Capítulo 5 de 13

La otra novia

Julián condujo hasta la tienda.

Mercedes iba a su lado, con las manos entrelazadas sobre el bolso. Inés ocupaba el asiento trasero y llamaba a Amalia una y otra vez.

No contestó.

El tránsito del centro los obligó a detenerse en dos semáforos. Durante aquellas esperas, Inés miró a las personas que cruzaban frente al automóvil: una mujer cargando bolsas, dos estudiantes, un hombre que comía una paleta. Le parecía imposible que todo siguiera con aquella normalidad después de escuchar su propia descripción en una fotografía escondida durante décadas.

Julián estacionó a media cuadra.

La cortina del escaparate seguía abajo.

En la puerta había un letrero escrito a mano:

Cerrado por inventario.

Inés sacó la llave que Amalia le había entregado el primer día. Antes de introducirla en la cerradura, Mercedes le sujetó el brazo.

—Entramos juntos.

Julián se colocó detrás de ellas.

La puerta abrió sin resistencia.

Encontraron a Amalia en el taller.

Estaba sentada frente a la mesa de corte, con una fotografía entre las manos. Al verlos, intentó levantarse, pero sus rodillas cedieron y volvió a caer sobre la silla.

Mercedes se acercó.

—¿Te lastimaste?

Amalia negó.

Inés advirtió dos marcas rojizas alrededor de su muñeca izquierda. Sobre la mesa estaban el trozo de encaje, la caja del papel y unas tijeras pequeñas. Había también un forro amarillento, abierto por uno de sus bordes.

—¿Qué hiciste? —preguntó Mercedes.

—Quité el vestido.

Amalia hablaba sin mirar a nadie.

—Pensé que, si lo guardaba, dejaría de pasar.

—¿Dónde está?

—En el escaparate. Sobre la silla.

Inés miró hacia el local.

—¿Y ella?

Amalia levantó la cabeza.

—Donde siempre.

Llevaba varias décadas cambiando los vestidos de aquella figura. Sin embargo, al pronunciar esas palabras pareció necesitar comprobarlas.

Julián se acercó a la mesa.

—¿Podemos ver la fotografía?

Amalia se la entregó.

El papel era grueso, de bordes irregulares. En la parte inferior tenía una mancha semejante a una quemadura.

Julián la sostuvo por las esquinas.

Inés se colocó a su lado.

La imagen mostraba el interior de la tienda.

Había una mujer con el vestido de botones de nácar. Estaba frente al espejo del fondo, de espaldas a la cámara, pero el reflejo permitía ver su rostro.

El rostro de Inés.

No idéntico en todos sus detalles: el cabello estaba recogido de otra manera y las mejillas parecían más delgadas. Aun así, reconoció la pequeña diferencia entre sus cejas, la curva de la boca y la inclinación de la nariz.

Detrás aparecía un hombre.

Su rostro estaba movido, borrado por una vibración que no afectaba al resto de la imagen. Una mano descansaba sobre el hombro de la mujer.

El anillo se distinguía con claridad.

Inés dio un paso atrás.

—Yo nunca me he puesto ese vestido.

—Lo sabemos —dijo Julián.

Volteó la fotografía.

Había dos palabras escritas con tinta negra:

La siguiente.

Julián fotografió ambas caras del papel con su teléfono.

Luego lo dejó sobre una hoja limpia.

—Puede ser alguien de tu familia.

Inés negó.

—No conozco a ninguna mujer así.

—Los parecidos a veces saltan generaciones.

—¿Y las palabras de atrás?

Julián no respondió.

Mercedes había permanecido junto a la máquina de coser. Ahora acercó la mano a la fotografía sin llegar a tocarla.

—Enséñame la manga.

Él amplió la imagen que acababa de tomar.

El puño izquierdo de la mujer estaba cerrado.

Los botones recorrían el encaje hasta la muñeca.

Mercedes se apoyó en la mesa.

—Eso es lo que quiere.

Amalia cerró los ojos.

Inés miró las marcas de su brazo.

—¿Quién la sujetó?

—No sé.

—Estaba quitando el vestido.

Amalia asintió.

—Se atoró en la mano. Tiré del forro y escuché que se rompía una costura. La fotografía cayó al suelo.

Se frotó la muñeca.

—Me agaché a recogerla. Cuando intenté salir, algo me detuvo.

—¿La novia?

—Tenía las manos delante del cuerpo. Las vi.

Inés volvió a mirar al hombre de la fotografía.

Hasta entonces había supuesto que todo procedía de la Pascualita. Los golpes, los objetos, la voz que Mercedes escuchó de joven.

Ahora había otra presencia.

Y quizá siempre había estado allí.

Decidieron abrir la cortina del escaparate desde el interior.

Amalia quería hacerlo sola, pero Mercedes se negó.

Julián encendió la lámpara de su cámara.

Inés los siguió hasta la puerta estrecha que comunicaba el local con la vitrina.

El olor dulce se intensificó al abrir.

La Pascualita llevaba una combinación de tela marfil, cerrada desde el cuello hasta las rodillas. El velo seguía prendido en su cabello.

Sin el vestido, la figura parecía más pequeña.

Más vulnerable.

