Capítulo 2 de 13
El vestido blanco
Sesenta años antes de que Clara escuchara aquella campanilla, Eulalia llegó al hospital con una maleta de cartón y una plancha envuelta en una manta.
Había viajado durante horas. El polvo del camino se le había metido en los zapatos y llevaba una marca roja en la palma, allí donde el asa de la maleta había rozado la piel. Al detenerse frente a la entrada del Hospital Juárez, cambió el equipaje de mano y levantó la vista.
Por primera vez, el edificio dejó de ser un nombre escrito en una carta.
Dentro trabajaría. Dentro aprendería a sostener una vida sin temerle a su fragilidad.
Respiró hondo y entró.
El hombre de la portería leyó la carta de admisión, revisó su nombre y señaló un banco.
—Espere aquí. Vendrán por usted.
Eulalia se sentó con la espalda recta. Apoyó la maleta junto a sus pies y conservó la plancha sobre las rodillas. A su alrededor pasaban familiares con bolsas de comida, empleados que cargaban ropa limpia y una mujer que lloraba en silencio mientras un niño tiraba de su falda.
Eulalia miró al pequeño. Él le sostuvo la mirada unos segundos y luego escondió la cara entre los pliegues del vestido de su madre.
Desde una sala llegó una tos profunda.
Después otra.
El olor era distinto al de cualquier sitio donde hubiera estado: jabón, tela húmeda y algo penetrante que no sabía identificar.
—¿Eulalia?
Una enfermera la observaba desde el corredor.
Tenía el cabello recogido con firmeza y un reloj prendido al uniforme.
—Sí, señora.
—Teresa. Aquí todas tenemos nombre.
Eulalia se levantó de inmediato.
Teresa miró el bulto sobre sus brazos.
—¿Qué trae ahí?
—Una plancha.
La enfermera alzó las cejas.
—Espero que también haya traído zapatos cómodos.
El cuarto que rentó estaba a pocas calles del hospital.
Tenía una cama angosta, un lavamanos de porcelana agrietada y una ventana que daba a un patio donde siempre había ropa tendida. La dueña le permitió utilizar una pequeña mesa para planchar, siempre que protegiera la madera.
Eulalia colocó sobre ella una manta doblada.
Luego abrió la maleta.
Sacó dos vestidos, un cepillo, un peine y una fotografía de su madre. En el fondo llevaba una bolsa de tela con unas monedas, hilo blanco y tres botones de repuesto.
El uniforme nuevo ocupaba casi la mitad del equipaje.
Lo extendió sobre la cama.
Pasó la mano por la falda, por las mangas, por el cuello. Todavía le parecía extraño que aquella ropa fuera suya. Había visto uniformes semejantes durante su preparación, pero vestirlo en el Hospital Juárez le daba un peso diferente.
Se acercó al espejo.
Lo sostuvo frente a su cuerpo y trató de imaginarse caminando entre las camas.
La imagen le recordó a su madre inclinada sobre una tabla de planchar, con los brazos enrojecidos por el calor.
Durante años, la mujer había lavado ropa ajena. Eulalia recordaba las camisas extendidas sobre el patio, los dedos agrietados por el jabón y los paquetes que debían entregarse sin una mancha, aunque en casa faltara comida.
Cuando era niña había preguntado por qué dedicaba tanto tiempo a una prenda que alguien volvería a ensuciar al día siguiente.
Su madre levantó entonces una camisa hacia la luz.
—Porque me la confiaron.
Después la había puesto sobre la tabla y añadido:
—La ropa limpia es una manera de presentarte. Lo demás lo dirán tus manos.
Eulalia dejó el uniforme sobre la mesa.
Humidificó la tela con los dedos, calentó la plancha y comenzó por el cuello.
Afuera, alguien sacudía una sábana.
Ella repasó cada costura hasta que dejó de temblarle el pulso.
Su primer día empezó antes del amanecer.
Teresa la recibió junto a una mesa donde descansaban los registros de la sala. Le explicó la distribución de las camas, le mostró los materiales y la acompañó durante la primera ronda.
—Observe antes de preguntar —le dijo—. Pero pregunte antes de suponer.
Eulalia asintió.
Intentaba recordarlo todo: los nombres, las indicaciones, dónde se guardaban las sábanas, qué puerta debía permanecer libre. Cada vez que creía comprender el orden de la sala, alguien llamaba y todo cambiaba.
Una mujer pedía ayuda para incorporarse.
Un anciano quería saber si había llegado su hijo.
Otro paciente fingía dormir cuando ellas se acercaban.
Teresa se detuvo junto a él.
—Don Manuel, tenemos que cambiarle la ropa de cama.
El hombre abrió los ojos.
—No hace falta.
Eulalia advirtió que mantenía una mano sobre la sábana, sujetándola con fuerza.
Teresa bajó la voz.
—Estará más cómodo.
El hombre miró hacia las otras camas.
Eulalia comprendió entonces lo que le preocupaba. Cerró la cortina antes de que Teresa se lo pidiera.
