Capítulo 3 de 13
El médico nuevo
La lluvia empezó antes del amanecer.
Cuando Eulalia salió de su cuarto, el patio todavía estaba oscuro y una de las sábanas tendidas rozaba el suelo. La levantó, la sujetó mejor sobre la cuerda y abrió su paraguas junto a la puerta.
Había dormido poco. Durante la noche se despertó pensando que había olvidado una anotación del turno anterior. Después recordó que Teresa la había revisado con ella, pero tardó en recuperar el sueño.
Caminó hacia el hospital cuidando que el borde de la falda no tocara los charcos.
Al llegar, encontró a un hombre en la portería.
Estaba de espaldas, inclinado sobre una maleta de cuero. Llevaba un abrigo oscuro y tenía el cabello mojado en las sienes. El portero buscaba algo entre unos papeles mientras él consultaba su reloj.
—Me dijeron que preguntara por la dirección —explicó.
—Todavía no llegan todos, doctor.
El hombre exhaló con impaciencia.
Eulalia cerró el paraguas. Una ráfaga hizo que el agua le salpicara los zapatos.
El desconocido se volvió.
—¿Usted sabe dónde puedo esperar sin estorbar?
Ella señaló el banco junto a la pared.
—Ahí. En unos minutos comenzará a pasar más gente por esta puerta.
Él miró el banco, luego la maleta.
—Gracias.
Eulalia inclinó la cabeza y se dirigió hacia la sala.
No pensó más en él hasta que, dos horas después, Teresa lo presentó durante la visita a los pacientes.
—El doctor Alejandro se incorpora a partir de hoy.
El hombre ya se había quitado el abrigo. La bata le caía sin una arruga sobre los hombros y llevaba un cuaderno pequeño en el bolsillo.
Reconoció a Eulalia y sonrió.
Ella fingió comprobar una línea del registro que sostenía.
La visita avanzó con lentitud.
Alejandro escuchaba las explicaciones de otro médico, hacía preguntas y se detenía a revisar las notas. Eulalia caminaba junto a Teresa, pendiente de lo que pudieran necesitar.
En la cama seis, el médico nuevo preguntó:
—¿Cómo pasó la noche?
El paciente respondió que bien.
Eulalia miró a Teresa. Su compañera le hizo una señal para que hablara.
—Se despertó varias veces, doctor. Alrededor de las cuatro dijo que el dolor había cambiado.
Alejandro volvió la cabeza.
—¿Cambiado cómo?
Eulalia describió lo que el paciente le había contado y señaló la anotación correspondiente. El hombre, que había respondido con desgano al médico, asintió cuando ella terminó.
—Eso. Como dice la señorita.
Alejandro le pidió que le mostrara el registro.
Lo leyó sin apresurarse y volvió a examinar al paciente.
Al salir de aquella cama, se acercó a Eulalia.
—¿Siempre escribe tanto?
Ella sintió que había cometido una falta.
—Puedo hacerlo más breve.
—No se lo estaba reprochando.
Alejandro señaló una de las líneas.
—Esto me sirve.
Eulalia relajó los dedos sobre la carpeta.
—Prefiero anotarlo antes de olvidarlo.
—Usted observa mucho.
—Aquí hace falta.
Él la miró unos segundos, como si no hubiera esperado aquella respuesta.
Después continuaron hacia la cama doce.
Tomás había logrado peinarse con las manos.
La carta para Beatriz descansaba bajo su almohada y sobre la sábana tenía un lápiz que una compañera le había conseguido.
Alejandro le hizo varias preguntas. El muchacho contestó con seriedad, aunque miraba de vez en cuando a Eulalia.
—¿Le tiene miedo a todo el mundo o sólo a mí? —preguntó el médico.
Tomás no supo qué decir.
—Está cansado —intervino ella.
Alejandro asintió y terminó la revisión.
Antes de apartarse, vio el lápiz.
—¿Dibuja?
—A veces.
—Eso está bien. Ayuda a pasar las horas.
Cuando el médico se alejó, Tomás llamó a Eulalia con un gesto.
—¿Va a quedarse?
—¿Quién?
—El nuevo.
—Eso parece.
Tomás observó la puerta por donde había salido.
—Pregunta rápido.
Eulalia acercó el vaso a la mesa.
—Si no entiendes algo, puedes decirlo.
—Con usted sí.
Ella lo miró.
—Con él también.
El muchacho dejó el lápiz sobre la hoja.
—Voy a ver.
Alejandro volvió a buscarla al terminar la mañana.
Eulalia estaba ordenando material limpio en un armario. Lo vio acercarse y dejó lo que tenía entre las manos.
—¿Necesita el registro?
—No. Quería preguntarle por el muchacho de la cama doce.
Hablaron de Tomás, de su apetito y de los días en que se sentía con fuerzas para conversar. Alejandro escuchó apoyado en el marco de la puerta.
—¿Es su primer empleo aquí? —preguntó después.
Eulalia asintió.
—¿Y lleva cuánto tiempo?
Ella se lo dijo.
—Pensé que era más.
—Todavía tengo que preguntar muchas cosas.
