Capítulo 3 de 13
La costurera de la fotografía
Inés volvió a casa caminando.
En dos ocasiones sacó el teléfono para llamar a Mercedes y en ambas lo guardó sin marcar. Quería verle el rostro cuando pronunciara su nombre. Quería saber si cerraría los ojos, si apartaría la mirada o si intentaría convencerla de que había leído mal.
Al llegar, encontró la puerta del patio abierta.
Mercedes estaba sentada junto al limonero, descosiendo el forro de una chaqueta. Tenía una caja de hilos sobre las rodillas y los lentes bajos en la nariz.
—Llegaste temprano.
Inés dejó el bolso en una silla.
—Amalia cerró antes.
La aguja se detuvo.
—¿Hubo algún problema?
—Vi tu nombre en el escaparate.
Mercedes levantó lentamente la cabeza.
—¿Mi nombre?
—En un papel. Lo tenía la novia entre los dedos.
Su tía dejó la chaqueta dentro de una canasta.
—Hay muchas Mercedes.
—Amalia bajó la cortina cuando vio que lo estaba leyendo.
El patio quedó en silencio. Una gota cayó del grifo mal cerrado junto al lavadero.
Mercedes se quitó los lentes.
—¿Qué más decía?
—Solo alcancé a ver tu nombre.
La pregunta había sido demasiado precisa.
Inés se sentó frente a ella.
—¿Trabajaste ahí?
Su tía acarició la tela de la chaqueta, alisando una arruga con el pulgar.
—Hace muchos años.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no pensé que hiciera falta.
—Me conseguiste un empleo en una tienda donde pasan cosas que tú conoces.
Mercedes la miró.
—Te conseguí un empleo porque Amalia necesitaba una costurera y tú necesitabas empezar de nuevo.
—Anoche te quedaste frente a mi cuarto mirando el bolso.
El rostro de su tía perdió color.
—Te dije que escuché pasos.
—Y después cerraste tu puerta con llave.
Mercedes recogió la caja de hilos.
—Siempre cierro.
Inés recordó las vacaciones de infancia, las noches en aquella casa, la puerta del dormitorio de su tía entreabierta para escucharla si necesitaba algo.
No discutió ese detalle.
—¿Qué hay en el papel?
—No lo sé.
—Pero sabes por qué tiene tu nombre.
Mercedes apoyó ambas manos sobre la caja.
—Esta noche voy a hablar con Amalia.
—Quiero ir contigo.
—No.
La respuesta salió tan rápida que las dos se quedaron inmóviles.
Mercedes bajó la voz.
—Déjame hablar primero.
Cenaron sin hambre.
Mercedes puso frijoles, tortillas y queso sobre la mesa, pero apenas tocó su plato. A las ocho llamó por teléfono desde su habitación. Inés no pudo distinguir las palabras; solo escuchó una frase antes de que la puerta se cerrara por completo:
—Me habías prometido que…
Después, nada.
Cuando su tía salió, llevaba el bolso y una chamarra ligera.
—No voy a tardar.
—¿A la tienda?
Mercedes asintió.
Inés se levantó.
—Voy contigo.
—Necesito que me esperes aquí.
—Tengo veintisiete años.
—Lo sé.
Su tía se acercó y le acomodó un mechón detrás de la oreja, un gesto que Inés no había recibido desde niña.
—Por eso te estoy pidiendo que me escuches.
La dejó sola con los platos.
Inés los lavó para ocupar las manos. Luego revisó la tarjeta de Julián, que había guardado antes de salir de la tienda, y escribió al número impreso.
Soy Inés. ¿Todavía tienes la fotografía que me enseñaste?
La respuesta llegó casi enseguida.
Sí. ¿Quieres que te mande una copia?
Inés aceptó.
Un minuto después apareció la imagen en la pantalla.
La amplió con los dedos.
La mujer de negro junto a la novia tenía una frente ancha, labios delgados y una mirada firme. Pascuala, había dicho Amalia.
Pero había algo más.
En el extremo derecho, donde la fotografía parecía cortada, se distinguía una manga y parte de una mano.
¿Esta es la foto completa?, escribió Inés.
No. La recorté para imprimirla. Te mando el escaneo entero.
La segunda imagen tardó en cargar.
Cuando apareció, Inés sintió que el estómago se le contraía.
Había otra mujer junto al mostrador.
Era joven, llevaba un vestido sencillo y sostenía una cinta métrica alrededor del cuello. El cabello, partido por la mitad, estaba recogido detrás de las orejas.
Inés reconoció primero la boca.
Después, la forma de inclinar la cabeza.
Mercedes.
Mucho más joven, pero sin duda Mercedes.
¿Puedes revisar si hay una fecha?
Julián respondió con una fotografía del reverso de la impresión original.
Había una anotación a lápiz:
Octubre de 1978. Reparaciones del vestido antiguo.
Inés leyó dos veces.
Su tía había trabajado allí casi medio siglo antes.
Debajo aparecían tres nombres:
Pascuala, Mercedes y Elisa.
Volvió a mirar la imagen.
Contó las figuras.
La mujer de negro.
Mercedes junto al mostrador.
La novia en el escaparate.
Mercedes regresó cerca de las diez.
Antes de entrar se quedó unos segundos en la puerta, buscando algo dentro del bolso. Cuando alzó la vista, encontró a Inés esperándola en el corredor.
—¿Cómo te fue?
—Amalia dice que mañana pueden darte el día.
—No te pregunté eso.
Su tía cerró.
Inés le mostró el teléfono.
Mercedes tomó la pantalla con ambas manos.
Su expresión cambió al ver la fotografía completa. Acercó el rostro, como si necesitara confirmar un detalle.
—¿De dónde la sacaste?
—De Julián.
