Capítulo 4 de 13
Las promesas pequeñas
Alejandro comenzó a esperarla a la salida los jueves.
La primera vez, Eulalia lo encontró junto a la portería, hablando con un empleado. Al verla, interrumpió la conversación y recogió su abrigo.
—¿Ya terminó?
Ella sostuvo con más fuerza el bolso.
—Por hoy.
—Yo también. ¿Puedo acompañarla?
Eulalia miró hacia la calle. Había personas esperando a sus familiares y un vendedor recogía los últimos panes de una canasta.
—Voy caminando.
—Mejor.
Salieron juntos.
Durante las primeras cuadras hablaron del hospital. Alejandro le contó una discusión con otro médico; Eulalia escuchó, aunque no conocía lo suficiente del asunto para opinar. Cuando él terminó, preguntó por Tomás.
La pregunta la tranquilizó.
—Hoy quiso levantarse más tiempo —respondió—. Se cansa pronto, pero ya está pensando en volver a casa.
—Eso ayuda.
—También puede hacerlo desesperarse.
Alejandro la miró.
—Usted siempre encuentra la parte que los demás no vemos.
Eulalia siguió con la vista una grieta de la acera para ocultar su sonrisa.
No sabía qué hacer con los elogios que él pronunciaba como si fueran observaciones sencillas. A veces buscaba una respuesta ingeniosa; casi siempre llegaba a su cuarto y entonces se le ocurría.
Al aproximarse a una avenida concurrida, Alejandro se detuvo.
—Yo sigo por aquí.
Eulalia miró la dirección que señalaba.
—Yo todavía tengo que caminar un poco.
—La próxima vez.
Él tomó su mano un instante.
Fue un gesto breve, apenas una presión de sus dedos sobre los de ella. Después se apartó y le deseó buenas noches.
Eulalia continuó sola.
Al llegar a su cuarto descubrió que había recorrido las últimas calles sin pensar en el cansancio.
La siguiente semana volvió a encontrarlo junto a la portería.
Y la otra también.
Pronto aprendió a reconocer su abrigo antes de verle el rostro. Aunque no se hubiera prometido nada, al terminar los turnos de los jueves comenzaba a guardar sus cosas con una atención distinta.
Si Alejandro no estaba, revisaba el reloj.
Si aparecía, fingía que acababa de verlo.
Una tarde él la sorprendió sonriendo antes de acercarse.
—Hoy sí me estaba esperando.
—Hoy salió temprano.
—No me respondió.
Eulalia ajustó el cierre del bolso.
—Tal vez.
Alejandro abrió la puerta para dejarla pasar.
Aquella vez caminaron más despacio.
Él le preguntó por el cuarto donde vivía, por sus días libres y por las cartas de su madre. Eulalia descubrió que podía hablar de su vida sin sentir que debía adornarla.
Le contó que la dueña de la casa ponía demasiada sal en la sopa.
Alejandro se rio.
—¿Se lo ha dicho?
—Me renta el cuarto y a veces me deja comida. No voy a comenzar una discusión por la sal.
—Podría decirlo con delicadeza.
—Puede intentarlo usted.
—¿Eso es una invitación?
Eulalia levantó la vista.
Él sonreía.
—Es una advertencia —respondió ella.
La risa de Alejandro la acompañó hasta la esquina donde volvieron a despedirse.
El primer beso ocurrió en una escalera vacía.
Eulalia iba a devolver unos documentos cuando lo encontró bajando. Él se hizo a un lado y preguntó si tenía un momento.
Ella miró la carpeta entre sus brazos.
—Poco.
Alejandro descendió un escalón para quedar a su altura.
—Entonces tendré que hablar rápido.
Pero no habló.
Le apartó con cuidado un mechón que se había soltado cerca de la oreja.
Eulalia sintió que debía decir algo. Recordarle que estaban trabajando, preguntar por qué la miraba de aquella manera. Ninguna de esas frases llegó a su boca.
—¿Puedo? —murmuró él.
Ella asintió.
El beso fue suave y breve. Alejandro se apartó lo suficiente para verla, sin soltarle la mano.
Eulalia conservó los ojos bajos.
Desde el corredor llegó el ruido de un carro.
Él retiró la mano.