Don Manuel aflojó los dedos.
Más tarde, mientras llevaban la ropa sucia, Eulalia preguntó:
—¿Por qué no avisó?
—Por vergüenza.
—Pero está enfermo.
Teresa se detuvo.
—Él lo sabe. Eso no hace que deje de sentir vergüenza.
Eulalia volvió la vista hacia la cortina cerrada.
Hasta entonces había pensado mucho en el dolor, en la fiebre, en la manera de ayudar a un cuerpo. No había pensado con la misma atención en lo que una persona intentaba conservar mientras otros la atendían.
Al mediodía conoció a Tomás.
Estaba en la cama doce y tenía quince años, aunque su delgadez lo hacía parecer menor. Llevaba varias semanas ingresado por una infección de recuperación difícil, con mejorías breves y recaídas que lo mantenían débil y le quitaban el apetito.
Cuando Eulalia se acercó, él escondió algo debajo de la almohada.
—¿Cómo te sientes?
—Bien.
La respuesta fue demasiado rápida.
Eulalia miró el plato casi intacto.
—¿No te gustó la comida?
—Sí me gustó.
—Entonces, ¿qué pasó?
Tomás se encogió de hombros.
Ella acercó una silla y se sentó.
—A veces uno dice que está bien porque cree que la otra persona tiene prisa.
El muchacho la observó con desconfianza.
—¿Usted tiene prisa?
Eulalia miró las camas, luego volvió hacia él.
—Ahora puedo estar aquí.
Tomás sacó lentamente la mano de debajo de la almohada. Sostenía una hoja doblada, tan usada que el papel empezaba a romperse por las esquinas.
—Mi hermana viene en la tarde —dijo—. Si como y me da por devolver todo, se va a preocupar.
Eulalia escuchó sin interrumpirlo.
Después le explicó que debía avisar si sentía náuseas y que ella consultaría cómo podían ayudarlo.
—No tienes que arreglarlo tú solo.
Tomás bajó la mirada hacia el plato.
—Beatriz siempre dice que soy muy terco.
—¿Y tú qué dices?
El muchacho sonrió.
—Que ella es peor.
Fue la primera sonrisa que Eulalia vio en aquella cama.
Beatriz llegó cuando la luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas.
Tenía dieciocho años y llevaba una bolsa de tela, con hilos prendidos en el puño de la blusa. Antes de besar a su hermano, le tocó la frente.
—¿Comiste?
Tomás miró a Eulalia, que terminaba de acomodar unas cosas cerca de la cama.
—Un poco.
Beatriz siguió la dirección de sus ojos.
—¿Usted lo está atendiendo?
—Soy Eulalia.
—Él es Tomás, aunque seguro ya le dio lata.
—Todavía no mucha.
El muchacho protestó y Beatriz soltó una risa breve.
A Eulalia le pareció que la sala cambiaba cuando ambos se miraban. La cama seguía siendo la misma, pero Tomás se incorporaba un poco más y su hermana dejaba de vigilar cada respiración durante unos instantes.
Beatriz sacó de la bolsa una camisa limpia.
—La remendé del cuello. Ya casi no se nota.
—Cuando salga, voy a necesitar otra.
—Cuando salgas, primero vas a necesitar comer bien.
La joven extendió la camisa sobre sus rodillas.
Eulalia vio las puntadas pequeñas, regulares. Reconoció el cuidado de unas manos que trabajaban deprisa sin permitirse hacerlo mal.
—¿Cose usted?
—En un taller. Y lo que sale por las noches.
Beatriz guardó la prenda y preguntó por la salud de su hermano. Eulalia respondió sólo lo que sabía y le dijo qué dudas debía consultar con el médico.
La muchacha escuchó con atención.
Al marcharse, se detuvo junto a ella.
—Gracias por hablarle.
Eulalia miró hacia Tomás.
—No tiene que agradecerme.
Beatriz ajustó la bolsa sobre el hombro.
—De todos modos.
Durante las semanas siguientes, Eulalia aprendió el ritmo de la sala.
Descubrió qué paciente necesitaba una explicación antes de dejarse tocar y cuál preguntaba por la hora porque temía morir durante la noche. Aprendió a distinguir el sueño del agotamiento y a reconocer cuándo una respuesta tranquila escondía miedo.
También se equivocaba.
Una mañana olvidó dónde había dejado un registro. Otra, comenzó una tarea sin preparar todo lo necesario y tuvo que salir dos veces a buscar materiales. Teresa la corregía sin levantar la voz, pero no permitía que una distracción quedara sin revisar.
Eulalia anotaba las recomendaciones en un cuaderno.
Por las noches, después de lavar su uniforme, se sentaba junto a la ventana y repasaba lo ocurrido durante el día. El ruido del patio iba apagándose. Alguien cerraba una puerta; una radio sonaba detrás de una pared.
Luego preparaba la plancha.
A veces el cansancio le vencía los hombros. Se detenía, apoyaba ambas manos sobre la mesa y esperaba antes de continuar.
