Capítulo 1 de 13

La mujer del corredor

La primera noche que Clara trabajó en el antiguo Hospital Juárez escuchó una campanilla que ya no existía.

Al principio creyó que el sonido provenía de alguna de las camas. Levantó la cabeza del registro y esperó. Había aprendido a reconocer los ruidos de una sala durante sus prácticas: el roce de las ruedas sobre el suelo, una tos contenida, el movimiento de alguien que intentaba encontrar una postura menos dolorosa. Aquel tintineo era distinto. Tenía algo doméstico, casi delicado, como una cucharilla golpeando el borde de un vaso.

Volvió a sonar.

Clara dejó el bolígrafo.

Desde el escritorio podía ver buena parte del corredor. Una lámpara parpadeaba sobre la puerta del cuarto de suministros. Más allá, la luz se volvía amarillenta y las sombras de las camas se alargaban sobre las baldosas.

Consultó el reloj: las dos y diecisiete.

Todavía faltaban varias horas para que terminara su primera guardia.

Se levantó y recorrió las camas más cercanas. La mujer recién operada de la cama siete dormía de lado. Un hombre de la ocho mantenía los ojos cerrados, aunque movía los labios como si conversara con alguien. En la nueve, don Gabriel sostenía una fotografía doblada contra el pecho.

Al verla, intentó incorporarse.

—¿Ya es de mañana?

—Todavía no, don Gabriel.

Clara se acercó para ayudarlo a acomodarse.

El anciano respiraba con esfuerzo. Había conversado con ella al comienzo del turno, cuando aún podía terminar una frase sin detenerse. Le había contado que su hija vivía lejos y que no le gustaba telefonearle de noche.

—Se asusta —había dicho—. Luego quiere venir, deja su trabajo, gasta lo que no tiene.

Ahora parecía demasiado cansado para volver a contar aquella historia.

Clara observó el monitor, revisó cómo se encontraba y le preguntó si sentía algún cambio.

—Estoy igual —respondió él.

Ella no estaba convencida.

—Voy a avisar al médico para que venga a verlo otra vez.

Don Gabriel asintió y cerró los ojos.

Cuando Clara se apartó, la fotografía resbaló de sus dedos. La recogió antes de que tocara el suelo. Mostraba a una mujer joven junto a un árbol, con una mano levantada hacia la cámara.

—Mi esposa —explicó él.

Clara le devolvió la imagen.

—¿Quiere que la guarde en el cajón?

—Déjemela aquí.

La acomodó junto a su mano.

Después llamó al médico de guardia, informó de lo que había observado y regresó al escritorio. Tenía que registrar la hora y terminar otras anotaciones, pero no dejaba de mirar hacia la cama nueve.

La campanilla sonó por tercera vez.

Esta vez vino del fondo del corredor.

Clara giró la cabeza y vio a una mujer.

Estaba junto a la puerta del cuarto de suministros, tan quieta que al principio pareció formar parte de la pared. Llevaba un uniforme blanco de mangas largas y una cofia prendida sobre el cabello oscuro. La falda le llegaba por debajo de las rodillas. Bajo la luz, los pliegues conservaban una rigidez impecable.

Clara tardó unos segundos en comprender qué le resultaba extraño.

Ninguna de sus compañeras vestía así.

La mujer comenzó a caminar.

No se apresuraba, pero avanzaba con la seguridad de alguien que conocía la sala. Al pasar bajo la lámpara, Clara alcanzó a verle el rostro: era joven, de mejillas estrechas y expresión seria. Miraba directamente hacia la cama de don Gabriel.

Clara salió del escritorio.

—¿Necesita algo?

La desconocida siguió adelante.

Clara pensó que no la había escuchado. Se acercó unos pasos más.

—Disculpe, ¿viene de otra sala?

La mujer llegó a la cama nueve y se inclinó sobre el anciano. Le acomodó la almohada con una mano mientras con la otra apartaba la sábana de su cuello.

Don Gabriel abrió los ojos.

Sus labios se movieron.

Clara no alcanzó a oír lo que dijo.

La enfermera apoyó una mano sobre su frente y permaneció así unos instantes. Había una delicadeza en aquel gesto que hizo que Clara se detuviera. La desconocida parecía escuchar algo que el anciano no podía expresar.

Entonces levantó la mirada.

Clara tuvo la impresión de que quería decirle algo.

La mujer retiró la mano de la frente de don Gabriel y señaló el borde de la cama.

El monitor cambió de ritmo.

Clara avanzó de inmediato.

—Don Gabriel.

El anciano trató de responder, pero apenas logró tomar aire.

Ella llamó al personal, avisó de nuevo al médico y comenzó a atenderlo. Alguien acercó un carro. Otra enfermera corrió a su lado. En pocos segundos, la cama quedó rodeada de personas y voces.

Clara trabajó pendiente de las indicaciones y de cada cambio en el rostro del paciente. La fotografía cayó al suelo; la apartó con el pie para que no la pisaran.

Durante aquellos minutos olvidó a la mujer de blanco.

Cuando el equipo consiguió estabilizar al anciano, Clara tenía el pulso acelerado y las manos húmedas dentro de los guantes. El médico permaneció un momento revisándolo y luego dio nuevas instrucciones antes de retirarse.

Clara se quedó junto a la cama.

Don Gabriel abrió los ojos lentamente.

—Aquí sigue —le dijo ella.

Él tardó en enfocar su rostro.

—Me dijo que no me durmiera.

—¿Quién?

