Capítulo 1 de 13

Las manos de la novia

La primera vez que Inés vio moverse a la novia del escaparate, pensó que llevaba demasiadas horas sin dormir. Había llegado a Chihuahua aquella mañana de octubre de 2026, después de un viaje en autobús durante el cual no consiguió cerrar los ojos. Traía una maleta, dos mil pesos escondidos dentro de un calcetín y una carpeta con fotografías de los vestidos que había confeccionado en Ciudad Juárez. A sus veintisiete años, aquello era casi todo lo que conservaba de su vida anterior.

Lo demás se había quedado en un departamento vacío: una mesa que nunca dejó de cojear, las plantas secas del balcón y un hombre que, al despedirse, todavía tuvo el descaro de preguntarle quién pagaría el último recibo de la luz.

Su tía Mercedes la esperaba en la terminal.

—Estás más flaca —dijo en lugar de saludarla.

Inés dejó que la abrazara. El perfume de su tía, una mezcla de jabón y lavanda, le recordó las vacaciones de infancia en aquella ciudad, cuando el calor parecía salir también de las paredes.

—Estoy bien.

—Eso lo dices después de comer.

Mercedes tomó la maleta sin darle oportunidad de protestar.

Durante el desayuno le habló del empleo.

—Es en una tienda de novias del centro. Necesitan una costurera que sepa hacer ajustes delicados. Les enseñé las fotografías que me mandaste.

—¿Y qué dijeron?

—Que vayas hoy.

Inés dejó la taza sobre el plato.

—¿Hoy?

—El trabajo no espera a que una se reponga de los hombres.

La tienda se llamaba La Casa de las Novias.

Estaba en una calle donde las fachadas antiguas resistían entre anuncios nuevos y locales de comida. Tenía un letrero color crema, letras doradas desgastadas por el sol y un escaparate profundo, enmarcado por cortinas de terciopelo.

En el centro había una novia.

Inés aminoró el paso.

El vestido era de satén marfil, con mangas largas y una cintura tan estrecha que parecía imposible. Un velo caía desde la cabeza hasta formar una pequeña nube alrededor de los zapatos. El rostro del maniquí tenía una expresión serena, aunque no feliz: los labios apenas separados, las mejillas suaves y los ojos oscuros dirigidos hacia la calle.

Sin embargo, fueron las manos lo que la detuvo.

No eran manos de plástico.

Al menos, no parecían serlo.

Tenían pliegues diminutos en los nudillos, uñas translúcidas y una vena tenue bajo la superficie de la muñeca izquierda. El dedo anular mostraba una pequeña marca circular, como la huella de un anillo retirado después de muchos años.

Inés acercó el rostro al cristal.

—Bonita, ¿verdad?

Una mujer había abierto la puerta de la tienda.

Vestía una falda negra, una blusa cerrada hasta el cuello y unos lentes colgados de una cadena. Debía rondar los setenta años. Su cabello gris estaba recogido con tal firmeza que ni un mechón escapaba del peinado.

—Muy bien hecha —respondió Inés.

La mujer miró el escaparate.

—Eso dicen.

—Soy Inés. Mercedes me comentó…

—Sí. Te esperábamos.

Se hizo a un lado.

Dentro olía a tela nueva, madera antigua y algo dulce que Inés no logró identificar. Había vestidos suspendidos en percheros, vitrinas con peinetas y tocados, un mostrador de nogal y un espejo que ocupaba casi toda la pared del fondo.

La mujer cerró detrás de ella.

—Me llamo Amalia. Yo llevo la tienda.

—Mucho gusto.

—Tu carpeta.

Inés se la entregó.

Amalia revisó las fotografías sin hacer comentarios. Se detuvo en un vestido de encaje cuyo escote había sido reconstruido a mano.

—¿Tú hiciste esto?

—La clienta quería conservar el encaje de su madre. Estaba muy deteriorado.

—¿Lo desmontaste completo?

—No. Habría perdido la forma. Trabajé sobre una base nueva.

Amalia levantó la vista.

Por primera vez pareció interesada en algo más que terminar la entrevista.

—Ven.

La llevó a un taller situado detrás del mostrador. Había dos máquinas de coser, una mesa de corte, cajas de botones y un calendario atrasado. La luz entraba por un patio estrecho donde crecía un limonero.

Sobre la mesa esperaba un vestido blanco.

—Necesito que arregles este puño. Sin cambiar el encaje.

Inés examinó la prenda. Una costura mal hecha había levantado el borde de la manga.

—¿Ahora?

—Ahora.

