Capítulo 5 de 13
La noticia
La primera semana, Eulalia no se preocupó.
Una carta necesitaba tiempo. Había que escribirla, encontrar dónde enviarla y esperar a que alguien la llevara hasta su destino. Su madre se lo había recordado muchas veces cuando ella era niña y aguardaba noticias de algún familiar.
Por eso, al volver del hospital, entraba en la casa sin preguntar.
Miraba de reojo la pequeña mesa del vestíbulo, donde la dueña dejaba la correspondencia de las inquilinas. Si no encontraba nada, seguía hasta su cuarto.
Allí abría la ventana, se quitaba los zapatos y sacaba el mantel.
Había terminado dos bordes.
Mientras cosía, imaginaba a Alejandro sentado ante un escritorio, procurando encontrar unos minutos para escribirle. Tal vez su padre lo retenía durante largas conversaciones. Tal vez aquel asunto familiar era más complicado de lo que había querido contar.
Eulalia acercaba la aguja a la lámpara.
Pensaba en lo que pondría en su respuesta.
Que Tomás había preguntado por él.
Que Teresa seguía corrigiéndole las anotaciones demasiado largas.
Que la flor estaba guardada en el libro.
Algunas noches tomaba la hoja encabezada con el nombre de Alejandro y ensayaba una primera frase.
Espero que estés bien.
Le parecía demasiado distante.
Te extraño.
Le parecía demasiado expuesta.
Dejaba la pluma a un lado y volvía a coser.
Al comenzar la segunda semana, preguntó.
La dueña estaba limpiando la mesa del vestíbulo cuando Eulalia entró.
—¿Llegó algo para mí?
La mujer levantó un montón de sobres.
Los revisó despacio.
—De su mamá, no.
—Podría ser de otra persona.
La dueña volvió a mirar los nombres.
—No, hija. Nada.
Eulalia le dio las gracias.
Subió a su cuarto y dejó el bolso sobre la cama.
La ausencia de una carta ya no era simplemente una espera. Empezaba a llenarse de posibilidades. Alejandro podía estar enfermo. Podía haber escrito mal la dirección. La hoja que ella le había dado podía haberse perdido entre otros papeles.
Recordó cómo él la había doblado.
La guardó en el bolsillo interior del saco.
No parecía un hombre que perdiera las cosas.
Eulalia se sentó.
Por primera vez, pensó que podía haber enviado la carta al hospital.
A la mañana siguiente preguntó en la portería.
El hombre revisó un cajón, luego una caja donde conservaba sobres pendientes de entrega.
—No hay nada.
—Si llega algo a mi nombre, ¿podría guardarlo?
—Claro.
Eulalia se marchó con una pequeña tranquilidad.
Al mediodía volvió a preguntar.
Tomás se dio cuenta de que estaba distraída.
Ella había ido a cambiarle el agua y permanecía junto a la cama con la jarra en la mano.
—¿Señorita?
Eulalia parpadeó.
—¿Qué necesitas?
El muchacho señaló el vaso.
Ella lo llenó demasiado y tuvo que secar la mesa.
Tomás la observó en silencio.
—¿No ha vuelto el doctor?
Eulalia dobló el paño.
—Todavía.
—¿Le escribió?
La pregunta la incomodó.
—Tiene asuntos que resolver.
Tomás bajó los ojos.
—Beatriz dice que cuando uno no puede ir, avisa.
Eulalia colocó la jarra en su sitio con más fuerza de la necesaria.
El golpe hizo vibrar el vaso.
—No siempre es tan sencillo.
El muchacho la miró, sorprendido.
Ella se dio cuenta de su tono.
—Perdona. Estoy cansada.
Tomás asintió.
Luego sacó una hoja de debajo de la almohada.
—Hoy hice otro dibujo.
Eulalia extendió la mano y él se lo mostró.
Había dibujado un patio pequeño, una cuerda para tender ropa y una ventana con macetas.
—Es mi casa —explicó—. Bueno, el patio es más feo, pero aquí lo hice bonito.
Eulalia sonrió con esfuerzo.
—Está muy bien.
—Cuando salga, quiero arreglarlo.
Ella le devolvió la hoja.
—Vas a necesitar que Beatriz te deje trabajar.
—La voy a convencer.
Eulalia lo escuchó hablar unos minutos. Procuró prestar atención a cada detalle, pero una parte de ella seguía en la portería, esperando que alguien pronunciara su nombre.
Teresa no volvió a preguntar por Alejandro.
Aquello debería haberla tranquilizado. Sin embargo, Eulalia empezó a notar los silencios de su compañera.
Cuando llegaba apresurada después de revisar la correspondencia, Teresa levantaba la vista.
