Capítulo 2 de 13

El botón de nácar

Inés dejó el botón sobre la mesa de la cocina.

Mercedes acababa de servir dos tazas de té. Todavía llevaba el delantal y tenía harina adherida al antebrazo.

—¿Qué es eso?

—Lo encontré en mi bolso.

Su tía se inclinó apenas. Cuando vio el cabello enredado en el hilo, retiró la mano que había extendido para recogerlo.

Inés advirtió el movimiento.

—Es del vestido de la novia.

—En una tienda de costura hay botones por todas partes.

—Este lo vi en su manga. Me acuerdo porque uno tenía una mancha en el borde.

Mercedes se sentó.

—¿Tocaste el vestido?

—No.

—Piensa bien.

—No entré al escaparate, tía.

El refrigerador se puso en marcha con un zumbido que, por un instante, llenó toda la cocina. Inés contó lo sucedido: los golpes, la mano descendiendo, el dedo contra el cristal. Mientras hablaba, Mercedes mantuvo los ojos en el botón. Cuando terminó, esperaba una explicación, una pregunta o siquiera una expresión de incredulidad.

Su tía solo dijo:

—Mañana lo llevas de vuelta.

—¿Me crees?

Mercedes rodeó su taza con ambas manos.

—Creo que viste algo que te asustó.

—Eso dijo Amalia. Que estoy cansada.

—Lo estás.

Inés apartó la silla.

—Entonces no sé para qué te cuento.

Mercedes le sujetó la muñeca antes de que se levantara.

—No te estoy llamando mentirosa.

La presión de sus dedos era inesperadamente fuerte.

—Llévalo de vuelta —repitió—. Déjalo con Amalia.

—¿Por qué?

Mercedes la soltó.

—Porque no es tuyo.

Inés guardó el botón en un sobre blanco y lo dejó dentro del bolso.

Después cerró la puerta de su habitación.

La casa de Mercedes tenía techos altos, un patio con macetas y tuberías que crujían cuando alguien abría una llave. Durante la infancia, aquellos sonidos le parecían normales. Esa noche, cada chasquido la hacía levantar la cabeza.

Se acostó sin apagar la lámpara.

Intentó leer los mensajes de su teléfono, pero regresaba una y otra vez a la misma imagen: la mano separándose de la cintura, lenta, pesada.

Podía haberse equivocado.

Los cristales mojados deformaban las cosas. Las luces parpadeaban. Llevaba varios días durmiendo poco.

Sin embargo, ninguna de esas explicaciones aclaraba el botón.

A las dos de la madrugada seguía despierta.

Entonces escuchó pasos en el corredor.

—¿Tía?

Nadie respondió.

Una línea de sombra interrumpió la luz bajo la puerta.

Inés dejó el teléfono sobre la cama.

Los pasos se detuvieron.

—¿Necesitas algo?

La sombra permaneció allí.

Se levantó y abrió.

Mercedes estaba frente a la habitación, descalza, con una bata sobre el camisón.

Miraba el bolso colgado del respaldo de una silla.

—¿Qué pasa? —preguntó Inés.

Su tía parpadeó, como si acabara de reconocerla.

—Escuché que te levantabas.

—No me levanté.

Mercedes miró hacia el fondo del corredor.

—Entonces fue la tubería.

Volvió a su cuarto sin añadir nada.

Inés permaneció en la puerta.

Desde la habitación de su tía llegó el sonido de un cerrojo.

Por la mañana, la lluvia había dejado un cielo limpio y un olor a tierra húmeda que desaparecía bajo los gases de los autobuses. Inés caminó hasta la tienda con el sobre apretado dentro del bolsillo.

Antes de entrar, examinó el escaparate.

La Pascualita tenía ambas manos a la altura de la cintura.

En el puño izquierdo faltaba un botón.

El hilo suelto sobresalía del encaje.

Inés se acercó al cristal para comprobarlo.

No había ningún error.

Abrió la puerta.