Trabajó durante veinte minutos. Al principio le temblaban ligeramente las manos por el cansancio, pero la tarea la tranquilizó. Encontró el hilo adecuado, retiró las puntadas torcidas y acomodó el dibujo del encaje hasta que la reparación resultó casi invisible.

Amalia observó el puño por ambos lados.

—Puedes empezar mañana.

Inés sintió que algo dentro de ella aflojaba.

—Gracias.

La mujer le explicó el sueldo, el horario y los pedidos pendientes. Después sacó una llave de un cajón.

—Por ahora trabajarás conmigo. Cuando aprendas la rutina, algunas tardes te quedarás hasta el cierre.

Le entregó la llave, pero no la soltó de inmediato.

—Hay una cosa más.

Inés esperó.

—La novia del escaparate no se toca.

—¿El maniquí?

Los dedos de Amalia se cerraron sobre la llave.

—La novia.

—Está bien.

—Yo cambio sus vestidos. Nadie más.

Lo dijo con una calma que no admitía preguntas.

Mercedes recibió la noticia con un plato de enchiladas.

—Te dije que iba a salir.

Inés dejó la llave junto al vaso.

—La señora es un poco rara.

—Amalia siempre ha sido seria.

—¿La conoces?

—En el centro todos terminamos conociéndonos.

Inés comió un bocado antes de preguntar:

—¿Y el maniquí?

Su tía dejó de acomodar los cubiertos.

—¿Qué maniquí?

—El de la tienda. La novia.

Mercedes volvió a sentarse.

—La Pascualita.

El nombre le resultó vagamente familiar. Lo había escuchado de niña, entre historias que los adultos contaban cuando creían que ella ya estaba dormida.

—¿Por qué le dicen así?

—Por la antigua dueña.

—Tiene las manos muy extrañas.

Mercedes miró la llave sobre la mesa.

—Hay gente que va nada más para verlas.

—Parecen de una persona.

—De eso se trata un buen maniquí.

La respuesta fue demasiado rápida.

Inés apoyó el tenedor.

—Tía.

Mercedes suspiró.

—Dicen que la dueña tuvo una hija. Que murió antes de casarse y que su madre mandó conservarla.

La cocina quedó en silencio.

Desde la calle llegó el ruido de una motocicleta.

—¿Conservarla cómo?

—Como estás pensando.

Inés sintió un malestar breve en el estómago.

Luego miró a su tía buscando una sonrisa.

No la encontró.

—Es una leyenda —añadió Mercedes—. La gente inventa cosas alrededor de lo que no entiende.

—¿Y tú qué crees?

Su tía recogió el plato de las tortillas.

—Creo que necesitas el trabajo. Y que Amalia paga a tiempo.

Mercedes miró de nuevo la llave. Amalia le había asegurado que todo llevaba décadas en calma y que la nueva costurera trabajaría únicamente con los vestidos de las clientas. Quiso confiar en esa promesa. A la mañana siguiente, la tienda estaba cerrada cuando Inés llegó.

Faltaban diez minutos para la hora acordada.

Se quedó bajo la sombra de una cornisa y sacó el teléfono. Tenía un mensaje de su exnovio que no abrió.

Al levantar la vista, encontró a la novia mirándola.

Debía de ser el ángulo.

Se desplazó hacia la izquierda.

Los ojos parecieron acompañarla.

Inés soltó una risa incómoda.

—Muy graciosa.

Una señora que pasaba con una bolsa del mercado la escuchó y volvió la cabeza.

—No se burle de ella, muchacha.

Inés guardó el teléfono.

—No me estaba burlando.

La señora siguió caminando sin responder.

Amalia apareció poco después.

Abrió la tienda, retiró la alarma y encendió las luces. En el taller, todo estaba dispuesto para comenzar: tres vestidos pendientes, una libreta de medidas y un paquete de agujas nuevas.

Durante la mañana llegaron dos clientas.

La primera quería ajustar un vestido que había comprado por internet. La segunda entró con su madre y su hermana, discutió durante media hora sobre el largo de la cola y acabó llorando porque su prometido no quería casarse por la iglesia.

A Inés le hizo bien aquel desorden ordinario.

Las preocupaciones de las novias llenaron el local de voces, risas y quejas. Al mediodía, la leyenda le parecía una exageración nacida de un escaparate antiguo.

Entonces vio a Amalia hablando con el maniquí.

Estaba de espaldas, acomodando algo detrás del cristal.

—Todavía no —murmuró.

Inés se detuvo con una caja de alfileres en las manos.

Amalia volvió el rostro.