Cuando alguien mencionaba al médico ausente, parecía encontrar una tarea que hacer cerca.
Una tarde Eulalia decidió hablar.
Estaban doblando sábanas limpias.
—Todavía no sé cuándo regresa.
Teresa sostuvo uno de los extremos mientras ella emparejaba la tela.
—¿Le dijo que le escribiría?
—Sí.
Su compañera dobló la sábana una vez más.
—Tal vez convendría preguntar en la administración cuándo termina su permiso.
Eulalia sintió alivio.
Había una manera de saber algo sin admitir que lo esperaba.
—No quiero molestar.
—Preguntar no es molestar.
Pero cuando llegó frente a la oficina, no entró.
Desde dentro escuchó voces y el ruido de una máquina de escribir. Se quedó unos instantes junto a la puerta y luego regresó a la sala.
Le pareció que preguntar sería convertir en un asunto público algo que Alejandro le había pedido conservar entre ambos.
Todavía quería cumplir su parte.
Al comenzar la tercera semana, recibió una carta.
La dueña se la entregó apenas cruzó la puerta.
Eulalia dejó escapar el aire que había contenido durante días.
Tomó el sobre.
Reconoció la letra de su madre.
La decepción fue tan rápida que se avergonzó.
Subió al cuarto y abrió la carta con cuidado.
Su madre le contaba que había llovido, que una vecina estaba enferma y que había conseguido nuevas semillas para unas flores pequeñas. Después preguntaba por el trabajo.
Al final había añadido:
Me alegra que hayas encontrado gente amable. Cuando me hablas de ese médico, parece que estás contenta.
Eulalia volvió a leer la frase.
No recordaba haber hablado tanto de Alejandro.
Recordó las cartas que sí había enviado: en una le había contado que Alejandro era amable; en otra, cuánto esperaba sus conversaciones. Después buscó los borradores que aún conservaba. En uno mencionaba el libro. En otro, el paseo por el jardín. Había escrito que algún día quería presentárselo.
Las extendió sobre la cama.
Vistas juntas, le parecieron más claras de lo que habían sido mientras las escribía.
Guardó todas menos una.
Respondió a su madre contando que había mucho trabajo y que Tomás seguía mejorando poco a poco.
No mencionó a Alejandro.
La noticia apareció un martes.
Eulalia recordaría después detalles que no tenían ninguna importancia: el ruido de una silla arrastrándose, una mancha de café en el borde de la mesa, la hora marcada por el reloj del corredor.
Había ido a buscar a Teresa para preguntarle algo sobre un registro.
La encontró en el área de descanso.
Su compañera estaba de pie junto a una mesa. Tenía un periódico abierto entre las manos.
Al verla, lo dobló.
Fue un movimiento pequeño, pero demasiado rápido.
Eulalia se detuvo en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Teresa dejó el periódico sobre la mesa, con la página hacia abajo.
Eulalia miró el papel.
Había alcanzado a ver un nombre.
Alejandro.
—Déjeme leerlo.
Teresa permaneció inmóvil.
—Eulalia…
Ella se acercó.
Su compañera retiró la mano.
El periódico estaba arrugado por el uso. Eulalia lo abrió procurando encontrar la parte que había visto.
Una fotografía ocupaba el centro de la sección.
Alejandro llevaba un traje oscuro.
A su lado, una mujer sostenía un ramo de flores. El velo caía sobre sus hombros y una mano descansaba en el brazo de él.
Eulalia miró primero el rostro del médico.
Después la mano de la novia.
Luego comenzó a leer.
La nota describía una ceremonia celebrada días antes. Mencionaba a las familias, a algunos invitados y un viaje que los recién casados harían al terminar las celebraciones.
El nombre de Alejandro estaba allí.
Completo.
Sin posibilidad de confusión.
Eulalia llegó al final y volvió al principio.
Teresa acercó una silla.
—Siéntese.
Ella negó con la cabeza.
Seguía leyendo.
Había una frase sobre el largo conocimiento entre ambas familias. Otra hablaba de los años durante los cuales se había fortalecido la relación de la pareja.
Años.
Eulalia pasó el dedo debajo de aquella palabra.
No estaba segura de haberla entendido.
La novia era la mujer de los guantes claros.
La misma que había caminado con Alejandro por el corredor sin preocuparse por las miradas.
Eulalia recordó su risa.
—Puede que haya algo que no sabemos —dijo Teresa.
La frase sonó débil incluso antes de terminar.
Eulalia dobló el periódico por la fotografía.
—Se ha casado.
Teresa no respondió.
—Eso es lo que no sabíamos.
