Capítulo 9 de 13

Las puntadas que no hizo

Inés retiró la mano de su hombro.

En las yemas tenía una mancha de sangre.

Julián dejó de escuchar el teléfono.

—¿Qué pasó?

Ella bajó el cuello de la blusa lo suficiente para mostrarle las tres puntadas. El hilo negro atravesaba la piel en líneas cortas y parejas, como una reparación hecha sobre una tela gruesa.

Julián acercó la mirada, pero no la tocó.

—Hay que volver al consultorio.

Desde el teléfono llegó la voz de Mercedes:

—Inés, contesta.

Ella sostuvo el aparato contra el oído.

—Estoy aquí.

—¿Qué tienes?

Inés miró la puerta cerrada de la casa de los moldes.

—Me apareció hilo en el hombro.

Su tía guardó silencio.

Después se escuchó un golpe, seguido del ruido de algo arrastrándose sobre el piso de la tienda.

—No vengan todavía —dijo Mercedes—. Vamos a salir.

La llamada se cortó.

Amalia y Mercedes llegaron al consultorio cuando la doctora terminaba de examinar a Inés.

La mujer no intentó ocultar su desconcierto.

Las puntadas eran recientes, pero la piel que las rodeaba parecía llevar días cicatrizando. No había inflamación suficiente para explicar la dureza que Inés sentía bajo los dedos.

—¿Quién hizo esto?

—No lo sé.

La doctora la miró con atención.

Inés entendió que aquella respuesta no bastaba.

—Estaba revisando un vestido antiguo. Sentí dolor y después encontré el hilo.

La mujer le preguntó si había perdido el conocimiento. Inés negó.

Con unas tijeras cortó la primera puntada.

El dolor le descendió por el brazo hasta los dedos.

Al mismo tiempo, el teléfono de Amalia empezó a sonar.

Ella miró la pantalla.

Era el número de la tienda.

Lo dejó sonar.

La doctora retiró un tramo de hilo con las pinzas. La piel se separó apenas y debajo apareció una película pálida, brillante.

Se inclinó para observarla mejor.

Inés escuchó entonces una voz junto al oído derecho.

—No cortes.

Se apartó de golpe.

La doctora retiró las manos.

—Necesito que te quedes quieta.

Mercedes se acercó a la camilla.

—Mírame a mí.

Inés fijó los ojos en su tía.

La segunda puntada salió con facilidad.

La tercera se resistió.

Cuando la doctora consiguió retirarla, el teléfono dejó de sonar.

La doctora cubrió las pequeñas heridas y les recomendó una valoración adicional si la zona seguía endurecida. Guardó los fragmentos para examinarlos y preguntó, una vez más, si Inés recordaba haberse lesionado.

Mercedes respondió antes que ella.

—Vamos a acompañarla.

Salieron con un vendaje, una nota médica y ninguna explicación que alcanzara a contener lo sucedido.

En el automóvil, Inés probó mover el brazo.

La presión del hombro había disminuido.

Amalia mostró el registro de llamadas.

—La tienda está vacía.

—¿Qué vieron antes de salir? —preguntó Julián.

La mujer tardó en contestar.

—El vestido estaba en el taller. Lo comprobamos.

Mercedes continuó:

—Pero en el espejo lo llevaba alguien. Una muchacha con la cara de Inés.

—¿Se movía?

—Le estaban cosiendo el hombro.

Inés cerró los ojos.

Recordó la mano del anillo apoyada sobre ella en la fotografía.

Por un instante sintió la tentación de quitarse el vendaje para comprobar que el hilo no hubiera regresado.

Mercedes le sujetó la mano sana.

—Ya lo retiraron.

Volvieron al estudio.

La madre de Julián había preparado caldo y dejó los platos sobre una mesa sin hacer preguntas. Aquella discreción les permitió comer algunos bocados.

Después bajaron.

Julián conectó la cámara a la computadora y abrió las fotografías del registro de Valdés. Inés se sentó a su lado, con el brazo derecho apoyado.

Revisaron las páginas anteriores al apartado de Elisa.

Esta vez buscaron menciones a reflejos, retratos y costuras.

Encontraron varias.

Valdés había dibujado una figura frente a un espejo. Entre el cuerpo y su reflejo había trazado líneas, como si ambas formas estuvieran unidas por hilos.

Debajo escribió:

La semejanza prepara. La aceptación completa.

Inés miró la fotografía que Amalia había encontrado en la manga.

—Por eso tiene mi cara.

Julián amplió otra página.

Puede obrarse sobre la imagen. Las marcas alcanzan el cuerpo, pero no bastan para abrirlo.

Mercedes se inclinó hacia la pantalla.

—Necesita que tú hagas la última parte.

Inés asintió.

Las puntadas del hombro no significaban que Valdés hubiera terminado. Eran una amenaza. Una manera de acercarla al vestido y hacerla creer que resistirse ya no serviría.

—Quiere que vaya sola —dijo.

Amalia apretó el pañuelo que llevaba entre las manos.

—No vas a hacerlo.

—No.

Inés pronunció la palabra con firmeza, aunque el hombro todavía le ardía.

Julián reprodujo la grabación de la tienda.

Había dejado la cámara encendida durante la revisión del puño. El video mostraba el escaparate, parte del mostrador y la puerta del taller.

Al principio se escuchaban sus voces.

Después, cuando todos se concentraron en los documentos, apareció un sonido distinto.

Un roce prolongado.

Julián aumentó el volumen.

El ruido se repitió tres veces.

Inés reconoció el ritmo.

Una aguja atravesando tela.

Luego una voz, demasiado baja para comprenderla.

Reprodujeron ese tramo varias veces.