El anciano miró hacia el corredor.

—La señorita.

Clara volvió la cabeza.

La mujer de blanco ya no estaba.

Buscó primero en el cuarto de suministros.

La puerta estaba entreabierta. Encendió la luz y encontró los estantes ordenados, una caja sobre la mesa y un taburete vacío. No había otra salida.

Después revisó el área de descanso.

Una compañera bebía agua apoyada en el fregadero.

—¿Viste pasar a una enfermera con cofia?

La mujer la miró por encima del vaso.

—¿Con qué?

—Cofia. Un uniforme blanco, de los antiguos.

—No.

Clara dudó antes de continuar.

—Estaba con el paciente de la nueve cuando se agravó.

—Cuando llegué, estabas tú sola.

—Estuvo antes.

Su compañera dejó el vaso.

—Puede que haya venido alguien de otra área.

Clara asintió. Era una explicación posible, aunque no recordaba haber visto un uniforme semejante durante la orientación.

Volvió a la sala y comprobó una vez más que don Gabriel estuviera estable. El anciano la seguía con los ojos.

Recogió la fotografía del suelo. Tenía una pequeña marca en una esquina.

—Se cayó —dijo, limpiándola con cuidado—. La voy a dejar aquí, donde pueda verla.

La apoyó sobre el mueble junto a la cama.

Don Gabriel no miró la imagen.

—¿Dónde se fue?

—No lo sé. ¿La había visto antes?

—Esta noche.

—¿Le dijo su nombre?

El anciano negó con la cabeza.

Clara acercó una silla. Quería escucharlo sin tener que inclinarse sobre él.

—¿Qué le dijo exactamente?

Don Gabriel cerró los ojos un momento, como si necesitara recuperar las palabras.

—Que todavía no. Que usted ya venía.

Clara sintió un malestar difícil de precisar.

—¿Le dio algo? ¿Agua, alguna medicina?

—Me acomodó. Tenía las manos frías.

El hombre miró de nuevo hacia la puerta.

—Quería darle las gracias.

Inés regresó de otra sala poco después de las tres.

Llevaba muchos años en el hospital y había sido la encargada de recibir a Clara al comenzar el turno. Le mostró dónde estaban los materiales, revisó con ella las indicaciones y le recordó que pidiera ayuda cuando la necesitara.

Clara la encontró lavándose las manos.

—¿Hay alguna compañera que use un uniforme de falda y cofia?

Inés mantuvo las manos bajo el agua.

—¿Por qué?

Clara contó lo sucedido.

Mientras hablaba, procuró ordenar cada detalle. La lámpara. La mujer junto al cuarto de suministros. Su recorrido hasta la cama nueve. La mano sobre la frente del anciano.

Al mencionar que la desconocida había desaparecido, Inés cerró la llave.

Durante unos segundos sólo se escuchó el agua que terminaba de escurrir hacia el desagüe.

—¿Cómo era el vestido? —preguntó.

—Blanco. Muy limpio.

Inés tomó una toalla.

—Todos procuramos traerlo limpio.

—Éste parecía recién planchado. Hasta después de agacharse. Los puños, la falda… no tenía una sola arruga.

La enfermera se secó las manos lentamente.

Clara esperó.

—Si vuelve a verla, revise a sus pacientes —dijo Inés.

—¿La conoce?

Inés colgó la toalla.

—Aquí se han contado muchas cosas.

—Yo no le estoy contando algo que escuché. La vi.

La mujer la miró entonces con una atención distinta. Clara advirtió que estaba cansada. Tenía marcas del cubrebocas en las mejillas y los ojos enrojecidos.

—Lo sé —respondió Inés.

Aquella respuesta la inquietó más que cualquier negativa.

Salieron juntas al corredor.

La lámpara sobre el cuarto de suministros había dejado de parpadear. Todo parecía igual que al comienzo del turno: el escritorio, las cortinas, los vasos junto a las camas. Clara buscó alguna huella de la desconocida y no encontró nada.

—¿Quién es? —preguntó en voz baja.

Inés miró hacia la cama nueve.

—Algunos pacientes le dicen la Planchada.

Clara esperó una explicación.

Pero desde una de las camas llamaron a Inés, y la enfermera acudió de inmediato.

Poco antes del amanecer, Clara regresó al escritorio para terminar sus notas.

Intentó describir lo ocurrido de un modo que no le resultara absurdo. Había visto a una enfermera que no conocía. Aquella mujer pudo haberse marchado mientras atendían a don Gabriel. La ropa antigua podía tener alguna explicación.

Sin embargo, cada vez que llegaba a esa conclusión recordaba su mirada.

No había sorpresa en los ojos de la desconocida. Ni prisa.

Parecía haber estado esperándola.

Clara dejó el bolígrafo y fue a revisar al anciano. Dormía, con el rostro menos tenso. La fotografía seguía en su sitio.

La sábana estaba doblada sobre su pecho.

Clara recordó cómo había quedado después de la urgencia: torcida, con una esquina amontonada junto al brazo. Pensó que alguna compañera la habría acomodado.

Se acercó para comprobar que no sintiera frío.

Don Gabriel abrió los ojos.

—Volvió —murmuró.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Quién volvió?

El anciano sonrió apenas.

—Ahora sí pude darle las gracias.

En el fondo del corredor sonó una campanilla.

Clara levantó la mirada.

Una figura blanca dobló la esquina junto al cuarto de suministros.

Esta vez no intentó seguirla.

Se volvió hacia las camas.

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