Pidió permiso para salir unos minutos.
No lloró en el corredor.
No lloró al llegar al patio.
Se sentó en un banco, junto a una pared húmeda, y dejó el periódico sobre las rodillas.
La fotografía quedaba del lado de afuera.
Alejandro sonreía.
Eulalia trató de recordar la última vez que lo había visto. El bolsillo del saco. Sus manos entre las de él. El beso sobre los nudillos.
Espérame.
Le costaba unir al hombre de aquella escalera con el de la fotografía.
Eran el mismo rostro, la misma boca, las mismas manos.
Quiso pensar que había entendido mal.
Luego leyó otra vez.
El patio estaba lleno de sonidos ordinarios. Una puerta se cerró. Alguien llamó a un empleado. Dos mujeres pasaron conversando sobre el precio de unas cosas.
Eulalia sintió que debía levantarse y decirles lo que acababa de ocurrir.
No sabía para qué.
Ellas siguieron caminando.
El periódico empezó a temblarle entre los dedos.
Lo dobló hasta convertirlo en un rectángulo pequeño y lo guardó en el bolsillo del uniforme.
Cuando Teresa salió a buscarla, Eulalia ya estaba de pie.
—Puedo cubrirla un rato —le dijo.
—Tengo que terminar el turno.
—No necesita demostrar nada hoy.
Eulalia miró la puerta de la sala.
—Si me voy, voy a estar sola.
Teresa se quedó junto a ella.
Después entraron juntas.
Aquella noche no preparó la plancha.
Se sentó en el borde de la cama con el uniforme todavía puesto.
Sobre la mesa estaban el libro, el mantel y la hoja que comenzaba con el nombre de Alejandro.
No tocó nada durante un largo rato.
Después abrió el volumen.
La flor seca resbaló entre las páginas y cayó al suelo.
Eulalia no se inclinó a recogerla.
Leyó la dedicatoria.
Para Eulalia, que consigue que este lugar parezca menos triste.
Buscó algo distinto en la frase.
Una promesa.
Una advertencia.
Alguna palabra que le permitiera acusarlo sin que él pudiera negar nada.
Sólo había una dedicatoria amable.
Pensó en la casa pequeña, en la biblioteca, en la forma en que él había pronunciado podríamos.
Se llevó una mano a la boca.
El primer sollozo llegó con tanta fuerza que tuvo que doblarse sobre las rodillas.
Después vino otro.
Lloró hasta que la dueña llamó a su puerta.
—¿Se siente mal?
Eulalia intentó responder, pero la voz no le salió.
La mujer volvió a llamar.
—Le voy a dejar agua aquí afuera.
Eulalia escuchó sus pasos alejarse.
Más tarde abrió la puerta y recogió el vaso.
Bebió de pie, mirando hacia el patio oscuro.
No quería que nadie le preguntara todavía.
No sabía cómo contar una historia en la que, de pronto, todo lo que había esperado parecía haber ocurrido sólo dentro de ella.
Alejandro regresó cuatro días después.
Eulalia lo supo antes de verlo.
Escuchó a dos empleados mencionar que el doctor había vuelto y que debía pasar por una oficina.
La noticia le provocó una claridad inesperada.
Durante las últimas noches había imaginado conversaciones interminables. Lo veía pedir perdón, negar lo ocurrido, explicar que algo lo había obligado. A veces ella gritaba. Otras se marchaba sin escucharlo.
Ahora sólo quería hacerle una pregunta.
Esperó a terminar una tarea y pidió a Teresa unos minutos.
Su compañera la miró.
—¿Quiere que vaya con usted?
Eulalia negó con la cabeza.
—Necesito hablarle.
Encontró a Alejandro cerca de la escalera.
Él llevaba una carpeta bajo el brazo.
Cuando la vio, su sonrisa apareció y se borró antes de completarse.
Eulalia reparó en el anillo.
No pudo dejar de mirarlo.
Alejandro bajó los ojos hacia su propia mano y cambió la carpeta de brazo.
—Eulalia.
Ella permaneció en el primer escalón.
—Pensaba hablar contigo —dijo él.
—¿Cuándo?
Alejandro miró hacia el corredor.
—Aquí no.
Eulalia sintió una pequeña náusea.
Otra vez la discreción.
Otra vez el lugar inconveniente.
Subieron hasta el descanso de la escalera.
Era el mismo sitio donde él la había besado, donde había guardado su dirección y le había pedido que esperara.
Alejandro apoyó una mano en la barandilla.
—Sé que debes estar disgustada.
Eulalia sacó el periódico del bolsillo.
Lo desdobló lo suficiente para mostrarle la fotografía.
—¿Disgustada?
