Capítulo 11 de 13
La costura abierta
Inés mantuvo la lima sobre el cobre.
El dedo de Elisa seguía señalando el nombre del hombre.
—Está pidiéndonos que continuemos —dijo.
Mercedes sujetó con más firmeza las pinzas.
La voz de Valdés llegó desde el cristal.
—No sabes lo que quiere.
Inés miró la palma abierta, la mano pequeña que había movido un botón, señalado una advertencia y resistido bajo la cera durante años.
No respondió al hombre.
Volvió a deslizar la lima.
El sonido fue áspero y breve.
Una línea clara apareció sobre el contorno oscuro.
La luz de las lámparas empezó a debilitarse.
Julián cambió el ángulo para mantener iluminada la placa.
El metal estaba sujeto demasiado cerca de la palma. Inés solo podía trabajar con movimientos cortos, cuidando que la herramienta no alcanzara los hilos ni el nombre de Elisa.
Su hombro derecho ardía.
Apoyó el codo sobre el borde de la mesa pequeña.
Mercedes observó su mano.
—Puedo seguir yo.
—Todavía puedo.
La lima rozó nuevamente la muesca.
El contorno se interrumpió.
Desde el local llegó un golpe que hizo vibrar las tablas del escaparate.
Amalia se volvió.
La sábana del espejo se había tensado como si alguien empujara desde atrás.
—Sigan —dijo, aunque su voz apenas salió.
Inés examinó la abertura que acababa de hacer.
La línea ya no cerraba alrededor del nombre.
Era el primer paso.
El más sencillo.
Cuando comenzó a desgastar la primera letra, la mano de la novia se cerró. Mercedes consiguió mantener la placa levantada, pero uno de los dedos atrapó el mango de la lima.
Inés dejó de tirar.
Recordó la herida de su tía.
No quería arrancar nada.
—Elisa —dijo—. Necesitamos espacio.
El dedo índice tembló.
Luego se separó apenas de la herramienta.
Inés la retiró.
La palma volvió a abrirse, lentamente, como si dos fuerzas distintas intentaran disponer de ella.
En el vidrio apareció una mancha oscura.
Primero tuvo forma de sombra.
Después se distinguieron los hombros del hombre.
Su cabeza inclinada.
La cicatriz junto a la boca.
Esteban Valdés parecía estar del otro lado del escaparate, de pie en la calle.
Sin embargo, detrás de él continuaban pasando automóviles.
Uno de sus brazos atravesó el reflejo de un taxi.
Julián bajó los ojos hacia la placa.
—Te estoy alumbrando —dijo a Inés.
Era una frase sencilla.
La ayudó a recordar dónde estaban.
La primera letra desapareció bajo una superficie irregular.
Inés continuó con la segunda.
El hombre golpeó el vidrio con la palma.
No produjo ningún sonido.
En cambio, todos los carretes del taller cayeron al suelo.
Amalia sostuvo la puerta de la vitrina para que no se cerrara.
Desde el fondo de la tienda llegó una voz infantil.
—Mamá.
Amalia se quedó inmóvil.
La voz volvió a llamarla.
Hasta entonces, Inés no había sabido que aquel hijo había muerto. La expresión de Amalia dio un sentido doloroso a su reserva cuando habló de la fotografía.
Mercedes miró a su antigua compañera.
—Amalia. Aquí.
La mujer respiró con la boca abierta.
Una sombra pequeña apareció bajo la sábana del espejo.
Parecía la cabeza de un niño.
Amalia dio un paso hacia ella.
Después miró la mano vendada de Mercedes.
Se detuvo.
—Mi hijo no estaría ahí —susurró.
La forma desapareció.
Inés siguió limando.
La placa se calentó.
Mercedes aflojó las pinzas un instante y tuvo que recolocarlas para evitar que resbalara.
Inés apartó la herramienta.
Julián acercó un pequeño trozo de tela para proteger el mango.
—No cortemos nada todavía.
La inscripción conservaba varias letras legibles.
…STEBAN VALDÉS.
El nombre de Elisa permanecía intacto debajo.
Inés se secó la frente con la manga.
Valdés comenzó a reír.
La risa no venía del cristal.
Salía de todas partes: del mostrador, del armario, de la máquina de coser que aguardaba en el taller.
La joven sintió que una mano le apretaba el hombro herido.
No vio dedos.
Solo percibió la presión y el dolor que se extendía hacia el cuello.
La lima cayó sobre la mesa.
Mercedes sostuvo a su sobrina.
—Salimos un momento.
Inés negó.
Pero las piernas le temblaban.
Julián dejó la placa apoyada dentro de la palma, con los hilos intactos. Después ayudó a Mercedes a sacar a Inés de la vitrina.
Amalia cerró la puerta sin quitar la luz.
Se sentaron en el piso del taller.
Inés estaba pálida.
El vendaje había vuelto a mancharse.
Mercedes le acomodó la blusa y esperó a que su respiración se hiciera más lenta.
—No tienes que terminar tú.
Inés miró la lima que Julián había recuperado.
Tenía polvo rojizo adherido en la punta.
—Si dejamos las letras…
—No vamos a dejarlas —dijo su tía.
Amalia se arrodilló junto a ellas.
Julián permaneció en la puerta, desde donde podía vigilar el escaparate.
Mercedes extendió la mano sana.
—Dámela.
Inés puso la herramienta sobre su palma.
Su tía la sostuvo como había sostenido agujas, tijeras y dedales durante toda su vida.
No había perdido esa firmeza.
La herida pertenecía a la otra mano.
—Él cuenta con que nos separemos —dijo Mercedes—. No con que podamos turnarnos.
Inés dejó escapar una respiración temblorosa.
