Capítulo 4 de 13

El revés del vestido

El hilo desapareció bajo la puerta.

Inés alcanzó a ver cómo el último tramo se deslizaba sobre las losetas. Avanzó hacia el corredor, pero Mercedes la sujetó del brazo.

—No abras.

Del otro lado se escuchó un roce. Algo arrastraba despacio sobre el piso de la habitación.

—¿Hay alguien adentro?

Mercedes no respondió. Tenía los ojos fijos en la cerradura.

Inés volvió a mirar el papel que sostenía.

Termina la costura.

Lo dejó sobre una repisa.

El roce cesó.

Durante unos segundos solo se oyó el tránsito lejano y el goteo del lavadero. Después, la manija descendió.

Mercedes tiró de Inés hacia la cocina.

La manija regresó a su lugar.

—Las llaves —dijo su tía.

Inés tomó el bolso de la silla. Mercedes abrió la puerta de la calle y ambas salieron.

No se detuvieron hasta llegar a la esquina.

Bajo la luz de un poste, Inés advirtió que su tía estaba descalza.

—Vamos con la vecina —dijo.

Mercedes asintió sin mirar atrás.

Doña Rosa vivía dos casas más adelante y conocía a Mercedes desde hacía treinta años. Abrió envuelta en una bata, con el televisor encendido detrás.

—¿Qué pasó?

—Escuchamos a alguien en la casa —respondió Inés.

La mujer las hizo entrar y llamó a su hijo.

Ramiro llegó en menos de quince minutos. Era un hombre corpulento, con una lámpara portátil y la expresión resignada de quien había salido de la cama.

Inés le entregó las llaves.

—La puerta del dormitorio estaba cerrada. Había ruidos adentro.

—¿Alguna ventana abierta?

—No sé.

Mercedes permaneció sentada junto al televisor.

Ramiro regresó poco después.

No había encontrado a nadie.

Las ventanas tenían los seguros puestos. La puerta del dormitorio estaba abierta. Revisó debajo de la cama, detrás del ropero y en el patio.

—A lo mejor un gato se metió y salió antes.

Inés iba a discutir, pero vio las manos de su tía aferradas a la bata que doña Rosa le había prestado.

—Gracias por revisar.

Pasaron la noche en la sala de la vecina.

Mercedes durmió unos minutos sentada. Inés, en cambio, permaneció despierta hasta que comenzaron a cantar los pájaros.

A las siete volvió sola a la casa.

El papel seguía sobre la repisa.

La habitación de Mercedes olía a jabón y madera. Había una cama tendida, un armario cerrado y una máquina de coser antigua junto a la ventana.

Inés recorrió el suelo con la mirada.

Encontró el hilo bajo la máquina.

Estaba enrollado alrededor de una rueda de metal, como si alguien hubiera querido hacerla girar tirando de él desde el corredor.

No lo tocó.

Fotografió el hilo y salió.

Amalia contestó al tercer intento.

—La tienda abre a las diez.

—Anoche pasó algo en casa de mi tía.

Hubo una pausa.

—¿Está bien Mercedes?

—Salimos. Dormimos con una vecina.

Inés le contó lo de la puerta.

Cuando mencionó el papel, Amalia respiró de manera audible.

—¿Dónde está?

—En la casa.

—No lo rompas.

—Necesito que venga.

—No puedo dejar…

—Usted sabía que esto podía pasar.

Amalia guardó silencio.

—Si no viene, llevaré a alguien a revisar el escaparate —añadió Inés—. Y voy a contarle lo que vi.

—Espérame ahí.

Amalia llegó con un bolso de tela y el cabello todavía húmedo.

Mercedes había regresado acompañada de doña Rosa, que las dejó después de recomendarles llamar a un cerrajero.

Las dos antiguas costureras se encontraron en el patio.

—Te dije que no la metieras en esto —dijo Mercedes.

Amalia dejó el bolso sobre una silla.

—Yo no sabía que iba a reconocerla.

—¿Reconocer a quién? —preguntó Inés.

Ninguna respondió.

Amalia entró al corredor. Recogió el papel con un pañuelo y lo guardó dentro de una caja pequeña.

Después examinó el hilo bajo la máquina.

Se agachó sin tocarlo.

—¿Usaste esta máquina últimamente?

Mercedes negó con la cabeza.

—Hace meses.

—¿Qué guardas en los cajones?

—Lo de siempre.

Amalia abrió el primero.

Había carretes, agujas, dedales y tijeras. En el segundo encontró patrones doblados y sobres con fotografías.

El tercero estaba cerrado.

Mercedes se acercó.

—Ahí no.

Amalia levantó la vista.

—¿Todavía lo tienes?

Inés miró a una y luego a la otra.

—¿Qué tiene?

Su tía se quedó inmóvil.

Amalia bajó la voz.

—Por eso vino hasta aquí.

Mercedes sacó una llave de una cajita de porcelana sobre el ropero.

Abrió el cajón.

Dentro había un paquete envuelto en tela azul, amarillenta en los dobleces.

Lo puso sobre la cama.

Inés reconoció el olor antes de ver el contenido: aquel aroma dulce de la tienda, mezclado con algo más acre.

Mercedes apartó la envoltura.

Era un trozo de encaje.

Una tira estrecha, cortada de forma irregular, con diminutas flores bordadas. En uno de sus bordes permanecían tres puntadas de hilo blanco, antiguas y más apretadas que la única que Mercedes recordaba haber hecho.

—Me lo llevé después de aquella noche —dijo Mercedes—. Estaba en mi caja de costura. No recordaba haber cortado tela.

—El refuerzo quedó desgarrado cuando te soltamos —dijo Amalia—. Yo corté el hilo exterior; después encontré el borde roto. Con los años llegué a pensar que había sido parte del arreglo.