—Será mejor que volvamos.
Eulalia asintió otra vez.
Bajó los escalones, entregó la carpeta y regresó a la sala. Teresa le pidió un dato que ella conocía de memoria, pero tuvo que consultar el registro.
—¿Se encuentra bien?
—Sí.
Su compañera la observó durante un momento.
Eulalia acomodó los papeles para no sostenerle la mirada.
Aquella noche abrió el libro de poemas sin leer una sola línea. Se quedó mirando la dedicatoria hasta que la luz del cuarto comenzó a lastimarle los ojos.
Después del beso, Eulalia pensó que algo tendría que cambiar.
No sabía exactamente qué. Quizá Alejandro dejaría de saludarla con la misma cortesía que utilizaba con las demás enfermeras. Tal vez le propondría salir un domingo o caminaría con ella hasta la puerta de su casa.
Sin embargo, dentro del hospital todo siguió igual.
Él preguntaba por los pacientes. Ella respondía.
Si alguien se acercaba, Alejandro se apartaba un poco.
Una tarde Eulalia lo esperó al terminar la visita. Quería preguntarle si podría acompañarla a comprar unas cosas en su día libre. Antes de que consiguiera hablar, llegaron dos médicos.
Alejandro la saludó con una inclinación de cabeza y se fue con ellos.
Ella permaneció junto al escritorio, sosteniendo un registro que ya no necesitaba.
Más tarde él la buscó.
—No pude despedirme.
—Lo vi.
Alejandro advirtió la brevedad de la respuesta.
—¿Ocurrió algo?
Eulalia tardó en contestar.
—No sabía si podía hablarle.
—Siempre puede hablarme.
—Hace un rato no parecía.
Él miró hacia la puerta y bajó la voz.
—Aquí hay personas que convierten cualquier cosa en una historia.
—Sólo quería preguntarle algo.
—Lo sé.
Alejandro le tocó el brazo.
—Prefiero que seamos discretos. No quiero que tenga dificultades por mi culpa.
Eulalia pensó en Teresa, en las miradas de algunas compañeras y en lo mucho que aún le importaba demostrar que merecía su lugar.
—Yo tampoco quiero dificultades.
—Entonces nos entendemos.
Él sonrió.
Ella quiso creer que aquello era cuidado.
Durante las semanas siguientes, la discreción se volvió una costumbre que Eulalia aprendió sin que nadie se la explicara por completo.
No debía esperarlo frente a la sala de médicos.
Era mejor no conversar demasiado si había otras personas cerca.
Podían caminar juntos al salir, pero se despedían antes de la avenida.
Al principio, esas pequeñas reglas le daban la emoción de compartir un secreto. Bastaba una mirada para recordar el beso de la escalera. Bastaba encontrarlo en la portería para que todo un día difícil pareciera terminar de otra manera.
Luego comenzó a notar que las reglas se aplicaban sobre todo a ella.
Una mañana vio a Alejandro conversar con una visitante bien vestida. La mujer llevaba guantes claros y reía sin preocuparse por quién pudiera escucharla. Él la acompañó por el corredor hasta la salida.
Eulalia no sintió celos de inmediato.
Sintió curiosidad.
Cuando lo encontró más tarde, preguntó:
—¿Era una paciente?
—No. Una conocida de mi familia.
—Parecía alegrarse de verlo.
—Hacía tiempo que no coincidíamos.
Alejandro respondió con naturalidad y cambió de tema.
Eulalia no insistió.
Aquella noche, sin embargo, recordó que él nunca le había contado demasiado de su familia.
Conocía el patio que ella deseaba, el oficio de su madre y hasta la sopa salada de su casa. Ella sabía que Alejandro tenía un padre exigente, que buscaba mejorar su posición en el hospital y que había estudiado lejos durante algún tiempo.
Cuando trataba de imaginar dónde vivía, sólo veía habitaciones vacías.
Tomás fue el primero en preguntar por él sin rodeos.
Eulalia estaba arreglando la sábana de su cama cuando el muchacho dijo:
—¿Le gusta el doctor?
Ella dejó inmóviles las manos.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque cuando viene, usted se acomoda la cofia.
—Me la acomodo todo el día.
—Cuando viene, más.