Él cerró los ojos un instante.
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen.
Ella esperó.
Alejandro habló de su padre, de compromisos antiguos y de responsabilidades que no podía ignorar. Dijo que había intentado encontrar el momento para explicárselo y que no quería lastimarla.
Eulalia escuchó cada palabra.
Algunas las había imaginado durante sus noches sin sueño.
Oírlas no le dio alivio.
—¿Ya estabas comprometido cuando me conociste?
Alejandro movió los labios sin responder enseguida.
—Había un entendimiento entre nuestras familias.
—¿Ella lo sabía?
Él la miró.
Eulalia arrugó el borde del periódico entre los dedos.
—¿Sabía que iba a casarse contigo?
—Sí.
La respuesta cayó entre ambos.
Eulalia volvió la vista hacia el descanso de la escalera. Había una pequeña marca en la pared que nunca había notado.
La miró mientras intentaba respirar con normalidad.
—Entonces yo era la única que no sabía.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Lo que sentí por ti fue verdadero.
Eulalia retrocedió.
Él se detuvo.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No sé qué hacer con esa verdad.
Alejandro bajó la mirada.
Durante unos segundos ninguno habló.
Luego ella hizo la pregunta por la que había ido a buscarlo.
—¿Por qué me pediste que te esperara?
Él no respondió.
Eulalia aguardó.
Escuchó pasos en el piso de abajo. Una puerta se abrió. Alguien llamó a otra persona desde el corredor.
Alejandro seguía mirando la barandilla.
Ella comprendió que no habría una respuesta que pudiera devolverle aquellas semanas.
Dobló el periódico.
—¿Guardaste mi dirección?
Él levantó la cabeza.
—Eulalia…
—Quería saber si al menos la guardaste.
Alejandro se pasó una mano por la frente.
—Sí.
—No te molestes en usarla.
Comenzó a bajar.
Él pronunció su nombre una vez más, pero ella no se volvió.
Al entrar en la sala, Eulalia sintió que todos podían ver lo que acababa de pasar.
Teresa estaba junto al escritorio. No le preguntó nada. Se acercó y le ofreció un vaso de agua.
Eulalia lo tomó.
Le dolía la garganta.
—¿Quiere descansar?
Ella negó con la cabeza.
Dejó el vaso sobre la mesa y buscó una tarea. Necesitaba recordar dónde iban las cosas, qué se había hecho, qué faltaba por hacer.
Una paciente la llamó.
—Señorita, ¿me trae un poco de agua?
Eulalia miró hacia la cama.
—Un momento.
Abrió el armario de suministros.
No sabía qué había ido a buscar.
Dentro estaban las vendas, unas cajas y varias bandejas limpias.
Permaneció mirando los estantes.
La voz de Alejandro volvió a su memoria.
Lo que sentí por ti fue verdadero.
Intentó recordar la primera vez que lo había besado. Luego la tarde del jardín. Después el papel con su dirección.
Cada recuerdo parecía exigir que lo revisara de nuevo.
Escuchó moverse una silla.
Cuando se volvió, Teresa estaba ayudando a beber a la paciente.
Eulalia miró el vaso que ella misma había dejado sobre el escritorio.
Había olvidado la petición.
Cerró el armario.
Quiso acercarse y disculparse, pero la mujer ya se había acomodado en la cama. Teresa recogió la jarra y pasó junto a ella.
Sus miradas se encontraron.
No hubo reproche.
Eso hizo que Eulalia sintiera todavía más vergüenza.
Al terminar el turno, la portería estaba casi vacía.
Eulalia pasó sin detenerse.
El hombre levantó la cabeza.
—Señorita.
Ella se volvió por costumbre.
Durante una fracción de segundo creyó que iba a entregarle una carta.
El portero señaló su bolso.
—Lo lleva abierto.
Eulalia bajó la vista.
El libro asomaba entre sus cosas.
Cerró el bolso, le dio las gracias y salió.
En la avenida donde Alejandro acostumbraba despedirse, esperó a que pudiera cruzar.
Por primera vez recorrió aquella esquina sin imaginar que él aparecería detrás de ella.
Al llegar a su cuarto, puso el periódico encima del mantel.
La novia sonreía desde la fotografía.
Eulalia se sentó frente a la mesa, encendió la lámpara y tiró del hilo con el que había estado cosiendo.
Una puntada se soltó.
Después otra.
Se detuvo cuando el borde comenzó a abrirse.
Dejó la aguja junto a la tela y se cubrió el rostro con las manos.
Al día siguiente tendría que levantarse antes del amanecer.
El uniforme esperaba lavado en la cuerda.
Todavía debía plancharlo.

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