—¿Necesitas algo?

—¿Dónde guardo esto?

—Segundo cajón del taller.

No dio ninguna explicación.

Inés tampoco la pidió.

A las seis, el cielo se oscureció.

El viento levantó polvo en la calle y pronto comenzaron a caer gotas gruesas contra el escaparate. Amalia recibió una llamada, escuchó en silencio y buscó su bolso.

—Tengo que salir un momento.

—¿Quiere que cierre?

—Todavía no. Debe venir una clienta a recoger un velo.

Escribió un nombre en un papel y lo dejó sobre el mostrador.

—Está pagado. El paquete tiene una cinta azul.

Inés asintió.

Amalia avanzó hacia la puerta. Antes de salir, miró la vitrina.

—No abras el escaparate.

—Sí, ya me dijo.

La mujer sostuvo su mirada un instante.

Después salió bajo la lluvia.

La clienta llegó quince minutos más tarde. Recogió el velo, agradeció y se fue corriendo hasta un automóvil estacionado en la esquina.

Inés quedó sola.

El reloj sobre el mostrador marcaba las seis y cuarenta.

Volvió al taller y continuó con el dobladillo de un vestido. Afuera, los coches atravesaban el agua acumulada junto a la banqueta.

Entonces escuchó un golpe.

Pequeño.

Seco.

Como una uña contra el cristal.

Dejó de coser.

Esperó.

El sonido se repitió.

Inés salió al local.

No había nadie frente a la tienda.

La lluvia dibujaba caminos sobre el vidrio del escaparate, deformando los faros de los automóviles. La novia permanecía bajo la luz amarilla, con el rostro vuelto hacia la calle.

Inés se acercó al mostrador.

Desde allí podía verla de perfil.

Recordaba perfectamente sus manos: la izquierda descansaba sobre la derecha, a la altura de la cintura.

Ahora estaban separadas.

La derecha seguía en su lugar.

La izquierda había descendido unos centímetros.

Inés miró la puerta por la que Amalia accedía al escaparate.

Estaba cerrada.

Quizá la había acomodado antes de salir. Quizá ella no había prestado atención.

Se obligó a regresar al taller.

No llegó.

En el cristal apareció un tercer golpe.

Esta vez lo vio.

El dedo índice de la novia había tocado el vidrio.

Inés retrocedió hasta chocar con el mostrador. La caja de alfileres cayó al suelo y se abrió, esparciendo pequeñas puntas brillantes entre sus zapatos.

No gritó.

Durante unos segundos ni siquiera consiguió respirar.

La mano volvió lentamente a la cintura.

El movimiento fue breve, imperfecto, como si una articulación rígida hubiera cedido con dificultad.

Luego todo quedó inmóvil.

Inés buscó su teléfono, pero lo había dejado en el taller.

No quería darle la espalda.

La puerta de la calle se abrió.

Amalia entró empapada.

Observó los alfileres, el rostro de Inés y, finalmente, la vitrina.

—¿Qué pasó?

Inés señaló el escaparate.

—Su mano.

Amalia dejó el bolso.

—¿Qué tiene?

—Se movió.

La mujer no miró de nuevo.

—Llevas dos días sin dormir bien.

—La vi.

Amalia se acercó y le tomó las manos. Tenía los dedos fríos.

—Ve a casa.

—Hay algo ahí.

—Mañana hablamos.

Le puso el bolso en los brazos y abrió la puerta.

Inés salió a la lluvia sin recoger los alfileres.

Al llegar a la esquina se volvió.

Amalia había apagado casi todas las luces.

Quedaba encendida la del escaparate.

La mujer estaba frente a la novia, muy cerca de ella, con la cabeza inclinada.

Parecía escucharla.

Esa noche, Inés vació su bolso sobre la cama buscando las llaves de Mercedes. Cayeron el teléfono, unas monedas, el boleto del autobús y un pequeño objeto que golpeó el suelo.

Era un botón de nácar.

Se agachó para recogerlo.

Tenía restos de hilo amarillento y una mancha oscura en el borde.

Inés lo reconoció.

Aquella mañana había observado una hilera de botones idénticos en la manga izquierda del vestido de la Pascualita.

Pero ella no había entrado al escaparate.

No había tocado el vestido.

Se quedó mirando el botón sobre su palma hasta que escuchó a Mercedes llamarla desde la cocina.

—¿Inés?

Cerró los dedos.

—Ya voy.

Cuando abrió la mano otra vez, descubrió algo atrapado entre los restos del hilo.

Un cabello largo.

Oscuro.

Y todavía húmedo.