—¿El nieto de Duarte?
—Sí.
Mercedes se sentó en la primera silla que encontró.
—No sabía que seguía existiendo.
Inés le enseñó el reverso.
Su tía miró los nombres.
Durante un instante dejó de respirar.
—¿Quién era Elisa?
Mercedes devolvió el teléfono.
—Una muchacha.
—¿La hija de Pascuala?
—Sí.
Inés sintió un frío lento en la nuca.
—Entonces…
—Esa fotografía no demuestra lo que estás pensando.
Mercedes se llevó una mano a la frente.
—Elisa murió mucho antes de que yo naciera.
—Su nombre está escrito detrás.
—La gente llamaba así al maniquí cuando Pascuala no estaba delante.
Inés volvió a mirar la mujer de negro.
—¿Ella es Pascuala?
—Sí.
—¿Todavía vivía cuando trabajabas ahí?
—Ya era muy mayor. Iba algunas tardes. Se sentaba junto al escaparate y corregía nuestras costuras sin ponerse los lentes.
Había afecto en ese recuerdo.
También miedo.
—¿Y Amalia?
—Era aprendiz, como yo.
—¿Por qué dejaste de trabajar ahí?
Mercedes se frotó las palmas.
—Porque una noche hice algo que no debía.
La cocina estaba fría.
Inés encendió la luz y puso agua a calentar. Mercedes se sentó sin quitarse la chamarra.
Por primera vez, parecía dispuesta a hablar.
—Yo tenía veinte años —comenzó—. Me habían encargado reparar el puño izquierdo del vestido antiguo. Era una pieza que Pascuala guardaba para ocasiones especiales.
—El del botón de nácar.
Su tía asintió.
—Le faltaba un botón y el borde estaba abierto. Pensé que una costura se había soltado.
Inés recordó la anotación del cuaderno.
—No había que cerrarlo.
Mercedes levantó la vista.
—¿Quién te dijo eso?
—Lo leí en una libreta. Decía: “No cerrar puño izquierdo”. Debajo alguien escribió: “Aunque lo pida”.
El agua empezó a hervir.
Ninguna se levantó de inmediato.
—La segunda frase la escribí yo —dijo Mercedes—. La primera ya estaba en el cuaderno.
Inés apagó la hornilla.
—¿Qué pasó?
Su tía observó sus propios dedos.
—Pascuala estaba enferma. Amalia había ido a su casa a llevarle unas telas. Yo me quedé terminando el arreglo. Ya habían bajado las cortinas.
Hizo una pausa.
—Escuché que alguien me llamaba desde el escaparate.
—¿La novia?
—No vi quién hablaba. Solo escuché mi nombre.
Mercedes tragó saliva.
—Pensé que Amalia había regresado. Entré con la caja de costura. El puño estaba abierto y una mano sobresalía del encaje. Entonces escuché: “Ciérralo. Tengo frío”.
Inés apoyó la espalda contra el fregadero.
—¿Y lo hiciste?
—Una puntada.
Mercedes señaló un punto en la base de su pulgar izquierdo.
Había una cicatriz pequeña, irregular.
—Cuando pasé la aguja, algo me sujetó la mano. Tiré para soltarme y me lastimé.
—¿El maniquí?
—No pude mirar. Me quedé viendo cómo se hundían los dedos en mi piel.
La voz le tembló por primera vez.
—Amalia llegó cuando estaba gritando. Cortó el tramo que salía del puño y me sacó de ahí. No pudimos ver dónde terminaba el otro extremo.
Inés se acercó a la mesa.
—¿Qué había pasado con la puntada?
Mercedes cerró la mano herida.
—No quise averiguarlo.
La tetera permaneció intacta sobre la estufa.
Mercedes explicó que dejó la tienda pocos días después. Amalia había insistido en que todo se debía a un soporte defectuoso; Pascuala, en cambio, le pidió que no volviera a hablar del asunto.
—Pensé que, si me alejaba, se acabaría.
—¿Y se acabó?
Su tía tardó en responder.
—Durante años.
Inés señaló el teléfono.
—¿Por qué mi nombre no estaba en ese papel? Yo soy la que trabaja ahí.
Mercedes miró hacia el corredor.
—Eso fui a preguntarle a Amalia.
—¿Qué te dijo?
—Que lo encontró esta mañana entre los dedos. Que intentó quitarlo y no pudo.
Inés sintió que le ardían las palmas.
—¿Por eso lo dejó en el escaparate?
—Lo tapó en cuanto cerró.
—Después de que yo lo leyera.
Mercedes bajó los ojos.
Inés comprendió que Amalia había tenido todo el día para ocultarlo.
Había esperado.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Era Julián.
Encontré otra impresión del mismo día. Hay algo raro detrás del vidrio. Te la mando mañana con mejor resolución.
Inés apagó la pantalla.
Mercedes se levantó con dificultad.
—Mañana no vas a la tienda.
—Necesito saber qué está pasando.
—Yo también quería saber.
Su tía dejó la chamarra en una silla.
Al hacerlo, algo cayó del bolsillo y quedó junto a la pata de la mesa.
Un papel estrecho.
Doblado en dos.
Mercedes se agachó, pero Inés fue más rápida.
Lo recogió.
La primera palabra era la misma que había visto entre los dedos de la novia.
Mercedes.
Debajo, ocultas antes por el doblez, aparecían otras tres.
Termina la costura.
Inés alzó la mirada.
Su tía retrocedió.
—Amalia no pudo quitárselo —susurró.
Desde algún lugar del corredor llegó un golpe leve.
Después otro.
Mercedes miró hacia su habitación.
La puerta, que había dejado abierta, estaba cerrada.
Y debajo del marco asomaba un hilo blanco que alguien tiraba lentamente desde adentro.