Eulalia alisó una esquina de la sábana.
Tomás sonrió, satisfecho.
—Beatriz también hace eso.
—Tu hermana no usa cofia.
—Se acomoda el cabello cuando pasa el muchacho que le lleva telas al taller.
Eulalia soltó una risa.
—No deberías estar contando sus cosas.
—Entonces no le cuente usted que yo se las conté.
La joven acercó el vaso de agua.
—Trato hecho.
Tomás la observó con menos picardía.
—Es bueno cuando alguien viene por uno.
Eulalia miró su rostro.
—Beatriz viene por ti.
—Sí. Aunque todavía no me dejan ir.
Tras casi tres meses de hospitalización, desde hacía días se hablaba de la posibilidad de darle el alta si su recuperación continuaba. El muchacho había empezado a contar lo que haría al salir: comer en casa, caminar hasta el mercado, ayudar a su hermana a cargar los paquetes.
Eulalia le acomodó la almohada.
—Hay que tener paciencia.
—Usted también está esperando algo.
Ella no respondió.
Tomás volvió a tomar el lápiz y comenzó a dibujar sobre una hoja apoyada en sus rodillas.
El domingo en que Eulalia decidió invitar a Alejandro a conocer a su madre, salió del hospital sin uniforme.
Se habían citado para caminar por un jardín cercano. Ella llevaba uno de sus dos vestidos, el de color azul, y había rehecho la costura de una manga la noche anterior.
Alejandro llegó tarde.
—Perdón. Tuve que resolver un asunto.
Eulalia llevaba varios minutos ensayando cómo haría la invitación. Al verlo, olvidó las palabras.
Caminaron junto a una fila de bancos. Había niños corriendo alrededor de una fuente y una mujer vendía flores envueltas en papel.
Alejandro compró una para ella.
Eulalia la sostuvo sin saber dónde ponerla.
—Podría dejarla en un vaso —dijo él.
—Eso haré.
Se sentaron bajo un árbol.
Fue entonces cuando ella habló.
—Mi madre quiere venir a visitarme.
Alejandro asintió.
—Debe extrañarla.
—Pensé que podrías conocerla.
Era la primera vez que lo tuteaba sin pensarlo.
Él se acomodó el puño de la camisa.
—Me gustaría.
Eulalia esperó.
—Ahora estoy resolviendo lo de mi plaza —continuó—. Si todo sale bien, las cosas serán más estables.
—No tiene que ser mucho tiempo. Podemos comer juntos.
Alejandro miró a un niño que pasó corriendo frente al banco.
—Cuando termine este asunto podré estar más tranquilo. Quiero conocerla como se debe.
Eulalia bajó la vista hacia la flor.
—Está bien.
Él tomó su mano.
—No quiero llegar de prisa y marcharme enseguida.
La explicación era razonable.
Ella la guardó junto a las otras.
Antes de despedirse, Alejandro le preguntó si estaba molesta.
Eulalia negó con la cabeza.
No quería que aquella tarde terminara en una discusión que ni siquiera sabía cómo empezar.
La tienda de telas tenía un escaparate pequeño y oscuro.
Eulalia entró varios días después, al salir de cobrar. Había ido a comprar hilo, pero se detuvo ante una pieza de lino que la dependienta extendía sobre el mostrador.
Pasó los dedos por la tela.
—¿Cuánto cuesta?
La mujer le dio el precio.
Eulalia hizo cuentas en silencio. Podía comprar un corte pequeño y todavía guardar algo de dinero.
—¿Para qué lo quiere? —preguntó la dependienta.
—Un mantel.
—¿De qué tamaño es la mesa?
Eulalia abrió la boca.
No había mesa.
Todavía no.
—Pequeña —respondió al fin.
La mujer midió la tela.
Eulalia salió con el paquete bajo el brazo y una vergüenza dulce que no habría sabido explicar. Había comprado algo para una casa que sólo existía en conversaciones.
Al llegar al cuarto, extendió el lino sobre la cama.
Imaginó una ventana abierta, el sonido de las hojas en el patio y a su madre colocando una maceta donde el sol no quemara las flores.
Luego imaginó a Alejandro sentado al otro lado de la mesa.
Dobló la tela con cuidado.