Aceptó quedarse junto a Julián, sosteniendo una de las lámparas.
Amalia ayudaría con las pinzas.
Cuando regresaron, la mano estaba cerrada.
La placa había desaparecido bajo los dedos.
Mercedes se colocó frente a la novia.
La miró a los ojos.
—Soy la muchacha que intentó coserte el puño.
Amalia bajó la cabeza.
Mercedes continuó:
—No sabía lo que estaba haciendo. Ahora sí.
Durante un instante no ocurrió nada.
Después, el dedo índice se separó de los demás.
La palma se abrió.
La placa volvió a quedar expuesta.
Mercedes no sonrió.
Acercó la lima y comenzó a trabajar.
El movimiento de su muñeca era preciso, más corto que el de Inés. Amalia sostuvo el cobre con las pinzas y Julián dirigió la luz hacia la parte superior.
La letra siguiente desapareció.
Luego otra.
El rostro del hombre se deformó en el cristal.
Su boca se abrió demasiado.
Esta vez gritó.
El espejo cayó de la pared.
El ruido atravesó toda la tienda.
La sábana amortiguó parte del golpe, pero debajo se escuchó el estallido de numerosos fragmentos.
Nadie se volvió.
Inés mantuvo la lámpara dirigida hacia la mano.
Mercedes continuó.
Solo quedaba el apellido.
La cera alrededor de la abertura se agrietó. Una línea fina avanzó hasta la base del pulgar.
Amalia dejó escapar un gemido.
—¿La estamos lastimando?
Mercedes se detuvo.
Elisa movió el índice.
Lo colocó junto a la última letra todavía intacta.
La palma permaneció ofrecida hacia ellas.
—Continúa —dijo Inés.
Su tía volvió a apoyar la lima.
El apellido se volvió una franja de marcas.
Mercedes examinó el cobre bajo la luz.
Quedaba una línea en forma de ese.
La borró.
Julián inclinó la lámpara para comprobar que no sobreviviera ninguna letra legible.
El contorno estaba abierto.
El nombre, deshecho.
Debajo, ELISA seguía escrito con claridad.
Por primera vez en toda la tarde, la tienda quedó en silencio.
Valdés había desaparecido del cristal.
La presión del hombro de Inés se aflojó.
Amalia comenzó a llorar.
Mercedes dejó la lima.
—Ahora los hilos.
Inés volvió a acercarse.
Amalia mantuvo el cobre levantado con las pinzas. Mercedes dejó la lima sobre el paño y se hizo a un lado para que su sobrina pudiera cortar las sujeciones sin rozar la palma.
Julián mantuvo la luz.
Los dos hilos oscuros estaban tensos.
Inés colocó la punta de las tijeras bajo el primero.
Lo cortó.
El extremo se encogió dentro de la abertura.
Cortó el segundo.
El aire del escaparate perdió parte de aquel olor dulce que les había acompañado desde el comienzo.
Solo quedaba el hilo blanco.
Mercedes lo miró largo rato.
Era el fragmento anclado de la puntada que había hecho a los veinte años. Amalia había cortado el tramo exterior aquella noche, pero ese extremo había seguido unido al sello. Mercedes no supo hasta entonces cuánto de aquel vínculo había sobrevivido a su huida.
Inés le ofreció las tijeras.
Su tía negó.
—Hazlo tú.
La joven cortó.
Mercedes cerró los ojos.
La placa quedó libre.
Inés la tomó con las pinzas.
La levantó sin tocarla con los dedos y la colocó sobre el paño que habían preparado.
No surgió ninguna voz.
Ninguna mano.
El cobre era apenas una pieza pequeña, gastada, con tres agujeros y una inscripción conservada.
Amalia apoyó el hombro contra el marco de la puerta.
Julián bajó las lámparas.
Entonces Elisa se movió.
No solo la mano.
Todo el cuerpo cedió unos centímetros hacia delante.
Amalia entró para sostenerla.
Mercedes la ayudó.
El peso resultó mayor del que esperaban. Julián dejó una lámpara y acercó la silla.
Consiguieron sentarla sin que cayera.
Inés quedó frente a ella.
La cabeza estaba inclinada.
El velo había resbalado hasta los hombros.
Por un instante, los ojos oscuros parecieron fijarse en los de la joven.
Inés sintió que alguien la miraba sin pedirle nada.
Después, los párpados descendieron.
La combinación marfil se arrugó sobre las rodillas.
Las manos descansaron abiertas.
Julián tomó el paño con la placa y lo dejó sobre la mesa, lejos del cuerpo. Mercedes recogió las herramientas.
Amalia permanecía arrodillada frente a la silla.
—Nunca la había visto así.
Inés miró las grietas de la palma.
Bajo la capa desprendida se distinguía una superficie oscura, seca, imposible de confundir con el plástico de un maniquí.
Julián la vio también.
Nadie intentó tocarla.
Durante años la ciudad había repetido una historia.
Ahora ellos tenían delante lo que quedaba de una mujer.
Había que decidir qué hacer.
Cómo contar lo ocurrido.
A quién pedir ayuda.
Inés abrió la boca para hablar, pero una corriente de aire atravesó el local.
Levantó el velo.
Una costura reseca cedió en el borde doblado del velo. De aquel pequeño bolsillo, que Amalia nunca había desmontado, cayó sobre las rodillas de Elisa una flor seca.
Amalia la recogió.
—Pascuala me pidió que conservara ese borde tal como estaba. Yo cambiaba los vestidos, pero nunca abrí el doblez del velo.
Era una flor de azahar, atada con hilo a un papel doblado.
Mercedes acercó la lámpara.
En el papel había una frase escrita con la letra de Pascuala:
Si alguna vez cierra los ojos, llévenla donde la esperaban.