.
Buscaron entre sobres identificados con apellidos, calles y años. Algunas etiquetas apenas se sostenían sobre el cartón.
Inés abrió una caja que decía Comercios.
Había imágenes de panaderías, ferreterías y peluquerías. Entre ellas encontró una fotografía de una fachada de cantera, con una puerta ancha y dos ventanas protegidas por rejas.
En la parte superior se leía un letrero:
E. Valdés. Modelado y conservación.
Julián comparó la dirección del reverso con la tarjeta de Amalia.
Coincidían.
—La casa sigue ahí —dijo—. Pasé por esa calle hace poco.
Mercedes se acercó.
En la fotografía, un hombre estaba junto a la puerta. Llevaba un traje oscuro y sostenía el sombrero contra el pecho.
Su rostro tenía los rasgos perfectamente visibles.
Bigote fino.
Ojos hundidos.
Una cicatriz corta junto a la boca.
—¿Es él? —preguntó Inés.
Su tía negó.
—Nunca lo vi.
Julián señaló la mano.
El anillo era ancho y tenía una figura grabada: dos curvas entrelazadas, semejantes a un ocho.
Inés rozó nuevamente su hombro.
Por la mañana llamaron a Amalia.
Había dormido con una prima y no pensaba abrir la tienda.
Cuando Julián le habló de la casa, permaneció en silencio antes de darles un número.
—Es de la mujer que la cuida. Hace años me buscó para ofrecerme unas cajas de telas. No acepté.
—¿Por qué?
—Porque venían de él.
La cuidadora se llamaba Adela.
Julián le explicó que estaba reuniendo fotografías antiguas de comercios y que tenía una imagen de aquella fachada.
Adela aceptó recibirlos a las once.
—La casa está en venta —añadió—. Si vienen a tomar fotos, no muevan nada.
El edificio había perdido casi toda la pintura.
Una grieta atravesaba el marco de una ventana y la puerta estaba protegida con una cadena nueva. Sobre el techo crecían hierbas secas.
Adela los esperaba con un manojo de llaves.
Era una mujer de alrededor de cincuenta años, de cabello corto y expresión fatigada.
—La familia vive fuera —explicó mientras abría—. Yo vengo a barrer y revisar que no se metan.
—¿Usted conoció al señor Valdés? —preguntó Inés.
Adela soltó una risa breve.
—No soy tan vieja.
La casa olía a polvo, humedad y yeso.
El recibidor desembocaba en un patio cubierto. Había mesas largas, estantes y bultos bajo sábanas grises.
Adela descorrió una.
Aparecieron tres cabezas de yeso.
Una mujer joven.
Un hombre sin cabello.
Un niño con los ojos cerrados.
Mercedes se detuvo en el umbral.
—Mi mamá decía que aquí hacían figuras para iglesias —comentó Adela—. Después el negocio cerró y fueron dejando todo.
Julián fotografió el taller desde la entrada.
Inés avanzó entre las mesas.
Había manos alineadas sobre una tabla, moldes de orejas y fragmentos de rostros. En un estante encontró pequeños frascos con etiquetas borradas.
Uno conservaba una palabra:
Lavanda.
Debajo quedaban restos de otra que no logró leer.
Destaparlo ni siquiera se le ocurrió.
—¿Dónde guardan los papeles? —preguntó Julián.
Adela señaló una puerta.
—En la oficina. La familia me dejó enseñarla, pero no sacar cosas.
La oficina tenía un escritorio, dos archiveros y una ventana que daba al patio.
En una pared colgaba un espejo manchado.
Inés evitó mirarlo.
Julián abrió un cajón después de pedir permiso. Encontró facturas, tarjetas y correspondencia. Adela se quedó junto a la puerta, revisando mensajes en el teléfono. Mercedes examinaba una fotografía de varias mujeres sentadas en torno a una mesa.
—Eran costureras —dijo.
Inés se acercó.
Todas tenían una cinta métrica alrededor del cuello. En la mesa había tela blanca.
En el reverso aparecía una lista de nombres.
Reconoció uno.
Pascuala.
Era mucho más joven que en la imagen de 1978. Llevaba el cabello recogido y miraba a la cámara con una sonrisa contenida.
Junto a ella había una muchacha.
Los ojos oscuros y los labios entreabiertos recordaban de inmediato a la novia del escaparate.
—Elisa —dijo Mercedes.
No necesitó leer el nombre.
Inés observó a la joven durante largo rato.
Su rostro no era el suyo.
Aquella certeza la tranquilizó apenas.
Julián encontró un sobre atado con hilo.
En el frente decía:
Casa de las Novias. Correspondencia particular.
Adela guardó el teléfono.
—Eso no lo había visto.
Dentro había cuatro cartas.
La primera estaba firmada por Pascuala.
Julián la extendió sobre el escritorio y comenzó a leer en voz alta.
—“Le suplico que venga. Mi hija sigue hermosa y no puedo consentir…”
Se detuvo.
Inés leyó el resto por encima de su hombro.