La guardó junto al libro.
Teresa encontró el paquete una mañana en que Eulalia buscaba una moneda dentro del bolso.
—¿Otra vez costura?
—Un mantel.
—Pensé que la dueña ya tenía manteles.
Eulalia sonrió.
—Éste es para después.
Teresa no preguntó enseguida.
Esperó a que su compañera cerrara el bolso.
—¿Ha hablado con él de ese después?
Eulalia sintió que la sonrisa se le endurecía.
—Hablamos de muchas cosas.
—¿De una casa?
—Sí.
—¿De cuándo?
Ella miró hacia la sala.
—No todo tiene que decidirse de inmediato.
Teresa asintió despacio.
—Es verdad.
Eulalia esperó otra advertencia, pero su compañera volvió al trabajo.
El silencio la molestó más de lo que habría hecho una discusión.
Durante el turno recordó la pregunta varias veces.
¿De cuándo?
Por la noche buscó una aguja y comenzó a preparar el borde del mantel.
Alejandro anunció el viaje un jueves.
No estaba en la portería cuando Eulalia terminó de trabajar. Ella guardó el bolso y salió, procurando caminar sin volverse.
Él la alcanzó antes de la primera esquina.
—Pensé que todavía estabas dentro.
Eulalia se detuvo.
—Ya había terminado.
Alejandro respiraba un poco más rápido de lo habitual.
—Tengo que irme unos días.
—¿A dónde?
—A resolver unas cuestiones familiares.
—¿Cuándo?
—Pronto.
La respuesta la dejó esperando otra.
Alejandro le explicó que su padre necesitaba verlo y que prefería aprovechar unos días antes de que cambiaran sus responsabilidades en el hospital.
Eulalia escuchó con atención.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—Depende de cómo se arregle todo.
Caminaron hasta la esquina de siempre.
Aquella tarde había mucho ruido en la avenida. Un vendedor anunciaba sus productos y los vehículos obligaban a las personas a esperar antes de cruzar.
Eulalia pensó que Alejandro volvería a despedirse allí.
Pero él miró hacia el hospital.
—Olvidé unos papeles. ¿Me acompañas un momento?
Regresaron por una entrada lateral.
En la escalera donde se habían besado por primera vez, Alejandro se detuvo y tomó sus manos.
—Te escribiré.
Eulalia lo miró.
—¿De verdad?
Él sonrió, aunque parecía cansado.
—De verdad.
—Puedo darte la dirección de mi cuarto.
—Déjala en un papel. La guardaré.
Eulalia sacó su cuaderno del bolso. Escribió la calle, el número y su nombre completo. Arrancó la hoja con cuidado para no romper las letras del margen.
Alejandro la dobló y se la guardó en el bolsillo interior del saco.
Luego levantó las manos de Eulalia hasta sus labios.
—Espérame.
Ella sintió el roce del beso sobre los nudillos.
Había preguntas que todavía quería hacerle.
Si volvería para el siguiente jueves.
Si podrían ver a su madre cuando regresara.
Si la casa del patio era también una imagen que lo acompañaba al acostarse.
Alejandro la abrazó antes de que encontrara cómo decirlas.
Eulalia apoyó la frente sobre su hombro.
—Te espero —respondió.
Esa noche puso la flor seca entre las páginas del libro.
Había perdido casi todo su color, pero conservaba la forma. Eulalia la acomodó junto a un poema que Alejandro le había leído durante un descanso y cerró el volumen sin apretarlo.
Después sacó el mantel.
Había terminado apenas uno de los bordes.
Se sentó bajo la lámpara y trabajó hasta que el sueño comenzó a cerrarle los ojos. Con cada puntada imaginaba alguna parte del regreso: verlo entrar en la sala, encontrarlo junto a la portería, escuchar que todo se había resuelto.
Antes de acostarse preparó una hoja para responder a la carta que todavía no llegaba.
Escribió la fecha.
Debajo escribió el nombre de Alejandro:
Alejandro:
Se quedó mirando los dos puntos.
Afuera se apagó la última luz del patio.
Eulalia dejó la hoja junto al libro y pensó que tendría tiempo de encontrar las palabras.
No le había preguntado cuánto debía esperar.

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