Amalia estaba detrás del mostrador, revisando una libreta.

—Buenos días.

Inés dejó el sobre frente a ella.

—Encontré esto anoche.

Amalia no lo abrió de inmediato.

—¿Dónde?

—En mi bolso.

La mujer levantó los ojos.

—¿Lo sacaste del escaparate?

—Le dije que no entré.

Amalia abrió el sobre y deslizó el botón sobre la palma.

El cabello oscuro quedó colgando entre sus dedos.

Por primera vez desde que la conocía, Inés vio cambiar su expresión. Fue algo mínimo: la boca se tensó y una de sus manos buscó el borde del mostrador.

—¿Lo vio alguien más?

—Mi tía.

Amalia cerró el sobre.

—No debiste llevártelo.

—Yo no lo tomé.

—Está bien.

Pero su voz indicaba que no estaba bien.

Guardó el sobre en el bolsillo de la falda y pasó junto a Inés.

—Prepara el vestido de la señora Carrillo. Vendrá a las once.

—¿No vamos a hablar de lo de ayer?

Amalia se detuvo frente a la puerta del escaparate.

—Tenemos trabajo.

Inés permaneció donde estaba.

—Vi cómo se movía.

La mujer sostuvo la llave entre el pulgar y el índice.

—Aquí hay cosas antiguas. Las telas ceden. Los soportes se aflojan.

—También golpeó el vidrio.

Amalia giró hacia ella.

—Si te da miedo trabajar aquí, puedes decirlo.

Inés pensó en los dos mil pesos del calcetín, en la maleta que aún no había deshecho y en las fotografías de sus vestidos.

—No me da miedo trabajar —respondió.

Amalia bajó la mirada.

—Entonces ve al taller.

A media mañana llegó un joven con una cámara colgada al cuello.

Inés lo vio desde el taller mientras buscaba una cremallera.

—Amalia, solo necesito diez minutos.

—Ya te dije que no.

—Una fotografía de cerca. Sin tocarla.

—Puedes fotografiarla desde la calle.

—Desde afuera salen reflejos.

—Es lo que hay.

El joven suspiró.

—Mi abuela decía que antes dejaban acercarse.

—Tu abuela decía muchas cosas, Julián.

Inés salió con una caja de cierres.

Él la miró.

—¿Tú eres nueva?

—Desde ayer.

Amalia cerró la libreta con fuerza.

—Y tiene bastante que hacer.

Julián levantó las manos.

—Entendido.

Antes de salir, sacó una tarjeta y la dejó sobre el mostrador.

—Por si cambia de opinión.

La tarjeta quedó allí cuando Amalia fue a atender a una clienta.

Inés leyó el nombre: Julián Duarte. Fotografía y restauración digital. Más tarde, al sacar la basura por la puerta del patio, lo encontró en el callejón, apoyado contra una pared.

—No quería meterte en problemas —dijo él.

Inés dejó la bolsa en el contenedor.

—Pues casi lo consigues.

Julián sonrió brevemente.

—Estoy reuniendo fotografías antiguas del centro. Mi abuelo tenía un estudio. Quedaron cajas de negativos.

—¿Y qué tiene que ver la novia?

—Sale en varias fotos. Quería comparar los vestidos.

Inés se volvió hacia la puerta.

—Amalia no quiere.

—Ya me quedó claro.

Él sacó una fotografía de una carpeta rígida.

—Mira esta.

Era una imagen en blanco y negro de la tienda. El letrero era diferente, pero reconoció las cortinas y la profundidad del escaparate.

La novia estaba en el centro.

A su lado aparecía una mujer de cabello recogido, vestida de oscuro. Apoyaba una mano sobre el hombro del maniquí.

—¿La antigua dueña? —preguntó Inés.

—Eso creo. Esta es una reproducción recortada y no lleva fecha; revisaré el original.

Inés acercó la fotografía.

La cara de la mujer parecía familiar, aunque no habría sabido explicar por qué.