Quería presentarse bien.
Quería que sus pacientes vieran en ella a una persona capaz de hacerse cargo.
Teresa notó aquella costumbre cuando Eulalia llegó un día bajo la lluvia. El borde de su falda estaba mojado, pero el cuello y los puños conservaban sus líneas perfectas.
—¿A qué hora plancha?
—Antes de acostarme.
—Procure también dormir.
Eulalia sonrió.
—Duermo.
Teresa la miró de un modo que dejaba claro que no le creía del todo.
El apodo nació una tarde en que Tomás se sentía mejor.
Eulalia estaba cambiando el agua de su vaso cuando el muchacho señaló la manga.
—¿Nunca se le arruga el vestido?
Ella miró su uniforme.
—Claro que se arruga.
—Pues yo no lo he visto.
—Ven a buscarme al terminar el turno.
Tomás apoyó la cabeza contra la almohada.
—Usted siempre parece recién llegada.
Desde la cama contigua, un hombre intervino:
—Eso porque trabaja y no se revuelca como tú.
Tomás hizo una mueca.
Eulalia tuvo que contener la risa.
—Déjenlo tranquilo.
—¿Cómo le hace? —insistió él.
—Con paciencia.
—Mi hermana tiene paciencia para coser. Para planchar, no.
Eulalia le puso el vaso al alcance.
—Entonces tendrás que aprender tú.
Tomás tomó un sorbo y la observó por encima del borde.
—La señorita Planchada.
Ella levantó una ceja.
—Me llamo Eulalia.
—Sí, señorita Planchada.
El paciente de la cama contigua se rio.
Dos días después, alguien la llamó de la misma manera al pedir una manta. Luego lo hizo otra compañera, con una sonrisa. El nombre pasó de una cama a otra y terminó acompañándola por toda la sala.
Eulalia fingía molestarse.
Sin embargo, cuando Tomás lo pronunciaba, casi siempre acababa sonriendo.
Una noche lo encontró despierto mucho después de que se apagaran las luces principales.
Tenía una hoja sobre las rodillas y una pluma entre los dedos. Una mancha de tinta se extendía cerca del margen.
—¿Qué haces?
Tomás cubrió el papel.
—Nada.
—Esa nada te está manchando las manos.
El muchacho se miró los dedos y suspiró.
—Una carta.
—¿Para Beatriz?
Asintió.
—Pero la ves seguido.
—Por eso. Cuando viene, pregunta muchas cosas y luego ya se tiene que ir.
Eulalia acercó la lámpara.
En el papel había dos renglones escritos con esfuerzo. Tomás movía la pluma como si temiera romperla.
—Ella lee mejor que yo —dijo—. Y escribe bonito.
Eulalia miró las letras irregulares.
—Va a entenderte.
—Quiero decirle que ya casi salgo. Para que no trabaje tanto.
A ella le dolió aquella esperanza sencilla.
Todavía faltaba saber cómo evolucionaría.
—Podemos decirle que hoy te sentiste mejor —propuso—. Eso sí lo sabemos.
Tomás pensó un momento.
Después asintió y volvió a escribir.
Eulalia sostuvo la hoja para que no resbalara. Él trazó una palabra, se detuvo, preguntó cómo se escribía otra. Al terminar, leyó la carta en voz baja.
No era larga.
Decía que la comida le había sabido mejor, que había dormido y que no necesitaba una camisa nueva todavía. Al final añadió que la quería mucho.
Tomás dejó la pluma.
—Eso último no se lo leo cuando venga.
—¿Por qué?
—Me da pena.
Eulalia dobló el papel siguiendo el borde.
—Entonces se lo entregas.
El muchacho recibió la carta con ambas manos y la guardó bajo la almohada.
Antes de que ella se levantara, le sujetó suavemente la manga.
—¿Va a estar mañana?
—Sí.
—Qué bueno.
Eulalia permaneció unos segundos junto a la cama, hasta que él cerró los ojos.
Regresó tarde a su cuarto.
Había caminado con los pies doloridos y el estómago vacío. La dueña había dejado una olla pequeña sobre la estufa. Eulalia calentó un poco de comida, se sentó junto a la mesa y sólo entonces reparó en su uniforme.
La falda tenía pliegues torcidos.
Una manga estaba arrugada hasta el codo.
En el puño había una mancha diminuta de tinta.
La frotó con el pulgar. No salió.
Pensó en Tomás inclinado sobre la carta, tan concentrado que por un rato había olvidado la sala, la infección y los días de encierro.
Dejó de frotar.
Terminó de comer, se quitó el uniforme y lo puso en remojo.
Sobre la mesa aguardaba la plancha.
Eulalia la miró, pero esa noche no la calentó enseguida. Se sentó en la cama y sacó de la maleta la fotografía de su madre.
Durante un momento le pareció escucharla de nuevo:
«Lo demás lo dirán tus manos».
Bajó la vista.
Todavía tenía una pequeña marca de tinta junto a la uña.
La dejó allí hasta la mañana.

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