Mercedes señaló las tres puntadas del pliegue.

—Esas ya estaban. Pascuala cosía así: pequeñas, muy juntas. Mi puntada quedó en otra parte.

Amalia cerró los ojos.

—Debiste decírmelo.

—Quise tirarlo. Siempre acababa encontrándolo otra vez.

Inés se inclinó sobre el encaje.

Las puntadas no unían dos telas.

Sujetaban un pequeño pliegue, una doblez intencional.

—Esto no es del puño —dijo.

Amalia la miró.

—Sí lo es.

—Es del interior. Un refuerzo. Alguien dobló la tela y la sujetó por dentro para esconder algo.

Separó apenas los bordes con la uña.

Entre las capas había una mancha marrón y unas líneas de tinta.

Mercedes le retiró la pieza de las manos.

—No.

Pero Inés había visto suficiente.

—Hay palabras.

Julián las recibió en un pequeño estudio que ocupaba la planta baja de una casa. Inés había conseguido que Mercedes aceptara salir con ella. Amalia regresó a la tienda con la caja y el encaje, después de permitirles fotografiar la pieza.

Antes de irse les pidió que no intentaran abrir el pliegue.

Inés no prometió nada.

El estudio olía a café y papel. Había retratos antiguos sobre una mesa y una computadora junto a un escáner.

Julián escuchó la explicación sin interrumpir.

Cuando Inés terminó, miró a Mercedes.

—Mi abuelo hablaba de usted.

Ella observó una fotografía colgada en la pared.

—Su abuelo era un hombre discreto.

—Guardó todo.

Julián abrió en la computadora la segunda imagen.

Era casi igual a la anterior, pero estaba tomada desde un ángulo más próximo al escaparate. La figura de Pascuala ocultaba parte de la novia. Mercedes aparecía de perfil, mirando hacia el fondo de la tienda.

Julián amplió la zona del cristal.

—Aquí.

Inés acercó una silla.

Detrás del velo se distinguía una forma oscura. Al principio parecía una sombra del mobiliario, pero había una línea de hombro, una cabeza inclinada y una mano apoyada en el cristal interior.

—Puede ser un reflejo —dijo Julián—. Quería enseñárselos antes de sacar conclusiones.

Mercedes se cubrió la boca.

—Ese día no entró ningún hombre.

Julián volvió a ampliar la mano.

En el dedo anular había un anillo ancho.

Inés pensó en la marca circular de la novia.

—¿Quién era el prometido de Elisa?

Mercedes negó lentamente.

—Pascuala nunca decía su nombre.

—¿Nunca?

—Decía que la había dejado esperando. Eso era todo. Aunque una vez vi llegar una carta de alguien llamado Tomás. Pascuala la guardó enseguida; no sabía entonces qué relación tenía con Elisa.

Julián abrió una carpeta digital.

—Hay algo más entre los negativos de la tienda.

Mostró el escaneo de una hoja.

Era un recibo escrito a mano. La fecha correspondía a muchos años antes de la fotografía.

Una línea describía el trabajo:

Revestimiento interior y cierre definitivo de manga.

Debajo figuraba un nombre.

Esteban Valdés.

—Mi abuelo guardaba recibos de sus clientes —explicó Julián—. No sé por qué tenía este.

Mercedes se puso de pie.

—Necesito agua.

Inés la acompañó hasta una silla cerca de la ventana.

—¿Conocías ese nombre?

Su tía tardó en responder.

—Lo escuché una vez. Pascuala lo dijo dormida.

Julián trabajó sobre las fotografías del encaje mientras Mercedes bebía agua.

Aumentó el contraste, probó distintos tonos y giró la imagen.

Poco a poco, la tinta escondida entre los pliegues se hizo más clara.

No era un mensaje completo.

Solo fragmentos de letras cortados por las costuras.

Inés los copió en una libreta.

…no fue…

Más abajo:

…madre…

Y, junto al borde manchado:

…abrir…

—Tenemos que ver el resto —dijo.

Mercedes dejó el vaso.

—Está dentro de la manga.

Inés la miró.

—¿Qué?

Su tía se frotó la cicatriz del pulgar.

—Había más tela doblada. Lo recuerdo ahora. Cuando fui a cerrar el puño, el hilo se enganchó en algo por dentro.

Julián apartó las manos del teclado.

—¿Una nota?

—No lo sé.

Mercedes miró a su sobrina.

—Pero ella no quería que cerrara la manga.

—Me dijiste que te pidió hacerlo.

Los ojos de su tía se llenaron de lágrimas.

—Escuché una voz. Nunca vi moverse su boca.

Inés volvió hacia la pantalla.

La mano del hombre seguía allí, detrás del velo.

Sacó el teléfono y llamó a Amalia.

No contestó.

Volvió a marcar.

Esta vez escuchó el ruido del taller antes de oír su voz.

—Estoy ocupada.

—No cambie el vestido. Vamos para allá.

—Inés…

—Hay algo dentro de la manga.

Del otro lado se produjo un golpe.

Amalia no habló durante varios segundos.

—Ya lo sé —dijo finalmente.

Su respiración llegaba entrecortada.

—Lo abrí cuando regresé.

Inés sintió que Mercedes le sujetaba el hombro.

—¿Qué encontró?

Amalia dejó escapar un sonido breve, casi un sollozo.

—Una fotografía.

—¿De quién?

—No sé cómo pudo estar ahí.

Inés se levantó.

—Amalia, dígame qué ve.

La mujer respiró hondo.

—Estás tú. Llevas el vestido antiguo.

En el estudio nadie se movió.

—Y detrás de ti está el hombre del anillo.

La llamada se cortó.