—Todos.
Eulalia miró el cuaderno que asomaba en su bolsillo.
—Usted también anota.
Alejandro lo sacó y se lo mostró cerrado.
La cubierta estaba gastada en una esquina.
—Lo que no quiero fingir que recuerdo.
Ella sonrió antes de poder evitarlo.
Él pareció satisfecho.
—¿Cómo se llama?
—Eulalia.
—Alejandro.
—Ya nos lo dijeron durante la visita, doctor.
—Es verdad.
Soltó una risa breve. Luego se apartó para dejar pasar a un empleado que llevaba una pila de sábanas.
—Espero no haberla retrasado.
—Tengo que terminar esto.
—La dejo trabajar.
Eulalia regresó al armario.
Cuando quiso recordar qué material estaba contando, tuvo que empezar de nuevo.
Durante los días siguientes, Alejandro encontró ocasiones para hablar con ella.
A veces eran consultas sobre los pacientes. Otras, preguntas que comenzaban mientras esperaban que alguien les entregara un expediente o mientras caminaban hacia una sala.
Quiso saber de dónde venía.
Eulalia le habló de las calles de su pueblo, del mercado de los domingos y de un árbol que crecía frente a la casa de su madre.
—¿La extraña?
—Mucho.
—¿Por qué no vive con usted?
—Mi cuarto apenas tiene espacio para mí.
Se arrepintió de la franqueza y acomodó los papeles entre sus brazos.
Alejandro no hizo comentarios sobre el cuarto.
—¿Le escribe?
—Todas las semanas.
—Debe estar orgullosa.
Eulalia pensó en las manos de su madre, en la forma en que había revisado las costuras del uniforme antes de despedirla.
—Espero que sí.
Aquella tarde escribió una carta más larga de lo habitual.
Le contó que Tomás había vuelto a comer mejor, que Teresa le permitía hacer más cosas por su cuenta y que había llegado un médico nuevo.
Al releerla, dejó los ojos sobre esa última frase.
Añadió que era amable.
Luego dobló el papel.
Teresa advirtió las conversaciones antes de que Eulalia se atreviera a darles un significado.
Una mañana la encontró mirando hacia la puerta mientras revisaba unos registros.
—¿Espera a alguien?
—No.
Teresa se acercó a la mesa.
—Entonces mire lo que está haciendo.
Eulalia descubrió que había puesto una anotación en el renglón equivocado. La corrigió, molesta consigo misma.
Su compañera permaneció a su lado hasta que terminó.
—¿La incomoda el doctor nuevo?
La pregunta la sorprendió.
—No.
—Si la incomoda, me lo dice.
—No ha hecho nada.
Teresa asintió.
Eulalia esperó otra pregunta, pero la mujer tomó unos documentos y se marchó.
Durante el resto de la mañana procuró concentrarse con más cuidado. Evitó mirar hacia el corredor y respondió a Alejandro con brevedad cuando él se acercó.
Al terminar el turno, lo encontró junto a la salida.
—Creo que hoy dije algo que no debía —comentó él.
Eulalia ajustó el bolso sobre su hombro.
—¿Por qué?
—Apenas me ha mirado.
Ella sintió calor en la cara.
—He tenido trabajo.
Alejandro se apartó de la puerta.
—Entonces no la entretengo.
Eulalia salió, pero recorrió las primeras calles pensando en aquella frase.
Le había gustado que notara su ausencia.
Eso la inquietaba.
La noche en que compartieron café, la lluvia volvió a caer con fuerza.
Eulalia llevaba varias horas de guardia. Había terminado una ronda y Teresa insistió en que comiera algo antes de continuar.
En el área de descanso encontró a Alejandro sentado junto a una mesa pequeña. Tenía una taza entre las manos y un libro abierto, aunque no parecía estar leyéndolo.
—Hay café —dijo—. Todavía está caliente.
Eulalia miró hacia la puerta.
—Sólo tengo unos minutos.
—Yo también.
Se sirvió y sacó de su bolso un trozo de pan envuelto en una servilleta.
Alejandro cerró el libro para hacerle espacio.
Afuera, el agua golpeaba el cristal.
Durante un rato permanecieron en silencio. Eulalia agradeció que él no pareciera obligado a llenarlo.
—¿Qué lee? —preguntó al fin.
Alejandro volvió la cubierta hacia ella.
Era un libro de poemas.
—Lo encontré en una librería de viejo.
—¿Le gusta la poesía?
—A veces entiendo mejor un poema que lo que me dice una persona.
Eulalia soltó una pequeña risa.
—Tal vez el poema no puede corregirlo.
Él levantó la vista.
—Eso también.
Le ofreció el libro.
Eulalia lo recibió procurando no manchar las páginas con los dedos. Leyó unos versos en silencio y luego recorrió el resto de la hoja.
—Mi madre guardaba poemas recortados de los periódicos —dijo—. Algunos estaban incompletos.
—¿Los leía?
—Hasta aprenderlos. Luego inventaba lo que faltaba.
Alejandro sonrió.
—Me gustaría escuchar uno.
—No eran míos.
—Pero una parte sí.