Mercedes pidió que se detuvieran.

—Ya escuché.

—¿Qué dice? —preguntó Inés.

Su tía se había puesto pálida.

—Es mi voz.

Julián volvió unos segundos atrás.

Esta vez todos distinguieron el nombre de Inés.

Y después:

—Ven. Estoy aquí.

Mercedes se levantó.

—Yo estaba con ustedes en el taller.

Nadie necesitó comprobarlo. En la misma grabación se oía su conversación, lejos del escaparate.

Valdés podía llamarlos con voces conocidas.

Inés pensó en el susurro que pedía retirar el sello.

También podía imitar a alguien que necesitara ayuda.

Amalia sacó la libreta de Pascuala.

La había llevado consigo al salir de la tienda. La colocó junto a la computadora y buscó la frase sobre las manos.

Él puede pedir. Ella apenas puede señalar.

La leyó despacio.

—Pascuala nos dejó una manera de distinguirlos.

Inés recordó los golpes contra el cristal.

La mano pequeña.

El botón.

Los ojos que parecían seguirla.

Elisa había intentado dirigir su atención hacia la manga.

La voz había dado instrucciones.

—No podemos confiar en lo que escuchemos —dijo Julián.

Mercedes regresó a su silla.

—Y tendremos que mirarnos cuando hablemos.

Acordaron permanecer juntos. Si alguno necesitaba entrar al escaparate, los demás debían poder verlo.

Inés agradeció que nadie le pidiera demostrar valor.

Tenía miedo.

Lo sentía en el estómago, en los músculos tensos y en la facilidad con que cualquier vibración del teléfono le aceleraba el pulso.

Quería marcharse de Chihuahua.

Pero sabía que Mercedes se había alejado durante décadas y el hilo había terminado por alcanzarla en su propia casa.

Faltaba entender cómo cancelar la inscripción.

Julián abrió la imagen del sello dibujado en el registro.

El nombre estaba rodeado por una línea continua. Tres hilos atravesaban pequeños orificios en los bordes del metal.

Inés observó el dibujo.

—Podemos girarlo sin soltarlo.

Mercedes se acercó.

—Si hay espacio.

—Primero hay que ver cómo está colocado.

Amalia tenía un espejo pequeño de los que utilizaba para mostrar detalles de los tocados. Propuso sujetarlo a un mango para examinar la parte oculta.

Julián conseguiría una lámpara.

Inés llevaría sus herramientas de costura, pero ninguna aguja.

La última decisión provocó un silencio breve.

Había pasado buena parte de su vida enhebrando agujas. Le dolía que algo tan familiar se hubiera convertido en una amenaza.

Mercedes notó su expresión.

—Esto no cambia lo que sabes hacer.

Inés miró el vendaje.

—Ahora mismo siento que sí.

Su tía colocó sobre la mesa unas tijeras pequeñas.

Eran las mismas que había usado en el taller.

—También sabemos deshacer.

Regresaron antes del anochecer.

Amalia abrió la entrada y Julián sujetó la puerta para evitar que se cerrara. Desde la calle llegaban voces y el olor de un puesto de comida.

El contraste tranquilizó un poco a Inés.

Cubrieron el espejo grande con una sábana. Después llevaron una mesa pequeña hasta la entrada del escaparate. El vestido estaba donde Mercedes y Amalia lo habían dejado: extendido sobre la mesa de corte.

La Pascualita mantenía la palma abierta.

Inés le habló desde el umbral.

—Vamos a mirar. No vamos a quitarlo todavía.

No esperaba una respuesta.

La mano giró apenas.

Lo suficiente para que la lámpara alcanzara la abertura.

Amalia se llevó el pañuelo a la boca.

Julián sostuvo el espejo pequeño.

En su superficie apareció el borde de la pieza de cobre.

Los tres hilos seguían intactos.

Dos eran oscuros.

El tercero, blanco.

Mercedes miró su vendaje.

—Ese debe de ser el extremo que quedó cuando Amalia cortó mi hilo.

No podía seguir su recorrido bajo la cera. La única puntada de Mercedes había atravesado el refuerzo y alcanzado una de las sujeciones del metal; el tramo exterior se rompió, pero el fragmento anclado permaneció allí.

Inés examinó la posición.

La placa estaba cubierta parcialmente por cera, pero uno de sus bordes podía levantarse sin cortar las sujeciones.

Acercó las pinzas.

Su mano tembló.

Se detuvo hasta recuperar el control.

Al mover el metal, algo rozó el cristal del escaparate.

Una mano grande apareció detrás del reflejo de Julián.

—No te vuelvas —dijo Inés.

Él mantuvo la lámpara.

El anillo golpeó una vez el vidrio.

Mercedes se colocó junto a su sobrina, dentro de su campo de visión.

—Estoy aquí.

Inés levantó unos milímetros la placa.

En el espejo pequeño apareció la inscripción.

ESTEBAN VALDÉS.

Las letras estaban rodeadas por el trazo continuo del dibujo.

Pero debajo había algo que el registro no mostraba.

Otro nombre.

Grabado con líneas más finas, casi escondido bajo la suciedad.

Inés pidió que acercaran la luz.

Leyó.

ELISA.

Elisa no solo conservaba al hombre.

También estaba sujeta al mismo sello.

Amalia dejó escapar un sollozo.

Desde el taller llegó la voz de Mercedes, idéntica a la que estaba junto a Inés:

—Bórralos los dos.

La verdadera Mercedes le tomó el brazo.

Inés miró la palma abierta de la novia.

El dedo índice se movió con dificultad.

Tocó una vez el nombre de Elisa.

Después se apartó de él y señaló el de Valdés.