Capítulo 10 de 13

Lo que Pascuala dejó escrito

Inés retiró las pinzas.

La placa descendió lentamente hasta quedar otra vez dentro de la palma. Los tres hilos conservaron su lugar.

Durante unos segundos nadie se movió.

El dedo de la Pascualita seguía apuntando hacia el nombre de Valdés.

Desde el taller llegó otra vez la voz de Mercedes:

—Bórralos los dos.

La verdadera Mercedes estaba junto a Inés. Tenía los labios cerrados y una mano apoyada en su brazo.

Julián bajó el espejo pequeño.

—Ya vimos suficiente.

Retrocedieron sin darle la espalda al escaparate.

Amalia cerró la puerta estrecha, aunque dejó encendida la lámpara. En el cristal que daba a la calle, la marca de la mano grande había desaparecido.

Inés se sentó detrás del mostrador.

El vendaje del hombro estaba húmedo.

Mercedes le levantó con cuidado el borde de la blusa. Las pequeñas heridas habían sangrado otra vez, pero no había hilo nuevo.

—Tenemos que descansar —dijo.

Inés miró hacia el taller.

—Primero quiero saber qué pasa si borramos el nombre de Elisa.

No intentaron leer junto al escaparate.

Amalia llevó los documentos al taller y Julián instaló allí la computadora portátil que había traído del estudio. La puerta del patio quedó abierta para dejar entrar el aire fresco.

Inés se cambió el vendaje con ayuda de su tía.

Después abrió las fotografías del registro.

El apartado de los sellos ocupaba cuatro páginas. Habían prestado atención al dibujo y a las instrucciones para retirar el metal, pero varias anotaciones estaban escritas de lado, junto al lomo del cuaderno.

Julián giró una imagen.

Aumentó el tamaño.

Una línea se hizo legible:

El nombre del huésped mantiene su reconocimiento.

Más abajo:

Sin él, lo conservado puede quedar disponible.

Inés sintió que se le tensaba el estómago.

—Si borramos a Elisa…

—Le quitamos lo que todavía le pertenece —terminó Mercedes.

Amalia se cubrió la boca.

La orden que acababan de escuchar ya no parecía una amenaza confusa. Valdés quería que destruyeran el nombre de la mujer atrapada con él.

No buscaba liberarla.

Quería dejar de compartir.

El nombre de Valdés estaba rodeado por una línea continua.

El de Elisa no.

Julián comparó la fotografía que había tomado dentro del escaparate con el dibujo del registro.

—Este trazo parece cerrar algo.

Inés acercó la pantalla.

La línea rodeaba las letras del restaurador y regresaba al punto donde había comenzado. En un extremo tenía una pequeña muesca, casi oculta bajo uno de los hilos oscuros.

Debajo del dibujo figuraba una instrucción:

La cancelación exige abrir el contorno y hacer ilegible la inscripción.

Mercedes pasó un dedo sobre la mesa, siguiendo la forma.

—Primero la línea. Después el nombre.

Inés volvió a la imagen de la mano.

No había mucho espacio. La placa estaba inclinada, sostenida por los hilos y parcialmente cubierta por cera. Para trabajar sin retirarla necesitaría una herramienta más fina que las tijeras.

Amalia abrió un cajón.

Sacó una pequeña lima de metal.

—La usamos para suavizar las puntas de las peinetas.

Inés la sostuvo.

Podía servir.

Pero antes de acercarla al sello quería entender por qué Pascuala no había hecho lo mismo.

Amalia revisó los sobres una vez más.

Mercedes examinó la libreta negra. Inés observó los bordes arrancados cerca del lomo.

Tres hojas habían sido retiradas.

No parecía un corte limpio. Alguien las arrancó con prisa.

—¿Podrían estar dentro de otro cuaderno? —preguntó Julián.

Amalia miró el armario.

Había guardado allí los papeles que no consideró importantes: cuentas, patrones, inventarios antiguos.

Sacaron dos cajas.

Inés encontró un patrón de manga dibujado sobre papel grueso. Tenía marcas de modificaciones, números y pequeños agujeros donde antes habían pasado alfileres.

En el borde superior figuraban dos iniciales:

E. P.

Elisa Pascuala, pensó.

No sabía si aquel era su nombre completo o una manera de identificar el vestido de la hija de la dueña.

Volteó el patrón.

En el reverso había tres hojas pegadas con pequeñas tiras de papel.

Las páginas que faltaban.

Pascuala había escrito sobre el sello después de ir a la casa de Valdés. El restaurador no estaba, pero una mujer le permitió entrar creyendo que acudía a recoger un encargo.

Pascuala encontró el registro.

Leyó lo suficiente para comprender cómo cancelar la inscripción.

Y regresó a la tienda dispuesta a hacerlo.

Llevé una lima, una lámpara y las tijeras.

Inés miró la herramienta que sostenía.

La página siguiente tenía una mancha circular, quizá de agua.

Cuando abrí la mano, escuché a mi hija detrás de mí.

Pascuala se volvió.

Elisa estaba junto al mostrador.

Llevaba el vestido preparado para su boda, tenía el cabello suelto y una sonrisa que su madre recordó haber visto durante la infancia.

Me dijo que había vuelto.

Amalia dejó de respirar durante un instante.

La letra se volvía irregular.

Pascuala describía cómo abandonó las herramientas, cómo cruzó el local para abrazar a su hija y cómo encontró únicamente el espejo.

La imagen permaneció frente a ella.

Valdés habló desde aquel rostro.

Le ofreció algo distinto de la conservación.

Le prometió devolverla viva.

Inés leyó hasta el final.