Eulalia cerró el libro y lo devolvió.
No estaba acostumbrada a que alguien quisiera conocer aquellas cosas. En el hospital le preguntaban por horarios, por síntomas, por la comida que no había llegado. Con Alejandro, una respuesta suya podía abrir otra pregunta.
—¿Nunca piensa en otra vida? —dijo él.
Ella miró la taza.
—¿Otra cómo?
—Fuera de estas paredes.
Eulalia tardó en contestar.
—Pienso en una casa.
—¿Grande?
—Con un patio. Eso me importa más.
—¿Por qué?
—Mi madre podría sembrar allí sus flores. En la casa donde vive tiene que poner las macetas junto a la puerta. Cada vez que pasa alguien, las mueve.
Alejandro escuchó sin interrumpir.
—¿Y usted qué pondría?
—Una mesa cerca de la ventana.
—Para escribir.
—Para muchas cosas.
Él giró la taza entre las manos.
—Yo querría una biblioteca.
—Entonces necesitaría una casa muy grande.
—Podríamos empezar con una pequeña.
Eulalia levantó los ojos.
Alejandro seguía mirándola.
La lluvia llenó el silencio que vino después.
Desde el corredor llamaron a una enfermera. Eulalia reconoció la voz de Teresa y se puso de pie demasiado rápido.
—Tengo que volver.
Alejandro retiró el libro para que pudiera recoger sus cosas.
—Gracias por el pan.
Ella miró la servilleta. Sin advertirlo, había partido el trozo en dos y dejado la mitad frente a él.
—Gracias por el café.
Salió con el corazón acelerado.
Antes de entrar en la sala se detuvo para acomodarse la cofia. Tenía las manos torpes.
Tomás estaba despierto.
—¿Le pasó algo? —preguntó.
—No.
El muchacho la observó con atención.
—Está contenta.
Eulalia tomó la jarra de agua.
—Tú deberías estar dormido.
—Eso no es una respuesta.
Ella le llenó el vaso.
Esta vez no logró esconder la sonrisa.
El libro apareció tres días después.
Alejandro la esperó al terminar la visita y se lo entregó sin envoltura. Eulalia reconoció la cubierta gastada.
—No puedo quedármelo —dijo.
—Ya lo leí.
—Puede volver a leerlo.
—Ahora quisiera que lo leyera usted.
Eulalia sostuvo el volumen con ambas manos.
Abrió la primera página.
Había una dedicatoria escrita con tinta oscura:
Para Eulalia, que consigue que este lugar parezca menos triste.
Debajo estaba su nombre.
Alejandro.
Ella pasó el dedo cerca de las letras sin tocarlas.
—Gracias.
Fue la única palabra que encontró.
Él parecía esperar algo más, pero una llamada lo hizo volver la cabeza. Se despidió y caminó hacia la sala de médicos.
Eulalia guardó el libro en su bolso.
Durante el resto del turno supo exactamente dónde estaba.
Teresa lo vio al anochecer.
Eulalia había salido unos minutos al área de descanso y dejó el bolso abierto sobre una silla. La esquina del volumen sobresalía entre una servilleta y su cuaderno de notas.
—¿Ese libro es del doctor?
Eulalia se detuvo junto a la mesa.
—Me lo dio.
Teresa miró su rostro antes de responder.
—Lo conoce poco.
—Él también me conoce poco a mí.
La mujer acercó una silla y se sentó.
—No se lo digo para que se avergüence.
—No me avergüenzo.
Teresa esperó.
Eulalia bajó la voz.
—Sólo ha sido amable.
—Entonces deje que el tiempo le muestre cómo es.
A Eulalia le pareció que su compañera estaba juzgando algo que apenas comenzaba. Quiso defender a Alejandro, explicar la conversación del café, la forma en que escuchaba cuando ella hablaba de su madre.
Pero no quería compartirlo todavía.
Tomó el bolso.
—Tengo que volver.
Teresa no intentó detenerla.
Aquella noche, en su cuarto, Eulalia puso el libro junto al espejo.
Se quitó el uniforme, lo lavó y lo extendió sobre una cuerda improvisada cerca de la ventana. Mientras esperaba que perdiera humedad, leyó varias páginas sentada en la cama.
Volvió a la dedicatoria.
Le sorprendió que una frase tan breve pudiera hacerle olvidar el cansancio.
Hasta entonces había imaginado la casa del patio como un lugar donde ella y su madre podrían descansar. Ahora apareció, sin que lo decidiera, una habitación llena de libros.
Cerró el volumen sobre sus rodillas.
En el patio alguien retiraba ropa antes de que comenzara otra lluvia. Se oyeron pasos, el crujido de una puerta, una voz que pedía una pinza.
Eulalia se levantó para preparar la plancha.
Pasó la mano por el cuello húmedo del uniforme y comprobó que la tela estuviera lista. Después dejó el libro sobre la mesa, junto al espejo, y volvió a abrirlo por la primera página.
Se acercó y leyó la dedicatoria una vez más.
Por primera vez desde su llegada a la ciudad, deseó que amaneciera por una razón que no tenía que ver con su trabajo.

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