Inés tuvo que recordarse que estaba mirando un maniquí. La curva de los hombros, la leve asimetría de las clavículas y la sombra bajo el mentón le provocaban una incomodidad que no sabía nombrar.

El vestido antiguo descansaba en una silla.

La manga izquierda estaba vuelta del revés.

Amalia había descosido parte del forro, dejando al descubierto una tira de tela oscura.

Julián enfocó la lámpara.

—Hay más escritura.

Inés se inclinó sin tocar la prenda.

Las letras estaban trazadas directamente sobre el interior del puño. La tinta había penetrado las fibras y se había extendido con el tiempo.

Apenas pudieron distinguir una frase:

No fue mi madre quien…

El resto permanecía oculto bajo una costura.

Mercedes llevó una mano al pecho.

Amalia apartó la vista.

Inés miró el encaje que su tía había conservado.

Aquella pieza completaba parte de la frase. Las manchas y las líneas coincidían. El mensaje había quedado dividido cuando Mercedes cortó la tela años atrás.

—Alguien dejó aquí una advertencia para que pudiéramos escucharla —murmuró Inés.

Detrás de ellas se produjo un chasquido.

Julián dirigió la luz hacia la novia.

La mano izquierda estaba abierta.

Ninguno habló.

Inés observó la palma.

Había una línea profunda en el centro, demasiado oscura para parecer una arruga. De ella sobresalía un extremo de hilo blanco.

Mercedes salió del escaparate.

—No sigan.

Su voz fue tan firme que Julián retrocedió.

Amalia recogió el vestido con ambas manos y lo llevó al taller.

Inés fue la última en salir.

Antes de cerrar, miró el rostro de la Pascualita.

Una gota transparente había aparecido bajo su ojo derecho.

En el taller extendieron el vestido sobre la mesa.

Inés examinó la construcción de la manga. Había varias reparaciones superpuestas: hilo de algodón antiguo, puntadas recientes, pequeños refuerzos añadidos para proteger el encaje.

Una de las costuras era distinta.

Estaba hecha con hilo grueso y oscuro, colocado de manera que atravesaba el forro y sujetaba una cinta interior.

—Esto no lo cosió alguien que se dedicara a vestidos —dijo.

—¿Cómo sabes? —preguntó Julián.

—Está demasiado apretado. Si una persona llevara la manga, le lastimaría la piel.

Amalia se sentó.

—Pascuala no permitía que quitáramos esas puntadas.

—¿Por qué?

—Decía que sostenían la forma.

Inés localizó el extremo de la cinta.

Desaparecía bajo el encaje, hacia el interior de la manga.

—¿Esteban Valdés trabajaba aquí?

Amalia negó.

—Era restaurador. Así lo llamaba Pascuala.

—¿Restauraba qué?

La mujer miró hacia el escaparate.

—Nunca lo pregunté.

Julián sacó el teléfono y abrió la imagen del recibo.

Amalia leyó el nombre.

Después se inclinó para examinar la firma.

—Vi esa letra antes.

Fue hasta el armario donde guardaba el cuaderno azul.

Sacó una caja de documentos y buscó entre sobres, facturas y papeles quebradizos. Finalmente encontró una tarjeta amarillenta.

La puso sobre la mesa.

Esteban Valdés. Conservación y modelado.

Debajo había una dirección escrita a mano.

Inés la copió.

—¿Dónde queda?

—En un barrio viejo, al otro lado del centro —respondió Mercedes—. Si la casa sigue en pie.

Julián fotografió la tarjeta.

Por primera vez tenían un lugar donde buscar fuera de la tienda.

Amalia insistió en guardar el vestido antes de que anocheciera.

Eligió un armario del taller y colocó la prenda sobre una sábana limpia. Dejó el puño abierto y puso junto a él el trozo de encaje.

No volvió a ocultar la fotografía.

Julián la llevó consigo, protegida entre dos cartones. Amalia aceptó después de que prometiera devolverla al día siguiente.

Mercedes guardó la caja con el papel en el mismo armario.

Inés observó cómo Amalia cerraba la puerta.

—No quiero quedarme sola aquí —dijo la mujer.

Nadie la contradijo.

Salieron juntos.

El aire de Chihuahua se había enfriado. Sobre los edificios quedaba una franja de luz rojiza. Amalia tomó un taxi. Mercedes y Julián caminaron hacia el automóvil mientras Inés esperaba junto a la tienda.

Sintió el impulso de mirar una última vez.

La cortina del escaparate estaba corrida.

Se veía el rostro de la novia a través de una abertura estrecha.

Inés recordó la gota bajo el ojo.

Acercó la mano al vidrio.

No llegó a tocarlo.

Desde el interior apareció otra mano, abierta contra el cristal.

Era grande.

Tenía un anillo en el dedo anular.

Inés retrocedió y llamó a Julián.

Cuando él volvió, la abertura de la cortina solo mostraba el velo.

—¿Qué pasó?

Inés señaló el vidrio.

En la superficie interior habían quedado cinco marcas húmedas.

Más arriba, a la altura de su rostro, alguien había trazado una palabra con un dedo.

Vuelve.

Julián levantó la cámara.

El cristal comenzó a empañarse desde adentro.

Y una segunda palabra apareció lentamente debajo de la primera.

Sola.