El restaurador aseguró que Elisa podría caminar, comer y hablar. Necesitaba que Pascuala cerrara la manga y que otra persona le prestara una mano para completar el trabajo.

La madre quiso creerle.

Durante semanas mantuvo la lima guardada.

No canceló el sello.

Me avergüenza escribirlo, pero todavía lo espero.

Mercedes se sentó.

Años después, Pascuala había contratado a dos aprendices.

Amalia y ella.

La última página explicaba aquella decisión sin intentar disculparla.

Dejé a Mercedes con el vestido. Sabía lo que podía ocurrir.

La mano vendada de Mercedes se cerró sobre su falda.

Amalia inclinó la cabeza.

Inés dejó de leer en voz alta.

Su tía tomó la hoja.

Necesitó sostenerla con ambas manos para impedir que temblara.

Pascuala había conocido el riesgo.

Había dejado que una muchacha de veinte años entrara sola al escaparate. Durante casi medio siglo, Mercedes se había preguntado si su miedo nació de un error, de una impresión equivocada, de algo que ella misma provocó.

Ahora tenía delante una confesión.

—Me pidió que terminara temprano —dijo—. Recuerdo que me lo pidió.

Amalia se acercó, pero Mercedes levantó la mano sana.

Necesitaba espacio.

La confesión terminaba con una frase:

Si alguien lee esto, que no escuche a quien le ofrezca devolver lo perdido.

Debajo Pascuala explicaba por qué ocultó las hojas en el patrón.

Valdés había conseguido borrar palabras de la libreta. En ocasiones, las advertencias aparecían tachadas sin que ella hubiera usado la pluma. Necesitaba esconder la información entre papeles que parecieran parte del trabajo cotidiano.

También escribió algo sobre el nombre de Elisa.

No lo destruyan. Es lo único que él no ha podido hacer suyo.

Inés cerró los ojos.

La voz del taller había pedido exactamente lo contrario.

Mercedes dejó la hoja sobre la mesa.

—Vamos a quitarle su nombre a él.

No había serenidad en su voz.

Había una decisión tomada después de muchos años de silencio.

Amalia asintió.

—Esta vez nadie entra sola.

Julián fotografió las hojas.

Envió copias al correo de su madre y guardó los archivos fuera de la cámara. No quería que dependieran de una sola pantalla.

Inés colocó la lima sobre un paño.

Amalia preparó una segunda lámpara y acercó una silla al escaparate. Mercedes eligió unas pinzas de punta curva para sostener el borde de la placa.

Revisaron el orden.

Levantarían el cobre sin cortar los tres hilos.

Abrirían el contorno grabado alrededor de Valdés.

Después desgastarían sus letras hasta volverlas ilegibles.

El nombre de Elisa permanecería intacto.

Solo entonces separarían el metal.

Inés repitió cada paso mirando a los demás.

Quería que pudieran detenerla si, en algún momento, dejaba de hacer lo acordado.

Su hombro dolía.

Las manos también.

Pero la lima no temblaba cuando la tomó por segunda vez.

Una campana sonó en la entrada.

Los cuatro volvieron la cabeza.

La puerta seguía sujeta con la cuña que Julián había colocado.

No había entrado nadie.

Desde el local se escucharon pasos.

Lentos.

Luego una voz de mujer.

—Amalia.

La dueña de la tienda se quedó inmóvil.

Inés observó cómo el color abandonaba su rostro.

—¿Quién es? —preguntó Mercedes.

Amalia apenas consiguió responder.

—Mi madre.

Su madre llevaba quince años muerta.

Inés recordó una fotografía pequeña que Amalia guardaba junto a la libreta de cuentas: un niño con una pelota. La mujer había dicho una vez que era su hijo y había cerrado el cajón antes de que ella preguntara más. Ahora comprendía cuánto podía conocer Valdés de quienes vivían alrededor del escaparate.

La voz volvió a llamarla.

Más cerca.

—Ven a verme, hija.

Julián se colocó frente a la puerta del taller.

El espejo seguía cubierto por la sábana.

Algo se movía debajo.

Amalia empezó a caminar.

Mercedes le cerró el paso y la tomó de los hombros.

—Mírame.

—Es su voz.

—Mírame a mí.

Amalia tenía los ojos llenos de lágrimas.

El bulto bajo la sábana se detuvo.

Entonces llegó otra voz.

La del hombre con quien Inés había vivido en Ciudad Juárez.

—Podemos arreglarlo.

La joven sintió una punzada que no procedía del hombro.

Había deseado escuchar aquellas palabras muchas noches.

En otro lugar.

De una persona que todavía estaba viva.

Miró la lima.

La sostuvo con más fuerza.

—No —dijo.

El escaparate recibió un golpe.

Después otro.

La novia estaba de pie, con la palma abierta y el rostro ligeramente inclinado hacia el taller.

Inés avanzó acompañada de Mercedes.

Julián sostuvo las lámparas.

Amalia quedó junto a la entrada de la vitrina, donde todos podían verla.

Las voces continuaban en el local.

Cada una ofrecía algo distinto.

Una despedida.

Un perdón.

Un regreso.

Mercedes levantó el borde de la placa con las pinzas.

Inés encontró la pequeña muesca del contorno.

Apoyó la lima.

El primer roce desprendió una partícula de cobre.

Las voces cesaron.

Desde detrás del vidrio, Esteban Valdés habló con su propia voz.

—Si terminas, ella tendrá que morir de verdad.

Inés miró el rostro inmóvil de Elisa.

La mano abierta se acercó un poco más.

Y el dedo índice señaló de nuevo el nombre del hombre.