Entonces vio el puño del vestido.

Una hilera de botones claros recorría la muñeca izquierda.

El último estaba ligeramente torcido.

—¿Puedo verla más de cerca?

Julián le entregó una lupa pequeña.

Inés examinó el botón.

La mancha oscura aparecía en el mismo borde.

Se le enfriaron las manos.

—¿Cuánto tiempo tiene esta foto?

—Décadas. El negativo estaba en una caja anterior a los trabajos de mi papá.

—¿Estás seguro?

—De que no la tomé ayer, sí.

Inés dejó de mirar.

Julián perdió la sonrisa.

—¿Qué viste?

La puerta del patio se abrió.

—Inés.

Amalia estaba en el umbral.

Su mirada pasó de la fotografía al joven.

—Te necesito adentro.

Inés devolvió la imagen.

Antes de alejarse, Julián habló en voz baja:

—Si quieres verla otra vez, tienes mi tarjeta.

La señora Carrillo llegó tarde y de mal humor.

El vestido le apretaba bajo los brazos; después le quedaba demasiado suelto; finalmente decidió que el problema era el sostén.

Inés agradeció tener algo concreto entre las manos.

Marcó los ajustes, tomó medidas y escuchó durante veinte minutos una discusión sobre el menú de la boda. Cuando la clienta se marchó, Amalia llevó una taza de café al taller.

La dejó junto a la máquina.

—No quiero personas esperando en el callejón.

—Yo no sabía que estaba ahí.

—Julián busca historias para vender.

—Me mostró una fotografía.

Amalia acomodó unas tijeras que ya estaban bien colocadas.

—Tiene muchas.

—La mujer de la foto… ¿quién era?

—Pascuala.

—¿La mamá?

Amalia se quedó quieta.

—La dueña.

Inés esperó.

La mujer salió del taller.

Por la tarde, mientras buscaba una cinta métrica, Inés abrió el segundo cajón. Debajo de un paquete de ganchos encontró un cuaderno pequeño, forrado con tela azul.

Pensó que era una libreta de medidas.

Lo abrió.

Había nombres escritos con diferentes tintas, fechas y cantidades de tela. Algunas páginas tenían dibujos de mangas, cuellos y bordados. A mitad del cuaderno apareció una anotación rodeada por un círculo:

Vestido de Pascualita. No cerrar puño izquierdo.

Inés pasó el dedo sobre las palabras.

Debajo, con una letra distinta, alguien había añadido:

Aunque lo pida.

Escuchó el roce de una falda detrás de ella.

Cerró el cuaderno.

Amalia estaba en la puerta.

No preguntó qué había leído.

Extendió la mano.

Inés se lo entregó.

—Buscaba la cinta.

Amalia guardó el cuaderno en un armario y lo cerró con llave.

Después recogió la taza de café.

—Hoy cerramos temprano.

Inés salió cuando todavía había luz.

En la banqueta se detuvo para guardar el teléfono y, sin querer, miró la vitrina.

El botón había regresado a la manga.

El puño estaba abierto.

Una pequeña franja de muñeca quedaba expuesta entre los bordes del encaje.

Inés buscó el rostro de la novia.

Sus ojos parecían dirigidos hacia ella, pero esa vez no retrocedió.

Había algo bajo la mano izquierda.

Un papel estrecho, doblado en dos, sobresalía apenas entre los dedos.

Inés se inclinó.

El cristal estaba limpio. Desde esa distancia pudo leer una sola palabra, escrita con tinta desvanecida:

Mercedes.

La puerta de la tienda se cerró a su espalda.

Inés giró.

Amalia permanecía del otro lado, con la llave todavía en la cerradura.

Había visto lo que ella estaba mirando.

Durante unos segundos, ninguna de las dos se movió.

Después Amalia tiró de la cortina interior.

La tela cayó entre Inés y la novia, ocultando el papel, las manos y el rostro.

En el cristal quedó únicamente el reflejo de la calle.