…que la tierra deshaga lo que yo he cuidado durante toda su vida.
La fecha estaba escrita con tinta muy tenue.
La carta siguiente era una respuesta de Valdés.
La letra coincidía con la tarjeta y el recibo.
Puedo conservar su semblante. No puedo prometerle reposo.
Mercedes apartó la silla y se sentó.
La tercera carta estaba incompleta.
Faltaba la parte inferior de la hoja.
Pascuala preguntaba por una voz que escuchaba en la habitación donde descansaba su hija. Dice cosas que ella nunca habría dicho. Ayer me llamó por mi nombre.
Inés levantó la mirada.
En el patio, una sábana se movió.
La ventana estaba cerrada.
Julián continuó con la cuarta.
No tenía saludo.
Solo unas instrucciones.
La abertura debe quedar cubierta. Una costurera ajena al trabajo puede cerrar la manga. Debe hacerlo por voluntad propia.
Más abajo había una frase subrayada:
No le permita retirar el hilo una vez que haya empezado.
Mercedes se llevó la mano izquierda al pecho.
Inés se inclinó hacia ella.
—¿Pascuala sabía esto?
Su tía no respondió.
La joven pensó en la anciana que acudía a corregir costuras. En la noche en que Mercedes se quedó sola. En la advertencia que llegó después, cuando ya había pasado la aguja.
Amalia había cortado el hilo.
Quizá por eso su tía consiguió salir.
Julián fotografió las cartas.
Adela, ahora pálida, miraba el sobre.
—¿Qué conservaron?
Nadie contestó enseguida.
Desde el patio llegó un golpe hueco.
Uno de los moldes había caído al piso.
Adela quiso cerrar la casa.
Mercedes estaba de acuerdo.
Julián devolvió las cartas al sobre y lo dejó donde lo había encontrado. Inés pidió unos minutos para revisar el archivero que quedaba abierto.
—Solo para ver si hay un expediente con el nombre de Elisa.
Adela miró hacia el patio.
—Cinco minutos.
Dentro había carpetas agrupadas por encargos.
Cristo. Reparación de manos.
Virgen. Sustitución de ojos.
Retrato funerario.
Inés encontró una carpeta sin título.
Solo llevaba una marca semejante al grabado del anillo.
Las dos curvas entrelazadas.
Al abrirla, vio un dibujo del cuerpo de una mujer. En la muñeca izquierda habían señalado un círculo con tinta roja. Debajo figuraban varias anotaciones sobre capas de cera, refuerzos y soportes.
Una línea tenía la misma letra de Valdés:
El cuerpo conserva. El vestido sujeta.
Julián fotografió la página.
La siguiente mostraba un molde del rostro de Elisa.
Y la última, un retrato del propio Valdés.
Esta vez sin bigote.
Sin la cicatriz junto a la boca.
Más joven.
En la parte inferior había escrito:
Primer intento. Insuficiente.
Inés volvió las hojas.
Las fechas retrocedían muchos años respecto de la fotografía de la fachada, pero el rostro del hombre apenas cambiaba.
—Tenemos que irnos —dijo Mercedes.
Adela ya sostenía las llaves.
Julián devolvió la carpeta.
Inés miró el espejo.
En el cristal apareció la oficina.
El escritorio.
Adela junto a la puerta.
Mercedes detrás de Julián.
Y una figura de traje oscuro, inmóvil a su espalda.
Inés giró.
No había nadie.
El espejo emitió un chasquido.
Una grieta se abrió desde el centro hasta el marco.
Adela gritó y salió al patio.
Los demás la siguieron.
Cuando llegaron a la calle, el aire les pareció demasiado brillante. Adela cerró con ambas manos. Le temblaban tanto que Julián tuvo que ayudarla con la cadena.
—No vuelvan —dijo.
Inés empezó a explicarle lo del espejo, pero la mujer negó con la cabeza.
—No quiero saberlo.
Mercedes caminó hasta el automóvil.
Julián se quedó junto a Inés.
—Tengo las fotografías. Podemos leerlas lejos de aquí.
Ella asintió.
Antes de subir, sacó el teléfono para llamar a Amalia.
Había un mensaje de un número desconocido.
Sin texto.
Solo una fotografía.
Inés la abrió.
Mostraba el escaparate de La Casa de las Novias.
La Pascualita seguía con la combinación marfil.
Frente a ella había un hombre de traje oscuro.
Sostenía el vestido antiguo extendido entre las manos.
La imagen incluía una franja del vidrio, como si alguien la hubiera tomado desde la calle.
Inés miró la hora del envío.
Once cuarenta y tres.
Acababa de llegar.
Debajo apareció un segundo mensaje.
La manga ya está preparada.
Julián le tomó el teléfono para mirar.
En ese momento entró un tercero.
Tu tía dejó el trabajo a medias.
Mercedes los llamó desde el automóvil.
Inés alzó la vista hacia ella.
La cicatriz de su mano izquierda se había abierto.
Un hilo blanco sobresalía de la herida.